2. DIME QUE NO ES CIERTO
A lana corrió en silencio junto a Nîga, cuya mirada asesina mostraba cuánto dolor y frustración sentía.
Sus pasos, cada vez más veloces, las alejaban del castillo para adentrarlas en el espeso bosque.
Parecía que a la vampira no le importara que las atrapasen, puesto que no estaba tomando ninguna precaución en comprobar si había patrullas enemigas alrededor.
Solo avanzaba para alejarse de aquella declaración que retumbaba en su cabeza con más intensidad conforme pasaba el tiempo.
La Elegida, centrada en que no las descubrieran, había cambiado de forma sutil cada poca distancia la dirección que iban tomando sin que la Drăgoi fuera consciente.
La furia de la que ya consideraba su amiga estaba traspasándola con tanta intensidad que, si no detenía esa espiral de sufrimiento y deseos de venganza, pronto la transformaría sin remedio en alguien dispuesto a aniquilar a cuanto ser se cruzara en su camino.
Decidida a cortar esa marea de pensamientos terribles, bajó poco a poco el ritmo hasta obligarla a detenerse en un recodo cercano al río.
Su hogar distaba a menos de una jornada, y, antes de volver a ver a su familia, su compañera debía acercarse a Hawin y separarse de la Nîga dispuesta a cercenar cabezas.
―¿Qué haces, Alana? ¿Por qué te detienes? ―la recriminó con la rabia copando todo su raciocinio.
―Debemos descansar.
―¡No estoy cansada!
―Lo sé, pero sientes tanta ira que no sé si podrás controlarte. Y, antes de regresar al campamento de los errantes, quiero visitar de nuevo a mis padres. En este estado, no puedo permitir que los veas.
―¿En este estado…? ―repitió Nîga con desprecio―. Supongo que lo que intentas decirme es que siento unas ganas irrefrenables de acabar con todo por ser familia directa de uno de los peores asesinos que ha existido sobre la faz de la tierra.
―¿Te estás escuchando?
―¡Claro que lo hago! ―exclamó, cerrando con fuerza los puños y golpeándose los laterales de los muslos con ellos―. Por favor, dime que no es cierto lo que le has dicho.
―No puedo.
La «No Muerta» cerró los ojos y se dejó caer en el lecho de hojas que pisaba. La desesperación y la ira que emanaban de su cuerpo golpeó a Alana de tal modo que fue incapaz de contenerse.
―Te ruego que dejes de pensar así. Que seas su descendiente no te hace suya.
―¿De qué demonios estás hablando? ―Se puso en pie en un solo movimiento―. ¡Le pertenezco! ¡Llevo una eternidad siendo suya! ―vociferó desmoralizada―. Me convirtió a la fuerza… Me arrebató la vida y me condenó a una existencia de obediencia infinita.
―¿Infinita? ¿Es que acaso estás ahora mismo con él?
La vampira hizo el ademán de contestar, pero se detuvo al asimilar sus palabras.
―De acuerdo ―tragó despacio―, «ahora mismo» no estoy con él.
―Exacto, y es porque estás conmigo. No te das cuenta, Hawin.
Oír su verdadero nombre provocó en Nîga que la piel se le erizara.
―¿De qué?
―De que elegiste estar en el lado del Bien. De la Luz, junto a mí.
―Sabes que eso es imposible.
―¿En serio lo crees? ¿Quién fue la que me dijo que debía salvar a los inocentes, pese a haber cometido atrocidades obligados por la sangre?
―Yo no puedo pertenecer a la Luz porque lo odio con todo mi ser. Además, si él es quien dices que es, ¿por qué me torturó durante siglos sin inmutarse? ¿Por qué… ―sollozó― no me reconoció?
Alana volvió a abrazarla. Nîga la rodeó con sus finos brazos, exteriorizando su tormento mientras subía y bajaba los hombros.
―Hawin, no podía. El Helmet que conoces es alguien que fue forjado bajo la influencia del horror y del rencor.
Tu antepasado, ese de quien deberías compadecerte, sufrió tanto como tú.
Su pueblo fue destruido. Su esposa y su hija desaparecieron, y él fue castigado duramente antes de ser convertido en el primero de los vuestros por un ángel caído que, envenenado por la envidia, exigió aquello que no estaba destinado a tener.
Entiendo que condenes al vampiro, pero no al hombre.
―¿Cómo puedes saber todo eso?
―Cuando rocé su piel, vi toda su vida; sus recuerdos; todo lo que le ocurrió. Era un buen hombre. Un padre cariñoso y un marido entregado.
―Y también un aniquilador de almas.
―Así es. Si no supiera la verdad, yo misma querría atravesarle el corazón. Mas ahora, conociendo que él es tan inocente como tú, ¿cómo puedo censurar su naturaleza y sus actos posteriores? Como todos vosotros, no tuvo la oportunidad de elegir.
―Pero yo lo hice. Al menos traté de hacerlo muchas veces.
―Estabas destinada a algo mucho más grande. La pureza de tu alma te ha llevado hasta mí.
―¿Pureza? He asesinado a miles de hombres, mujeres y niños sin piedad. ―Las lágrimas tiñeron sus mejillas de un tono rosado.
―¿Sin piedad? ―repitió mientras negaba despacio―. Entonces, ¿por qué lloras?
Nîga trató de controlarse, pero su mentón no dejaba de temblar.
Alana, en el fondo, sabía que aquella conversación acabaría sacando la verdad que albergaba la joven «No Muerta» en su interior.
Y, aunque ya conocía parte de su historia, si no lograba que abandonara ese odio profundo por incluso la vida misma, tal vez tendría que dejarla ir.
―No me hagas decirlo… ―suplicó, apartando la mirada.
―Llevo Su sangre en mí y ÉL dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».
―La muerte corre por mis venas, Alana. Ni siquiera tu dios me perdonaría…
―Dime la verdad. ¿Por qué lloras, Hawin? ―agregó la Elegida, sollozando a su vez.
Ella, luchando consigo misma por temor a abrir su corazón, se mantuvo un momento en silencio antes de contestar.
―Porque… no quería matar ―reconoció al fin.
Se dio la vuelta para ocultar la vergüenza que sentía y caminó unos pocos pasos―.
La sangre me obligó. Me sentenció a cumplir unas órdenes que aborrecía.
Me condenó a alimentarme para sobrevivir.
Al fin y al cabo, no se me permitía dejar de existir porque hubiera diezmado sus filas.
Pese a todo el horror en el que he participado y del que quería huir cada día, tampoco deseaba morir.
―La miró con los ojos enrojecidos―. Soy una cínica.
Pido perdón por todo lo que he hecho; sin embargo, si quiero vivir, tengo que seguir profanando cuerpos para no desaparecer.
Dime, Alana, ¿cómo puedo siquiera pensar que merezco tu piedad o… la «Suya»?
―Acabas de hacerlo, Hawin. Acabas de hacerlo…
La Elegida salvó en un parpadeo la distancia que las separaba y volvió a abrazarla. Ambas lloraron por el destino al que había sido condenada. No obstante, la increíble sensación de poder contar con la otra hizo que ambas se sintieran más unidas que nunca.
Tras sentarse en unos troncos, Nîga, arropada por la calidez y comprensión de la mirada de Alana, comenzó a hablar con la voz quebrada. Por segunda vez, se permitió que la herida en su corazón dejase escapar las palabras que rogaban por liberarse.
―Te aseguro que no siempre fui así. Antes de que él me encontrara, yo…
yo era una chica cualquiera de un pequeño poblado.
Mi familia trabajaba en el campo. Nuestra vida era sencilla; aun así, éramos felices.
Como tú, tenía un hermano menor que siempre me hacía reír…
―Calló un momento y su mirada se perdió en el reflejo del río.
Alana esperó en silencio. Sabía que cualquier palabra podría romper el frágil hilo que la mantenía hablando.
―Una noche, Helmet llegó con un escuadrón a nuestro pueblo ―continuó.
Su voz ahora estaba cargada de una amargura insondable―.
Yo no sabía quiénes eran, nadie lo sabía.
Venía acompañado de tantos… Al verme, se quedó paralizado mientras el resto iba derribando a los más fuertes primero.
Corrí, desesperada. Las lágrimas me cegaron conforme la imagen de esos a los que todavía creía hombres, aunque en nada se parecían a ellos, se lanzaban sin descanso a las gargantas de cuantos conocía para arrebatarles la vida.
Nîga se levantó de golpe y caminó hacia la vereda del río. Se agachó para hundir una mano en la corriente. Tras ponerse en pie, se giró hacia Alana, dejando que el desconsuelo y el dolor brillaran en sus ojos.
―Intenté escapar, pero él era demasiado veloz.
Demasiado fuerte. Apenas tardó unos instantes en atraparme justo al adentrarme en el bosque.
No recuerdo el sonido de sus pasos a mi espalda, solo la extrema rapidez con la que me sujetó.
Sentí terror al oír el frío implícito en su voz mientras me robaba la voluntad para que me estuviese quieta.
Fue muy cruel… ―Su voz se volvió a quebrar y de nuevo apretó los puños―.
Me mordió con tanta saña… Sentí un dolor que no se puede describir con palabras, Alana.
Aquel que, en cierto modo, me has pedido que perdone me ordenó permanecer atenta a cuanto hacía, a cómo mis pulsaciones se debilitaban hasta acercarme a la muerte.
Y así fue. Me desmayé y, cuando desperté, había cambiado.
La Elegida se removió en el tronco, angustiada porque estaba sintiendo todo por cuanto había pasado la vampira.
―Prosigue, Nîga. Por muy doloroso que te resulte, no te lo guardes. Tu alma necesita dejarlo salir.