1. NO ES POSIBLE #2
Ella clavó los ojos en él mientras se debatía en decirle o no lo que sentía. Ante el silencio de Wêr y la mirada de exigencia extrañamente tranquilizadora de su creador, se confesó.
―Temo por Qil ―susurró, dejando escapar un suspiro de verdadero desasosiego―.
Por primera vez, no puedo soportar la idea de perderlo.
No sé en qué me convierten estos sentimientos que me atormentan a cada instante.
Se supone que no tenemos corazón, pero la preocupación me está destrozando.
Apenas han pasado unos días desde su marcha, y ya estoy desquiciada.
No me reconozco, ¡y no puedo decirte más porque ni yo misma sé por qué me siento así!
Wêranker miró al suelo y formó media sonrisa.
―Si no lo ves, es porque no quieres verlo ―dijo sin inmutarse.
―¿A qué te refieres? ―la interpeló Bêw.
―A que estás así porque lo amas ―aclaró Wêranker―. No sé qué nos está ocurriendo. Desde que llegamos a la isla, todos hemos ido cambiando. Puede ser que estemos cansados de luchar o de que esta rutina a la que nos hemos aferrado tanto tiempo no lleve a ninguna parte.
Ambos se quedaron inmóviles, con los ojos muy abiertos, como si, tras escucharla, el mundo hubiera dejado de girar.
―No me miréis así ―agregó, elevando el mentón―.
Yo también me siento diferente, y eso es algo que jamás pensé que sucedería.
Puede que nuestro tiempo esté llegando a su fin.
O tal vez la humanidad que nos fue arrebatada hace tanto se ha cansado de permanecer en las sombras y esté volviendo a la superficie.
―Si no te conociera, hija, diría que has tenido una epifanía.
―No te lo niego, pero más bien creo que es Xwînxwar quien tiene mucho que ver en mi nueva manera de ver la existencia ―sonrió.
―¿Amor, Wêr? ―se burló Bêwestan.
―No lo dudo ―agregó Helmet con rotundidad mirando primero a una y después a la otra―. Aunque estoy seguro de que no es solo eso.
―¿A qué te refieres? ―preguntó Wêranker, que, como de costumbre, acabó sentada en el suelo.
Helmet apoyó los brazos en las rodillas e inclinó el cuerpo hacia delante mientras le daba vueltas a cómo iba a abordar lo que estaba a punto de decirles.
―Hay algo que mis cuatro fieles generales deben saber.
«Algo», de lo que estoy convencido, que cambiará todo lo que creíais conocer hasta ahora.
Ni siquiera yo soy capaz de entenderlo, pero ha llegado el momento de dejar de tener miedo a las consecuencias por desobedecer ―sonrió al tiempo que formaba una marcada expresión de incredulidad―.
Esto es demasiado importante como para mantenerlo en secreto.
Además, confirma mis sospechas de que fuimos… engañados.
Bêwestan intercambió una mirada con su compañera antes de dar un paso al frente y sentarse a su lado. Un gesto que no pasó desapercibido a ninguno de los otros dos.
―Señor, puedes confiar en mí ―dijo convencida. Wêr chasqueó la lengua con el ceño levantado. Esa reacción hizo que Bêw sonriera―. En nosotras ―añadió con cierta diversión―. Decidnos, ¿qué ocurre?
Helmet inspiró profundamente y cerró los puños sobre sus muslos. Cuando habló, su voz grave estaba cargada de una emoción apenas contenida.
―Mis recuerdos han vuelto. Todo lo que creía saber sobre mi pasado era mentira. Mørket me lo robó para formar un ejército, para obtener su venganza. Me arrebató mi vida, mi humanidad y mi familia.
El silencio que siguió fue tan profundo que el crujir de un tronco en la chimenea resonó como un trueno en mitad de la noche. Wêr ladeó un poco la cabeza, procesando las palabras de su señor.
―Helmet ―Bêw entrecerró los ojos apenas, aunque su mirada transmitía un juicio silencioso―, creo que puedo hablar en nombre de las dos al decir que entendemos cómo te sientes.
―Vosotras siempre habéis recordado vuestro pasado ―respondió con un tono de reproche, como si su dolor tuviera más peso.
―Exacto. Ninguna de nosotras pudo elegir, ¿no es cierto?
Bêwestan, se puso en pie de un solo movimiento y comenzó a caminar por la habitación.
―Te equivocas ―intervino Wêranker―. Yo le rogué a Helmet que me transformara ―lo miró con devoción y después clavó sus ojos en ella―, y siempre le estaré agradecida por regalarme la… ―abrió los brazos y levantó las palmas hacia arriba mientras recorría la estancia con la mirada― libertad.
El peso de sus palabras cayó como una losa en el corazón de Bêw. ¿Qué clase de vida de sufrimiento había padecido la vampira que tenía delante como para considerar aquella existencia como algo preciado?
―Hija, quiero que sepas que nunca he podido olvidar ese día ―agregó Helmet, asintiendo con sutileza.
―Padre ―replicó con fervor―, tu sangre corre por mis venas, y me siento muy orgullosa de ello.
Mi vida es tuya… y siempre te pertenecerá.
Te doy mi palabra, estaré a tu lado hasta el fin de los tiempos.
―Ambos sonrieron―. Bêwestan, sé que todo lo que hemos vivido nos marcó a fuego.
Lo sé muy bien, pero él ―añadió mirándolo― nos regaló un presente y un futuro.
―«Pero él» no puede hacernos olvidar el pasado ―reprochó Bêw furiosa.
―Sabes que nadie puede hacer tal cosa ―contestó la otra general, poniéndose también en pie.
―¿Ahora quieres convencerme de que esto es lo mejor que nos podría haber ocurrido? No me hables como si te importara lo que siento o lo que he padecido. ¡Ni se te ocurra sermonearme o darme consejos! No somos amigas, antes me lo dejaste muy claro.
―Bêwestan, no sé qué ocurre entre vosotras, solo que si supieras lo que ella tuvo que sufrir… ―dijo Helmet.
―¡No! ―lo interrumpió Wêr―. No tienes derecho a contarle nada de mí.
―¿Qué? ―susurró Bêwestan―. ¿Qué te hizo ser así?
Wêranker apretó la mandíbula para bloquear esos pensamientos. Por otro lado, ella había cambiado tanto en las últimas semanas que, sin poder contenerse, sus ojos se enrojecieron al recordar uno en concreto. Una lágrima rosada rodó por su mejilla, dejando a los dos sin palabras.
―¿Puedes… llorar? ―preguntó Helmet de manera entrecortada, bloqueado.
Ella se llevó las manos al rostro, avergonzada por haber mostrado una debilidad que creía tener a raya y que solo había compartido con Xwînxwar.
En ese momento, unos decididos golpes hicieron que los tres se giraran hacia la puerta. Acto seguido, el primer general entró. Se quedó estupefacto al verlos de pie, mirándolo con una expresión de desconcierto, y a Wêranker llorando.
―¿Qué está ocurriendo aquí? ―soltó enfurecido. Caminó hasta ella con la rabia instalada en las entrañas. Si la habían hecho llorar, algo muy malo estaba pasando.
―No es lo que piensas ―dijo con un tono suave para tranquilizarlo mientras él borraba con sus pulgares aquella muestra de dolor.
―¿Entonces? ―agregó, volviéndose hacia Helmet.
―Hijos míos, el día de hoy nos ha regalado una verdad muy valiosa, y es que el mundo no es como nos han hecho creer. Sentaos, Xwînxwar debe saber lo que ha ocurrido esta tarde.
Sin perder tiempo, su líder les describió con detalle la experiencia que había compartido con la campesina y lo que había descubierto sobre su protegida Nîga.
―¿Ella ha hecho que recuerdes tu pasado? ―preguntó Xwîn con cautela. Había incredulidad en su tono, aunque también una chispa de esperanza―. ¿Y qué has visto?
―La verdad ―afirmó Helmet―. Que antes de convertirme en vampiro fui humano.
La pareja se mantuvo un instante en silencio. Bêwestan, recelosa, entrecerró los ojos con visible escepticismo antes de preguntar lo que los tres pensaron al mismo tiempo.
―¿Estás seguro de que esa chica no es una bruja? ―Su voz era cortante, casi acusatoria―. Me resulta muy difícil de creer que Nîga sea tu descendiente. Está claro que te ha envenenado con algo que se absorbe por la piel y te ha hecho ver tus más profundos deseos.
―¿Mis más profundos deseos, Bêw? ―gritó sin mesura―.
¿Ver a mi pueblo desmembrado y cuanto alcanzaba mi vista calcinado eran mis más profundos deseos?
¡Mi mujer y mi hija desaparecieron! ¡Yo fui torturado y engañado hasta transformarme en este ser que apenas puede sentir la más mínima piedad! ¿Es eso lo que yo quería ver?
―Helmet, yo…
―Ella tan solo me dijo que recordara lo que estaba oculto en mis recuerdos. Si es bruja, no lo sé. Lo único que puedo confirmarte es que todo en mí me dice que lo que me ha sido mostrado es cierto. Que fue lo que ocurrió.
―Señor ―intervino Xwîn―, si cualquiera de nosotros te estuviera contando esta historia, ¿lo creerías?
―Lo más probable es que no.
―Entonces, con más razón. No digo que no sea verdad, solo que hemos de ser cautelosos. Comprende que nos cueste aceptarlo y que cuestionemos su veracidad.
Helmet sostuvo su mirada sin parpadear. Su postura, recta y desafiante, dejó claro que no aceptaría dudas sobre lo que estaba diciendo.
―Entiendo que desconfiéis, pero os garantizo que lo que he visto no es una «historia». Son mis recuerdos. Recuerdos que ella, al tocarme, ha despertado, y que Nîga, de alguna manera, confirmó.