1. NO ES POSIBLE
H elmet, con el cuerpo y la mente paralizados por lo que acababa de experimentar, fue incapaz de avanzar un solo paso.
Sus ojos, aterrorizados, permanecieron fijos en el pasillo por donde Alana y Nîga habían escapado hacía escasos instantes.
Aunque todo en su interior clamaba por correr tras ellas y desentrañar el misterio de lo que acababa de sentir al tocar a la joven; sus pies se negaron a obedecerle, como si una fuerza invisible los mantuviera anclados al suelo.
Su amada esposa, Hetaw. Su preciosa hija, Ashti. La tosca cabaña donde habían vivido hasta su destrucción. El prado cubierto de nieve donde su pequeña jugaba. El calor del hogar que los envolvía cada noche. Y, sobre todo, el amor que había sentido por ellas.
Sin planearlo, respiró de manera entrecortada al llegar al momento en que Mørket acabó con todo.
Con todo cuanto conocía y amaba. El que se iba a convertir en su amo para toda la eternidad, frustrado al no encontrar un ejemplar que cumpliera con sus expectativas, había arrasado la aldea, consumiendo entre llamas sus esperanzas y sueños.
El líder Drăgoi, cada vez más convencido de que aquellos eran sus propios recuerdos, cerró los ojos con fuerza.
Sin esperarlo, volvió a sufrir el horror de ver decenas de cuerpos mutilados esparcidos por doquier, casas ardiendo hasta convertirse en cenizas y gritos desgarradores apagándose en la noche.
Desesperado, buscó entre el fuego los cuerpos de su familia; pero no los encontró.
De pronto, a su espalda, oyó de forma clara una voz que reconoció al instante.
Al volverse, El Caído, con sus majestuosas alas negras desplegadas, amenazantes, le exigía que se arrodillara.
Como si estuviera reviviendo la historia de otra persona, se vio gritando y corriendo hacia él, dispuesto a luchar.
Ebrio de su propio poder, Mørket rio con desprecio por su atrevimiento.
El imponente ángel expulsado del cielo era mucho más fuerte y poderoso que Helmet, de modo que su furia, impulsada por el dolor más profundo, no fue suficiente.
El enfrentamiento fue absurdamente desigual, ya que ni siquiera pudo rozarlo.
En el último instante, el ser celestial se detuvo antes de acabar con su vida y se lo llevó a rastras fuera de aquel infierno.
Helmet parpadeó de manera frenética, clavando la mirada en las frías piedras bajo sus pies.
Retazos de imágenes borrosas, sensaciones de terror y palabras inconexas se le agolpaban en la mente.
Sin entender cómo, sus últimos momentos como humano estaban desfilando ante sus ojos con brutal claridad.
El primer recuerdo que había atesorado durante siglos era el de haber despertado en un lugar frío y mugriento.
Poco a poco, había dejado de sentir el helor que le calaba los huesos.
Sus manos eran suaves, su piel carecía de marcas.
Ahora, ese también parecía falso, como si le hubieran impuesto una mentira para reemplazar la verdad.
«Cicatrices…», pensó desconcertado. Como si su propio instinto lo guiara, se descubrió el antebrazo en mitad del pasillo.
La visión de su piel nívea e inmaculada lo golpeó como una bofetada.
A la altura del codo debería tener un corte, la marca de una roca afilada que le había rasgado la piel cuando era niño.
Esa imagen, tan vívida y a la vez dolorosa hasta el extremo, también se la había borrado.
Él lo había obligado a olvidar su pasado al susurrar aquella maldita orden justo antes de hundirle los colmillos en la garganta, dejando tras de sí un vacío cruel y engañoso.
Un vacío del que jamás, sin saber por qué, había podido escapar.
No era su hijo. No había sido creado de la nada.
Era un hombre. Un esposo. Un padre.
Lo que Alana le había mostrado no era un engaño, sino un milagro. Podía recordar sin esfuerzo todo lo sucedido antes y después de conocer a su amo. Las órdenes que habían quebrado su voluntad y las mentiras que habían alimentado su temor.
De forma inevitable, ellas volvieron a su mente.
«Hetaw, Ashti…», murmuró para sí mismo. La idea de que ambas debieron escapar a tiempo le concedió un destello de paz.
Si Nîga era la descendiente de su hija, al menos ella había sobrevivido a aquella masacre.
Miles de años los separaban, sin embargo, todo cuanto había sentido por las dos permanecía intacto en su corazón.
Bajó la cabeza, consumido por la culpa de haberlas olvidado durante tanto tiempo.
Por no haber sido lo suficientemente fuerte para resistirse a la voluntad de Mørket.
De pronto, sus ojos se empañaron. El dolor que estaba sintiendo por haberle sido robada la vida que tanto amaba junto a ellas provocó que dos lágrimas rodaran por sus mejillas.
Atónito, se limpió con las yemas de los dedos.
Su color rosado lo impresionó. ¿Por qué ahora, después de tanto tiempo, podía llorar?
Miró al frente y lo supo al instante. «Ella…», se dijo confuso.
Cerró los puños, cegado por la ira; por haber sido despojado de cuanto le pertenecía y tratado como un esclavo. Alana le había devuelto su vida, y ahora, más que nunca, quería respuestas.
Tras inspirar como un humano, el Destino fue magnánimo con él y al fin pudo moverse.
Como si el mismo dios del viento lo empujara, llegó con pasmosa rapidez a su alcoba.
Cerró la puerta y se dirigió a la chimenea.
Con un movimiento violento, arrojó dos leños al fuego antes de apoyarse en la repisa.
El pecho le subía y bajaba con rabia contenida.
«Hetaw, Ashti, Nîga, Lys…», repitió en un susurro, como una oración desesperada.
Pasado y presente se mezclaban en su cabeza, haciendo que todo cuanto había creído se tambaleara.
Las mentiras de su amo lo estaban torturando.
Le habían arrebatado la felicidad, el amor y hasta la vida misma.
El rencor por lo que nunca debió suceder despertó en su interior algo más poderoso que el odio.
Un profundo y visceral deseo de venganza lo atravesó como una daga.
Conocía la historia que su falso «creador» les había contado a él y a sus dos hermanos, pero ya no podía confiar en nada de lo que ese ser les había dicho.
Un fuego abrasador empezó a gestarse en su pecho, avivando su resolución mientras el crujir de los leños en la chimenea acompañaba el despertar de una fuerza desconocida en su interior.
Aquella marea de sentimientos lo desestabilizó.
¿Qué era ahora? ¿Un simple humano convertido en vampiro?
Así era. El primer humano transformado en un verdadero monstruo sin corazón.
Sin embargo, siglos atrás esa afirmación había quedado en entredicho cuando conoció a Lys. A «su» Lys.
Tenía tantas dudas y a la vez tanta certeza de que lo que había visto era verdad que sintió náuseas.
¿Cómo había podido aquella muchacha revelarle su auténtico pasado?
Si con un leve roce de sus dedos le había devuelto la vida que le perteneció una vez, ¿acaso sería un ángel?
Jamás había conocido a ningún ser que tuviera ese poder.
Con la mirada perdida en las llamas se dijo que debía encontrarla.
La obligaría a revelarle cómo había logrado desbloquear su mente y con qué propósito lo había forzado a recordar algo que ahora lo estaba desgarrando por dentro.
El sonido de varios golpes en la puerta lo hizo reaccionar.
―Adelante ―dijo sin inflexión en la voz, apartándose de la chimenea para sentarse.
Bêwestan, con una expresión indescifrable, avanzó con un aire de autoridad que llenó el espacio.
Su cabello rubio, recogido en una trenza aún mojada, resaltaba el brillo afilado de sus ojos, que no ocultaban su desconfianza.
A su lado, Wêranker, igual de imponente, caminaba con una expresión más serena.
La suavidad en su mirada contrastaba con la dureza de sus oscuras ropas, sin embargo, él conocía su verdadera naturaleza y estaba seguro de que detrás de aquella paz, que entendió como fingida, había largas jornadas de sufrimiento.
―Helmet, uno de los nuestros acaba de decirme que ha visto a Nîga en el castillo y que iba acompañada de una humana ―dijo Bêwestan, deteniéndose a una distancia prudente. Su voz era firme, pero en sus palabras había un leve rastro de reto―. Dime que no es verdad…
El líder de la casa Drăgoi alzó la vista y las observó en silencio durante un momento, que se alargó un poco más de la cuenta. Por último, asintió con lentitud.
―He hablado con ambas ―respondió sin alterarse.
―¿Y las has dejado ir? ―le reprochó la general.
―No te debo ninguna explicación, Bêw.
―¿En serio? ―Se adelantó un paso―. Entonces, no entiendo para qué me hiciste salir a buscarlas. ¿Qué significa esto, señor? ―agregó entre dientes―. ¿Es que…?
Ella decidió detenerse para no tener que arrepentirse más tarde; aunque, de la frustración que sentía, se clavó las uñas en las palmas de las manos, como si ese dolor efímero fuese suficiente para contener su cólera.
―No te calles, ¡sigue! ―le exigió, iracundo.
Sin poder contener la rabia que sentía, no solo por su deferencia hacia una traidora, sino por los peligros a los que iba a enfrentarse Qiloçker, dejó escapar todo lo que llevaba días reteniendo.
―¿¡Es que te has vuelto loco!? ―acabó diciendo.
Él le dedicó su ya conocida sonrisa indescifrable.
―Hija mía, ¿qué escondes detrás de tus palabras? ¿Rabia, miedo o celos?
―La odio porque siempre ha sido tu favorita. Nunca habías tenido reparos en castigar su desobediencia y, de pronto, sin más, decides perdonarla. No has dudado en concederle tiempo alejada de nosotros…
―Bêw, ¿acaso no os he preguntado a todos si queríais la libertad? No trates de engañarme a estas alturas. Dime la verdad, ¿a qué viene esto?
Ella, perdida, frunció los labios y elevó los hombros.
―¡No lo sé!
―Sí lo sabes. ¡Claro que lo sabes! Suéltalo de una buena vez. ¿Qué es lo que te ocurre?