Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) Nerón, Domus Aurea #5
6%

Nerón, Domus Aurea #5

Él, lejos de hacerlo, se levantó con un rugido y cargó contra Aulo con todas sus fuerzas. El impacto fue brutal y, enredados, volvieron a caer al suelo. Los dos soltaron una lluvia de golpes aún más erráticos, uno y otro trataban de ganar cualquier ventaja que les diera la victoria.

―¡Maldito seas! ―gruñó Publio.

Enloquecido, le imprimió tal fuerza a su puño que logró abrirle aún más la herida del labio a Escápula, quien, de nuevo, sintió el sabor metálico de la sangre. No obstante, esta vez no se detuvo. Con un movimiento rápido, logró invertir las posiciones, inmovilizando a Publio contra el suelo.

―¡Ríndete, escoria! ―gritó Aulo.

―¡Jamás!

Con otro empujón, Sileno se deshizo de él y se puso en pie. Tambaleándose, se limpió la boca con el dorso de la mano. Su sonrisa aún era feroz y provocadora.

―¡Levanta, cobarde! ―lo desafió Publio en esta ocasión.

―Ahora mismo, ¡bastardo! Vamos, ¡demuestra que eres algo más que palabras!

Para admiración de todos, incluso de Nerón, que cada cierto tiempo le decía alguna indecencia a Annia sobre lo que le esperaba tras desposarse con cualquiera de aquellos dos jóvenes y vigorosos romanos, el combate continuó.

Sus movimientos eran algo más lentos, aunque no menos feroces.

Ambos sabían que estaban llegando al límite, pero ninguno cedió terreno.

Desde su incomodísimo asiento, la joven observaba con el corazón encogido la cruenta lucha deseando que la locura terminara pronto.

Su padre mantenía una expresión impasible, con los brazos cruzados sobre el pecho; pero, por dentro, gritaba para que Publio ganase de una vez por todas.

Raisa no pudo evitarlo y apartó a varios patricios para colocarse junto a su esposo, quien al verla le pasó el brazo por los hombros.

Su hija, rogando un desenlace completamente distinto al que ellos anhelaban, apretó sus manos contra el regazo, incapaz de apartar la mirada.

Ambos contendientes estaban muy magullados.

A Publio le dolían las costillas cada vez que respiraba, y su ojo izquierdo estaba casi cerrado por la hinchazón.

Aulo tenía el labio superior y el inferior partidos y un corte profundo en la ceja, de donde la sangre goteaba sin cesar, nublándole la visión.

Aun así, atacó primero, lanzando otro puñetazo dirigido al estómago de su rival.

Ese golpe lo hizo doblarse, pero antes de que Aulo pudiera aprovechar su ventaja, el otro contraatacó con un gancho al costado que lo hizo crujir de dolor.

Pese a estar agotados, la voluntad de vencer seguía ardiendo en sus pechos.

Finalmente, tras un intercambio frenético de golpes, los dos colapsaron cayendo al suelo casi al mismo tiempo. Ninguno estaba preparado para la brutalidad de una pelea real, por lo que se vieron incapaces de proseguir.

De pronto, un ensordecedor silencio se hizo entre los presentes hasta que vieron a Nerón, que, enloquecido ante aquel despliegue de valentía, se puso en pie levantando una mano para reclamar la atención de todos.

Eso animó a los invitados a vitorear a los jóvenes gladiadores conforme él caminaba con decisión hacia el círculo.

―Esto es inaudito. ¡Otro empate! ―declaró con su voz resonando por encima de la multitud―.

Nunca había visto a dos jóvenes patricios luchar con tanto fervor.

Ambos habéis demostrado vuestra valía con creces y me siento orgulloso de vosotros.

Sin duda, estos muchachos necesitan un descanso ―agregó, mirando en rededor―, ¡y un buen baño!

―se burló de ellos. La multitud rio de manera histriónica ante su comentario―.

Aunque, antes de eso, necesitamos escoger un ganador, ¿no creéis?

Los invitados, enardecidos por el vino, la pelea y la misma noche, gritaron una vez más ante su perorata.

Aulo y Publio, jadeantes y cubiertos de heridas, intercambiaron en el suelo una mirada cargada de resentimiento.

Varios esclavos se acercaron a ellos para ayudarlos a levantarse y vestirse.

Mientras les colocaban las túnicas, ambos se juraron odiar al otro hasta el fin de sus días.

Ese enfrentamiento no había sido más que el preludio de una batalla mayor.

Nerón le hizo un gesto impaciente a Annia para que se acercara. Ante su exigente petición, ella se levantó de su asiento con el rostro tenso y se colocó a su lado.

―Como siempre, soy esclavo de los deseos de mi pueblo ―agregó el matricida a la vez que echaba la cabeza hacia atrás y subía las manos hacia el cielo.

Después, ante el estupor de los Draco, tuvo la osadía de apoyarlas en los hombros de la joven―.

Creo que nada de esto tiene sentido si no contamos con la responsable de que me haya tomado tantas molestias esta noche, ¿no es así?

―preguntó de nuevo para obtener la misma respuesta de los invitados.

En su desvarío, ninguno lo defraudó. Sin embargo, una madre gritaba por dentro y un padre deseaba poder llevar su espada al cinto para degollar a una abominación, cuya locura estaba abocando al Imperio a la más pura depravación y sinsentido.

―Como hijo legítimo de los dioses del Olimpo que soy, he decidido que sea la propia joven quien elija al vencedor. ¿Qué os parece? ―dijo riendo mientras recibía infinitas muestras de apoyo.

Nada más oírlo, sus padres respiraron aliviados. Si Annia podía escoger, se salvaría de tener que unirse al hijo de su peor enemigo.

En el fervor de aquel frenesí, Nerón instó a los tres senadores a formar parte de su delirio, obligándolos a ir al centro de la «arena» junto a sus vástagos.

A medida que se acercaban, el emperador no dejó pasar la ocasión y comentó a voz en grito que el premio que iba a recibir la muchacha no era nada despreciable.

Más risas.

Más vítores.

Más dolor y vergüenza para las tres familias, aunque eso poco le importó a aquel desquiciado.

―Bien, bella Annia, este es tu momento. Ahora, respira hondo y elige. ¿Cuál de ellos será tu futuro dueño?

La joven miró a su padre y, acto seguido, buscó la mirada de su madre.

Con una expresión de profunda preocupación, los dos le estaban pidiendo que tomara la decisión correcta.

Ella les sonrió y asintió despacio. Ambos le rogaban algo que en cualquier otro día hubiera acatado sin dudarlo, pero ninguno conocía la verdadera naturaleza de Publio.

Incumpliendo la voluntad de sus padres y dándole una oportunidad a lo que el Destino había estado a bien en mostrarle, dijo en voz alta el nombre que deseaba pronunciar desde que había oído a escondidas sus más profundos anhelos.

―Elijo a Aulo Escápula.

Buena parte de los invitados aplaudieron satisfechos; sin embargo, la familia Sileno se mantuvo en silencio observando a los Draco, exigiendo una satisfacción.

La pareja, profundamente afectada por esa respuesta, miró a su hija mientras ella extendía ambos brazos, invitando a que Aulo cogiera sus manos. Aunque maltrecho, el joven no lo pensó un instante y se acercó a ella en un suspiro.

―Que los dioses bendigan nuestra unión y que el emperador viva mil años para ser testigo de nuestra dicha ―dijo a la vez que la invitaba a ponerse de rodillas ante Nerón.

―¿Mil años, muchacho? ―preguntó el César Maldito entre risas―. ¡Pues te tomo la palabra!

A Raisa se le escapó una lágrima y Tiberius sintió que una soga le apretaba la garganta. Su primogénita había escogido al hijo de quien consideraban un traidor y, con esa imprudencia, acababa de convertir a Cayo Valerio en su enemigo.

Que los dioses los protegieran porque aquella unión iba a levantar ampollas y podría condenar a su familia a que jamás se recuperara de esa mala decisión.

Solo el tiempo lo diría, pero ahora necesitaban saber por qué Annia los había desobedecido a propósito y qué intenciones escondía tras esa arriesgada elección.