Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) Nerón, Domus Aurea #4
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Nerón, Domus Aurea #4

Al llegar a las esferas, los contrincantes esperaron su venia para empezar.

Nerón asintió y, en cuanto bajó el brazo, cogieron la primera piedra.

Aunque apenas tenían que caminar unos pocos pasos, la distancia les comenzó a parecer mucho mayor conforme avanzaban.

Aulo llegó el primero y soltó el pedrusco en el círculo enmarcado por flores.

Agotado, corrió a por el segundo justo cuando Publio dejaba el suyo.

El joven Sileno regresó en un suspiro a por el siguiente.

Este se asemejaba al anterior, pero el esfuerzo acumulado ya era considerable y le pareció aún más pesado.

Incluso así, logró dejar el enorme canto casi a la par que su contrincante.

Sin perder tiempo, con los músculos hirviendo por el desgaste, se dirigió a por el tercero.

Tan solo iba unos pasos por detrás de Aulo, pero a este se le resbaló la esfera.

En el tiempo que tardó en cogerla, Publio se puso a su altura.

Exhaustos, marcharon sin descanso hasta que las dejaron caer al mismo tiempo.

―¡Otro empate! ―gritó Nerón, maravillado por la gesta de ambos.

Los patricios, exaltados, rodearon a los muchachos. Llevados por la euforia, de forma espontánea, pidieron a varios esclavos que los alzaran en hombros. Momentos después, los llevaron hasta el emperador.

Al dejarlos en el suelo, se arrodillaron.

―Vaya, vaya…, ¡tenemos aquí a dos sucesores del mismísimo Hércules!

Me habéis sorprendido, muchachos. No esperaba que los dos estuvierais a la altura de mi genialidad.

Sin duda, ¡los Escápula y los Sileno son dignos del César!

―vociferó satisfecho mientras los patricios subían sus copas―.

Este resultado requiere un desempate, y he decidido ¡que se enfrenten cuerpo a cuerpo como auténticos gladiadores!

La pequeña turba gritó aún más enardecida.

Quinto Osorio apretó la mandíbula; sin embargo, Cayo Valerio sonreía como si aquello no lo cogiera por sorpresa.

El ambicioso Escápula trató de decir algo, pero Nerón ya estaba ordenando a sus esclavos que hicieran un círculo con pequeños cantos para imitar las proporciones de la arena del circo en un espacio reducido.

Después, colocaron unas antorchas alrededor.

Las llamas danzaban en la penumbra, proyectando destellos dorados sobre las estatuas de mármol y sombras alargadas sobre la gravilla.

Azuzados por la situación, los invitados de la alta sociedad romana se apiñaron formando una media luna para dejar al Dueño de Roma una visión clara de la escena.

Él, entusiasmado por la emoción que iba a proporcionarle aquel enfrentamiento, exigió que colocaran un diván al lado del suyo y obligó a Annia a sentarse junto a él.

Ella, con el rostro muy pálido, retorcía un pañuelo de seda con las manos temblorosas en tanto se moría de preocupación por el desenlace de la lucha.

La siguiente orden que dio el Príncipe Poeta fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de los tres senadores.

Tiberius se opuso al instante, puesto que su hija era doncella.

Quinto Osorio y Cayo Valerio porque aquella decisión suponía una degradación flagrante de sus casas y de sus hijos.

A Nerón poco le importaron los argumentos de sus fieles hombres.

Su palabra era ley, y nadie podía contradecir sus deseos.

Ante la perspectiva de lo que iba a suceder, Draco se situó tras su hija y apoyó la mano en su hombro para darle fuerzas. Raisa, relegada a un desesperante segundo plano, sintió que todo su mundo estaba a punto de desmoronarse.

Entre risas espasmódicas, el emperador obligó a los dos jóvenes a despojarse de sus túnicas.

Histérico, gritó que, si aquello era el circo, ellos debían comportarse como verdaderos gladiadores.

Ambos jóvenes miraron llenos de rabia a sus respectivos padres, quienes asintieron con una expresión que dejaba al descubierto que la furia rugía en sus pechos y la vergüenza laceraba sus tripas.

Desnudos ante los suyos y la ebria turba, Aulo y Publio avanzaron hasta colocarse en mitad del círculo. Nerón, reclinado en un trono improvisado, elevó ambos brazos para que se hiciera el silencio. De pronto, solo el murmullo de una fuente cercana llenó el aire con su melodía.

―¡Que comience la lucha! ―Su voz, desgañitada, resonó como un tambor quebrado.

En torno a ellos, esa reducida pero selecta audiencia, encabezada por los Draco, se ciñó a observar.

En el centro del jardín, los luchadores se miraron bajo el pálido resplandor de la luna.

Sus jóvenes cuerpos temblaron ligeramente por el frío y la tensión.

Annia mantenía la mirada fija, combinando fascinación y aprensión, en los esculpidos músculos de los dos muchachos.

―Esto es un ultraje ―susurró Aulo entre dientes, cerrando con fuerza los puños.

―Ultraje o no, es la última prueba. ―Sonrió con una arrogancia que hizo hervir la sangre de su contrincante―. No te preocupes, no dejaré que esto se prolongue demasiado. ¡Ella es mía!

El joven Escápula lo fulminó con la mirada, aunque no respondió.

Sabía que el desprecio de Publio era una provocación.

Con todo, se negó en rotundo a perder el control.

Respiró hondo y se enfocó en los sonidos que le llegaban: el crujir de la grava bajo sus pies, el cuchicheo quedo de los invitados, el zumbido distante de una cigarra.

Sin más, Nerón elevó una de sus manos regordetas, dando carta blanca para que la entregada masa de invitados se lanzara a animar a los dos por igual.

Aulo flexionó ambas rodillas, adoptando una postura defensiva. Publio, por su parte, avanzó con pasos cortos y calculados, con los puños apretados y los ojos centelleando con una mezcla de confianza y desprecio.

El primer golpe fue torpe pero efectivo.

Sileno lanzó un puñetazo directo al rostro de Escápula, que, aunque intentó esquivarlo, no logró evitarlo por completo.

El sonido seco del puño contra la mandíbula resonó en medio de la improvisada arena, arrancando un jadeo colectivo a los espectadores.

Aulo retrocedió tambaleándose. El sabor metálico de la sangre le llenó la boca mientras una delgada línea roja le brotaba del labio partido.

Furioso consigo mismo por haber sido incapaz de detenerlo, soltó un gruñido y contraatacó, lanzándose sobre Publio con un golpe al costado que hizo que este jadeara de dolor.

La fuerza del impacto lo desequilibró, provocando que trastabillara unos pasos.

La falta de experiencia de ambos era evidente.

Sus movimientos carecían de la gracia de los gladiadores entrenados.

Pero su odio era real, crudo, y la intensidad con la que se entregaron a la lucha eclipsó cualquier falta de pericia.

Publio arremetió de nuevo apuntando al torso de Aulo.

Esta vez su puño impactó con un sonido sordo contra las costillas de su oponente, arrancándole un gemido.

Escápula, con los dientes apretados, se negó a retroceder.

En lugar de eso, aprovechó la cercanía para golpear a su rival con un derechazo en la mejilla, con el que lo envió directamente al suelo.

Un murmullo de excitación se alzó entre la multitud mientras Publio se incorporaba escupiendo sangre.

Tenía el rostro hinchado, y una fea magulladura comenzaba a formársele en el pómulo.

Con mirada feroz y desquiciada, se abalanzó sobre su contrincante.

Ambos acabaron rodando por la gravilla. Se golpearon con furia descontrolada, sin importar que sus golpes a menudo fallaran el objetivo o se encontraran con la dureza de los huesos del otro.

Aulo logró colocarse encima y comenzó a lanzar puñetazos sin cesar.

Cada impacto fue recibido con gruñidos y maldiciones.

Publio se revolvió para tratar de repelerlos, hasta que reunió las fuerzas suficientes para empujarlo a un lado con un violento movimiento de cadera.

Los dos quedaron tendidos en el suelo, jadeando como bestias heridas, con los cuerpos cubiertos de sudor, sangre y polvo.

El primogénito de Quinto Osorio, dispuesto a no perder, fue el primero en levantarse. Esperó a que Publio también lo hiciera y se lanzó con un golpe directo a su rostro. Este lo esquivó en el último momento, aunque volvió a tambalearse.

―¿Eso es todo lo que tienes? ―se burló Sileno.

Aulo no respondió, estaba demasiado concentrado en medir cada uno de sus movimientos.

Cuando finalmente vio la oportunidad, lanzó otro derechazo con tanta fuerza que provocó que la cabeza de su contrario se girara con brusquedad.

Publio se tambaleó, aunque no cayó al suelo en esta ocasión porque dos patricios lo sujetaron.

Él se deshizo con rabia de su agarre y avanzó soltando un bramido.

―No creerías que vencerme iba a resultarte tan fácil, ¿verdad? ―dijo Escápula jadeando, con un tono que reflejaba su temple.

Los invitados soltaron un murmullo de aprobación, pero Publio no se dejó intimidar. Su rostro se contrajo en una mueca de odio mientras lo señalaba con el brazo extendido.

―Eres un campesino disfrazado de patricio ―escupió, lanzándose de nuevo al ataque―. Ella merece un hombre de verdad, ¡no un patán como tú!

Aulo bloqueó el golpe a duras penas, aunque eso no lo libró de sentir un dolor agudo en el costado.

―¡Annia merece a alguien que la respete! ―replicó fuera de sí, empujando a Publio hacia atrás.

La lucha continuó con un ir y venir de golpes que dejó a ambos resoplando y sudorosos. Aulo comenzó a notar el desgaste en sus brazos, pero también observó que Publio se movía con menos coordinación. Sus ataques eran bastante erráticos, impulsados más por la rabia que por la estrategia.

En un momento de descuido, Sileno lanzó un puñetazo que el otro esquivó fácilmente, quien, girando sobre su eje, le devolvió un golpe directo en la espalda. El joven cayó de rodillas, maldiciendo.

―¡Ríndete, Publio! ―gritó con confianza.