Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) Nerón, Domus Aurea #3
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Nerón, Domus Aurea #3

Con destreza, ambos contrincantes se subieron a sus bigas [3] ; aunque, en esta ocasión, iban tiradas por un solo caballo dada la estrechez del recorrido.

Publio dibujó una sonrisa de triunfo y escupió en el suelo que separaba ambos carros.

Aulo apretó la mandíbula, pero no respondió a su provocación.

Al contrario de lo que su enemigo esperaba, giró la cabeza hacia el frente.

Annia, que había sido testigo de aquella inaceptable falta de respeto, fue incapaz de apartar sus ojos del joven Escápula, que pareció presentirlo, puesto que volvió la vista hacia ella.

La imagen de la joven le robó el aliento.

Tenía los labios entreabiertos, la mano colocada a la altura del corazón y su rostro parecía desprender genuina preocupación.

Durante los escasos momentos en los que clavaron la mirada el uno en el otro, pareció que el tiempo, de improviso magnánimo, se paralizó para darles la oportunidad de verse más allá de aquella locura.

Como si los dioses hubiesen escuchado sus plegarias, el corazón de Aulo se detuvo al leer en sus labios algo pronunciado únicamente para él.

―Fortuna.

Ella le había deseado la victoria. Sin poder evitarlo, él vocalizó una sola palabra que englobaba todo aquello por lo que había rezado.

―Tibi [4] .

Annia dejó escapar un suspiro mezclado con una tímida sonrisa. Asintió despacio antes de unir los labios mientras sus ojos se empañaban ligeramente. Raisa, extrañada, la miró sin entender qué le sucedía. Aprovechó que todos estaban centrados en los aurigas para preguntarle.

―Hija, ¿has podido averiguar algo?

―Más de lo que padre y tú os imagináis.

De pronto, un esclavo sujetó los bozales de los caballos y tiró de ellos para llevarlos a la línea de salida.

―Va a comenzar ―susurró la nueva Portadora sin poder apartar la vista de Aulo.

―Esperemos que gane Publio.

Su primogénita no contestó porque ni siquiera la había oído. Solo podía prestar atención al joven que había expresado en voz alta sus más profundos deseos y a quien ahora empezaba a ver mucho más allá de la familia a la que pertenecía.

Tras el toque de varios lituus [5] , los presentes se quedaron en silencio a la espera de lo que iba a suceder.

Los dos muchachos miraron hacia Nerón, quien mantuvo un instante el brazo levantado antes de bajarlo de golpe.

Con determinación, ambos tiraron de las bridas, provocando que los caballos se echaran a la carrera.

Annia mantuvo la respiración al ver cómo Publio jugaba sucio y empujaba su carro para sacar del camino a Aulo.

Él, sin embargo, se mantuvo firme y aprovechó un pequeño hueco que se creó al girar en la primera estatua.

Tensando aún más las riendas, fustigó con fuerza y se situó por delante.

El joven Sileno, vomitando insultos y maldiciones, trató de sobrepasarlo.

El hijo del senador Escápula no se lo permitió.

Al llegar a la fuente, Publio cometió el error de tratar de echar hacia el exterior a su contrincante.

Aquello provocó que la rueda de su biga chocara con un saliente de mármol, obligando a su caballo a saltar por encima del borde.

El estruendo que causó el golpe provocó que los presentes soltaran una exclamación al ver al auriga volando por encima del carro.

Publio terminó de cabeza en el agua, con la consiguiente humillación para su padre, momento que aprovechó Aulo para acabar el recorrido.

Su padre, Quinto Osorio, gritó en su honor. Los invitados lo vitorearon mientras Tiberius miraba a su esposa con el gesto serio. El emperador aplaudió entusiasmado ante el despliegue de recursos de aquel joven que acababa de obtener la primera victoria.

En cuanto bajó del carro, avanzó a grandes zancadas hacia Nerón y se arrodilló ante él.

―Bien hecho, muchacho. Ponte en pie. ―Aulo obedeció con una sonrisa―. ¡Vencedor de la primera prueba! ―dijo cogiéndolo de la muñeca para subir su brazo en señal de triunfo.

Los presentes se deshicieron en vítores y felicitaciones sin reparar en el rostro de Publio, que no se molestó en disimular la expresión de querer destripar a su adversario allí mismo.

―Joven Sileno, espero que os toméis esto en serio y os empleéis a fondo si no queréis ser el perdedor de estos juegos ―añadió el matricida con una sonrisa burlona―. ¡Que comience la siguiente prueba!

Publio no esperaba tener que hacerla en esas condiciones, pero Nerón no les había concedido ni unos instantes para cambiarse de túnica.

La segunda invención que había ideado el Señor de Roma era «El Laberinto de Diana».

Allí los jóvenes tendrían que buscar unos autómatas que los esclavos habían ocultado entre los setos y que simulaban una sorprendente variedad de animales.

Aquella nueva carrera les exigía una combinación de destreza y precisión, puesto que ganaría el primero que lograra atrapar el pequeño pez que escondían las fauces de uno de los dos félidos que habían llevado desde palacio.

―Es una idea magnífica, divinidad ―lo alabó Quinto Osorio―. Mi hijo será el más rápido.

―Eso ya lo veremos ―replicó Cayo Valerio.

―Senadores ―intermedió Nerón―, paciencia. No queráis acabar tan pronto con la diversión.

―Por supuesto ―respondieron los dos al mismo tiempo que agachaban la cabeza.

Tiberius se acercó al emperador y trató de sonsacarle dónde estaban escondidos aquellos artilugios.

Por supuesto, rechazó su petición y no quiso desvelarle el lugar en el que los habían colocado.

En realidad, Nerón solo tenía una ligera idea de su posición, puesto que era la primera vez que visitaba su hogar.

No obstante, después de haber revisado el pequeño plano que le habían entregado, pudo ubicar bastante bien dónde se hallaban.

En el jardín se habían colocado estratégicamente tres perros, un par de enormes tortugas y dos leones.

Sileno, que estaba calado hasta los huesos, hervía de rabia sumido en la indignación por haber perdido la oportunidad de ponerse en cabeza.

Sintiéndose como un verdadero necio, echó a correr entre los frondosos setos que abundaban en la lujosa finca.

Su oponente, como era de esperar, tomó el camino contrario.

Ambos, comportándose como micos de anfiteatro, se desplazaron como locos para encontrar el preciado pececillo.

Publio se topó con uno de los perros; en cambio, Aulo tropezó con una de las tortugas y acabó cayéndose de bruces.

Su contrincante lo vio y rio por dentro; pero no se detuvo a regodearse, sino que siguió buscando como un poseso.

Instantes después, se oyó un alarido de triunfo desde el otro lado de la segunda fuente.

―¡Lo tengo! ―vociferó Publio, mostrando en alto el diminuto pez.

Aquella prueba les pareció una vejación a ambos cabezas de familia.

Estaba claro que a Nerón no, puesto que reía emitiendo un sonido igual que un puerco a punto de morir.

Para él, todo lo que había organizado era un simple juego.

En cambio, a Cayo Valerio le pareció un insulto mientras que Quinto Osorio empezaba a preguntarse si había obrado con sensatez al propiciar tal disparate solo por avaricia y venganza.

De hecho, el viejo senador miró a Tiberius y negó despacio, mostrando de este modo su desacuerdo y desconcierto.

El anfitrión elevó los hombros y formó una línea con sus labios, dándole a entender que lo hecho, hecho estaba y no había vuelta atrás.

Publio corrió hacia el Heredero de los Julios para mostrarle el pez.

No se arrodilló ante él como lo había hecho su competidor, sino que le acercó el brazo, instándole a que lo nombrara campeón de la segunda prueba.

Ajeno al ridículo que estaba haciendo, Nerón cayó en la trampa de obedecer, borracho de gloria al sentir que su juego era sublime e incomparable.

Cabizbajo, Aulo se acercó hasta ellos. Antes de rendir pleitesía, cruzó la mirada con Annia.

Ella sonrió levemente y asintió para darle ánimos.

Él notó un escalofrío recorriéndole la espalda al entender que estaba de su parte.

No lo esperaba, ya que ambas familias eran rivales.

Incluso albergando dudas sobre que aquello pudiera estar sucediendo, le devolvió la sonrisa.

Al ver que la doncella ensanchaba la suya, agradeció a los dioses aquel gesto.

Con él, acababa de avivar su determinación para humillar a su rival.

Con fuerzas renovadas, cabeceó, mirando hacia el César. Acto seguido, se giró hacia su padre y le hizo un ademán para confirmarle que estaba dispuesto a ganar. Quinto Osorio, satisfecho al ver la disposición de su hijo, ladeó la cabeza como respuesta.

―Bueno, joven Escápula. Estáis empatados ―rio Nerón con fuerza―, pero solo uno puede ser el vencedor absoluto. ¡Probad vuestra valía o convertíos en el polvo que se lleva el viento!

Sus palabras enardecieron a los presentes, provocando una carcajada generalizada, palmas y ovaciones para animar a ambos muchachos a que dieran lo mejor de sí.

―La tercera prueba ―prosiguió― será la que he denominado «El Paso de Hércules».

Al levantar ambos brazos, una aclamación ensordeció su discurso un instante, hasta que hizo una señal con las manos y todos callaron ante su orden.

―«El Paso de Hércules» ―repitió― es un desafío de fuerza en el que deberéis mover esas pesadas esferas de piedra que están colocando ahora mismo hacia las posiciones marcadas en el suelo.

Seguiréis los pasos del hijo de Zeus, simbolizando de este modo las labores del héroe inmortal.

Solo el más fuerte y astuto prevalecerá. ¿Quién de los dos será?

Los invitados volvieron a jalear al emperador para mostrarle que solo él era capaz de crear tal genialidad.

―Mi señor ―dijo Aulo, bajando el mentón. Publio lo imitó solo para no perder su favor.