Nerón, Domus Aurea #2
―Tiberius, amigo y pilar del Senado, entiendo que os sintáis tan honrado, y vuestras sencillas palabras así me lo demuestran.
―Mi señor… ―dijo en voz baja, mordiéndose la lengua.
Todos se arremolinaron a su alrededor para mostrarle pleitesía.
―Os saludo al resto ―agregó Nerón con el brazo levantado―. ¡Disfrutad del festejo!
Se oyó un murmullo generalizado de agradecimiento. Los patricios elevaron las copas en su honor.
―Ahora ―continuó, posando sus vivaces ojos en el anfitrión―, presentadme a los muchachos que van a servirnos de entretenimiento. Después os mostraré cuáles son las pruebas que van a realizar.
A él le molestó que ni siquiera preguntara por Raisa o por su pequeña, quien era la verdadera protagonista de la noche.
Con la rabia azuzándole el alma, se recordó que no era un cobarde.
En el pasado, su fuerza y determinación lo habían llevado a ser un pilar dentro del Ejército.
De modo que, por una vez, se atrevió a contradecirlo.
―Sol del Imperio, antes mi esposa y mi hija desean conoceros. Al fin y al cabo, estamos aquí por Annia.
Sileno y Escápula sonrieron al pensar que aquella imposición iba a ser la perdición del preferido del emperador, pero el Destino le concedió una tregua y su arrojo le gustó a Nerón.
―Tenéis razón, amigo mío. Estaré muy satisfecho de conocerlas. Como bien habéis dicho, al fin y al cabo, «Annia» ―recalcó su nombre― va a ser el premio de la noche.
Draco apretó la mandíbula y dibujó una sonrisa falsa. Demasiado incluso para los senadores que lo flanqueaban; sin embargo, la egolatría del César maldito le impidió reconocer la mentira en sus facciones.
Tras un gesto, ambas se acercaron.
―Invicto soberano, ella es Raisa, mi amada esposa y, Annia, mi querida hija.
Las dos se inclinaron ante él, quien las miró con agrado.
―Vaya, tal vez debería haber visitado primero vuestro hogar.
Creo que mi precipitada decisión no me ha beneficiado en absoluto.
―Chasqueó la lengua al mirar de arriba abajo a la joven―.
Su belleza supera con creces a la de Octavia ―ella bajó la cabeza, avergonzada por ser el centro de atención de un sádico―, pero es demasiado estrecha de caderas ―acabó diciendo con un mohín―.
Bueno, servirá para sus pretendientes, que es para lo que estamos aquí.
―Por supuesto, divinidad ―respondió con el corazón en un puño.
Tiberius se arrepintió al instante de habérsela presentado, ya que había estado a punto de condenar a su hija a ser la amante de un loco.
Por suerte, Nerón la descartó de inmediato, de modo que aprovechó aquella fugaz ventaja para alejarlas de allí.
Tenía que distraerlo de aquel encuentro lo antes posible, así que instó a Quinto Osorio y a su fiel amigo Cayo Valerio para que llamaran a los dos improvisados «gladiadores» de la noche.
Tiberius supuso que todavía no habían hecho acto de presencia bien por miedo, bien por orden de sus progenitores; así que había llegado el momento de que conocieran al emperador.
―Mi amado Augusto, él es Aulo, el orgullo indiscutible de mi impecable linaje ―dijo su progenitor con vehemencia, echándole el brazo por encima.
―Y aquí tenéis a la luz de mis días y servidor fiel de vuestra gloria, Publio, mi primogénito ―replicó Sileno, imitándolo.
Los muchachos pasaban de largo la veintena.
Los dos eran altos, fuertes y habían sido muy bien instruidos, puesto que ambos miraban al Dueño de Roma con el mentón elevado para que pudiera observarlos.
Ninguno quería mostrar debilidad, no obstante, a Publio se le escapó una sonrisa, gesto que entendió Nerón como una insolencia.
―Bien, ahora quiero conocerlos en privado ―ordenó con un tono que borró del joven aquella mueca de inmediato―. Tiberius, llevadnos a una estancia en la que podamos estar solos.
―A solas… ¿por qué? ―protestó Escápula. Su enemigo, Sileno, los observaba con desprecio.
―¿Alguna objeción a mis decisiones, Quinto Osorio? ―lo retó, entrecerrando los ojos.
―No, divino Nerón. ―Se mordió la lengua y bajó la cabeza. Cayo Valerio imitó aquel gesto, aunque por dentro deseaba cortarle el cuello por haber sido el causante de aquel circo.
―Mi casa es vuestra ―intervino el anfitrión, satisfecho por haber logrado su objetivo―. Si sois tan magnánimo de seguirme, para mí sería un auténtico honor cederos mi tablinum.
―Así sea ―respondió mientras que con la mirada reprochaba el comportamiento del senador que se había atrevido a responderle.
La celebración prosiguió sin ellos. Raisa y Annia iban a retirarse para espiarlos; pero, en el último instante, Escápula retuvo a la esposa de Tiberius con una excusa.
Ella miró a su hija y asintió para que se fuera.
Annia sonrió a los presentes y se marchó simulando una tranquilidad que no sentía.
Unos viejos conocidos la detuvieron para poder felicitarla.
Por desgracia, el achispamiento de la pareja la hizo retrasarse.
Angustiada por no llegar a tiempo, les agradeció sus palabras y se disculpó con ellos, dándoles la excusa de que necesitaba ausentarse unos instantes.
En cuanto entró en el gran recibidor, caminó deprisa hasta llegar a la alcoba de sus padres.
Allí, tras un panel oculto, encontró un angosto pasillo que llegaba hasta la pared que quedaba detrás de la mesa.
Se acercó muy despacio y retiró un pequeño círculo para ver y oír lo que ocurría en aquella habitación.
Temerosa por que la descubrieran, se tapó la boca con la mano antes de mirar por el pequeño orificio.
―… Me congratula que ambos estéis tan entregados a mis deseos y os mostréis tan fieles al Imperio ―oyó decir a Nerón―. Espero que esta noche seáis el orgullo de vuestras familias. Tened presente que nadie recuerda a los vencidos. Que gane el mejor.
―Sí, divinidad ―respondieron los jóvenes al mismo tiempo.
Ella frunció los labios, lamentándose de no haber llegado a tiempo para oír la conversación.
Cuando el emperador abandonó la estancia, ellos permanecieron para cambiarse de atuendo.
Annia trató de ver un poco mejor y se acercó cuanto pudo al agujero.
Se quedó paralizada al ver cómo los dos se desvestían.
―Sabes que no tienes ninguna oportunidad contra mí y te voy a ganar ―soltó Publio con arrogancia mientras se colocaba la túnica.
―Estás muy equivocado, escoria…
―Ahórrate el discurso ―lo cortó mientras se colocaba una de las túnicas blancas que les había llevado un esclavo―.
Sabes que no podrás conmigo. Seré yo quien se la follará cada noche como si fuera una perra complaciente.
Quizás hasta consiga que me… ―Hizo un gesto con la mano imitando una felación―.
En Pompeya he aprendido y disfrutado mucho más de lo que tú nunca podrás llegar a imaginar, así que le enseñaré a satisfacerme. Aunque sea por la fuerza…
Aulo, sintiendo como si la lava le devorara las tripas, lo empujó con tanta rabia que su contrincante acabó cayendo al suelo.
―¡Ella es una patricia, mal nacido! A nuestras mujeres se las trata con respeto y dignidad. ¡Son las madres de Roma!
Publio se echó a reír y se levantó del suelo sin dificultad.
―Pensaba que eras un hombre, pero me voy a enfrentar a un poeta.
―Elevó los hombros en señal de hastío―. No me importa nada tu fingido sentido del honor, yo solo busco el poder y la gloria.
Y es justo lo que voy a conseguir esta noche, «escoria».
―Repitió con arrogancia el mismo insulto que el otro le había dedicado antes y cerró la puerta tras salir.
A solas, Aulo terminó de vestirse. Justo antes de abandonar la dependencia, apoyó las manos en la mesa de Tiberius y se puso de rodillas. Inclinó la cabeza y comenzó a decir en voz baja una plegaria.
―Marte, dios de la guerra y señor del hierro.
Insúflame con tu aliento valor y fuerza.
Concédeme la victoria y juro levantar la mayor estatua que haya existido en tu nombre.
Permíteme aplastar a Publio y salvarla… a «ella».
Venus, diosa del amor y la belleza, cuida de tu hija e impide que ese malnacido ―agregó entre dientes― obtenga lo que yo deseo por amor.
Annia sintió cómo un escalofrío la recorría por completo.
El hijo del mayor enemigo de su padre la había defendido y rogaba por vencer; ya no por obligación, sino porque la amaba.
Instantes después, el muchacho dejaba el tablinum.
Ella tapó el orificio y corrió cuanto pudo para llegar a la fiesta.
Debía hablar con sus padres lo antes posible; pero, en cuanto pisó el jardín, una nueva avalancha de felicitaciones impidió que pudiera llegar hasta ellos para revelarles lo que había averiguado.
Nada más verla aparecer, Nerón, que ya les había mostrado a ambos senadores y a sus hijos lo que había ideado, ordenó que comenzaran las pruebas.
Todos los invitados, sintiendo una curiosidad extrema, se desplazaron hacia donde iban a celebrarse.
El circo daba comienzo y esa noche solo la diosa Fortuna decidiría a quién iba a tocar con su gracia.
La primera, la denominada «Carrera de la Victoria», consistía en una gesta de velocidad y estrategia donde los competidores llevarían unos carros ligeros por un pequeño circuito que habían improvisado entre una de las fuentes y varias estatuas.
Con esa prueba, el matricida había expuesto que quería evocar las carreras del Circo Máximo.
Los presentes lo felicitaron con entusiasmo por su agudeza y genialidad mientras que los tres senadores mantenían la vista fija en los jóvenes.
Dos deseaban que ganase Publio y otro que fuera Aulo.