Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) Nerón, Domus Aurea
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Nerón, Domus Aurea

Al subir la colina, el imponente edificio bañado por los primeros rayos del sol lo sobrecogió.

Con un gesto austero, avanzó junto a su esclavo entre la columna de guardia pretoriana que custodiaba el camino.

Ninguno de aquellos soldados se paró a pensar qué lo había llevado de vuelta a esas horas.

Todos sabían que, como senador, su deber era servir al Imperio.

Si el Dueño de Roma lo había hecho llamar, debía acudir al instante para servirlo.

Un criado se presentó ante Nerón para anunciar su llegada.

Al autoproclamado constructor de Roma le causó curiosidad que regresara a esas horas, sobre todo porque hacía poco que se había marchado.

Ordenó que lo llevaran a sus aposentos. Que pidiera audiencia para hablar con él en un día tan señalado le extrañó, puesto que se verían aquella misma noche.

Lo cierto era que no podía esperar a saber el resultado del enfrentamiento entre los dos jóvenes patricios.

Aunque ya había hecho sus propias cábalas, tal vez el resultado no fuese el que esperaba.

Pero eso ya se vería cuando acabaran las distintas pruebas que había decidido y la lucha final.

Tras hacerlo pasar, Tiberius se adentró en sus dominios más íntimos. En un lateral de la estancia, Nerón se encontraba desnudo en su enorme bañera, elevada del suelo por tres escalones, mientras un criado derramaba en su espalda varios recipientes llenos de agua caliente.

Nada más verlo entrar, el decadente tirano lo recibió con el rostro iluminado por una amplia sonrisa. Draco contuvo la respiración al comprobar que sus ojos brillaban con entusiasmo y sus mejillas mostraban una felicidad que él entendió como sincera.

―Querido Tiberius, ¿a qué debo el obsequio de vuestra presencia de nuevo? Pensaba que nos veríamos más tarde. Ah, ya sé, el festejo ―se respondió a sí mismo―. No os preocupéis, mis esclavos marcharán pronto a vuestro hogar para preparar mi sorpresa.

―Amada divinidad, confío sin dudar en vuestras decisiones. No es eso lo que me ha hecho venir. Al llegar a las puertas de mi casa, me he dado cuenta de que había olvidado pediros algo sumamente importante que requiere, de forma indiscutible, de vuestro inigualable talento.

―¿Y no podíais esperar? ―dijo, haciendo un gesto al esclavo para que vertiera más agua―. ¿Acaso pensáis que mi valiosa persona solo está a vuestra disposición?

Tiberius bajó un instante la mirada al suelo, pero luego la clavó en los ojos del megalómano.

―Hijo Predilecto de Venus y Marte ―agregó empleando un tono zalamero y suave―, sabéis de sobra que, al igual que el resto, no soy nada sin vuestro excelso juicio.

El tirano de la lira mostró una sonrisa de satisfacción al oírse en tan alta estima de labios de uno de los senadores en los que más confiaba y que apreciaba a su manera.

―Admito que no os falta razón, amigo mío, y ese es el precio que he de pagar por ser quien soy.

Por suerte para todos, también «soy» el único que puede ostentar esta inmensa y pesada responsabilidad.

Es mi destino y lo acepto de buen grado.

Bien, mi querido senador, ¿qué tribulación os mantiene en vilo?

El respetado patricio pestañeó un par de veces, incrédulo por haber propiciado una oportunidad. No perdió el tiempo y se lanzó a echar la red para forzar al emperador a caer en la trampa.

―Grandioso soberano, en verdad es más el deseo de un padre intranquilo que una necesidad en sí. ―Nerón movió la mano para que prosiguiera―. Si no os causa demasiada molestia, os ruego que conozcáis en persona a los dos muchachos antes de la competición. Me refiero a Publio Sileno y a Aulo Escápula.

―Así que habéis descubierto al otro contrincante… ―dijo con un tono de decepción―. ¿No hay forma de sorprenderos o alguien se ha ido de la lengua?

―Divinidad, vi cómo Quinto Osorio os rogaba una audiencia. Era solo una suposición, pero veo que no andaba desencaminado.

―¡Y tanto que no! He de recordar para futuros acontecimientos que sois muy perspicaz. ―Sonrió―. Bien, ahora explicadme por qué sentís esa inquietud por los jóvenes.

―Es más por precaución que por otro motivo. Confío en vuestra infinita sabiduría… y siento el pálpito de que deberíamos descubrir qué intenciones albergan con respecto a la unión con mi hija.

―Es el emperador quien exige esa alianza ―respondió receloso―. Ni vos ni nadie tiene derecho a interferir en mis decisiones.

―Divino César, os aseguro que es todo lo contrario.

Os amo más que a mi propia vida ―mintió de forma descarada, llevándose la mano a la altura del corazón.

Aquella confesión suavizó la dura expresión del emperador―.

Por esta razón, sé con certeza que no existen mejores candidatos, solo temo que alguno no sea tan fiel a vuestra persona como aparenta ser.

Tiberius se detuvo un momento para tomar aliento. No sabía cómo se iba a tomar sus palabras. Estaba caminando por tierras fangosas y, si daba un paso en falso, puede que pusiera en peligro todo por lo que había trabajado durante años.

―Incomparable Augusto ―prosiguió―, estoy convencido de que oyendo sus argumentos podréis discernir sin lugar a dudas la verdad que albergan sus corazones.

El Príncipe de los Excesos cogió un lienzo, lo hundió en el agua y después se lo pasó por el rostro. Sin decir palabra, se puso en pie, mostrando su desnudez sin ningún tipo de pudor. El criado le acercó al momento una túnica y le ayudó a bajar.

―Aviva el fuego ―dijo sin mirar al patricio.

El senador auguró lo peor. Sus argumentos parecían no haberlo convencido, y eso iba a traerle más de un quebradero de cabeza porque, aunque rechazara la idea por completo, el destino de su amada Annia ya no estaba en sus manos.

―Acercaos, Tiberius ―añadió Nerón, sentándose.

―Si os he molestado con mis temores…

―Todo lo contrario, mi fiel servidor. Vuestros «temores» ―repitió―, me han servido para recordarme que, pese a ser el señor de Roma y la luz del Imperio, también soy mortal. Debido a este molesto inconveniente, puedo tener enemigos. Y no está de más protegerse.

―Vuestra vida es la mía propia, divinidad.

Nerón asintió varias veces antes de volver la cabeza hacia las llamas, que, tras los hermosos troncos que había añadido el esclavo, ahora calentaban la estancia con más brío.

―Está bien, Tiberius. Conoceré a esos muchachos, aunque lo haré a solas. No quiero que nuestra conversación pueda ser conducida, así que ni sus padres ni vos estaréis presente. ¿Queda claro?

―Bien sabéis que vuestra voluntad es ley para mí. Así se hará ―agregó, guardando a buen recaudo que su esposa y su hija oirían cuanto se dijera entre aquellas paredes.

―Me complace vuestra respuesta. Reconozco que ha sido un poco precipitado mi cambio de parecer, pero todo genio ha de aceptar que eso puede ocurrir.

Sabed que mis esclavos llegarán antes del mediodía a vuestra casa para preparar en los jardines las pruebas que he ideado.

Hoy demostraré que mi ingenio no tiene parangón.

El senador, con porte regio y disimulando su mirada calculadora, se inclinó levemente antes de hablar.

―Por supuesto, mi señor ―dijo con disgusto, ya que no tenían conocimiento alguno de lo que había pensado―. Estoy seguro de que las pruebas que habéis concebido serán un testimonio de vuestra grandeza.

―Bueno, no os preocupéis por los muchachos. Aunque compitan con fervor, ninguno derramará su sangre.

―Esa es una innovación digna de vuestra magnificencia ―agregó Tiberius, que se alegraba al haber errado en su presunción de que alguno moriría en el intento.

Nerón sonrió satisfecho al haberlo sorprendido.

―Acompañadme. Con mucho gusto os mostraré lo que he creado para ellos. Comprobaréis que mi visión es inigualable.

Tras haberle enseñado aquellos bocetos pueriles y mal elaborados, el patricio suspiró tratando de contener su desagrado. Los jóvenes no lo tendrían fácil, aunque al menos no morirían al final del día.

―Decidme, Tiberius. ¿Qué opináis de tan agudos desafíos? Esta competición, que he denominado «Juego de Marte», contará con tres pruebas que harán que hasta los gladiadores se sonrojen de vergüenza.

―Reconozco que es un tributo digno del mismísimo Marte ―dijo para ensalzar su ego.

―Así es, amigo mío. Ahora, marchaos. Nos veremos esta noche.

―Que los dioses del Olimpo os guarden.

Con un gesto de cabeza, se despidió del asesino enloquecido que los gobernaba.

Regresó a su hogar con la incertidumbre de si aquel innecesario encuentro había servido de algo, puesto que el montaje del maldito circo ya se estaba organizando.

De un modo u otro, no tenía más remedio que claudicar ante sus deseos; aunque esperaba que su amada Raisa pudiera obtener alguna pista para salvación de Annia.

Antes del anochecer, cuando la mayoría de los invitados ya llevaba un par de copas de más, hizo presencia el emperador.

Ninguno de ellos esperaba tener tal honor, incluso Raisa se quedó paralizada; puesto que, en lo más hondo de su corazón, aún conservaba la esperanza de que no apareciera.

Para desgracia de los Draco, aunque para la satisfacción del resto de los patricios, Nerón llegó con su peculiar entusiasmo al saberse centro del universo.

Nada más verlo, Tiberius se acercó hasta él, seguido de muy cerca por Escápula y Sileno.

―Divino César, látigo de los dioses y padre del Mundo ―dijo el anfitrión―, en este día de gloria agradezco la gracia que me otorgáis con vuestra asistencia a mi humilde hogar. ―Agachó la cabeza con elegancia para mostrarle respeto y veneración.

Los otros dos senadores lo imitaron un momento antes de comenzar a agasajar al mandatario alabando la túnica de color púrpura bordada en oro que llevaba.

El emperador los observó desde su trono móvil hasta que les hizo un gesto a sus esclavos para que lo posaran en el suelo.

Bajó con parsimonia mientras hacía un barrido con la mirada, mostrando la magnanimidad del que se cree por encima de todo.