Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) Roma, año 60 d.C.
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Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3)

Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3)

Por Manuela Ramirez

© inepub.com

Roma, año 60 d.C.

Un latigazo de dolor atravesó el alma de Raisa mientras acariciaba la mejilla de su querida hija.

A ambas se les había revelado que, en tierras muy lejanas, una de sus descendientes lideraría la liberación del destino de los hombres.

Pasarían casi mil años antes de que naciera esa joven pura de corazón, pero demasiado inocente como para no caer en la tentación de creer en una promesa.

Ella padecería en sus propias carnes la más vil de las traiciones y sufriría una encarnizada lucha interna entre el Bien y el Mal hasta que tuviera que enfrentarse a su peor enemigo.

Una cruenta guerra, dictada por la sangre, la esperaba.

Y el futuro, marcado a fuego por la avaricia y el odio de aquel ángel que había desobedecido al Creador, pendía de un hilo.

Su heredera vería su propia existencia truncada por el deber e iba a entregar mucho más de lo que a nadie se le había exigido nunca.

Las dos quedaron impresionadas por lo que se les acababa de mostrar y que apenas podían entender.

―Madre, ¿qué es lo que hemos visto?

―No lo sé. Cuando se produjo el cambio en mí, no tuve una visión que ni siquiera se le acercara.

―¿Y sabías que esto iba a ocurrirme?

―No, Annia. Te aseguro que jamás imaginé que esto fuese a pasar ―susurró.

Sus ojos se empañaron al reparar en el daño que, sin pretenderlo y menos desearlo, había provocado a su estirpe―.

Lamento habernos condenado a nosotras mismas y a todas nuestras hijas a portar Su sangre porque conlleva una carga demasiado…

―¿Por qué dices eso? ―la interrumpió, sentándose más erguida en el lecho―. No es una carga, madre. Al menos yo no lo siento de esa manera.

―¿Eso es lo que piensas?

―Sí. Para mí, es un privilegio ―susurró emocionada.

Se miró las manos y, formando media sonrisa, se las deslizó por los antebrazos, notando cómo la fuerza y la determinación la inundaban. Apartó la colcha y colocó los pies en el suelo. Tras frotarse con energía los muslos y las pantorrillas, su rostro se iluminó.

Se levantó y caminó varios pasos. Giró sobre sí misma y regresó junto a Raisa. Se arrodilló ante ella y la observó con devoción.

―Madre, no existe mayor honor. ―Mostró una sonrisa sincera y llena de vida.

―Estoy muy orgullosa de ti. ―La besó en la mejilla―. Siento de veras haber provocado esto.

―Pero es como debía ser… Creo firmemente que nacimos para cumplir Su voluntad. Era nuestro destino. Rezaré por la que ha de llegar, puesto que el camino que le ha sido impuesto será el más difícil de todos.

―ÉL está en ti.

―Así es. Por muy complicado que nos parezca, hemos de luchar por «ella». Es lo que siento dentro de mí.

―Entonces, lo haremos juntas, Annia.

Un par de golpes en la puerta acabó con su conversación.

―Hija, ¿cómo estás? ―dijo Tiberius preocupado, acercándose a ambas―. Acabo de llegar y un criado me ha informado de que estabas enferma.

―He tenido un poco de fiebre, padre. Aunque ya me encuentro bien ―aseguró, poniéndose en pie.

El senador se volvió hacia su esposa, quien asintió varias veces para que se tranquilizara.

―¿Podrás asistir a la fiesta?

―Por supuesto, padre.

―¿Qué es lo que ocurre, querido? ―inquirió su esposa al ver una expresión de pesadumbre en su rostro.

―Ha sido una jornada muy dura. Solo estoy cansado.

Miró una vez más a su hija y se sintió aliviado al comprobar que ya se encontraba recuperada. Raisa, sin embargo, intuyó que sucedía algo más. Tenía un mal presentimiento y mucho se temía que ese rictus no augurase nada bueno.

―Annia, no salgas de tu alcoba hasta que comience el festejo.

Ordenaré que te traigan el desayuno en un rato.

Descansa todo lo que puedas, has de estar perfecta esta noche ―dijo antes de dedicarle esa mirada con la que dio a entender lo importante que era esa reunión para su padre y su propia familia.

―Sí, madre ―acató ella, que había comprendido a la perfección sus palabras.

Con aquella respuesta, aceptó sin objeciones la responsabilidad que iba a recaer sobre sus hombros con ese pacto.

Los dos la besaron en la frente y se retiraron a sus aposentos.

Tiberius dibujó una sonrisa exhausta. La primera Portadora notó un temblor en lo más hondo de su ser, pero se mantuvo en silencio para que los criados no tuvieran la ocasión de escuchar.

En cuanto entraron, ella hizo salir a los que estaban limpiando.

―¿Qué ocurre, querido? ―preguntó al quedarse solos.

―Nerón ha cambiado de parecer.

―¿A qué te refieres?

―Ahora no tiene claro con quién quiere que se despose nuestra hija. Al demente le ha parecido mucho más interesante y divertido que los primogénitos de dos familias patricias luchen por ella. No ha querido aclararme nada más, ya que él en persona lo revelará en la celebración.

―¿Nerón va a venir a nuestro hogar?

―Así es, amada mía. He logrado averiguar que ha ideado un juego disparatado para que ambos jóvenes se disputen quién de ellos se casará con Annia.

―No puede ser ―susurró angustiada. Sus manos volaron a cubrir su boca, reteniendo un sollozo desesperado.

―Y tanto que sí. Nos gobierna un desequilibrado.

―¡Mi niña no es una simple moneda de cambio! ―se quejó con la rabia recorriéndole el cuerpo.

―Para nuestra desgracia y la de ella, lo es ―agregó entristecido con un tono de consternación.

Raisa caminó hacia la preciosa balaustrada de la terraza y apoyó ambas manos.

Miró un momento las nubes anaranjadas y grisáceas que indicaban que pronto amanecería.

Después, bajó el mentón y cerró los ojos mientras pensaba cómo salir de esa terrible situación impuesta por el emperador.

Se dio la vuelta y regresó junto a Tiberius, que se había sentado en el lecho y parecía estar devanándose los sesos para encontrar una solución que librara a su pequeña de ser el premio de un espectáculo vergonzoso, como si fuese simple carnaza.

Al ponerse a su lado, él le pasó el brazo por los hombros y la atrajo para besarla en el cabello.

―¿Sabes quién es el otro candidato? ―preguntó temerosa de que la nueva elección fuese una prueba más de lealtad y sumisión que exigía el dirigente de Roma.

―Aún no lo ha confirmado. A Nerón le encantan las sorpresas. Parafraseando sus palabras: «Espera darnos una muy especial», pero no tengo dudas de quién va a ser.

―¿Qué quieres decir? ―dijo, volviéndose hacia él.

―Mucho me temo que nuestro amado líder ha escogido a Quinto Osorio Escápula y a su vástago, Aulo.

―No puede ser verdad… ―susurró―. ¿Ya no le interesa que se despose con Publio Sileno? ¿Y qué opina su padre de todo esto?

―Cayo Valerio estaba tan enfadado como yo. Mi buen amigo me ha confesado que fue el propio Quinto Osorio quien le propuso a Nerón esta locura. Una versión de los juegos del Coliseo. Dos jóvenes gladiadores de los que saldrá un vencedor que obtendrá como premio a nuestra hija.

―¡Maldigo a los Escápula para toda la eternidad! ―Apretó los puños, frustrada―. El muy advenedizo lleva años tratando de apartarte del emperador. Esta farsa la ha orquestado solo para vengarse de ti.

―¿Crees que no lo sé? ―agregó colérico, poniéndose en pie―. ¿Y qué puedo hacer? Si me opongo, tendrá la excusa perfecta para tacharme de traidor. No puedo hacerle eso a nuestra familia.

―Sin embargo, vas a condenar a nuestra hija a vivir un infierno con su hijo.

―Tengamos la esperanza de que gane Publio.

―No pienso permitir que Annia esté bajo el yugo de los Escápula. Te juro que, si gana Aulo, me la llevaré muy lejos de aquí y jamás podrá encontrarnos.

―Si haces eso, todos moriremos.

―No puedo dejar que mi niña…

Raisa se tapó el rostro con las manos y se echó a llorar. Tiberius se acercó en dos pasos a ella para abrazarla.

―Shhh… Tranquila ―susurró con un nudo en el estómago.

―¿Cómo podré vivir con esta carga? ―preguntó destrozada. El fuerte impulso de gritar que sintió murió en su garganta, convirtiéndose en un leve gemido.

―Podrás. Estaremos a su lado, amor mío.

―Si Quinto Osorio ha envenenado su débil mente con promesas de diversión y singularidad, ni tú ni nadie podrá apartar de su pensamiento aquello que le ha mostrado con buenas palabras.

Nerón es maleable, solo lamento que no se te haya ocurrido a ti la idea de lo conveniente que era la unión que ya había decidido.

―Tienes razón. He sido muy descuidado y he confiado en que su palabra era un hecho. Pero nuestro querido emperador cambia de parecer con la misma rapidez con que se muda de túnica. Cayo Valerio y yo no previmos que esto sucediera.

Raisa se quedó mirando al vacío mientras pensaba cómo podría ayudar a Annia.

De alguna manera, debía conocer las intenciones de Quinto Osorio y de su hijo; así que la única opción que se le ocurrió fue la de obligarlos a pasar juntos unos instantes antes de que comenzara aquella pantomima que había propiciado el viejo senador por codicia y ambición.

―Tal vez podríamos averiguar algo más si los lleváramos a donde recibes a los senadores y los interrogases allí ―soltó ella sin inmutarse.

―Querida, no creo que ni Nerón ni Quinto Osorio me permitan estar a solas con su vástago.

―¿Y si le sugieres que él, como excelentísimo emperador de Roma, se entretenga en descubrir cuáles son las verdaderas intenciones de ambos jóvenes? Dile que sería muy interesante saber por qué luchan y qué esperan conseguir para el Imperio con esta unión.

―No creo que caiga en esa trampa. Además, me dejaría en mal lugar ante él.

―No, si le das a entender que, sin su buen juicio y su inteligencia indiscutible para discernir la mentira de boca de cualquiera de ellos, no podrás entregar a nuestra hija.

Suplícale por su ayuda inestimable. Si es necesario, ruega, Tiberius.

Nerón no ha dudado en montar un circo en nuestra casa para ridiculizar una unión sagrada.

¡Hazlo por nuestra niña! ―exigió, levantándose del lecho como si miles de culebras la hubieran mordido al mismo tiempo.

Él la miró y entendió que estaba llegando al límite. Conocía de sobra lo que era capaz de hacer y se temió que pusiera en peligro a todos por una mala decisión.

―De acuerdo ―accedió por el momento―. Le pido que se reúna con los jóvenes, ¿y…?

―Annia y yo nos esconderemos en el pasillo posterior para oír sus respuestas.

―No voy a comprometer ese lugar que tanta ventaja nos ha dado durante estos años. ―Rechazó de pleno su insinuación.

―Puedes confiar en que solo miraremos. Aunque oigamos mentiras o insensateces, nos mantendremos en silencio ―aseguró asintiendo.

―Sabes que esto no supondrá ninguna diferencia. Ni él distinguirá el engaño ni ellos se arriesgarán a decir nada con lo que sus padres no les hayan aleccionado.

―¿Ni siquiera Publio?

―No lo sé. ―Se mordió el labio superior, pensando―. Lo conozco desde que era un niño, y Cayo Valerio siempre me ha apoyado.

―Pero no te fías de él ―agregó ella con un gesto de preocupación.

―Si te soy sincero, no me fío de nadie. El poder corrompe, y nuestra familia es una de las más influyentes.

Cualquiera de los dos sería un loco si se arriesgara a perder la oportunidad de obtener parte de nuestra fortuna y la posición que le otorgaría este casamiento.

Aún más cuando se tiene el beneplácito del emperador.

―Entonces, nuestra hija está condenada.

Tiberius la miró y sintió cómo la sangre le hervía en las venas.

Cansado de tantas intrigas y favores políticos, se dijo que, por una vez, complacería a su esposa.

Sabía que aquello solo iba a retrasar unos instantes lo inevitable; pero ofrecer un nuevo juego a Nerón quizás le otorgara alguna ventaja, y por Annia haría lo que fuera.

―Está bien. Trataré de embaucarlo.

―¿De verdad lo harás?

―Por nuestra hija… y por lo mucho que te quiero.

Raisa se abrazó a él convencida de que aquel encuentro les iba a proporcionar una ventaja, aunque todavía no le había sido revelada. Y eso la asustó incluso más de lo que ya estaba.