25. EL DESPERTAR INMORTAL #4
―Rey Athelstan ―dijo con un acento muy cerrado y en un tono que erizó la piel de todos los presentes con sangre caliente en las venas .
―Abbadon ―respondió él, elevando el mentón como gesto de superioridad.
―He venido a hacer un trato con vos.
―Os lo agradezco, pero ya tengo uno cerrado con…
―No me habéis entendido bien ―lo cortó el vampiro―. He venido para que engroséis y alimentéis a mi ejército.
Los consejeros se miraron entre sí sin entender a qué se refería. El rey no respondió, sino que se volvió hacia Helmet.
―«Hermano» ―dijo este con sorna―, ¿sabe padre que estáis aquí?
―Padre tiene sus planes y yo los míos.
Qiloçker estaba a punto de saltar por encima de su señor ante la cara de prepotencia que le estaba dedicando Rău.
―¡Lo que pedís es intolerable! ―vociferó el rey.
Abbadon le mostró los colmillos antes de contestar.
―Lo que pido es una nimiedad para lo que quiero conseguir.
Alistair discutió por enésima vez con Youngblood, que se negaba a cumplir sus órdenes. El capitán le había repetido sin descanso que los días de juego habían acabado, por lo que no volvería a aceptar ninguna de sus demandas hasta que el rey le dijera lo contrario.
―¡Sé razonable! ―pidió el heredero, que había dejado de exigirle hacía bastante rato.
―¡Sé razonable tú! ―replicó Landon, tuteándole por primera vez, cansado de escuchar sus quejas―. ¿Quieres que tu padre acabe con mi vida? ¡Porque eso es lo que hará si permito que salgas por esa puerta!
Un par de golpes los sobresaltó. El tutor abrió de malos modos.
―Príncipe Alistair, el rey os reclama en la sala del trono ―dijo el sirviente―. Me ha ordenado que os acompañe.
El heredero miró Landon, que asintió con seriedad.
Los tres avanzaron por el pasillo hasta llegar a las escaleras.
De un empujón, Alistair apartó al muchacho, que cayó al suelo antes de alcanzar el primer peldaño.
Desoyendo la advertencia de su mentor, bajó los escalones de dos en dos para tratar de alcanzar el camino hacia las mazmorras.
Entre voces y maldiciones, Landon apretó el paso hasta que logró alcanzar el borde de sus ropas.
Tiró con tanta fuerza tratando de retenerlo que la inercia hizo que ambos cayeran hacia atrás.
Alistair aprovechó las circunstancias para ponerse en pie de nuevo.
Saltó al siguiente escalón, pero le falló el equilibrio y cayó rodando el largo tramo que llevaba hasta la entrada al castillo.
―¡Alistair! ―gritó Youngblood con desesperación.
El mundo se detuvo para Landon al ver que un charco de sangre comenzaba a rodear la cabeza del heredero. El tiempo se ralentizó mientras se acercaba a él. Aunque se apresuró todo lo que pudo para llegar a su lado mientras pedía ayuda, supo que aquello sería su fin.
Alana se revolvió una vez más. El carcelero no entendía de dónde sacaba la fuerza, pero estaba empezando a hartarse, así que sacó de nuevo la daga y la amenazó con ella.
―¡O te dejas o te cortaré el cuello!
―¡Jamás! ―gritó a todo pulmón.
Thyra trató de comunicarse con ella, pero le fue imposible. Aterrada por lo que estaba a punto de suceder, dijo lo último que debería haber compartido delante de una «No Muerta».
―¡Sois la Elegida, Alana! Ellos no son rivales para vos. ¡Luchad!
La errante cayó de rodillas. Sacó el brazo con la esperanza de alcanzar la pierna del soldado, pero no logró agarrarlo.
―¡Luchad, Alana! ―gritó Oskar―. ¡Luchad porque el futuro de todos depende de vos!
Nîga levantó la cabeza al oír aquellas palabras.
Se acercó a la puerta, que seguía abierta, y observó cómo trataban de mancillar a la humana.
Aun siendo una situación que había presenciado miles de veces y no le interesaba lo que iba a suceder, le picó la curiosidad por saber a qué se referían los dos que estaban enfrente.
De pronto, se fijó en ellos. Entreabrió los labios al reconocer qué eran.
No supo por qué esa idea se le pasó por la cabeza, pero recordó el pacto que existía entre vampiros y errantes. Tal vez pudieran ayudarse mutuamente.
Los dos la tiraron al suelo. El carcelero le pasó la daga al soldado, quien se la puso en el cuello.
―¡Estate quieta y lo disfrutarás! ―dijo mientras apretaba el acero contra su garganta.
―¡Alana, podéis hacerlo! ―susurró Thyra sollozando―. ÉL está en vos. ¡ÉL está en vos! ―gritó con todas sus fuerzas .
La Elegida cerró los ojos y dejó de luchar. Dos lágrimas se le escaparon mientras decía en voz baja:
―No existe mayor honor.
Sin esperarlo, y aprovechando que el carcelero había comenzado a bajarse las calzas, le asestó una patada en la entrepierna. El hombre cayó al suelo mientras se cubría con las manos. El otro, al recibir el impulso que ella había propiciado hacia atrás, hundió la daga en su garganta, desgarrándola.
―¡No! ―gritaron Thyra y Oskar al mismo tiempo.
La vampira se relamió los labios y aprovechó la situación para lanzarse a su cuello tras empujar al soldado contra la pared del fondo.
―¡No lo hagáis! ―chilló la errante.
De pronto, Nîga se apartó de ella para vomitar cuanto había bebido. El que había recibido la patada consiguió ponerse en pie y se quedó helado al ver lo que estaba ocurriendo.
Cuando la vampira cesó de escupir la sangre, miró hacia la celda de la princesa.
―¿Qué es ella? ―Se acercó a los barrotes y la sujetó de las ropas.
―Tu salvación y la mía.
―¿Qué quieres decir?
―¡Ella no puede morir! ―dijo desesperada.
―¿Es que pretendes…? ¡No he podido beber su sangre!
―Pero tal vez ella sí pueda beber la vuestra.
Nîga se giró hacia Alana, que tenía las manos alrededor de la garganta y trataba de respirar. La Elegida pensó en que quizás ella misma pudiera salvarse y trató de imponerse sus propias manos; pero estaba tan débil que solo consiguió perder más sangre.
―¡Hazlo y juro que te protegeré con mi propia vida! ―se comprometió Thyra.
La «No Muerta» la miró un instante y aceptó aquel juramento como algo sagrado. Si conseguían salir de allí, quizás pudiera encontrar el asentamiento del que le habían hablado.
―Está bien. Confío en tu palabra.
―Una Ragnasson jamás incumple una promesa.
Nîga reconoció las facciones de Eirik en aquella chica. Asintió sin más y se acercó en un suspiro al soldado que estaba inconsciente en el suelo para arrebatarle la daga. Después regresó junto a Alana .
El carcelero que había empezado todo aquel caos trató de agarrarla por detrás, ella se giró y le partió el cuello con las manos.
Volvió a arrodillarse para mirarla más de cerca.
Sin perder un instante, se remangó un puño de la chaqueta hasta el codo y se cortó el antebrazo con la daga.
Sujetó la cabeza de la Elegida y la hizo beber su sangre.
Ella trató de girar la cabeza a un lado y al otro para no hacerlo, pero no tenía fuerzas. La vampira le sostuvo el mentón y la obligó a tragar.
Nada más paladear aquel líquido con sabor a metal y muerte, comenzó a convulsionar.
―¡Alana! ¡No os resistáis! ―dijo la princesa entre sollozos.
―Thyra, ¿¡qué has hecho!? ―exclamó Oskar, que no podía creer lo que acababa de negociar.
Nîga la dejó en el suelo y se giró hacia la errante.
―Te lo he advertido.
De pronto, la «No Muerta» se giró hacia donde daban las escaleras. Oyó perfectamente lo que gritaban en el piso superior, pero no daba crédito a que pudiera ser verdad.
―¿Qué ocurre? ―preguntó el de la casa Isaksen.
Alana inspiró profundamente y se incorporó de golpe. Incluso con la poca luz que ofrecían las dos antorchas, los tres pudieron ver que la herida de su cuello comenzaba a cerrarse.
Miró a la vampira y preguntó:
―¿Qué es lo que están diciendo?
―Que el heredero ha muerto, «princesa».
Las voces de auxilio de Landon alertaron a los sirvientes. Unos corrieron en su ayuda, otros vociferaban que el heredero había muerto. Cogió en sus brazos a Alistair mientras le pedía insistentemente que se despertara.
―¡Avisa al rey! ―le gritó a una joven que llevaba una bandeja.
La chica dejó caer el vino y corrió hacia la sala del trono.
―¡Mi rey! ―gritó, haciendo que todos los ojos de aquel salón se volvieran hacia ella―. ¡El príncipe está muerto!
Abbadon miró Rău, que negando con la cabeza le daba a entender que ninguno de los suyos era responsable de aquello.
Athelstan se levantó de golpe y Helmet lo siguió. Xwînxwar, Qiloçker, Bêwestan y Wêranker pasaron por delante del séquito. El recién llegado ordenó a sus guerreros que esperaran y salió a toda prisa tras el resto acompañado de sus generales.
Al llegar a los pies de la escalera, se encontraron con Youngblood, que tenía al heredero entre sus brazos.
―¿Qué demonios ha pasado? ―gritó el rey.
―Ha sido un accidente, ¡os lo juro por mi propia vida! ―se defendió―. Quería escapar, pero ha tropezado y rodado escalera abajo. Se ha golpeado la cabeza…
Athelstan se agachó muy preocupado. La sangre del suelo no dejaba dudas de que estaba muy mal herido.
El de la casa Drăgoi se acercó y le puso la mano a la altura del corazón.
―Aún late ―dijo mirando al inglés―, pero está muy débil.
―¡Llevadlo a sus aposentos! ―ordenó el rey.
Helmet les hizo una señal a Qiloçker y a Bêwestan, quienes se lo arrebataron a Landon para llevarlo a sus aposentos mientras el tutor trataba de alcanzarlos.
Antes de dejarlo marchar, Abbadon retuvo a Athelstan.
―Si muere, no podréis formar la alianza con el francés ―le advirtió.
―¡Y qué me importa eso ahora!
―Yo puedo salvarlo.
―¡Tú no puedes hacer tal cosa! ―gritó el otro «hijo» de Mørket.
―Este es mi nuevo trato, rey ―dijo el líder de la casa Ursu con voz grave―: salvaré a vuestro hijo y vos estaréis bajo mi mando.
Athelstan se giró hacia Helmet, que negó con firmeza.
―¿Tú no puedes salvarlo? ―preguntó exasperado.
―No se nos permite. Os engaña. Si le dejáis hacer esto, le pertenecerá para siempre.
―Pero vivirá ―puntualizó Abbadon, dibujando una mueca de satisfacción.
―¿Podrá engendrar un heredero? ―preguntó el rey coaccionado por la situación.
―Todo dependerá de su naturaleza.
―Os miente, mi rey.