Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 25. EL DESPERTAR INMORTAL #3
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25. EL DESPERTAR INMORTAL #3

―¿Cómo dices? ―dijo Alistair, que abrió los ojos de golpe.

―¡La zorra que han traído los suyos! ―gritó mirando a Helmet―. ¡La que dice que Youngblood os desposó!

―Padre, yo… Bueno, ese casamiento no es legal. Nada de eso tiene validez, ¿verdad ?

―¡Claro que sí lo es! ¡Maldito ignorante! ¡Y el hijo que puede llevar en sus entrañas también lo es!

―Yo le he prometido un cofre de oro. Con eso bastará.

―¿Es que te has convertido en un idiota desde que saliste por esa puerta? ―vociferó―. Si los normandos se enteran de que tienes un vástago fuera del matrimonio, ¡pueden cancelar el enlace con la bastarda!

―Pero si ella también es…

A Alistair no le dio tiempo de acabar la frase. Su padre se acercó y le cruzó la cara. Él se llevó la mano a la mejilla mientras veía cómo le gritaba.

―¡Eres un maldito iluso! ¡Tanto te costaba mantener el rabo dentro de los pantalones!

―Padre, yo…

―¡Cierra la boca! Has hundido la vida de esa pobre infeliz por un simple revolcón. ¡Tú eres el único culpable de lo que me has obligado a hacer!

―¿Qué te he obligado a hacer? ¿De qué estás hablando? ¿Dónde está Alana? ―dijo el heredero, incorporándose en la cama.

Un par de golpes en la puerta los interrumpió. Youngblood y el capitán Hereward aparecieron sudorosos y manchados de sangre de arriba abajo.

―Mi rey ―dijeron ambos, hincando una rodilla en el suelo.

―¡Por los clavos de…! ¿Qué diablos os ha pasado? ¿Por qué no habíais llegado aún?

Ambos se pusieron en pie y Landon respondió por los dos.

―Sus vampiros ―dijo mirando con desprecio a Helmet― nos han dejado a propósito a las afueras del campamento.

El rey dejó escapar un suspiro de cansancio mezclado con hartura.

―Ahora explícame por qué no debería degollarte por haber permitido esa farsa de casamiento solo para contentar a mi hijo.

El capitán miró a su pupilo y entendió que el engaño ya había sido descubierto. Se volvió hacia el rey con determinación.

―Señor, solo es una campesina. No traerá problemas.

―No traerá problemas… ―repitió despectivamente―. ¿¡Te parece poco problema que pueda parir a un maldito bastardo!? ¿Acaso tú también tienes la cabeza tan vacía como él? ―preguntó, señalando a su hijo.

―Lamento si esto puede causar algún inconveniente .

―Sí, laméntate y con eso está todo solucionado. ¿Y tú, Hereward? ¿No pudiste impedir esta locura?

―Cometí un error, mi rey ―dijo bajando la cabeza.

―Idiotas… ¡Estoy rodeado de idiotas! ―vociferó Athelstan con unas ganas terribles de estrangular a los tres.

Otros golpes en la puerta volvieron a cortar aquella dura reunión.

―Mi rey ―dijo un sirviente―, acaba de llegar un emisario de Abbadon de la casa Ursu.

―El que faltaba… ―soltó mirando hacia el techo.

Helmet apretó la mandíbula y se volvió hacia él con una expresión que lo preocupó al instante.

―¿Te ha dicho algo? ―preguntó al muchacho.

―No, señor. Pero ha exigido hablar con vos, solo con vos. Os espera en la sala del trono.

―¡Pues que espere un poco más!

El vampiro negó para que no se demorara. Athelstan cerró un instante los ojos y giró la mandíbula inferior hacia un lado en señal de estar a punto de explotar.

―Creo que es mejor oír lo que tiene que deciros ―soltó Helmet, que aún no se había pronunciado en la conversación.

―Dile que bajaré enseguida.

―Sí, señor.

El sirviente cerró la puerta y Alistair aprovechó para poner los pies en el suelo. Aún no sabía si sus piernas aguantarían su peso.

―Padre, ¿dónde está Alana?

―Ahora no es el momento de hablar de eso. Te quedarás aquí hasta que decida qué voy a hacer contigo.

―No, ¡exijo saber dónde está! Ella no tiene la culpa de nada de esto. Si se ha quedado en cinta, entregaremos el niño a la iglesia.

―Eres tan estúpido que me avergüenzo de que seas mi hijo. Tú ―gritó mirando a Youngblood―, no dejes que salga de aquí. Y tú ―le ordenó a Hereward―, ¡regresa al campamento ahora mismo!

El capitán asintió ante esa orden. Al verlo salir, Alistair empleó todas sus fuerzas para ponerse en pie. Sonrió levemente al conseguirlo.

―Padre, ¡dime ahora mismo dónde está! ―volvió a exigirle.

Athelstan le hizo un gesto a Helmet, que lo siguió hasta la puerta. Justo antes de salir, se giró hacia Alistair .

―En las mazmorras, maldito necio.

Cerró de un portazo antes de que el heredero llegara hasta él. Su tutor lo detuvo mientras gritaba que la sacaran de allí.

Mientras el rey bajaba las escaleras con el vampiro, no dejaba de pensar en que sus vidas habían empeorado mucho tras su llegada.

―¿Qué es lo qué querrá Abbadon? ―le preguntó a Helmet con un tono de desprecio.

―Todo.

Athelstan lo miró antes de entrar en el salón del trono. Estaban a punto de conocer las verdaderas intenciones de su peor enemigo.

El soldado encargado de alimentar a los cautivos se perdió escaleras abajo para llevar la primera bandeja.

El carcelero que se encargaba del piso superior lo vio.

Se acercó hasta la puerta que daba acceso a las celdas abandonadas y se quedó extrañado al ver dos bandejas en el suelo.

No tenía conocimiento de que hubiese más presos.

Al escuchar los pasos de su compañero, lo esperó.

―¿Qué haces? ―preguntó intrigado.

―Tengo orden de alimentar a los prisioneros.

―¿Están en las celdas de abajo?

―Claro.

―Ya veo, a mí me han ordenado lo mismo ―mintió. Se moría por saber quiénes estaban encerrados en semejantes condiciones.

―A mí no me han informado de eso ―respondió el sometido.

―Me han dicho que te lo comunicarán más tarde ―dijo lo primero que se le ocurrió.

―Bien, coge esa bandeja. Yo bajaré la otra.

El carcelero agarró otra antorcha y lo siguió. El golpe de hedor que recibió casi le hizo cambiar de opinión, aunque tenía demasiada curiosidad como para dar marcha atrás. Aquella completa oscuridad se vio invadida por la luz que desprendían las dos teas.

―Vaya, ¿qué tenemos aquí?

Oskar se levantó y exigió que llamaran al que había prometido sacarlos de allí.

Thyra lo miró sin decir nada. Estaba demasiado débil como para quejarse.

El carcelero ignoró las quejas de aquel infeliz y continuó hasta la última celda.

Allí había dos chicas preciosas. Reconoció las vestimentas de una de ellas, que eran idénticas a las que portaban los invitados del rey.

La otra, sin embargo, llevaba un vestido simple de campesina.

Metió la antorcha entre los barrotes para verla mejor.

Se quedó impactado al ver lo bellísima que era.

De pronto, se le ocurrió un plan para aprovechar aquella situación.

―Oye ―dijo mirando al otro―, creo que podríamos disfrutar de un buen rato.

El sometido lo entendió al ver el movimiento que hizo con las caderas. Sonrió y elevó las cejas en señal de que le parecía bien.

―Dame las llaves.

Nîga se puso en pie. Si aquel loco abría la puerta, ella podría escapar. El carcelero leyó sus intenciones.

―Los tuyos custodian la salida de las mazmorras. Aunque escaparas de aquí, no llegarías muy lejos.

―Tal vez, pero podría desgarrar tu cuello por diversión.

―O puedes dejar que disfrute de ella y «tal vez» ―enfatizó ambas palabras―, procure distraer a los que están en la entrada al amanecer y se me olvide cerrar la puerta.

El soldado no dijo nada, puesto que Bêwestan había olvidado darle la orden de que no volviera a abrir aquella celda.

―Trato hecho ―acabó diciendo la desertora.

―¡No! ―gritó Alana.

―¡Déjala en paz! ―susurró Thyra con la cabeza apoyada en los barrotes.

―Si la tocas, ¡te mataré! ―amenazó Oskar.

El carcelero desoyó las voces y abrió la celda. La vampira se quedó sentada mientras los dos sacaban a rastras a Alana.

―¡No! ¡Soy la esposa del príncipe! ¡Alistair! ―chilló desesperada.

―¿¡No me digas que eres la «princesa»!? ―Rio el que había iniciado todo aquello.

―Alistair os hará degollar.

―Por supuesto, «princesa» ―recalcó―. Ya veo que pronto vendrá a vuestros aposentos reales.

El soldado la sujetó de los brazos mientras el otro trataba de subirle las faldas. Alana se revolvió como pudo. Durante un instante, perdió toda esperanza. Ese iba a ser el futuro que le esperaba por la lujuria del heredero, y ninguno de los que allí se encontraban podría evitarlo.

Athelstan se sentó en el trono. Disimuló para que sus facciones no mostraran preocupación, sino fuerza y determinación.

Los consejeros, que fueron llamados para estar presentes en esa audiencia, se situaron a su derecha.

Helmet, sin preguntar siquiera, se sentó a su izquierda, parapetado por sus cuatro fieles guerreros detrás.

El emisario de Abbadon tampoco expresó ninguna emoción en su rostro, pero fue muy prudente al esperar que le permitieran hablar.

―Adelante, dime qué es lo que quiere comunicarme vuestro señor ―exigió el inglés en un tono frío.

―Mi amo me ha enviado para informaros de que llegará al mediodía con su ejército. Desea tener una audiencia con vos.

―¿A mediodía? ¡Ya casi es mediodía! ―gritó enfadado.

―Somos muy rápidos y vos habéis tardado demasiado en recibirme ―añadió mientras trataba de no sonreír.

El rey miró a Helmet, quien tenía el rictus de alguien que está a punto de despedazar a otro.

Un sirviente apareció con el rostro demudado.

―¿Qué ocurre ahora? ―gritó Athelstan fuera de sí.

―Señor, sus invitados acaban de llegar.

Al chico no le dio tiempo de recibir una respuesta. Como si de la misma muerte se tratara, un séquito de veinte enormes vampiros entró en el salón sin esperar la venia.

Conforme avanzaban, la luz que iluminaba la sala comenzó a debilitarse. Unas nubes espesas coparon el cielo de forma inexplicable y una fuerte lluvia hizo acto de presencia mientras el viento silbaba, haciendo temblar las vidrieras.

El emisario se inclinó hacia él y se apartó a un lado. Abbadon sonrió al ver la cara de sorpresa de los presentes. Aunque la que más le satisfizo fue la de Helmet.

Sus dos generales iban a su par. Rău se encontraba a su derecha, mientras que su otro perro fiel, Erke, caminaba a su izquierda. Detrás, otros cuatro capitanes y una comitiva digna del mejor noble, aunque ninguno de ellos lo fuera.