Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 25. EL DESPERTAR INMORTAL #2
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25. EL DESPERTAR INMORTAL #2

Alana sintió un escalofrío al oír su tono de voz.

―No. Quiero regresar a mi hogar .

Trató de echar el paso, pero la «No Muerta» se lo impidió. En esto, llegaron Youngblood y Hereward.

―¡Malditos! ―gritó Landon a la acólita de Helmet―. ¿Por qué nos habéis dejado a las afueras del campamento?

―No somos mulos de carga ―se burló Bêw.

―¿Dónde está Alistair? ―exigió.

―Arriba.

―Capitán ―se interpuso la Elegida en su camino―, llevadme de vuelta a mi casa.

―Niña, el juego se acabó. ―La apartó de un empujón y Hereward lo siguió hasta la alcoba del heredero.

Alana notó cómo se le cerraba la garganta. La vampira avanzó hacia ella mirándola como si fuera solo un trozo de despojo.

―¡No! ―gritó muerta de miedo.

Bêwestan la sujetó con fuerza del brazo y la llevó a rastras hasta las escaleras opuestas por donde se había marchado el rey.

―¡No! Dejad que me vaya, ¡soy inocente! ―pidió desesperada.

―Eso haberlo pensado antes de engañar al príncipe con tus malas artes, ¡bruja! ―La cogió en volandas.

Alana se retorció para zafarse de su agarre, pero aún no creía en sí misma ni en que pudiera acabar con cualquiera de ellos.

Bêw, cansada de aquella actitud infantil, dejó que apoyara los pies en el suelo y le asestó un puñetazo.

Aquello tomó por sorpresa a la Elegida, quien cayó de bruces.

Se llevó la mano a la cara y acabó vomitando de puro terror.

―¡Qué asco! ―dijo mientras la agarraba de cabello sin cuidado.

―¡Ahh! ¡Soltadme! ¡No he hecho nada! ―rogó sin éxito mientras las lágrimas inundaban su rostro.

―¡Calla o te arrojaré por las escaleras!

Bêwestan la soltó para ponerla delante, obligándola a empujones a descender a los infiernos.

En cuanto el carcelero sometido las vio, se puso en pie.

―¡Abajo! ―ordenó.

Él cogió la antorcha y desaparecieron hasta llegar a las celdas del segundo nivel. Alana, situada entre Bêw y el soldado, se dio la vuelta y trató de apartarla para huir, pero la vampira se lo impidió mientras reía.

Al entrar, un fuerte olor a humedad, corrosión y podredumbre inundó la respiración de la Elegida .

―Busca una celda vacía ―le ordenó la guerrera al hombre.

―El resto están inundadas.

―Pues, mejor aún. ¡Métela en esa! ―Señaló la de Nîga―. Bienvenida a tu nuevo hogar, «princesa».

―¡Maldita bastarda! ―gritó la «No Muerta» encerrada―. ¡Déjame salir y lucha conmigo!

Bêw le arrebató la llave al soldado. En un parpadeo, abrió la puerta, empujó a Alana dentro, que chocó de mala manera con la guerrera, y volvió a cerrarla.

Oskar vociferó que los dejaran salir. Exigía ver al vampiro que les había prometido ponerlos en libertad.

Con tanto jaleo, Thyra despertó. Cada vez se encontraba peor, así que tardó un poco más de lo normal en enfocar la vista.

Al reconocer a Alana, sintió que el suelo se abría para arrastrarla hasta la mismísima morada de Mørket.

Ignorando las súplicas y las exigencias de los que dejaban atrás, Bêwestan y el soldado se marcharon con la antorcha y sumieron a los cuatro en la más profunda oscuridad.

La Elegida no los reconoció. Apenas podía ver nada.

De pronto, oyó su voz. Creía que solo era capaz de escucharla en la mente, hasta que su compañera de celda la instó a responder.

―¿Thyra? ―preguntó destrozada.

―¡Por los Altos Guardianes, Alana! ¿Qué haces aquí?

―Estoy aquí por tu culpa ―dijo con rabia mientras se limpiaba las lágrimas―, ¡porque confíe en ti! El príncipe me ha engañado. Tu visión era solo un sueño, ¡y me han encerrado para que muera en este agujero!

―No puede ser…

―Y tanto que sí ―ironizó Nîga para desgracia de todos―, de modo que poneos cómodos. Sobre todo tú, «princesa» ―se burló.

Oskar volvió a tirar de los barrotes mientras Thyra se dejaba caer en el suelo. El destino de los cuatro acababa de sellarse, y solo un milagro podría cambiarlo.

Los padres de la Elegida se despertaron cuando la escaramuza estaba en pleno apogeo.

Al no encontrar a Alana en su alcoba, Fairfax decidió salir a buscarla, pensando que estaría en el río.

Al abrir la puerta, vio a lo lejos la refriega.

Su hija se dirigía hacia el príncipe, que estaba en el suelo.

Unos hombres vestidos con ropas oscuras luchaban contra otros con lo que le pareció dagas o con sus propias manos.

―¡Alana! ―gritó angustiado.

Leala se asustó al oírlo. Fue hacia la puerta y salió tras él. Al contemplar el baño de sangre, todo empezó a darle vueltas. Su corazón se detuvo cuando distinguió a su pequeña arrodillada en el suelo. Miró a su esposo y dejó caer al suelo el paño con el que se estaba secando las manos.

―¡Yo la salvaré, Fairfax!

Echó a correr a toda prisa. Él trató de alcanzarla, pero Leala era demasiado veloz como para poder siquiera ponerse a su altura.

Ninguno pudo llegar a tiempo para evitar que aquellos seres se llevaran a su hija, al príncipe y a los dos soldados.

Ella dejó escapar un grito desgarrador mientras caía al suelo de rodillas.

Poco tiempo después, el pobre campesino, agotado tras la carrera, se agachó a su lado.

―¿Dónde está Alana? ―le preguntó mientras la ayudaba a ponerse en pie.

―¡La han raptado! ¡A todos ellos!

De pronto, oyeron el lamento de alguien que pedía ayuda. Se giraron hacia donde venía la voz. Ambos sintieron un escalofrío al verlo malherido y cubierto de sangre.

―¡Padre León! ―dijo el campesino, impresionado.

―¡Ayuda…! ―susurró al escuchar su nombre. Una neblina espesa comenzó a cegarle.

―¿Qué ha ocurrido? ―gritó Fairfax mientras le quitaba de encima algunos restos de cuerpos desmembrados.

―Vam…piros. ―Tosió de forma agónica al tiempo que trataba de incorporarse―. Se la han llevado los vampi…

León no logró decir nada más. Puso los ojos en blanco y perdió el conocimiento.

Leala le pidió que lo llevara a casa. Ella regresó a toda prisa y comenzó a preparar el ungüento de hierbas entre tanto ponía agua a hervir.

Durante todo el camino, el padre recobraba y volvía a perder la consciencia.

En el tiempo que permanecía con los ojos abiertos, no dejaba de farfullar que se habían llevado a la Elegida.

Fairfax caminó todo lo rápido que pudo. Al fin llegó y dejó al herido en la cama de su hija.

Leala ya tenía listo aquel remedio que le había enseñado su propia madre hacía años.

Era el mismo que había empleado con la princesa Thyra.

El emplaste servía para curar infecciones y ayudaba a que las heridas se cerraran más rápido.

Cuando entró en la alcoba, miró a su esposo. Él mostró un semblante serio mientras negaba despacio. Se acercó al sacerdote y pudo comprobar cómo la vida se le escapaba. Su tez estaba completamente demacrada y su cuerpo parecía no responderle.

―Dudo que sobreviva ―dijo apenado.

―Eso no lo sabemos ―respondió decidida a hacer cuanto pudiera para no dejar que muriese―. Ayúdame a quitarle el hábito.

―Pero Leala…

―¡Pues quítaselo tú y tápalo con la manta! He de lavarle las heridas del cuello o morirá.

Se dio la vuelta y él hizo lo que le había pedido.

―Ya puedes.

Ella lo miró solo un instante antes de pasar un paño limpio y húmedo por las hendiduras. Se sorprendió al ver que tenía unas marcas extrañas a la altura de la garganta, como si hubiera sido mordido por un animal.

―¿Qué es esto? ―dijo en voz alta.

Fairfax se acercó para verlas mejor.

―Parecen los colmillos de un lobo.

La madre de Alana volvió a limpiar la herida. Después la secó con cuidado y la cubrió con el emplaste.

―Esperemos que esto lo ayude ―agregó mientras cerraba los ojos y rezaba una plegaria.

―¿A dónde crees que se los han llevado?

―No lo sé, Fairfax.

―El padre León dijo antes de desmayarse que eran vampiros. Jamás imaginé verlos en nuestra amada Inglaterra. ¿Crees que fueron esos los que atacaron al príncipe cuando Alana lo salvó?

―Puede ser. ―Se cubrió la boca con la mano y ahogó un sollozo.

―La encontraremos ―dijo él, abrazándola.

―¿Cómo? No somos soldados y tampoco podemos pagar un rescate. Temo que esta vez no regrese.

―Pero ella es… Ella es…

La mujer lo miró con los ojos anegados en lágrimas.

―La Elegida. Ahora ruega porque tenga la fe suficiente como para creérselo .

Fairfax la abrazó con fuerza mientras miraba al padre León debatiéndose entre la vida y la muerte.

Lamentó que Alana no estuviera allí para salvarlo.

De repente, un pensamiento lo dejó sin aliento: si su hija no confiaba en quién era, puede que incluso ella no fuera capaz de salvarse a sí misma ni cumpliese su destino.

Cerró los ojos y rogó porque aquello no se cumpliera.

Athelstan, seguido de Helmet, entró en los aposentos de Alistair. Allí lo encontró tumbado en la cama, aunque con mejor color en las mejillas. Se acercó a él y lo sujetó sin miramientos del mentón. Después le giró a un lado y a otro la cara antes de soltarlo.

―¿Cómo te encuentras? ―preguntó con un tono que sorprendió al heredero.

―Mejor, aunque estoy un poco aturdido. Uno de los del otro bando me atacó, pero el peto debe de haber parado el golpe.

―Me gustaría hablar con mi hijo en privado ―dijo mirando al «No Muerto», que les hizo un gesto a Xwînxwar, Wêranker y Qiloçker para que salieran de la habitación.

El rey esperó a que se marcharan y aceptó de mala gana que Helmet permaneciera en la estancia. De todos modos, no le quedaba otra.

―Bien, ahora me vas a contar lo que ha ocurrido de verdad.

Alistair le relató una versión de lo acontecido en las últimas jornadas. Athelstan negó y chasqueó la lengua, cada vez más enfadado por la sarta de mentiras que estaba oyendo de sus labios.

Por supuesto, su hijo había olvidado mencionar a la ramera que aseguraba ser su esposa y que él había enviado a las mazmorras.

Cansado de escuchar sandeces, miró al vampiro, que entendió a la primera lo que le estaba pidiendo.

Este se acercó al príncipe y sometió su voluntad con unas pocas palabras.

Tras oír la verdadera historia, Athelstan asintió para que lo liberara.

―Entonces, ¿la chica que dice ser tu esposa miente? ―soltó el rey.