25. EL DESPERTAR INMORTAL
E l grueso del ejército de Abbadon había llegado la noche anterior al improvisado campamento.
Aún faltaban muchas de las patrullas que estaban desplegadas por la zona, pero la que más en falta se echaba era la de Sfert, uno de los mejores generales de Abbadon.
La suya había sido la primera en atacar al príncipe, aunque aún no había noticias de dónde se habían metido.
Rău pensaba que temía las represalias de su señor, y con razón. La incapacidad de su compañero por acabar con la vida del heredero había quedado manifiesta. Mientras tanto, él se había tenido que encargar de enviar al resto de los suyos a los pueblos más cercanos. Entre ellos, Felsted.
El suministro de aldeanos que habían llevado al campamento era digno de un verdadero festín.
Tras salir la luna creciente, se habían alimentado de ellos sin piedad.
Antes de dejarlos al borde de la muerte, les ordenaban volver a casa y olvidar cuanto les había ocurrido.
Aquello había subido la moral de la tropa, que estaba dispuesta a entregar su vida por su creador al sentirse agradecidos por lo mucho que hacía por ellos.
Rău entró en la tienda de Abbadon para confirmarle que pronto estarían todos los destacamentos que había hecho llamar.
―Señor, aún faltan algunos de los nuestros, aunque no creo que vuelvan hasta tener noticias.
―¿Se sabe algo de Sfert?
―Aún no .
―Avísame en cuanto llegue, quiero que me explique qué lo hizo fracasar para no haber acabado con el príncipe.
Debí enviarte a ti, pero ahora eso no importa.
Mañana partiremos al alba hacia el castillo.
Estoy deseando ver la cara de Helmet cuando me vea llegar.
―Clavó los colmillos en el cuello de una doncella semidesnuda.
―Será un verdadero placer para mí saludar a Qiloçker. Sé lo mucho que me aprecia.
Aquellas palabras hicieron sonreír al líder de la casa Ursu, quien lamió las incisiones y apartó a un lado a la muchacha.
―Rencillas del pasado ―dijo con una expresión grotesca―. ¿No va siendo hora de que te agradezca cuanto hiciste por él?
Su secuaz no pudo evitar dejar escapar un gruñido de satisfacción. Estaba deseando ver a su rival para hacerle recordar aquel horror.
―Sois muy generoso ―respondió Rău, inclinando la cabeza.
―Lo sé, pero eres mi debilidad. Mi primer «hijo», al que he logrado moldear a mi imagen y semejanza.
―Y nunca podré agradeceros lo suficiente que me hayáis concedido tal honor ―añadió con verdadero fervor.
Abbadon sonrió de nuevo. La maldad y devoción de su fiel lacayo eran muy gratificantes. Al menos él podía decir que estaba orgulloso de los humanos que había convertido. No como Helmet, cuyas tropas estaban formadas por simples labriegos que seguían a un loco débil y prescindible.
Con un chasquido de dedos, hizo volver a la muchacha y se la ofreció a su lacayo.
Rău asintió con gratitud y se lanzó a su garganta.
Él movió con ligereza la mano, como dándole a entender que podía acabar con ella.
La sed de sangre de su perro más fiel no desperdició la oportunidad de beber hasta la última gota.
Poco después del amanecer, el grupo de Helmet llegó al borde del campamento de los vampiros.
Se habían empleado a fondo para recorrer la distancia que separaba Felsted del castillo del rey.
En cuanto alcanzaron las inmediaciones, dejaron a los soldados en el suelo.
Youngblood y Hereward, exhaustos a la par que enfadados por haber sido transportados como fardos de pienso y abandonados mucho antes de alcanzar los muros, echaron a correr para ver al rey.
Mientras tanto, Xwînxwar continuó hasta el salón del trono con Alistair en sus brazos y Bêwestan con Alana en los suyos.
Los cuatro entraron sin anunciarse. Qiloçker y Wêranker sometieron a toda prisa a los pocos consejeros que allí se hallaban.
Los hicieron salir y cerraron las puertas.
El corazón de Athelstan se paró al ver a Alistair en brazos del «No muerto».
―¿Qué ha ocurrido? ―gritó fuera de sí, pero se tranquilizó un poco cuando lo vio abrir los ojos.
―¿Padre? ―dijo algo aturdido.
―¡Llevadlo a sus aposentos!
Helmet imaginó que habían vuelto a ser atacados por las tropas de Abbadon, sin embargo, todo pensamiento quedó eclipsado al percibir la energía de la chica a la que Bêwestan tenía tapada la boca.
Antes de seguir al rey, que estaba a punto de salir de la sala del trono con su hijo, Helmet le preguntó a su guerrera:
―¿Quién es ella?
―Su esposa.
Athelstan los oyó justo antes de atravesar las puertas. Se giró hacia Xwîn y miró a Alistair. Parecía tener un poco más de color en las mejillas. Le pidió al vampiro que lo llevase a su alcoba y se dio la vuelta. Entró en el salón y cerró tras de sí.
―¿Qué has dicho? ―se dirigió directamente a Bêwestan.
Alana trató de zafarse de su agarre, pero el miedo la tenía en gran parte paralizada. Bêw miró a Helmet, quien asintió para que hablara con libertad. Wêranker se colocó al lado de su señor, mientras que Qil se puso al otro lado de su pareja para observar a la chica que retenía.
―Dice que es la esposa de vuestro hijo ―aclaró ella mirando al rey.
―¡Déjala hablar! ―gritó él.
Ella apartó la mano de su boca. El empujón que le dio la Elegida la hizo retroceder un par de pasos. Aquello la sorprendió, pero negó al instante para darle a entender a su señor que solo había tropezado.
―¿Y bien? ―añadió Athelstan furioso―. ¿Por qué mientes?
―¡No hago tal cosa, mi rey! ―dijo muy angustiada―. El capitán Youngblood nos desposó hace cuatro días. Alistair me prometió delante de mis padres y del párroco de Felsted que vos nos daríais vuestra bendición y que el obispo nos casaría ante Dios.
Alana varió un poco la verdad y también decidió obviar todo lo que le había dicho el príncipe cerca del bosque antes de ser atacados.
Ella debía redimir su situación como fuera.
Si el rey los obligaba a formalizar el matrimonio, no tendría que vivir con aquella vergüenza el resto de su vida.
Y, además, debía proteger a su familia por encima de todo.
―Dime que no has yacido con él.
―Podéis estar seguro de que somos esposo y esposa. Yo confié en su palabra y en la de vuestro fiel capitán.
El rey la miró y torció el gesto. Después se giró hacia Helmet mientras se llevaba la mano a la frente.
El vampiro entendió enseguida el problema que suponía que su hijo ya estuviera desposado.
Puso los ojos en blanco un instante mientras negaba con la cabeza por las artimañas empleadas por el príncipe, única y exclusivamente para conseguir la honra de la muchacha.
―¿Estás en cinta?
―Solo hace cuatro días que nos desposamos y solo hemos yacido dos noches. No puedo saberlo.
Athelstan se mordió el labio inferior mientras pensaba en qué iba a hacer con ella.
Si llegaba a saberse que su hijo había cometido semejante desatino, el trato con el duque de Normandía no tendría lugar.
No estaba dispuesto a permitirlo. El futuro de Inglaterra dependía de aquella unión, así que dijo lo único que podía resolver esa situación.
―Bien. Creo que no me has dejado más opción que la de llevarte a donde perteneces. Espera fuera con ella ―dijo mirando a Bêwestan.
La «No Muerta» volvió a pedir permiso con la mirada a su creador, quien asintió para que hiciera lo que el rey le había pedido. Después, Helmet ordenó a Qiloçker y a Wêranker que subieran a los aposentos del príncipe para proteger al heredero.
Una vez se volvieron a cerrar las puertas y los dos se encontraron a solas, el rey comenzó a caminar de arriba abajo.
―El futuro de vuestro hijo pende de un hilo ―dijo el de la casa Drăgoi, sorprendido de que no hubiera subido aún para estar a su lado.
―Mi hijo acaba de cometer el peor error de su vida.
―¿Y esos esposales son válidos según vuestras costumbres?
Athelstan se detuvo en seco para atravesarlo con la mirada. Aquella reacción divirtió a su «invitado».
―¡Por supuesto que no! ―Emitió un gruñido de desesperación―. Maldita sea…, ¡sí lo son! El verdadero problema es que si ella alumbra a un bastardo, eso no les gustará a los normandos en absoluto .
―¿Es que ellos no tienen bastardos?
―Sí, ¡claro que sí! ¡Maldita sea! ―repitió.
―Entonces, no veo el problema.
―El principal consejero del duque es un creyente ortodoxo. Detesta la concupiscencia. Odiaba al anterior duque por haber cometido adulterio y ahora no soporta a la hermanastra del niño, por eso es la moneda de cambio para acceder a su ejército. ¿Comprendéis?
―Ya veo. Si se llega a conocer la imprudencia de vuestro hijo, eso os dejaría en mal lugar.
―¡Y tanto! ¡Puede incluso que ese malnacido le pidiera al papa que anulase el matrimonio! ¿Sabes lo que eso supondría?
―Pero no se han desposado aún por la Iglesia.
―Según lo que ha dicho ella, no. Sin embargo, es cuestión de tiempo que su párroco se lo comunique al obispo. Siempre y cuando no lo haya hecho ya.
El vampiro sonrió de forma imperceptible y asintió.
―Bien, entiendo la situación. Solo os queda una posibilidad. En base a nuestro nuevo pacto, ¿qué deseáis hacer con ella?
Athelstan lo miró con los ojos desorbitados. Por una parte, quería quitarla de en medio. Por otra, tal vez ya estuviera gestando a su nieto bastardo en las entrañas. Si eso llegaba a saberse, su reino y su descendencia correrían grave peligro.
―Metedla en la mazmorra más oscura hasta que se pudra, traiga lo que traiga.
―Por supuesto. «Mi rey…».
Helmet ladeó la cabeza y se dirigió a la puerta.
Nada más salir, le hizo un gesto a su acólita para que se apartara unos pasos de la muchacha.
Alana se quedó en mitad de la enorme entrada abrazándose a sí misma mientras veía cómo él le susurraba algo que no alcanzó a oír.
La vampira asintió, sabiendo de inmediato dónde iba a dejarla hasta que sus días llegaran a su fin.
El rey pasó por delante y Helmet se le unió. Las dos observaron cómo se perdían escaleras arriba.
―Ven, «princesa» ―dijo con sorna Bêwestan―. Voy a llevarte a tus aposentos.