Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 24. HIJA MÍA, ¿QUÉ HAS HECHO? #5
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24. HIJA MÍA, ¿QUÉ HAS HECHO? #5

―¿Oro para compensarme? ―lo interrumpió elevando el tono, desesperada―. ¿Él qué? ¿¡Que me has mentido y deshonrado por un simple capricho!? ¡Me hiciste la promesa de desposarme delante de tus hombres…, de mis padres…, y hasta del padre León!

Los dos soldados y el sacerdote se volvieron hacia ellos.

Después, todo sucedió muy deprisa. Los de Abbadon salieron de su escondrijo como si fuese el viento quien los manejara.

Uno de ellos, olvidando lo que había dicho el jefe de su patrulla, empujó con tanta fuerza a Alana que cayó casi a diez pies de donde se hallaban.

―¡Idiota! ¡A ella también! ―gritó el secuaz de Ursu.

El que la había lanzado, se quedó paralizado solo un instante.

Al verlos, Qiloçker fue el primero en dar la alarma.

De la nada, los de Helmet corrieron hacia donde se encontraba el heredero.

Youngblood y Hereward desenvainaron sus espadas para tratar de repeler el ataque, pero aquellos seres eran demasiados fuertes y rápidos como para rozarlos siquiera con su acero.

Xwînxwar se abalanzó hacia uno, al que destrozó la garganta de un solo golpe.

Bêwestan y Qil trataban de deshacerse de otro enorme y Wêranker atravesó con su daga el torso de uno más pequeño.

Acto seguido, se la hincó a la altura del corazón y se lo extrajo mientras mantenía una sonrisa aterradora.

Alana trató de levantarse, pero sintió que la misma tierra giraba más rápido al ver que uno de los atacantes se subía a la espalda del padre León y se desquitaba en su garganta bebiendo sin importarle lo que estaba ocurriendo a su alrededor.

Cuando se sintió satisfecho, susurró algo que ella no supo cómo pudo entender: «Bienvenido, padre».

Después lo dejó caer al suelo y comenzó a luchar con los que parecían estar defendiendo al príncipe .

De pronto, ella se volvió hacia Alistair.

Extendió el brazo y vociferó un enorme «¡¡¡No!

!!». El vampiro que había tratado de raptarlo, en un acto desesperado, acababa de hacerle un corte en el cuello.

Ella se quedó sin aliento al ver cómo se desplomaba.

Al fin consiguió ponerse en pie y avanzó hacia él entre la terrible escaramuza que estaba teniendo lugar.

Pasó corriendo al lado de Hereward, que estaba hundiendo su espada en el pecho de uno de ellos.

Otro, que no conocía, apartó de su camino a un asaltante al que arrancó un brazo de cuajo.

Sin mirar lo que sucedía a su alrededor, para evitar que la determinación la abandonara, llegó a altura del príncipe, que tenía el rostro azulado.

―¡Alistair! ―gritó, cayendo de rodillas y sujetándole la cabeza.

Bêwestan se acercó a ellos.

―¿Quién sois?

Sin darse cuenta de que sus palabras iban a cambiar su destino para siempre, dijo lo que había creído durante cerca de tres largos días:

―Su esposa.

Los cuatro de más confianza de Helmet parecieron oírlo al mismo tiempo, incluso a través de las voces, los sonidos del acero al chocar y los estertores de sus enemigos.

A la Elegida no le importó que Bêw estuviese mirando, impuso las manos encima de la herida abierta del príncipe, que trataba por todos los medios de no atragantarse con su propia sangre.

―No existe mayor honor ―susurró bajando la mirada.

La vampira no entendió qué hacía hasta que vio la carne del heredero cerrarse ante sus ojos.

―¿Cómo habéis hecho eso? ―preguntó aturdida. Si no lo creyera imposible, habría jurado que acababa de ver un milagro.

―Soy bruja ―mintió Alana.

Alistair perdió el conocimiento y esto hizo reaccionar a Bêwestan.

―¡Xwînxwar! ―vociferó con todas sus fuerzas mientras apartaba a aquella chica .

Él se giró al instante y vio cómo ella cogía al heredero en sus brazos.

Pensando que el inglés estaba a punto de morir, el vampiro asestó un golpe mortal al enemigo con el que luchaba.

Después le arrebató a Youngblood su espada y cercenó las cabezas de dos a la vez.

La crudeza de la refriega se intensificó hasta tal punto que los pocos que quedaban de Abbadon salieron huyendo hacia el bosque .

―¡Alistair! ―gritó Landon.

―¡Al castillo! ―ordenó Xwîn―. ¡Lleváoslos a todos!

Qiloçker se hizo con Hereward mientras que Wêranker se ocupaba de Youngblood.

Bêwestan le pasó el príncipe a Xwînxwar y ella se echó al hombro a la joven inglesa.

El grupo corrió como alma que llevara el mismísimo diablo para evitar que el heredero muriera, ya que no estaban seguros de qué había sucedido.

Alana gritó y gritó que la soltara, pero la vampira sabía que no podía permitir que se presentara como la esposa del heredero.

Si además era una bruja, como le había asegurado, se verían en un verdadero lío por inmiscuirse en sus asuntos.

De un modo u otro, debía consultarlo con Helmet.

Algo le decía que, en cuanto Athelstan supiera de su existencia, todo iba a irse al infierno.

El padre León oyó de lejos unas voces, pero no consiguió abrir los ojos. Mientras notaba cómo se le escapaba la vida, se sumió en un profundo sueño donde Alana desaparecía de su vista y los «No Muertos» los raptaban a todos.