24. HIJA MÍA, ¿QUÉ HAS HECHO? #4
Se sorprendió al verlo allí, pero no mostró nada en su rostro que lo invitara a irse. En su interior bullía un mar de dudas, y todo en ella le pedía compartirlo.
―Buenos días, padre.
―Aún es de noche, hija.
―Pronto amanecerá .
―Lo sé. ¿Por qué estás aquí?
―Necesitaba pensar. No he podido dormir.
―Yo tampoco, pero no deberías haber venido. Sabes que estás arriesgando tu vida de forma innecesaria.
―No, si soy quien se supone que soy y puedo defenderme.
Al otro lado del bosque, los perros de Abbadon estaban acechando el camino de entrada al pueblo.
Se acercaron a ellos un poco más para oír lo que decían.
Durante un momento, pensaron en acabar con los dos.
Tenían hambre, pero Rău les había dado una orden.
Mientras su amo y señor se dirigía al castillo de Athelstan, a ellos les tocaba esperar allí por si al príncipe se le ocurría volver donde había sido visto por última vez.
―Alana ―dijo León―, que tengas la sangre de Cristo en ti no significa que seas invencible. Aún no has entrenado ni un solo día, así que no creas que con tu fortaleza será más que suficiente para vencer al Enemigo.
El siniestro grupo miró a su capitán, quien sonrió mientras asentía hacia sus tropas con cara de satisfacción.
Si el príncipe llegaba a aparecer, se llevarían a los tres.
Si no, se conformarían con la chica y el cura.
Aquello de lo que hablaban podía interesarle a Abbadon, y ninguno iba a desperdiciar la ocasión de complacerlo.
―Tal vez. Por suerte, a mí no me buscan ―agregó ella.
―Dime, ¿qué te ha hecho venir aquí?
León la apreciaba. En realidad, sentía verdadero cariño por ella. La conocía desde su nacimiento y la había visto crecer; pero ahora un terrible dolor le atravesaba el pecho porque su pupila se había dejado llevar por una falsa promesa.
―No quiero ni decirlo en voz alta.
―Puede que no tengas más remedio.
Alana cerró los ojos y reconoció lo que más temía.
―Él no volverá, ¿verdad?
―Creo que no.
El vampiro jefe miró a los suyos y les pidió calma.
Esperarían a averiguar algo más, si no, no desaprovecharían la ocasión.
Mientras tanto, muy cerca de allí, los secuaces de Helmet seguían aguardando a que aparecieran los tres ingleses.
Pese a estar relativamente cerca, ninguno de los dos bandos había descubierto al otro.
Uno se encontraba en el bosque, el otro, cerca de la posada.
Se habían pasado la noche montando guardia y aguardando a que llegara el alba sin saber que no se habían cruzado con el heredero por muy poco.
―Vayamos dentro, hija ―añadió León―. Hace frío, y necesitas un poco de leche caliente.
Ella asintió con una expresión de tristeza. Ambos se giraron para regresar, pero se detuvieron al ver que Alistair, acompañado de sus dos protectores, caminaba hacia ellos.
Poco antes, nada más salir de la posada, uno de los de Helmet los reconoció.
Enseguida avisó a Xwînxwar, que no entendió cómo ninguno de los suyos los había visto llegar.
Sin perder tiempo, comenzaron a seguirlos en las sombras.
Volver a someter a los humanos que se cruzaran con ellos les llevaría demasiado tiempo, así que se trasladaron en silencio hacia donde les había indicado el que estaba de guardia.
Alana recobró las esperanzas de no convertirse en el desprecio de todos. Si él estaba allí, solo podía significar que iba a cumplir su palabra.
Justo detrás, los perros de Abbadon distinguieron al heredero.
El capitán de su séquito les obligó a esperar hasta que estuvieran más cerca.
Debían caer sobre los tres como una exhalación para llevárselos.
No iban a perder el tiempo en luchar, los raptarían y volverían al punto acordado en el que Rău había convocado a todas las partidas.
―Has venido… ―susurró ella.
―Por supuesto, pero antes he de hablar contigo.
El grupo se quedó esperando al acecho la orden del jefe, que sintió curiosidad por saber qué le iba a decir a aquella preciosa humana.
―Padre León ―dijo Youngblood―, ¿nos acompaña?
―Claro, hijo ―respondió asombrado de verlos allí.
En cuanto se separaron, los dos se acercaron unos pasos más al bosque. Algo que benefició a los de Abbadon.
―Temí que no vendrías ―confesó Alana.
―¿Por qué?
―Mi madre y el padre León dicen que nuestra unión es falsa, pero mi padre asegura lo contrario.
―Todos tienen razón.
―¿Todos? ―dijo con un hilo de voz.
Alistair asintió con gesto austero.
―Alana, desearía que la situación fuera diferente.
―¿Qué quieres decir ?
―Soy el príncipe. He de cumplir con mi deber.
―¿Y ese cuál es?
―Desposarme con la hermanastra de Ricardo. Mi padre y sus consejeros han llegado a un acuerdo: concertaron esta unión para fortalecer nuestro ejército.
―Entonces, ¿por qué…?
―Te deseaba. En cierto modo, creo que lo que hiciste me nubló la mente. Creí amarte de verdad, por eso dije todo aquello. Pero no te preocupes por nada. Youngblood volverá con un cofre de oro para compensarte…