Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 24. HIJA MÍA, ¿QUÉ HAS HECHO? #3
91%

24. HIJA MÍA, ¿QUÉ HAS HECHO? #3

Los cuatro rieron. Xwînxwar le susurró al soldado que olvidara su visita y se reunieron a las afueras del pueblo con los suyos. Acordaron en esperar un día más. Aunque, si no aparecían pronto, se verían obligados a continuar con la búsqueda.

A poca distancia de allí, varias patrullas de Abbadon los estaban acechando.

Desde que los habían visto pasar camino a Felsted, los iban siguiendo.

Les pareció una coincidencia demasiado grande que los de Helmet se desplazaran a la misma zona donde los suyos habían atacado a los hombres del rey la última vez.

Pero ahora sus órdenes eran muy distintas: ya no tenían que acabar con el príncipe, sino raptarlo.

En vista de que los enemigos de su amo se quedaban en el pueblo, ellos decidieron hacer lo mismo.

Puede que al final el heredero regresara.

Eso les daría la oportunidad de acabar con algunos a los que consideraban traidores a su señor, y así podrían llevarse a su presa. Una victoria por partida doble.

Alistair anduvo en silencio con sus dos fieles capitanes de camino a la posada. Hereward aprovechó para ponerlos al día con lo que había sucedido cuando se escaparon de aquellos seres. Por desgracia, uno de los soldados había fallecido mientras que el otro estaba curándose de las heridas.

Para silenciar posibles comentarios, Terrel había prometido al mesero una suma generosa en nombre del príncipe. Por supuesto, este había accedido muy satisfecho, y con ello saldaba la cuenta que había quedado pendiente.

―¿Habéis hablado con él? ―le preguntó Landon antes de llegar.

―Aún no, esto me lo ha contado el posadero ―confirmó Hereward.

―Bueno, no creo que pueda aportar más de lo ya que sabemos. Al menos logró salir con vida, que no es poco.

―Exacto. Lo que me preocupa es que todavía no ha llegado la tropa. Por los días que han pasado, ya deberían estar aquí.

―Lo sé .

Youngblood lo miró un instante y negó de forma imperceptible para que Alistair no se preocupara, pero él parecía no estar prestando atención a lo que decían.

―Mi príncipe, ¿os encontráis bien? ―dijo Landon, deteniéndolo mientras lo sujetaba con amabilidad del brazo.

―No lo sé, pero mejor lo hablamos dentro.

En cuanto ocuparon las mejores habitaciones, Youngblood pidió que les trajeran una tina con agua bien caliente a las dos alcobas.

Los tres necesitaban quitarse los restos de tierra y la humedad del camino.

Terrel, mientras tanto, fue a visitar al soldado herido.

El hombre le repitió la misma historia que le había contado a los cuatro vampiros.

Solo que ese detalle no pudo compartirlo, puesto que Xwînxwar le había ordenado que olvidara que habían estado allí.

Tras informar al heredero y a Landon de lo que había ocurrido después de escapar, el capitán los dejó solos. El tutor lo ayudó a desvestirse. En cuanto Alistair entró en el agua, se le desató la lengua.

―¿Qué voy a hacer mañana? ―dijo con el gesto muy serio.

―¿Qué os pide el corazón?

―He de reconocer que Alana es preciosa. También creo que sería una buena esposa. Es dulce, cariñosa y entregada.

―Muchas jóvenes lo son, pero no habéis respondido a mi pregunta ―agregó Youngblood con la seguridad de que no iba a elegir llegar al altar al día siguiente.

―Le daréis dos cofres de oro ―soltó mirando a la nada.

―¿Y si está en cinta?

―¡Entonces serán tres cofres! ―gritó, cerrando con fuerza los ojos.

―¿Qué os ocurre?

―No lo sé. Creo que me embrujó de algún modo cuando me salvó la vida. Por un lado, quiero desposarme con ella porque sé que me haría feliz; pero, por el otro, me debo a mi padre y a mi pueblo. ¿Me convierte eso en un monstruo?

―No, mi príncipe. Vuestro comportamiento es muy natural en un hombre joven. Deseáis la belleza, y poseerla se convierte casi en una obsesión. Todos hemos pasado por ello.

―¿Tú también mentiste para deshonrar a una doncella que no se lo merecía?

―Peor aún, la forcé .

―¿Y qué ocurrió después?

―Ella se quitó la vida. De eso hace mucho. Es mejor no remover los errores del pasado, aunque sí es necesario aprender de ellos.

―¿Y no has forzado a ninguna otra?

―¿Para qué? Mi bolsa está llena y no me interesa dejar vástagos por el mundo.

―Eres muy extraño, Landon ―dijo Alistair, saliendo de la tina.

―No, mi príncipe. He causado demasiado dolor y muerte en batallas como para hacerlo por mera diversión.

―Sois un hombre de honor.

―Me temo que no. Hace mucho que dejé de serlo.

―Pero ¿cómo le voy a decir que no me desposaré con ella? ¿No podrías hacerlo tú por mí?

Youngblood lo miró con un gesto de desaprobación mientras sopesaba qué supondría que la joven estuviera en cinta. Su deber sería contárselo al rey, de modo que decidió que su pupilo debía afrontar las consecuencias al igual que él lo había hecho años atrás.

De todos modos, aquello había sido una pregunta y no una orden, así que se agarró a esa idea para dar su opinión.

―Podría, pero ¿en qué lugar os dejaría?

―No te entiendo.

―Nunca os he considerado un hombre incapaz de resolver sus propios asuntos. Sois Alistair de Wessex, futuro rey de Inglaterra. Rechazar a una muchacha será la decisión más sencilla que tendréis que tomar en vuestra larga vida.

―No creo que pueda soportar verla llorar.

―Sí, claro que sí. Y lo haréis porque debéis curtir vuestro corazón. Creedme cuando os digo que mañana morirá la parte más débil del joven que aún sois, pero nacerá un hombre que podrá enfrentarse a cualquier eventualidad en el futuro.

Él se quedó pensativo, asimilando las palabras de su tutor.

―Tenéis razón. He de destruir todo aquello que me impida cumplir el destino para el que he nacido ―dijo con seguridad en la voz. Landon asintió―. Mañana, al alba, iré a verla.

―Sabia decisión.

Ambos se reunieron con Hereward y bajaron para cenar algo. Esperaban que al día siguiente llegaran las tropas. Si querían cerrar aquel pacto, debían ponerse en camino cuanto antes. Ya llevaban demasiado retraso, y Ricardo no esperaría en Richborough para siempre.

Aquella noche fue una de las más duras que había pasado Alana, sin contar la de la transformación.

De un lado, sus padres tenían la esperanza de que Alistair cumpliera lo que había prometido.

Del otro, el padre León echaba chispas porque veía claro que con solo unas pocas palabras bonitas se había ganado su corazón.

La promesa de amor eterno era algo que jamás fallaba.

Pero, más que nada, culpaba una y otra vez a la princesa Thyra por haberle puesto aquella idea en la cabeza que la había incitado a cometer semejante locura.

La cuestión era que el párroco no confiaba en que el heredero cumpliera y resarciera su honor. Leala, cansada de la reprimenda hacia Alana, detuvo la conversación.

―Ya es suficiente, padre León. Es mi hija, no la vuestra. Sus cuentas son y serán siempre con Dios.

―¿¡Cómo puedes decir eso si se encuentra en pecado mortal!? ―replicó el sacerdote muy enfadado.

―¿Pecado mortal? Pecado es hacer el mal aun sabiendo que se hace. ―Leala se detuvo un momento para pensar―. Aunque no sea válida la ceremonia de su mentor, sí lo es la promesa ante nosotros de que la desposará. Eso tendría que ser suficiente, así que démosle el beneficio de la duda.

―Si vuestra hija está en cinta, no podré ayudaros.

―Acabáis de mostrar lo que a Dios repulsa: el rechazo sin esperar arrepentimiento. Son jóvenes. Además…

―Basta ―intervino Fairfax, cansado de oírlos discutir mientras Alana estaba sentada en una silla con uno de pie a cada lado.

―Tú no lo entiendes, hijo ―soltó León con un tono reprobatorio.

―Entiendo que es hija mía, que vos sois su párroco y que el príncipe ha hecho una promesa. Por mucho que discutamos, esa es la realidad. Hasta mañana no sabremos si es un infame o un hombre de honor que cumple su palabra. De todos modos, para mí, esa unión es válida.

León reconoció en su expresión la mezcolanza de vergüenza por lo ocurrido y la esperanza porque todo acabase bien. De un modo u otro, el mal ya estaba hecho y solo podían esperar .

―Está bien, Fairfax. Tienes razón. Mañana vendré muy temprano a por Alana. Es necesario que comparta con ella algo que solo concierne a la Elegida.

―¿De qué estáis hablando? ―preguntó Leala con gesto de extrañeza. Pensaba que a ella le había revelado cuanto sabía.

―Lo siento, es algo que solo puede conocer vuestra hija. Lo entendéis, ¿verdad?

La mujer asintió. Los reproches de León no tenían nada que ver con que la joven portara en sus venas la sangre de Cristo. Primero siempre sería el deber, y el de la Elegida era mucho más grande que el que podrían llegar a imaginar.

Tras despedirse del párroco, los tres se quedaron a solas. Alana volvió a contarles cómo habían sucedido los acontecimientos que, de alguna manera, la habían llevado a creer en aquella unión. A medianoche, los tres se fueron a dormir, solo que la Elegida no pudo conciliar el sueño.

Antes de despuntar el alba, cansada de dar vueltas y vueltas, se escabulló de su alcoba y salió de la casa.

Sabía que era una temeridad dados los ataques a los que se había tenido que enfrentar Alistair.

Vampiros y seres extraños que jamás creyó que pudieran existir.

Pensó qué más le quedaría por ver teniendo en cuenta quién era, pero todo aquello no le importó. Necesitaba que le diera el aire.

Anduvo por el sendero hacia el río. Los recuerdos del ataque se agolparon en su mente. Llegar hasta allí era demasiado arriesgado, así que se quedó en la linde bosque caminando de arriba abajo.

El padre León tampoco había podido dormir.

También se había levantado temprano y había decidido ir a hablar con ella.

Era necesario que conociera la existencia de algo que le había entregado el sacerdote de la portadora anterior y que solo debía poseer la Elegida.

Poco antes de llegar, la vio salir. Quiso avisarla para que le esperase, pero era demasiado temprano y podía alertar a seres con los que era mejor no cruzarse.

La siguió hasta que la vio detenerse antes de adentrarse entre los árboles.