Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 24. HIJA MÍA, ¿QUÉ HAS HECHO? #2
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24. HIJA MÍA, ¿QUÉ HAS HECHO? #2

―Y vos deberías ceñiros a escuchar y no a dar consejos de los que no tenéis ningún conocimiento ―le respondió indignada.

―¿Qué quieres decir?

―Pues que me sorprende de cómo podéis ser capaz de decirme que confíe ―replicó con dolor y rabia―. ¡ÉL también está en mí! ¡En mi propia sangre! Si ni quisiera a mí me ha revelado que ella sería la Elegida, ¿con qué derecho venís a decirme que acepte sin más sus designios, sean cuales sean?

―Leala…

―¿Es que no ha tomado ya de mí más que suficiente? ―insistió―. Decidme, ¿cuánto más he de sacrificarme y sufrir?

León la miró sin tenerle en cuenta sus palabras.

La que hablaba era la mujer, no la Portadora.

El dolor de una madre por la pérdida de un hijo debía de ser indescriptible.

Él nunca osaría pretender demostrar que la comprendía cuando jamás podría estar en su lugar.

Sin embargo, sí iba a responder a su última pregunta.

―Cuanto seas capaz de soportar, hija mía ―dijo al fin.

Ella se quedó sin palabras un instante.

―Pero eso no es justo.

―¿Para quién?

―¡Para Alana! ¡Para mí misma!

―No quieras encontrar una explicación a aquello que no puedes comprender.

―¿Y vos sí?

―¿Yo? ―Negó con la cabeza―. Yo no comprendo ni la décima parte de lo que tú entiendes.

Fairfax entró en casa. Llevaban tanto tiempo hablando que no se habían percatado de que casi había anochecido.

―Buenas noches, padre.

―Buenas noches, hijo. ¿Qué tal el campo? ―preguntó para darle tiempo a Leala a secarse las lágrimas.

―Como siempre .

El campesino miró a su mujer y sintió un dolor terrible al ver que de nuevo había estado llorando. Giró la cabeza hacia el hogar y se extrañó de que aún no hubiera comenzado a cocinar.

―¿Os quedáis a cenar con nosotros, padre?

Su mujer se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. Después, avivó el fuego y puso una olla encima.

―Mejor otra noche. Se ha hecho más tarde de lo que esperaba y es mejor que me vaya a descansar.

La puerta se abrió de golpe. Los tres se giraron con verdadero temor tras los últimos acontecimientos. La Elegida los miró con una enorme sonrisa y se lanzó hacia sus padres para abrazarlos.

―¡Lana! ―gritó Leala mientras se aferraba a ella―. ¡Mi niña, mi preciosa niña!

Fairfax cerró el abrazo y lloró de felicidad al tenerla de vuelta. Habían sido pocos días. Apenas tres, pero parecía que hubiesen pasado varias lunas.

―¿Estás bien? ¿Te han herido de algún modo? ―preguntó él con suma preocupación.

―No os preocupéis, estoy bien. ¡Os he echado mucho de menos!

El príncipe apareció con un gesto indescifrable, pero trató de ser lo más amable posible dadas las circunstancias. Youngblood permaneció en el exterior. Previamente, Hereward se había desviado hacia la posada para reservar un par de habitaciones.

Cuando los tres se separaron, Alana saludó al párroco, pero, en vez de abrazar de nuevo a sus padres, se colocó al lado de Alistair y apoyó la mano en su antebrazo. Aquel gesto sorprendió a los tres.

El padre León fue el primero en entender qué era lo que estaba ocurriendo y no pudo contenerse.

―Alana, ¿qué significa esto?

―Madre, padre ―miró al heredero con una enorme sonrisa―, Alistair y yo nos hemos desposado.

Ellos no supieron qué responder. Solo se acercaron y los felicitaron con respeto. Él era el príncipe y su hija acababa de convertirse en princesa.

―¿Y en qué iglesia os habéis desposado? ―preguntó León sin siquiera inmutarse.

―Bueno, fue su tutor, el capitán Youngblood, quien se encargó de llevar a cabo la ceremonia ―añadió ella mirando hacia el exterior .

―Padre León ―dijo el heredero―, no os preocupéis. En cuanto lleguemos al castillo, mi padre ordenará los esponsales para hacerlo oficial ―mintió de forma descarada.

Alana se giró hacia él sorprendida y después bajó la vista al suelo. Lo que acababa de declarar Alistair significaba que su unión no era real, pero decidió no darle importancia, puesto que él le había prometido que sí lo era y que siempre la protegería.

―Bueno, ¿para qué esperar? Podemos ir a la iglesia ahora mismo y formalizar vuestra unión.

―Eso no será necesario ―respondió muy serio―. Ahora nos retiramos. El viaje ha sido largo y debemos ir a la posada.

―No, príncipe Alistair ―lo cortó el padre León muy serio―. Sabéis de sobra que habéis cometido pecado. Vuestro casamiento es legal ante los ojos de Dios y de los hombres, pero ha de hacerse por escrito. No os preocupéis, el obispo es magnánimo y os perdonará si aceptáis lo que os he propuesto.

Él se quedó sin respuesta. Aquel maldito párroco tenía razón. Landon, que podía oír todo lo que estaban diciendo, decidió intervenir para zanjar aquella conversación y sacar de allí al heredero lo antes posible.

―Mi príncipe, no podemos arriesgarnos a atravesar el pueblo en mitad de la noche. No es seguro. Deberíamos ir ya a la posada.

―¿Eh? Sí, sí. Bueno, padre León, ¿qué nos aconsejáis entonces? ―Alistair, al oír en su declaración que el obispo podría enterarse, no supo reaccionar a tiempo.

―Pasar la noche separados y formalizar por la mañana los esponsales. Mi deber es informar al obispo de todo cuanto suceda. Por la tarde, vendrá el correo oficial para llevarle mi correspondencia ―adornó la verdad.

El heredero lo miró con los ojos muy abiertos y asintió hacia él. Después, repitió el gesto con los padres de ella.

―Querida, mañana nos veremos.

―No lo entiendo, Alistair. ¿Acaso no somos esposo y esposa? ―preguntó, sintiendo cómo el cuerpo se le helaba.

―Claro que sí. Para mí lo somos ―volvió a mentir.

Ella se giró hacia Youngblood, quien permaneció con un gesto impasible. En ese momento, apareció Hereward, quien les comentó que todo estaba dispuesto en la posada y podían irse cuando quisieran .

―Buenas noches ―dijo Alistair―. Nos veremos por la mañana. ―Besó la mano de Alana y se perdió con sus hombres.

―Hija mía, ¿qué has hecho? ―preguntó el padre León en nombre de los tres.

Al ser consciente de que había sido engañada, cerró los ojos con fuerza antes de responder.

―Confiar en su palabra.

Yngvar había observado con una expresión severa cómo Alana entraba en la casa de sus padres. Poco después, Alistair también lo hacía, mientras que Youngblood se quedaba vigilando.

―¿Has visto suficiente? ―preguntó Borgervern, que ya no albergaba dudas de por qué el de la casa Knutsen había insistido tanto en rescatar a la Elegida.

―Mucho más de lo que debía ―dijo entre dientes.

―De acuerdo. Volvamos entonces al punto de encuentro. Lo más seguro es que ya estén allí esperándonos.

―Lo sé, pero era nuestra obligación asegurarnos de que volvía sana y salva ―se defendió―. Anda, vamos.

El rastreador asintió. Se reunieron con el grupo y avanzaron por el bosque hacia donde se tenían que encontrar con Vidar.

Antes de acercarse, silbaron una melodía conocida para ellos. Al oír la respuesta, prosiguieron hasta alcanzar su posición.

―¿La habéis encontrado? ―preguntó la mano derecha de Eirik.

―Sí, ya ha vuelto a su casa ―dijo Yng, apretando la mandíbula―. ¿Alguna pista de Thyra o de Oskar?

―Ninguna. Solo nos queda dirigirnos al castillo de Athelstan.

―¿Al castillo? ¿Por qué iban a estar allí?

―Fueron capturados por vampiros. Ojalá que hayan sido los acólitos de Helmet. Si fueran los de Abbadon…

―Mejor no decirlo.

―Exacto. Partiremos al alba.

―¿Por qué no esta misma noche? ―añadió Yngvar, deseoso de marcharse de allí cuanto antes.

―No, todos estamos exhaustos. Esta noche debemos descansar y reponer fuerzas ―ordenó Vidar―.

Mañana nos dirigiremos al oeste. Gran parte del ejército de Helmet se encuentra en un campamento a las afueras del castillo del rey y no cesan de llegar patrullas.

Que los retengan allí es nuestra última esperanza, si no, tendremos que buscar a las huestes de Abbadon como sea.

―Quiera el cielo que no sea necesario.

―Sabias palabras.

Vidar decidió que enviaría a dos del grupo para avisar al rey de los errantes del nuevo cambio de planes e informarle de cuanto habían hecho.

La misión del día siguiente no iba a ser nada fácil, así que rezaron a los Altos Guardianes y al Creador de todo cuanto existía para que estuviera de su parte y así lograr rescatar a los suyos, impidiendo que ninguno cayera bajo los colmillos de los «No Muertos».

Xwînxwar, Qiloçker, Wêranker y Bêwestan, junto a diez más de los suyos, habían llegado al pueblo hacía horas.

Mientras su pequeño séquito se dividía en parejas para tratar de averiguar algo preguntando a las gentes de Felsted, ellos se habían dirigido directamente a la posada con la esperanza de encontrar sano y salvo al príncipe, pero se toparon con la noticia de que allí solo quedaba un soldado malherido.

Tras someter a cuanto humano fue necesario, consiguieron hablar con el inglés, quien, poco a poco, se iba recuperando.

El hombre les contó que hacía tres jornadas habían sido atacados por unos seres que no habían visto nunca.

Dos hombres y dos mujeres casi idénticos entre sí.

Una vez les relató cuanto recordaba, los cuatro salieron al pasillo para hablar en privado.

Coincidieron en que la desaparición del príncipe era un verdadero inconveniente.

Eso reducía sus opciones a dos: o sometían a todo el pueblo e intentaban averiguar algo más o buscaban su rastro.

Lo segundo sería más difícil, ya que el tiempo no había tenido clemencia en las dos últimas jornadas y los caminos estaban embarrados.

Si en la huida había dejado alguna huella, seguro que ya habría desaparecido; por lo que era una pérdida de tiempo intentarlo siquiera.

―¿Qué opinas? ―preguntó Xwînxwar mirando a Bêwestan―. ¿Crees que volverán?

―Puede que sí, Youngblood es muy juicioso. Veo más probable que se hayan escondido en alguna parte cerca de aquí y que terminen regresando. Les aseguré que los hombres del rey vendrían a rescatarlos .

―Los hombres del rey no han sido de mucha ayuda ―se burló Qiloçker.

―¿Qué se puede esperar de los humanos? ―dijo Wêranker mientras ponía los ojos en blanco.