Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 24. HIJA MÍA, ¿QUÉ HAS HECHO?
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24. HIJA MÍA, ¿QUÉ HAS HECHO?

E l grupo de Yngvar llegó a la posada a medio camino de Colchester bien pasada la medianoche.

Su primera orden fue la de enviar a Modig a revisar las cuadras.

Sin hacer ruido, el errante miró uno a uno los animales.

En cuanto vio los escudos que portaban las tres monturas, confirmó que pertenecían a los hombres del rey.

Regresó al bosque junto a los suyos para comunicarlo.

El joven Knutsen los dividió por zonas para que vigilaran cualquier movimiento.

A Borgervern y a Modig les tenía reservada una misión mucho más compleja y temeraria.

La partida se desplegó alrededor de la posada para cubrir las posibles salidas, mientras tanto, los tres se emplearon en encontrar alguna ventana que se hubiese quedado abierta.

Todo estaba en silencio y cerrado a cal y canto.

Por una parte, forzar cualquiera puerta del exterior solo podría traerles problemas, ya que no sabían cuántos humanos pernoctaban aquella noche.

Por la otra, estaban dispuestos a arriesgarse, puesto que no iban a dejar a la Elegida a manos de los ingleses.

―Hemos de entrar ―dijo Yng con la determinación en su mirada.

―¿¡Estás loco!? ―soltó Borg, que veía lo mal que podía acabar todo si cometían esa imprudencia.

―¿Y qué hacemos? ¿Y si la están forzando en este momento?

―¿Acaso oyes algo?

―Pueden tenerle tapada la boca.

―Presta atención ―exigió el experimentado rastreador .

―No puedo quedarme con la duda.

―Está bien. Pero si nos hieren, será culpa tuya.

―Si te hieren, haré lo que me pidas durante doce lunas.

―No hagas promesas que no vas a cumplir. Anda, vamos.

Con verdadera destreza, Borgervern forzó una de las ventanas de la zona correspondiente a la cocina.

Logró abrirla sin hacer apenas ruido. Entraron de forma sigilosa y avanzaron hasta la taberna.

Al otro lado, divisaron unas escaleras. Se dirigieron hacia allí para acceder al piso superior, donde supusieron que se encontraban las habitaciones.

Tras decidir que solo Borg y él subirían, dejaron a Modig vigilando.

El rastreador no podía creer que lo hubiera convencido para abrir las puertas de las alcobas y mirar dentro.

Pero ahí estaba, a punto de ser descubierto como si fuera un ladrón.

De pronto, vio cómo Yngvar se quedaba paralizado delante de una y se apoyaba en ella.

Se acercó a él y le tocó el hombro. Sacudió la cabeza mientras fruncía el entrecejo a modo de pregunta.

El de la casa Knutsen apartó las manos y señaló con un dedo que estaba ahí.

―¿Cómo puedes saberlo? ―susurró Borg.

―Lo sé ―vocalizó negando mientras le enseñaba las palmas.

El de la casa Eide asintió, instándolo a abrirla. Yng le pidió que se echara un par de pasos atrás y se llevó el dedo a los labios a fin de que se mantuviera en silencio. Después, cerró un momento los ojos antes de girar la manilla.

Apenas separó un palmo la puerta. Lo que vio le heló la sangre.

El príncipe abrazaba a Alana, que tenía la cabeza reposando en su pecho.

Ambos estaban desnudos y con tal expresión de satisfacción que no tuvo que imaginar cuál era el motivo.

No la había forzado. Ella se había entregado en cuerpo y alma sin oponer resistencia.

Descubrirlo fue tan duro como ser herido con acero dojehî.

De repente, ella levantó la cabeza y lo vio. Durante un instante, él creyó que iba a gritar, pero Alana no lo hizo. Yng, con el rostro entristecido susurró con pesar: «Han fortjener deg ikke [17] ».

Ella reconoció su voz y entreabrió los labios para responderle, pero el errante cerró sin hacer ruido.

Le hizo un gesto brusco con la cabeza a su compañero y bajó las escaleras a toda prisa.

Borgervern no entendió su reacción, aunque tampoco era el mejor momento para preguntar, por lo que se ciñó a seguirlo en silencio.

En cuando se reunieron con Modig, volvieron a las cocinas y salieron al frío de la noche. Corrieron hacia la posición convenida en el bosque y se mantuvieron a cubierto.

―¿Qué has visto? ―preguntó el rastreador ante la expresión de decepción y rabia que mostraba el joven Knutsen.

―Lo suficiente.

El guerrero lo miró a los ojos y entendió a qué se estaba refiriendo.

―No ha sido forzada.

Yng simplemente negó con la cabeza.

―Es normal que haya pasado.

―¿Normal?

―¿Y qué esperabas? Él es un príncipe y ella una campesina. Al menos alégrate de que no ha sido por la fuerza.

―¡Es la Elegida! ―respondió con rabia―. Su deber es salvarnos a todos, no retozar como…

―¡Cuidado con lo que dices! ―lo reprendió Borg―. En cierto modo, tienes razón. Pero ella ha de vivir como lo que aún es: una humana.

―Ella, ahora mismo, es cualquier cosa menos una simple humana. Y debería estar por encima de eso.

―¿De qué? ¿De la propia vida? ¿Del orden natural?

―Su destino no es distraerse con el príncipe.

―Cualquiera diría que los celos hablan por ti.

Yngvar se giró hacia él y lo sujetó del peto con fuerza.

―No vuelvas a insinuar nada parecido.

Borg sonrió lo suficiente como para hacer que él sintiera ganas de estamparle el puño en la mitad de la cara, pero se aguantó para no descubrir su posición.

―¿Se puede saber qué os pasa? ―preguntó Modig sin entender qué había hecho que uno estuviera a punto de golpear al otro.

―Nada. Ya hemos acabado ―soltó él lleno de ira.

La noche avanzó mucho más despacio de lo que hubiera deseado. Poco a poco, las luces del alba fueron iluminando la oscuridad. Ninguno de ellos se había movido desde que habían ocupado sus posiciones y estaban empezando a impacientarse .

Justo antes de que amaneciera, Yngvar los hizo llamar.

Debían asegurarse de que no se escapaban, así que tenían que estar muy atentos a su señal para seguirlos en cuanto tomaran el camino hacia Colchester.

Lo más seguro era seguirlos por el bosque, pero Borg les había advertido que se acababa de forma abrupta poco antes de llegar al pueblo.

Ya pensarían más tarde cómo se las iban a apañar para no levantar sospechas.

Nada más despuntar el día, los guerreros vieron salir de la posada a dos soldados.

Observaron cómo daban la vuelta para llegar a las cuadras.

Poco después, regresaron con tres caballos.

Uno de ellos entró de nuevo en la posada y al momento salió con una pareja.

La joven apoyaba su mano en el antebrazo de él.

Yngvar inspiró para sujetar su rabia y les hizo una señal a los suyos para indicarles que eran su objetivo. Todos esperaban que se dirigieran hacia el este, pero, en contra de lo pensaban, el cuarteto se encaminó al suroeste.

―¿Pero qué…?

―¿A dónde van? ―preguntó Modig.

Yng y Borg se miraron.

―¡Regresan a Felsted! ―dijeron los dos, llegando a la misma conclusión.

Mientras los errantes corrían tras ellos para protegerlos, Yngvar no pudo dejar de pensar en cómo hubiera sido ocupar el lugar del heredero.

Se regañó con severidad porque su destino no era junto a la Elegida.

Sin embargo, su futuro no estaba aún escrito, así que bien podía soñar lo que le viniera en gana.

Puede que jamás volviese a compartir un instante con ella, pero nadie podría arrebatarle la forma en la que lo había mirado justo antes de que cerrara aquella puerta.

Vidar comenzó a preocuparse de verdad porque parecía que nadie había visto ni a la princesa ni al joven Isaksen por ningún lado.

Pese a que había pagado con generosidad para obtener cualquier tipo de información, nadie había podido darle la más mínima pista.

Si los vampiros los habían atrapado, y no dudaba de que Borgervern tuviera razón, iba a ser muy complicado rescatarlos sin ayuda.

El de la casa Eide pensó en la posibilidad de que los hubieran llevado al castillo.

Según los últimos informes recibidos muchos días atrás, las tropas de Helmet habían levantado un campamento alrededor, y este aumentaba cada jornada conforme iba llegando el grueso de su ejército.

El errante se dijo que, gracias al pacto, quizás pudiera negociar con ellos tras el pago de un rescate, pero si se los habían llevado los perros de Abbadon…

Prefirió no pensar en esa posibilidad hasta que no hubieran comprobado el otro asentamiento.

De todos modos, había pasado tiempo más que suficiente y debían regresar a Felsted.

Si los que estaban a cargo de Yngvar habían tenido más suerte que ellos, al menos la Elegida estaría a salvo.

Sin pensarlo dos veces, dio la orden de volver al punto de encuentro. En cuanto se reunieran, se dirigirían al castillo de Athelstan.

Bien entrada la tarde, León golpeó un par de veces la puerta de los padres de Alana. Leala lo saludó con el rostro cansado y lo invitó a pasar. Tras preparar un poco de leche caliente con miel, ambos se sentaron a la mesa.

―¿Cómo te encuentras, hija?

―Desolada. Siento un vacío en el corazón que me está destrozando.

―¿Y Wade?

―Lo hemos enviado con los padres de mi marido a Hertford. No quiero que sepa nada de esto.

―Es lo mejor.

Ella se quedó un momento callada. No pudo retener su angustia y el mentón comenzó a temblarle.

―No sé qué voy a hacer si… ―Leala no pudo acabar la frase.

―Algo me dice que el joven errante la traerá de vuelta ―trató de insuflarle ánimos.

―Eso lo sé, pero ¿en qué condiciones?

―He rezado para que vuelva tal y como se fue.

―Eso no lo sabremos hasta que… ―Sollozó sin poder evitarlo. El párroco acercó la silla para consolarla.

―No temas, hija mía. Dios sabe qué es lo mejor para ella. ―Le pasó el brazo por los hombros para reconfortarla.

―No lo dudo, pero no sé si será lo mejor para el resto.

―¿Dudas de sus designios?

―Mi pequeña lleva demasiados días fuera como para creer que no le haya ocurrido nada .

―No pongas en duda Su Voluntad. Además, tú más que nadie deberías confiar en ÉL ―la regañó.

Leala apretó la mandíbula con fuerza antes de echarse hacia atrás. Una cosa era que él tratara de darle consuelo y otra que ella aceptase cuanto hubiese sucedido sin más.