23. HE DE VOLVER #4
Se miró el orificio y negó con la cabeza.
Podía ver cómo sus músculos trabajaban lentamente para unirse.
De pronto, un conejo se cruzó en su camino.
Eso tendría que bastar por el momento. Lo atrapó con facilidad, hincó los colmillos y bebió de él hasta que su cuerpo quedó inerte.
Lo dejó en el suelo para que otros animales pudieran aprovecharlo.
Aquella sangre no la sació igual que la humana, pero fue la suficiente como para cerrar la lesión.
Al sentirse recuperada, decidió subir a un árbol para tratar de ver desde la copa hacia dónde tenía que dirigirse.
Una vez arriba, la escasa luz que proporcionaba la luna la ayudó a divisar el camino de donde había escapado.
Ubicó el río y trató de recordar dónde estaba situada la ruta hacia la costa.
Debía llegar a Francia como fuera. Se negaba a continuar con aquella existencia sembrada de muerte y destrucción.
Era cierto que hacía mucho que los suyos habían dejado atrás los asesinatos en masa, pero el recuerdo de los lamentos de los que quedaban moribundos mientras veían cómo su hogar quedaba reducido a cenizas estaba siempre presente en su cabeza .
La sangre de Helmet no había logrado cambiarla del todo. Y aunque el tiempo se había encargado de diluir su pasado, ya no estaba dispuesta a permitir que su futuro siguiera siendo una repetición continua.
Cerró los ojos para pedir a sus antiguos dioses que la ayudaran.
Pese a todas las atrocidades que había cometido en su vida bajo el mandato de su creador, no había dejado de rezarles para que llegara el día en que pudiera vengarse.
Ahora su revancha parecía estar más lejos que nunca, así que decidió conformarse con escapar para dejar atrás todo cuanto conocía.
Mientras subía el mentón para que su plegaria alcanzara al cielo, notó que algo le asía de la pierna.
―Ven aquí, ¡maldita traidora! ―gritó Bêwestan, que tiró de ella con tanta fuerza que terminaron en el suelo.
La distancia desde la que cayeron podía haber destrozado a cualquier humano, pero ambas se levantaron sin mayor dificultad.
―¡Déjame ir! ―gritó Nîga.
―Ni puedo ni quiero. Si Helmet se entera de que he permitido que te vayas, acabará por clavarme una daga himmelsk . ¡Y no estoy dispuesta a pagar por las malas decisiones de nadie!
La luna fue cubierta por espesas nubes y comenzó a llover profusamente. Los truenos ensordecieron sus voces y los relámpagos iluminaron sus demacrados rostros.
―¿De nadie? ―se burló Nîga―. ¡No me hagas reír!
―Para, no digas nada más y ven conmigo.
Bêwestan se adelantó para cogerla del brazo, pero la otra se movió con rapidez y la esquivó.
―No tienes nada que hacer, ¡soy más fuerte que tú! ―gritó la que años atrás había sido su mentora.
―Pero no eres mi dueña. ¡Nadie lo es!
―¿Se puede saber a qué viene esto?
Bêw logró golpearla justo donde la rama había atravesado su carne. Esto hizo que la prófuga echara un paso hacia atrás, lo que provocó que trastabillara solo un instante.
―¡Quiero vivir mi propia vida! ¿Es que no lo entiendes?
Nîga se lanzó contra ella y acabó por asestarle un puñetazo en la cara. La antigua guerrera giró la cabeza y escupió una buena cantidad de sangre. Se limpió con la mano y sonrió .
―¡Qué desperdicio!
―¡Déjame ir, te lo ruego! ―gritó tras caer de bruces porque Bêwestan se movió tan rápido que acabó detrás de ella y la lanzó al suelo de una patada.
―¡No! Tú no mereces que yo sea castigada.
―¡Sabes que Helmet jamás te dejaría morir! Solo serían unas pocas jornadas de tormentos. ¿Y qué es eso en nuestra larga existencia?
La lluvia arreció tanto que apenas podían verse.
―¿Y qué me llevaría yo a cambio? ―agregó Bêw.
Nîga vi un resquicio de posibilidad en aquellas palabras. Si le permitía escapar, le daría cuanto poseyera.
―¡Todo mi oro! ¡Lo que quieras!
Bêwestan saltó sobre ella. Se encaramó a su espalda, la sujetó del cuello y entrelazó sus piernas alrededor de la cintura de la desertora.
―¡No quiero ser castigada por tu culpa!
Sin darle tiempo a responder, Bêw golpeó su cabeza. Se bajó de ella y la empujó, haciéndola caer al suelo. Le hundió la cara en el fango y le arrancó el cinto. Después tiró con fuerza de sus muñecas hacia delante para sujetárselas.
―¡Tú eres la traidora! ―gritó Nîga―. Si quisieras irte, yo te dejaría marchar.
―Ahí reside la diferencia entre tú y yo. Yo soy leal a Helmet y tú eres una mentirosa a la que debí matar con mis propias manos hace mucho.
Sin perder más tiempo, Bêwestan la obligó a correr a su par de vuelta al castillo. Llegaron bien avanzada la madrugada. Los vampiros que hacían guardia las reconocieron enseguida y las dejaron pasar. En cuanto cruzaron las puertas, un silencio ensordecedor las recibió.
―Tienes suerte, Helmet ya estará en sus aposentos. Ahora te toca a ti disfrutar de los tuyos.
―Algún día pagarás por esto.
―¡Cierra la boca!
Bêw la golpeó en la sien sin importarle cuánto habían compartido en todo ese tiempo. Al no tener que dar explicaciones, decidió llevarla ella misma a las mazmorras.
Aquel sitio era deprimente, pero nada comparado a donde iba a abandonarla a su suerte.
En cuanto se topó con el que supuso que era el carcelero, le ordenó que le enseñara la celda más oscura que hubiese en el castillo.
El sometido por Wêranker obedeció sin decir nada.
Avanzó lentamente por el pasillo y bajó al siguiente nivel.
Bêwestan conjeturó que allí llevaban a los condenados a muerte, pero qué más le daba.
Cuando la antorcha iluminó las celdas, vio que allí dormían otros dos presos, aunque no se detuvo a mirarlos, pese a que uno de ellos no dejaba de exigirle que los liberaran.
El soldado abrió la celda situada enfrente de la de Thyra. Ella empujó dentro a Nîga, quien juró matarla en cuanto tuviera la oportunidad.
La disidente trató de abrir los barrotes, pero se extrañó al ver que le era imposible. No sabía de qué estaban hechos, pero ni con toda su fuerza logró doblarlos lo más mínimo.