23. HE DE VOLVER #3
Alana y Alistair volvieron a su habitación algo más tranquilos después de haber podido dar un pequeño paseo por los alrededores.
Bajo la mirada reprobatoria de Landon y Hereward, estuvieron caminando cogidos del brazo mientras hablaban de nimiedades.
Por suerte, la posada había sido durante todo el día un hervidero de carretas llenas de alimentos, viajantes y gentes de la zona.
Por sus rostros, parecía que el temor no formaba parte de sus vidas, por lo que supusieron que ni los «No Muertos» ni aquella raza de gemelos había llegado hasta allí.
Ella se acercó a la ventana y la abrió. Tras una generosa propina de Youngblood, los sirvientes habían arreglado la habitación y cambiado las sábanas manchadas.
Como agradecimiento por su generosidad, les dejaron un jarrón pequeño con flores silvestres y una bandeja llena de fruta.
Mientras veía cómo el sol de la tarde estaba cerca de ponerse, Alistair se colocó a su espalda y le rodeó la cintura.
Después apoyó la cabeza en la suya y disfrutó de un instante de paz.
―El padre León se va a enfadar mucho con nosotros ―dijo la Elegida sonriendo mientras se apartaba un mechón de cabello.
―Él no tiene nada que opinar. Cualquier hombre del rey vale más que su dios.
Aquella respuesta hizo que Alana se removiera en sus brazos. Él notó su rechazo y se apartó un par de pasos.
―¿Y ahora qué ocurre ?
―Su Dios es el mío, Alistair. No es cualquier dios.
―En eso os parecéis bastante a mi padre. Lleva años obsesionado con la Iglesia y con hablar de la voluntad de «Dios». ―Hizo un gesto en señal de burla.
―Que tú no creas no significa que no exista ―dijo ella en un tono de voz tranquilo pero contundente.
―¿Es que acaso tú lo has visto? ¿Es que puede existir el dios del que habláis cuando hay tanta mezquindad en el mundo? ―al decirlo, un malestar se le instaló en el pecho. Él era el último que debía hablar de mezquindad después de lo que había hecho.
Ella se quedó mirándolo mientras pensaba cómo podría hacerle entender su visión.
―Si tuvieras un hijo, ¿no querrías que fuese libre para tomar sus propias decisiones, aunque se equivocara?
―¿Y permitir el mal?
―Si no lo permites, él ya no sería libre.
―¿Y si todos mis hijos fueran terribles? ¿No me convertiría eso en un pésimo padre? ―dijo para molestarla.
―¿Acaso los errores de tu padre son también tuyos?
―¿Y si él no me ha enseñado a obrar de la manera correcta? ¿Y si el bien no formaba parte ni de sus actos ni de sus palabras?
―Entiendo lo que quieres decir, pero está en ti ser la mejor versión de ti mismo. Si no puedes cambiar, tal vez es que no quieras.
―Eso no tiene sentido, querida ―dijo con retintín―. Todos somos como somos, nadie cambia.
―No puedo estar más en desacuerdo. Una costumbre no tiene por qué ser una ley. Si tu dejas que lo sea, es debido a que es más fácil anclarte en lo que conoces antes que tratar de ver un punto de vista diferente.
―Entonces, según tú, ¿todos podemos ser bondadosos?
―Sí, pero no solo hay que desearlo, Alistair. Con nuestras acciones y palabras demostramos quiénes somos.
Esa conclusión hizo que él se diera la vuelta. No podía seguir soportando cómo lo miraba.
―Bueno, todos podemos cometer errores. ¿No es así?
―Exacto. Y serán tus errores, no los de tus padres. Solo tuyos.
―Bueno, amor. Entonces, afrontaré mis propios errores cuando llegue el momento .
Se acercó a ella y la besó. Alana respondió al fuego de sus labios. Aquella conversación lo había turbado solo un momento, pero en cuanto tocó la cálida piel de su «esposa», olvidó todo lo demás.
Al anochecer, Bêwestan se detuvo un momento para inspirar el olor que desprendía el bosque.
Llenar los pulmones era algo que solo hacía de vez en cuando, pero llevaba demasiado tiempo buscando a su compañera y le pareció que ya había llegado el momento de agotar el último recurso.
De pronto, oyó algo a lo lejos. Giró la cabeza de golpe y pudo distinguir con claridad cómo alguien se encaramaba a un árbol.
Agradeció las ventajas de su condición y dibujó media sonrisa.
Solo un vampiro podría trepar a esa altura.
Nîga llevaba gran parte del día corriendo en círculos.
Su orientación siempre había sido de lo peor.
Para colmo, en la emboscada había perdido el mapa que llevaba encima.
La oscuridad, además, había empeorado su situación.
Desesperada, trató de encontrar algo distintivo que la ayudara seguir avanzando, pero no conocía la zona y todos los árboles le parecían iguales.
Por si fuera poco, no había tenido tiempo para alimentarse, por lo que la enorme herida que le había provocado aquella bestia no estaba cerrando con la rapidez de costumbre.