Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 23. HE DE VOLVER #2
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23. HE DE VOLVER #2

―Lo sé. Pero luego, ¿qué? No, Rău. No podemos acabar con el rebaño. ¿De qué nos alimentaríamos entonces ?

―Tenéis razón.

―Eso siempre ―dijo mientras dejaba la mirada fija en un punto.

Su acólito se mantuvo en silencio―. Haré que Alistair se case con ella, pero previamente someteré al padre y al hijo.

Ese ejército debe pertenecerme y estar bajo mi voluntad.

He de encontrar aquello perdido, y debo hacerlo antes que Helmet.

―Señor, estoy a vuestra entera disposición. Pedid y será vuestro ―añadió el guerrero, bajando la cabeza en señal de sometimiento.

―¿Puedo confiar en ti, Rău? ―preguntó entrecerrando los ojos.

Él lo miró con los suyos abiertos de par en par, ya que la pregunta lo tomó por sorpresa.

Su lealtad era incuestionable, de modo que frunció el entrecejo ante la posibilidad de que su señor dudara de su palabra.

Abbadon lo había convertido en lo que era hacía tanto que su vida humana ya no tenía cabida en su pensamiento, por lo que el que tuviese un resquicio de desconfianza hacia él había movido la tierra bajo sus pies.

―Por y para siempre, «padre». ―Cayó de rodillas y volvió a agachar la cabeza.

El viejo vampiro sonrió complacido. Se acercó a su lacayo y le tocó con la mano sus oscuros cabellos, tan negros como la boca del mismo infierno.

―Bien. No esperaba menos de ti. Primero, enviarás emisarios para que las tropas se reúnan en menos de siete días en un lugar que creo que nos puede dar ventaja.

―Dadlo por hecho.

Abbadon se quedó mirándolo. Después de haber compartido tantas batallas, asaltos, muertes y sangre aceptó que tal vez su subordinado fuera mejor de lo que pensaba.

Sonrió de soslayo porque por fin parecía que todo empezaba a ir justo como quería.

―«Hijo mío», creo que ha llegado el momento de contarte la verdadera razón de por qué llevamos cerca de mil años buscando algo que es imposible de encontrar.

Si Rău aún poseyera un corazón latiente, seguro que se le habría detenido. Después de tantos siglos, su amado señor iba a revelarle el motivo de su búsqueda incesante. Y nada ni nadie evitaría que, tras conocerlo, no diera su vida para que él lo consiguiera.

El camino de vuelta al castillo se hizo en silencio y casi al galope.

De los cincuenta humanos que partieron en un principio, solo quedaron dieciocho en pie y seis malheridos.

El resto permaneció a la espera de que pudieran ser devueltos a sus familias para poder ser enterrados.

Los soldados estaban destrozados física y mentalmente.

Algunos de sus mejores compañeros habían sido despedazados y sus cuerpos se encontraban diseminados en aquel camino, aunque lo más duro fue tener que dejarlos allí para tratar de salvar la propia vida.

Ninguno dijo nada sobre lo que habían visto en aquella cruenta escaramuza, puesto que, antes de partir, los vampiros se habían encargado de hacerles olvidar qué clase de seres eran.

Los guerreros de Helmet habían tenido mejor suerte.

Pese a ser heridos en la batalla por los de su misma especie, habían logrado restablecerse rápidamente.

Por fortuna, ninguno poseía acero himmelsk , así que cuando llegaron a la zona del campamento erigido por los suyos ya estaban recuperados.

Los hombres malheridos fueron llevados a toda prisa dentro del castillo para ser atendidos.

El resto de los soldados y guerreros se dispersaron, menos Qiloçker y el capitán al mando, que se dirigieron a informar al rey.

A media tarde, ambos entraron con gesto fúnebre en la sala del trono.

Su llegada había sido anunciada con antelación por los vigías.

Las expresiones de Athelstan y de sus consejeros Callen y Atwater no podían compararse con la que mostraba Helmet.

Pese a mantener el rostro hierático, el «No Muerto», acompañado de Xwînxwar y Wêranker, parecía estar a punto de despedazar a alguien con sus propias manos.

Sin embargo, se contuvo hasta conocer las nuevas por boca de su propio subordinado.

Primero dejaron hablar al humano a fin de que pudiera ir a que lo curaran. Una vez describió lo que según él había ocurrido, el rey ordenó cerrar las puertas.

―Ahora contadnos la verdad ―dijo Athelstan muy serio.

Qiloçker no se dejó un detalle atrás y relató a lo que se habían enfrentado.

Xwîn y Wêr se miraron un instante. Era la segunda vez que se veían obligados a acabar con algunos de los suyos.

Sabían que aquello no le iba a gustar nada a Abbadon, quien los delataría a Mørket a la más mínima oportunidad, obviando, por supuesto, que él había sido el primero en atacarlos .

―Se está arriesgando demasiado… ―comenzó Helmet―. No creo que estos asaltos sean solo para evitar que vuestro hijo se despose con la hermanastra de Ricardo. Él no es tan simple, nunca lo ha sido… ―Se quedó pensando.

―¿Y cuántos han sobrevivido de los míos? ―preguntó el rey, que seguía sin creer que, después de todo lo que había luchado, existiera la posibilidad de perder su reino por culpa de aquellos seres infernales.

―Veinticuatro, rey Athelstan. Seis de ellos muy malheridos. Puede que no sobrevivan.

Miró a Helmet, que seguía dándole vueltas a una idea que le estaba pareciendo cada vez más acertada.

―¿Qué vamos a hacer? ―dijo elevando la voz―. Tenemos un trato, ¿no podéis impedir que masacren a los míos?

―Si fuera sencillo, os aseguro que habría acabado con ellos hace siglos. Pero somos seres complejos. Nuestro creador nos imprimió una fuerza y velocidad descomunales. Y aunque no todos tenemos las mismas cualidades, resultaría muy difícil que un ejército acabara con el otro.

―¿Su ejército es mayor que el vuestro?

―No debería si quiere perder todo tipo de privilegios ante nuestro señor.

―¡Pero eso a él no le importa en absoluto! ¿Acaso no te das cuenta de que cada vez están más cerca de aquí?

―Sí, «mi rey», me he dado cuenta ―endureció el tono.

―¿Qué será lo siguiente que harán? ¿Atacar el castillo?

―No creo…

―¿¡No crees!? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? ―vociferó―. ¡La vida de mis hombres está en peligro! ¿De qué demonios sirve nuestra alianza si no eres capaz de defender a los míos?

Con esas palabras, el rey acababa de herir profundamente el orgullo del «No Muerto», quien lo miró con una expresión de querer arrancarle la cabeza a dentelladas.

―No os debo nada ni a vos ni a nadie que no sea mi señor ―dijo Helmet en un tono profundo y sin pestañear siquiera―. Aun así, yo soy un vampiro de palabra.

Callen y Atwater se miraron un instante antes de dirigirse al rey.

―¿De qué habla, mi rey? ―preguntó Callen.

―¿Vampiros en el castillo? ―interpeló Atwater .

Athelstan asintió mirando a su invitado, quien ordenó a Wêranker someter a los dos consejeros.

―Sacadlos de aquí ―añadió el inglés.

Ella les susurró unas palabras. Los dos hombres hicieron una pequeña genuflexión y abandonaron la sala del trono con una sonrisa en los labios, como si aquella hubiera sido una reunión placentera.

―Decidme, ¿puedo hablaros con libertad? ―agregó Athelstan recorriendo con la mirada a sus tres guerreros.

―Por supuesto.

―Tenemos dos opciones ―el extranjero elevó las cejas esperando con cierta diversión aquella disertación―: o nos enfrentamos en una batalla con sus tropas, algo que veo que va a acabar en tragedia, o aceptamos reunirnos con él para hacer un «pacto».

―No pienso pactar nada con Abbadon…

―Cuando digo pacto ―lo interrumpió―, me refiero a acabar con ese indeseable dentro de estos muros.

Helmet le enseñó los colmillos ante la idea de quitarse de en medio a su piedra en la bota desde hacía demasiado.

―Creo que es la mejor idea que se os podía haber ocurrido, Athelstan. ―Aquella fue la primera vez que lo llamó por su nombre.

En contra de lo que el mismo rey pensaba que sería escuchar su propio nombre de labios de un vampiro, asintió complacido.

―Me alegra oír eso ―respondió el inglés, reclinándose un poco más relajado en el trono.

―Pero, para ello, antes hemos de encontrar a vuestro hijo ―agregó su invitado.

―Lo sé.

―Convocaré a todo mi ejército. Enviaré emisarios para que vengan de inmediato y tendréis a vuestro servicio a mis mejores cuatro guerreros.

―Os lo agradezco ―añadió el rey, asintiendo una vez.

―Qiloçker, haz que venga Bêwestan de inmediato.

―Señor, mucho me temo que no podré.

Qil le relató lo que había ocurrido con Nîga.

Reconoció que Bêw no estaba dispuesta a regresar sin ella y había insistido en que debía atraparla.

Tras considerar que era lo mejor, le había permitido marchar porque tener una desertora entre sus filas solo podría traer problemas.

En realidad, acababa de adornar la verdad.

Confesar ante los suyos que no había sido capaz de retenerla no iba a dejarlo en buen lugar, pero la situación en aquel momento no era la ideal como para ponerse a discutir; así que, para evitar un enfrentamiento entre ellos, prefirió que se fuese.

―Has obrado con sabiduría. Nîga será castigada duramente cuando Bêwestan la traiga de vuelta.

Ahora, con vuestro beneplácito ―dijo mirando al rey―, id a alimentaros.

Los tres saldréis de inmediato con veinte de los nuestros.

Elegidlos a vuestro criterio, Xwînxwar. Debéis rescatar al heredero lo antes posible.

Felsted está relativamente cerca para vosotros, así que espero que lo traigáis de vuelta en menos de tres días.

―Si aún está allí, así será ―respondió Xwîn.

Los tres guerreros se despidieron al momento. Debían preparar a los suyos cuanto antes. Solo esperaban no tener que luchar con más tropas de Abbadon hasta llegar al pueblo en cuestión.