Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 23. HE DE VOLVER
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23. HE DE VOLVER

A lana se quedó boquiabierta al ver cómo Alistair salía de la alcoba dando un portazo.

Tras despertar uno en los brazos del otro, habían hecho de nuevo el amor como si ya conocieran sus cuerpos desde siempre.

Famélicos, decidieron que había llegado el momento de bajar a desayunar.

Ella estaba acabando de vestirse mientras él luchaba por subirse una de sus botas cuando la Elegida insinuó que, en vez de ir a Colchester, deseaba regresar junto a los suyos.

El motivo era simple: debían formalizar sus esponsales y, por descontado, quería que fuera el padre León quien los uniera.

En primera instancia, él trató de persuadirla diciéndole que no era seguro.

Pero, poco después, exasperado por su insistencia, terminó por ordenarle que se mantuviera callada y que aceptara que su lugar era el de esposa.

Jamás se le debía volver a ocurrir contradecirlo o tomar decisiones de las que no entendía nada.

Después, lleno de ira, se había marchado de la habitación y la había dejado sola.

Sin comprender qué era lo que le había dicho para enojarlo de aquella manera, se acercó a la ventana y la abrió para respirar el fresco de la mañana.

El sol se veía entre las nubes, pero calentaba lo suficiente.

Cerró los ojos y recreó cómo había despertado en sus brazos.

En ese momento, había sentido que el mundo era un lugar mucho más hermoso.

Aunque, después, la realidad había vuelto de golpe al oír como si algo o alguien le susurrara que no podía seguir huyendo, que su deber era regresar porque el destino de todos estaba en sus manos .

El timbre de aquella voz la sorprendió. Jamás había oído nada semejante.

Además, era completamente distinto al de Thyra.

De pronto, sintió la necesidad de conectar con la errante para contarle lo que había ocurrido entre el príncipe y ella, pero, por mucho que se concentró, no lo logró.

Supuso que se debía a la distancia entre ambas, por lo que no le dio importancia.

Acto seguido, pensó en sus padres y en que merecían estar a su lado cuando el padre León los uniera ante Dios.

No veía el momento de confirmarles que la visión de Thyra se había cumplido.

Incluso se había llevado las manos a su vientre mientras imaginaba que tal vez hubieran engendrado una vida después de aquella noche.

Alana cerró los ojos para aguantar las lágrimas.

El amor y el cariño que parecían haber compartido se había esfumado tan rápido como había llegado.

Aunque el tutor del heredero era un hombre del rey, una duda comenzó a germinarse en su corazón.

¿Y si su unión no fuera válida? ¿Y si él solo lo hubiera hecho para poseerla?

Dos golpes la hicieron girarse. La puerta se abrió, era Alistair.

―Lamento haberte hablado de esa manera ―dijo muy serio.

―Solo quiero regresar a casa.

―He hablado con Landon. Opina igual que tú. Nada nos garantiza que en Colchester no puedan atacarnos. Nuestra única oportunidad es volver a Felsted y esperar a las tropas de mi padre.

―¿Entonces?

―Dejaremos que los caballos descansen hoy y partiremos mañana al alba ―le confirmó, acercándose a ella.

Alana le sostuvo la mirada sin moverse un ápice.

―Es lo mejor ―agregó aliviada.

Él le rozó la mejilla con el dorso de la mano mientras trataba de suavizar su expresión.

―No vuelvas a contradecirme ―dijo con voz dulce pero cargada de hiel.

A ella le sorprendió aquella advertencia.

De repente, recordó lo que su padre le había contado y temió que el príncipe también quisiera hacerla entrar en razón a la fuerza.

Tal vez fuera su inconsciencia la que la llevó a responder.

De lo que estaba segura era de que no iba a permitir que, dado el don que le había sido otorgado, su vida fuese un mar de golpes y malas palabras.

―No sois mi dueño, sois mi esposo ―replicó .

―¿Ha pasado solo un día y ya crees que puedes decir lo que te plazca? ―respondió Alistair a punto de cometer un error.

―Habéis dicho justo lo que estaba pensando.

Él fue a alzar la mano, pero llamaron a la puerta.

―Retomaremos esta conversación más tarde. No se te ocurra decir nada de esto delante de Youngblood o de Hereward, ¿entendido? ―Su voz amenazante la hizo asentir en silencio―. ¡Adelante!

―El posadero dice que podrá traernos caballos frescos al anochecer, después llevará los nuestros de vuelta ―dijo Landon con un tono afable―.

Si habéis acabado de vestiros ―añadió mirando a Alana―, os acompañaremos a desayunar.

Mejor no salgáis ninguno de esta habitación sin que os escoltemos.

No sabemos quién puede estar observando.

―Claro que no ―respondió el heredero. Se giró hacia ella y le ofreció el antebrazo―. ¿Vamos?

Ella elevó los pómulos para formar una sonrisa que duró apenas un instante.

―Claro ―dijo con un hilo de voz.

Ambos pasaron delante de Youngblood, quien percibió algo extraño.

Aunque qué podía saber él de una recién desposada.

Apenas había tenido tiempo entre batalla y batalla de escoger una mujer que le calentara el lecho.

Quizás había llegado el momento de elegir a una lo suficientemente entregada como para darle media docena de vástagos.

Cerró la puerta y sonrió mientras pensaba que aún era demasiado joven para eso.

Rău llegó con su escuadra al campamento principal, situado cerca de Bedford. Caminó con determinación hacia la tienda de Abbadon y entró sin anunciarse. Privilegios de ser su mejor creación.

La escena que vio no le causó ninguna sorpresa, ya había presenciado cientos de veces muchas similares.

Tres doncellas bailaban completamente desnudas ante él.

Se había alimentado de todas. Los regueros de sangre seca que manchaban su tersa piel eran la evidencia de que llevaban varios días siendo su entretenimiento.

Al verlo, Abbadon las obligó a parar.

―Sírvete tú mismo ―le dijo a su lacayo .

Él eligió a la más hermosa. Se agachó hasta ponerse a la altura de su cuello y le clavó los colmillos con saña.

Cuando se sintió satisfecho, pasó a la siguiente, a quien no trató mucho mejor que a la primera.

Por último, probó a la tercera, pero no le agradó del todo su sabor.

Volvió a la segunda para eliminar aquel regusto de su lengua.

Tras lamer las incisiones de cada una, se limpió los labios con el dorso de la mano.

Abbadon les ordenó vestirse a toda prisa y regresar a sus hogares. Ya se había aburrido de ellas. Además, estaban demasiado débiles como para seguir alimentándose.

―Muy agradecido.

―Mi mejor guerrero no se merece menos.

Rău asintió. Se llevó la mano al pecho para reiterar su lealtad, pero la complacencia le duró poco.

―Mi señor…

―Bien, ahora me vas a contar cómo los errantes han conseguido atrapar a Taiat y ¿¡por qué aún no has dado con él!? ―vociferó con tanta fuerza que algunos pájaros salieron espantados de los árboles.

Rău aceptó con resignación la reprimenda. Se la merecía, pero sabía que su jefe le estaba pidiendo algo imposible.

―Hemos buscado el campamento de los errantes.

―¡Eirik no puede esconderse para siempre! ―volvió a gritar.

―Llevamos siglos sin poder dar con él. Con ninguno de ellos.

―Sucia rata… ¡Es un maldito cobarde! Se esconde tras unos dones que deberían ser nuestros.

El guerrero no dijo nada. Solo movió la cabeza para darle la razón. Sabía que en esos momentos era mejor no interrumpirlo o volcaría sobre él toda su frustración.

El imponente vampiro de siete pies se levantó de su asiento y se acercó a su lacayo.

―¿Crees que habrán conseguido sonsacarle algo? ―agregó con los ojos inyectados en sangre.

―No lo sé. Taiat es fuerte, y su lealtad está fuera de dudas.

―Ambos sabemos que la lealtad dura lo que se tarda en ver el filo himmelsk de cualquier daga .

―Él preferiría morir antes que traicionaros.

―¿Tú crees? ―preguntó con una mueca de sorna.

―Yo lo haría ―aseguró Rău con determinación .

―Eso no lo dudo, pero ya veremos qué ocurre. De todos modos, debemos prepararnos…

Un guerrero apareció en la tienda para informar de que el grupo que había atacado a los hombres del rey había regresado y traían noticias.

―¡Hacedlos pasar! ―ordenó su señor.

Uno de los que había sobrevivido se arrodilló antes de comenzar a hablar. Sabía que era mejor mostrar sumisión que dárselas de importante. Había visto azotar a otros por mucho menos y, con lo que acababa de tener que lidiar, prefería no tentar a la suerte.

―¡Habla de una vez! ―escupió a viva voz.

Él se puso en pie y comenzó a relatar cuanto había ocurrido.

Abbadon perdió la paciencia al enterarse de que Helmet había enviado a un pelotón para proteger a los hombres del rey.

Aquello se lo tomó como una afrenta personal.

Si su «querido hermano» había decidido ponerse del lado de los hombres, eso cambiaba las reglas del juego.

A todo esto había que añadir que uno de sus mejores capitanes había muerto a manos de los de su especie.

Eso era considerado alta traición y razón suficiente como para iniciar una guerra entre ellos.

Despachó al maltrecho vampiro y volvió a sentarse mientras le daba vueltas a una idea: si Helmet le estaba plantando cara, no tendría mejor oportunidad para poner a Mørket enteramente de su parte.

Pero, claro, eso sería si él mismo no lo estuviera desobedeciendo; así que miró a Rău con una expresión que provocó que este ladeara la cabeza.

―¿Señor?

―Estoy pensando en que… Creo que Athelstan merece una visita, ¿no te parece?

―Helmet sigue allí ―puntualizó su mano derecha.

―Lo sé. Vamos a darle una buena razón al rey para que se ponga de nuestra parte.

―¿Cómo?

―Secuestraremos a su hijo.

―¿Ya no queréis matarlo? ―se sorprendió.

―Creía que lo mejor era que ese mequetrefe no se casara con la bastarda normanda, pero, si nos hacemos con él, el rey hará cuanto le pida.

―Podríamos con todos ellos.