22. UNA ESCARAMUZA CRUENTA #3
Ella quería negarse a seguir aquellas órdenes, pero no tuvo más remedio que olvidar sus intenciones de salvar a Nîga.
Cuatro adversarios se le echaron encima.
Cada uno cogió una de sus extremidades y comenzaron a tirar con todas sus fuerzas.
Logró liberar sus piernas girándose sobre sí misma.
Ese movimiento cogió por sorpresa a los dos que la sujetaban por los tobillos.
Del impulso que Bêw imprimió a su cuerpo, uno chocó con la montura de un jinete, quien le rebanó la cabeza.
El otro recibió una estocada en el pecho, circunstancia que aprovechó uno de los de Helmet para quitarle la espada al soldado y partirlo en dos.
Los dos enemigos que aún la sujetaban también se vieron obligados a soltarla, puesto que ella los había forzado a girar sus muñecas de una forma antinatural, con lo que la primera reacción fue dejarla ir.
Pero Bêwestan no perdió el tiempo. El vampiro que acababa de rebanar el cuerpo de su atacante le lanzó la espada, ella levantó la mano y la cogió en vuelo.
Se giró sobre sí misma y le cercenó la cabeza a uno mientras Qil hundía sus manos en la garganta del otro para extraerle la tráquea.
Sin esperar ni un momento, lo sujetó por la cabeza y se la arrancó de cuajo.
El empuje de las tropas de Abbadon se fue viendo diezmado conforme las de Helmet acababan con ellos. Algunos soldados del rey también fueron capaces de derrotar a otros pocos. Sin embargo, la fuerza del enorme guerrero que había herido a Nîga parecía no tener fin.
Qiloçker y Bêwestan miraron a su alrededor.
Más de la mitad de los humanos había muerto y otros tantos de los suyos estaban malheridos o a punto de caer.
Ella buscó a Nîga en el improvisado campo de batalla, pero no fue capaz de verla.
Qil gritó que rodearan al gigante, que parecía estar al mando, y que lo sujetaran de los brazos.
Los suyos trataron de hacerlo, pero salían despedidos dada la fuerza que aquella mole imprimía a cada uno de sus golpes.
―¡A ambos lados! ―ordenó mientras corría hacia su posición―. ¡Bêwestan ―gritó a todo pulmón―, a dos espadas!
Ella lo entendió a la primera. Qiloçker se colocó justo delante y logró encajarle un puñetazo en la mandíbula. El terrible bastardo rio con ganas porque apenas había sentido un cosquilleo. Cuatro vampiros trataron de asirlo por los brazos mientras Qil castigaba con saña su abdomen y costados.
Nada parecía afectarle hasta que Bêwestan llegó por detrás y le seccionó ambas corvas con los afilados aceros.
El enemigo cayó de rodillas mientras maldecía en la lengua antigua.
Los suyos aún lo sujetaban por los antebrazos, así que, sin pensárselo dos veces, ella avanzó varios pasos y le cercenó la cabeza de un solo tajo.
Al ver lo ocurrido, el resto de los atacantes pareció enloquecer.
Aquel monstruo parecía ser el que los comandaba.
Verlo derrotado los llenó de temor. Como si hubieran sido advertidos de no ser capturados, uno a uno fueron desapareciendo en el bosque tal y como habían llegado.
Por desgracia, los de Helmet no tenían tiempo para perseguirlos.
Su orden era clara: debían llegar al pueblo donde estaba el príncipe, pero habían sido diezmados de tal manera que dudaban mucho de que pudieran resistir una jornada más.
Qil miró alrededor e hizo recuento. Apenas quedaban veinte hombres en pie.
Y aunque los suyos estaban en muy malas condiciones, por suerte, acabarían curándose.
Sin embargo, los humanos no contaban con una recuperación rápida.
Algunos estaban en las últimas, y el resto no podría resistir otro ataque.
Muy a su pesar, tuvo que tomar una decisión que iba en contra de sus principios y de las órdenes recibidas: debían regresar al castillo.
Reunió a su grupo y comentó la situación.
Ellos le aseguraron que acatarían lo que él considerara oportuno.
Tras acordar con los humanos que volverían a por los caídos para que pudieran enterrarlos más tarde, se prepararon para tomar el camino de vuelta.
Bêwestan buscó por todas partes a Nîga. No se encontraba allí. Unas huellas le advirtieron que la vampira se había marchado, así que le pidió a Qil no acompañarlos para poder ir a buscarla .
La discusión duró muy poco. Ella no estaba dispuesta a ceder y él tampoco quería perder ni a más humanos ni a ninguno de su tropa, de modo que accedió a que se marchara.
Bêw era una de las primeras convertidas.
Eso significaba que era más fuerte, veloz y capaz que la mayoría de los perros de Abbadon.
De un modo u otro, sabía que no lograría hacerla cambiar de opinión, así que le permitió irse con la condición de que, si no volvía al alba siguiente, iría a buscarla.
Ella se despidió convencida de que Nîga se había escapado. Con la rabia instalada en todo su cuerpo, corrió tras sus huellas.
La haría volver y la castigaría duramente por haberla desobedecido.