22. UNA ESCARAMUZA CRUENTA #2
Bêwestan la miró un instante y vio verdadero arrepentimiento en sus ojos.
Esto la hizo relajarse. Pese a haber realizado el cambio hacía siglos, debía aceptar que la naturaleza humana permanecería siempre bajo la piel de todos los conversos.
Inevitablemente, era algo con lo que tenían que luchar; pero no sería ella quien la condenara por tener un momento pasajero de debilidad.
―Te perdono, pero te alimentarás en cuanto lleguemos y no volverás a formar parte de ninguna misión hasta que yo decida que estás preparada .
―Gracias, Bêw. No sé qué me ha podido ocurrir…
Malhumorado, Qiloçker avanzó por el exterior y llegó hasta la cabeza del grupo.
Se veían obligados a parar para que los humanos comieran y pudieran estirar las piernas.
Les faltaban poco menos de dos jornadas para llegar al pueblo, pero, a ese ritmo, a los hombres de Abbadon les daría tiempo a masacrarlos y a hacerse abrigos con su piel.
Tras acordar el alto hasta el mediodía, los de Helmet se reunieron para sopesar qué iban a hacer cuando tuvieran que acampar aquella noche.
Después de descansar lo justo, el grupo de vampiros e ingleses no tuvieron otra opción que seguir avanzando al trote.
No podían galopar, puesto que les hubiera sido imposible encontrar tantos caballos de refresco en las siguientes jornadas.
Nîga prefirió mantenerse en silencio después de haber reanudado la marcha.
Había intercambiado con Qiloçker su posición al lado de Bêwestan, ambos necesitaban aclarar algo de otra misión.
A ella le vino bien tomarse un descanso de las miradas reprobatorias y condescendientes que le iba dedicando su amiga cada cierto tiempo por haber insinuado que deseaba una existencia propia lejos de ellos.
La que en otro tiempo fue hija de campesinos miró hacia el bosque con un sentimiento cercano a la nostalgia.
Echaba de menos sus tierras en el este. A su familia, masacrada por los que desde hacía demasiado tiempo eran los suyos.
El hedor a miedo que desprendían los humanos le trajo demasiados recuerdos dolorosos, pero no le quedaba más remedio que seguir en aquella prisión al aire libre y a plena luz del día.
Por un momento, deseó ser de los afortunados que solo podían caminar de noche. Un clan cerrado a cal y canto que se ceñían a proteger el campamento y a dormitar hasta la caída del sol.
Lamentaba conocer tantas lenguas y lugares.
Sin embargo, sentía que ya no pertenecía a ninguno.
Su facilidad para aprender cualquier dialecto la había llevado a las zonas más recónditas para inspeccionar a las nuevas poblaciones que surgían.
Si Helmet consideraba que aún no era el momento para que esa tribu, familia o linaje destacara, los suyos acababan con ellos sin plantearse lo que iba a significar su pérdida para el desarrollo y el futuro de la humanidad.
Bêwestan le contó hacía mucho que así había sucedido desde el principio de los tiempos y que ninguna de ellas estaba allí para cuestionar las decisiones no ya de Helmet, sino del propio Mørket .
Estaba tan inmersa en su propio mundo, maldiciendo su existencia, que tardó un instante más que el resto en ver la carreta que estaba en medio del camino y que impedía que el pelotón pudiera seguir adelante.
―¡Alto! ―gritó Qiloçker―. ¡Atentos a los flancos! ¡Retaguardia!
Ninguno de los humanos estaba preparado para afrontar el caos que estaba a punto de desatarse. Con valentía, empuñaron sus espadas y afianzaron sus escudos para tratar de repeler el posible ataque. Miraron alrededor, pero no oyeron nada más que el susurro del bosque.
―Han colocado ahí ese carro a propósito ―dijo Bêwestan, con ganas de bajarse del caballo.
―Lo sé ―respondió Qiloçker, pensando en qué iban a hacer. Miró hacia atrás y señaló a tres de los suyos―. Vosotros, apartadlo. ¡Enseguida!
Ellos saltaron de sus monturas con una destreza y velocidad que dejaron a los hombres del rey estupefactos.
Ninguno conocía su verdadera naturaleza, pero aquella demostración de agilidad y fuerza iba a ser difícil de ocultar a la tropa.
Qil se dijo que ese no era el momento de preocuparse por ello.
Más tarde tendrían que borrarles los recuerdos para que no se fueran de la lengua y revelaran al resto del ejército lo que habían visto.
En cuanto los tres llegaron a la carreta, vieron el cuerpo del campesino que la llevaba. Se habían alimentado de él hasta desangrarlo por completo. Uno de ellos miró a Qiloçker y susurró algo que solo oyeron los suyos.
―Las tropas de Abbadon.
Aquellas palabras fueron el detonante para que el caos se desatara alrededor de la compañía. Decenas de «No Muertos» aparecieron por ambos lados del camino, castigando los flancos del grupo sin piedad.
Los de Helmet se lanzaron contra los enemigos y trataron de repeler a cuanto traidor atacaba, pero no eran suficientes.
Pese a ser entrenados a conciencia por Xwînxwar y Qiloçker, parecían no ser capaces de contener la avalancha de hostiles que iban mermando a los humanos delante de sus propios ojos.
Nîga se encaramó a uno que acababa de arrancarle media garganta a un soldado.
Aquel vampiro parecía tener una fuerza descomunal.
Era enorme, pero ella no se amilanó, sino que le rodeó el cuello con su fino brazo y trató de hacer palanca con el otro para partírselo.
Él se rio al notar su patético intento de ataque.
Sin darle tiempo a reaccionar, subió sus musculosos brazos y tiró de ella con tanta fuerza que salió despedida hacia un árbol.
Una rama le atravesó el hombro y la dejó empalada antes de golpearse la cabeza contra el tronco.
Aquella mole continuó avanzando entre la tropa en tanto apartaba los caballos de un manotazo y desmontaba un jinete tras otro para terminar acabando con todos ellos.
Un soldado trató de pararlo, pero él contraatacó agarrándolo por el escudo.
El pobre hombre intentó asestarle un golpe de espada, pero el «No Muerto» lo levantó en volandas.
Mientras sonreía, llevó el brazo hacia atrás.
Después le hundió el puño en el torso y le arrancó el corazón.
Bêwestan había liquidado a un par de rivales cuando vio lo que ese gigante le acababa de hacer a su amiga. Avanzó hacia ellos al tiempo que iba devastando todo a su paso.
―¡Qil, a la retaguardia! ―gritó con todas sus fuerzas.
―¡No, defiende a estos humanos!