Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 22. UNA ESCARAMUZA CRUENTA
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22. UNA ESCARAMUZA CRUENTA

B êwestan iba a la cabeza de los jinetes del rey junto a Nîga, una de las pocas vampiras que consideraba como algo parecido a una amiga.

A su izquierda y derecha respectivas, llevaban a un subordinado.

Los flancos de la compañía iban protegidos por los destacamentos asignados y Qiloçker cerraba la marcha junto al resto de los suyos.

Pese a haber advertido a Helmet de que era probable que fuesen atacados, el de la casa Drăgoi no aceptó el número de refuerzos que ella había solicitado.

Cincuenta guerreros le parecían una exageración para cubrir al mismo número de soldados, por lo que había rebajado esa cifra a tan solo la mitad.

Bêw le había mostrado abiertamente que no lo veía razonable, pero tuvo que acatar sus órdenes sin volver a rechistar.

Miró un instante hacia atrás y distinguió a Qil hablando de forma distendida con uno de los suyos.

Su actitud ante el peligro al que se enfrentaban consiguió crisparle los nervios.

Se removió en su montura. Detestaba ir a caballo, pero era lo más prudente para no levantar sospechas.

De hecho, llevaban las mismas vestimentas que los hombres del rey.

Estaba de mal humor porque los humanos habían tardado una jornada entera en prepararse.

Al menos habían salido antes del alba y ya llevaban un buen trecho adelantado.

Nîga iba atenta al camino y también a la conversación repetitiva de los soldados.

Se mostraban inseguros y temerosos, ya que habían oído habladurías sobre las bestias que acechaban en el bosque.

Bêwestan le había revelado a qué se enfrentaban.

Para ella, luchar contra los perros de Abbadon sería un desahogo.

Estaba cansada de estar de aquí para allá bajo las órdenes de Helmet, que parecía no saber qué demonios estaba buscando.

Llevaban demasiado soportando aquella situación.

Si sus cuentas no le fallaban, entre siete u ocho siglos, puede que incluso más.

Un suspiro en su existencia. Una eternidad para los hombres.

Cansada de todo, se pasó el dorso de la mano por la garganta.

Aquel gesto llevaba repitiéndolo desde su transformación.

Se preguntó cuánto hacía de eso. Miles de lunas, demasiadas en realidad.

Mørket había convertido a Abbadon y a Helmet al principio de los tiempos, aunque a ellos los engañó diciéndoles que los había creado.

Ninguno sabía cómo había sucedido ni la verdadera razón de su existencia ni por qué, pese a estar muertos, podían caminar sobre la tierra.

Ella volvió al momento exacto en el que fue convertida a manos de Helmet y cuántos de los suyos fueron aniquilados sin piedad ese día mientras otros pasaron a engrosar las filas del Ejército de la Sangre.

Miró sus manos apoyadas en la montura y recordó cómo había luchado con todas sus fuerzas contra él, pero el «No Muerto» tenía órdenes de formar un linaje directo de Mørket, por lo que, de alguna manera, tanto Bêwestan como Qiloçker, Wêranker, Xwînxwar y ella misma se podían considerar «hermanos».

La primera línea de sucesión. Nîga formaba parte de los yekem [15] , los transformados por los «hijos» del Príncipe de la Oscuridad, de Ketî [16] .

En cierto modo, debía estar agradecida de no pertenecer a cualquier otro vampiro.

Aunque jamás había sentido nada parecido a la lealtad hacia ninguno de ellos.

Ni siquiera a su propio creador, o asesino, según se mirara.

Ella se ceñía solo a cumplir con su deber.

A obedecer sin cuestionarse nada, pero, desde que habían llegado al castillo, se sentía distinta.

Aunque deseaba escapar desde que su conversión la había anclado en aquella extraña naturaleza, hacía mucho que había dejado de intentarlo debido a los crueles castigos que recibían los desertores.

Para su desgracia, las reprimendas no se ceñían a acabar con la idea de ser libre.

Había recibido cientos de latigazos solo por preguntar por qué motivo necesitaban beber sangre humana para no consumirse.

A esas alturas, se negaba a pasar de nuevo por esa experiencia, pero le resultaba inquietante que nadie hubiera podido, o querido, darle una respuesta a una cuestión tan simple.

Tras años y años existiendo en ese limbo, a la única conclusión a la que pudo llegar fue que el verdadero motivo de la aparición de su raza había sido para afrentar directamente a un dios o a varios, pero no conseguía saber a cuáles.

Muchos siglos después, descubrió que ellos solo eran el resultado de la rebeldía de un ángel caído.

Pero no de uno cualquiera, sino del preferido de aquel que se suponía que lo había creado todo.

Ese a quien la Iglesia y los humanos llamaban Dios redentor, justo y piadoso.

Todo lo contrario a ellos. A toda la maldita raza vampira.

Acabó sonriendo por la divagación de sus pensamientos, algo que no pasó desapercibido a ojos de Bêwestan.

―¿Has visto algo? ―preguntó mirando hacia todos lados.

―No, Bêw. Son cosas mías, no te preocupes.

―¿Cosas tuyas? Pues lo que sea que estabas pensando te ha hecho sonreír. ¡Creo que he sentido un escalofrío! ―Ambas rieron al mismo tiempo―. A todo esto, ¿por qué has tardado tanto en llegar a Inglaterra? Por un momento, temí que te hubiera ocurrido algo ―dijo con preocupación genuina.

―¿Temer… tú?

―Ya sabes lo que quiero decir ―agregó, poniendo los ojos en blanco. Nîga curvó los labios al ver su gesto.

―Estaba acabando mi anterior encargo.

―¿Algo que pueda saber?

―Lo mismo de siempre. Someter, saquear y alimentarse.

―Lo dices como si te aburriera.

―¡Para nada! ―Rieron por lo bajo―. Bueno, ahora dime, ¿qué estamos haciendo aquí? ¿Por qué somos el ama de cría de estos soldados?

―Vamos de camino al próximo pueblo para proteger al príncipe Alistair. Después lo acompañaremos hasta Richborough para que conozca a su prometida.

―Ajá… ¿Y qué es lo que está buscando Helmet? ¿Lo sabes?

―No, aún no nos ha dado ninguna explicación.

―¿Por qué no me sorprende?

Aquella respuesta hizo que Bêw se sintiera algo incómoda. En cierta manera, su amiga estaba criticando al jefe de ambas, y eso era inadmisible.

―¿Y no se lo ha contado a Xwînxwar o a Qiloçker?

―Nîga, eso no es asunto nuestro .

―Hum… Hum… ¿Y por qué no paramos de una vez?

―Shh… ―la reprendió―. ¿De qué hablas?

―¿Es que no estás cansada de estar dando tumbos de unas tierras a otras, de aceptar órdenes sin más? ¿¡Cuánto llevamos así, por todos los demonios del maldito infierno!?

Bêwestan se la quedó mirando con una expresión que la otra vampira entendió como que había cruzado el límite. Se arrepintió en el acto de haber cometido el error de decir en voz alta lo que hubiera conseguido que le hirviera la sangre si estuviera viva.

―No me hagas caso ―añadió para quitarle importancia―. Será que estoy cansada.

―Si fueras humana, aceptaría tu palabra.

―Creo que necesito alimentarme. ¡Me pongo insoportable cuando no tengo una vena cerca! ―trató de disimular.

―No lo dudo, pero sabes que lo que has dicho es muy grave. Mi deber es informar de esto.

―Lo sé. ¿Y vas a hacerlo? ―dijo Nîga, apretando la mandíbula.

―Hoy no, aunque quedas advertida. No vuelvas a hablar así. Ni delante de mí ni de ninguno de los nuestros ―soltó con hosquedad.

―Venga, Bêw. ¡No es para tanto! ―Sonrió. Su compañera de viaje no cambió la expresión―. En serio, ¿no te gustaría vivir de otro modo?

―¿Otro modo?

―Me han hablado de que hay… Que puede que exista una facción en otras tierras que no acaban con los humanos ni tampoco los someten.

La otra vampira la miró extrañada.

―¿De qué estás hablando? ¿Quiénes son esos?

―No sé dónde viven ―mintió―, pero tal vez yo… ―Se detuvo un instante―. Dime, ¿qué harías si fueras libre? ―le preguntó ansiosa.

―Ya lo soy. Al menos yo lo siento así.

―Pues no, Bêw. No lo eres para nada. No lo somos, y desde hace demasiados siglos.

―¿Qué quieres decir?

―Estamos a merced de las decisiones de Helmet ―susurró―. De lo que Mørket quiera hacer en todo momento. ¿Acaso eso es libertad?

―¿Y qué te han prometido los otros? ―preguntó entrecerrando los ojos―.

¿Crees que van a dejarte tomar tus propias decisiones?

―Se quedó mirándola y calculó muy bien sus palabras antes de continuar―.

Tienes razón. Somos esclavas, Nîga. Desde nuestra conversión, le pertenecemos; pero así es nuestra existencia. Cuanto antes lo aceptes, mejor será.

―¿Y no te gustaría cambiar eso?

―¿Vivir según mis reglas?

―¡Exacto!

Bêwestan se quedó pensando. En cierto modo, ya lo hacía.

Tenía pleno dominio de su cuerpo y de con quién yacía.

Podía elegir aquel del que quería alimentarse, pero sin acabar con su vida.

Todos los vampiros tenían prohibido convertir a ningún humano sin antes consultarle a Helmet.

Al menos el de la casa Drăgoi conservaba algunos escrúpulos.

Además, el equilibrio debía mantenerse. Si había más «No Muertos» que seres vivos, la existencia de todos podría complicarse notablemente.

Miró a la que había considerado su amiga durante mucho tiempo y negó con la cabeza.

―No vuelvas a decir nada parecido o te castigaré yo misma. Por esta vez, y solo por todo lo que hemos compartido, lo dejaré pasar. Intenta escapar o vuelve a insinuar que quieres la libertad y te encerraré en una mazmorra. ¿Queda claro?

―Bêw…

―Silencio, vampira. Soy tu superior. Siempre leal a Helmet. Por toda la eternidad servidora de Mørket. ¿Qué te ha pasado?

―Nada. Puede que haya estado demasiado tiempo separada de vosotros. ―Nîga enderezó su espalda en la montura y añadió con un tono de voz que parecía sincero―: Perdóname, amiga mía.

La joven subordinada, que había sido degradada con anterioridad, quería salvarse y evitar un castigo físico. Había cometido un error, pero lo enmendaría a base de mentiras. Ahora, más que nunca, tendría sumo cuidado con sus palabras.