21. PASE LO QUE PASE, NUNCA DEJARÉ DE AMARTE #4
Despacio, se fue recreando en sus comisuras.
Lamió sus labios. Recorrió su rostro con la punta de los dedos para regalarle decenas de caricias, deleitándose así con cada sensación que iba provocando en su cuerpo.
Mientras los corazones de ambos repiqueteaban con fuerza en sus pechos, él se entretuvo en besarle los párpados.
De nuevo, volvió a sus mejillas y acabó en su boca con el hambre de un depredador que espera a que su presa se entregue sin reservas.
Alana respondió con timidez al baile de su lengua.
Todo en ella le estaba rogando responder a ese beso, aunque se moría de la vergüenza.
Notó cómo un escalofrío la recorría cuando él comenzó a acariciar uno de sus senos.
Sin detenerse demasiado, Alistair fue bajando por su abdomen, notando la calidez de ella desprendía bajo sus atenciones.
Le besó el mentón, el cuello, se recreó un instante a la altura de la clavícula mientras sus dedos continuaban el camino hacia el centro de sus piernas.
De forma instintiva, Alana detuvo su mano con las suyas. Él la miró y sonrió.
―Haré todo lo posible para que no te duela. Puedes confiar en mí ―Volvió a hacer aquella promesa.
Esas palabras fueron el detonante que provocó que ella se entregara. Subió los brazos y lo sujetó de las mejillas para besarlo. Su entrega lo volvió loco, de modo que apartó las mantas para tener mejor acceso y poder moverse con total libertad sobre ella.
―¡No! ―dijo Alana, tratando de que no lo hiciera .
―Querida, es natural que nos veamos desnudos. Yo ya te he visto, ahora quiero que me mires. Todo lo que ves es tuyo, y, dentro de muy poco, seremos uno solo.
Ella tragó con dificultad al ver la dureza y envergadura de su miembro. Alistair sonrió al ver su expresión, pero no la dejó apartarse. Con delicadeza, cogió una de sus manos y la instó a tocarlo allí donde su cuerpo pulsaba con intensidad.
―Vas a hacer que me derrame sin ni siquiera poseerte ―dijo a punto de correrse.
―No sé qué es eso.
Él apartó su mano para no estropear el momento. Deseaba mantener intacta la sensación de anticipación, aunque tuviera que pensar en una batalla para contenerse.
―Ya lo descubrirás.
Alistair volvió a sus labios, pero no se detuvo demasiado.
Rehízo el camino con su boca hasta detenerse en uno de sus pechos mientras con la mano rozaba su intimidad.
Con cierta torpeza, buscó aquello que le había dicho la furcia que lo había instruido.
Sin entender qué le estaba ocurriendo, Alana elevó las caderas.
Los dedos de su «esposo» estaban consiguiendo que sintiera fuego por todas partes, aunque justo donde se estaba esmerando era como si estuviese a punto de explotar.
Él reconoció las señales y continuó sin descanso hasta que ella se convulsionó tal y como le había visto hacer a aquella mujer, a la que agradeció en silencio haberlo enseñado.
―¿Qué me ha…? ―preguntó ella con la miraba turbada y los labios enrojecidos por el esfuerzo.
―Acabas de descubrir el placer, Alana.
―Ha sido… maravilloso ―reconoció ella, tratando de recuperar el aliento.
―No, amor, aún no has sentido todo lo que puede llegar a ser ―dijo él, deseando meterse entre sus piernas.
―Confío en ti.
Sus palabras y la expresión de su rostro avivaron la excitación de Alistair, que le faltaba poco para dejarse ir.
Se dijo que había sido mucho más que paciente.
Había logrado que ella culminara antes que él, pero, en realidad, lo había hecho para que penetrarla fuera más sencillo, ya que había conseguido que estuviera completamente lubricada .
Sin perder tiempo, la dejó en la mitad de la cama y se puso encima. Le abrió las piernas despacio y se colocó en su entrada. Poco a poco, comenzó a hundirse. La cara de Alana se debatía entre decidir si aquella intrusión le estaba gustando o, de lo contrario, prefería que se detuviera.
Alistair sabía lo que estaba a punto de suceder, así que decidió acabar con aquello lo antes posible para que el dolor pasara y pudieran centrarse en lo que verdaderamente quería, enterrarse hasta el fondo y perder la cabeza mientras ella volvía a convulsionarse, pero, esta vez, aprisionándolo con su propia excitación.
―Lo siento, amor. Esto te va a doler, pero solo será un instante. Puedes confiar en mí.
Alana asintió con los ojos muy abiertos.
No sabía bien qué estaba a punto de ocurrir.
Había oído cosas horribles de boca de sus amigas sobre las experiencias de sus hermanas, pero como mujer no le quedaba más remedio que pasar por ello.
Al menos él estaba siendo muy cuidadoso en comparación con ciertas historias que le habían contado.
―Confío en ti.
Él no se lo pensó dos veces y rompió la barrera que la separaba de un plumazo de la niñez.
Ella dejó escapar un par de lágrimas, pero no dijo nada.
Alistair besó con devoción sus párpados, después su rostro y, por último, se centró en sus labios.
Sin moverse, la besó una y otra vez, hasta que Lana le instó a que lo hiciera.
Él acató su petición con el mayor de los placeres.
Salió y entró sin descanso. Primero, con lentitud.
Al poco, más rápido. Alana comenzó a sentir de nuevo aquello que había notado cuando los dedos de Alistair le había hecho perder la razón.
Sin saber lo que buscaba, levantó las caderas y encontró que, con cada envite, él le proporcionaba mucho más.
Sin esperarlo, sintió un placentero fuego que le subió de pies a cabeza.
Se dejó llevar y él notó cómo lo apretaba desde su interior con fuerza, aquello le dejó claro que acababa de llegar a la cumbre.
Solo después de haberla satisfecho, tomó el control de sus movimientos.
Tras hundirse cuatro veces más, se derramó con tanta intensidad que creyó rozar el cielo.
Agotado, se dejó caer un instante sobre ella. Al volver a ser consciente de su posición, apoyó los codos para no aplastarla.
―¿Qué te ha parecido? ―preguntó, vanidoso por corroborar que se había comportado como un verdadero hombre .
―Tenías razón ―dijo sonriendo, también exhausta.
―¿Te ha dolido mucho?
―Un poco, pero se ha pasado enseguida. ―Empañó la verdad para no herirlo.
―Ven, el agua aún estará templada.
Alana miró hacia abajó y entendió lo que él le había dicho antes. También vio las manchas de sangre en el lienzo que demostraban que allí había quedado su virtud para siempre.
―¿En qué piensas? ―preguntó Alistair al verla tan callada.
―He dejado de ser una niña.
―Por supuesto. Ahora eres mi esposa, y te protegeré de cuanto ocurra en el mundo. Te aseguro que, pase lo que pase, nunca dejaré de amarte.
De nuevo, la intensidad del momento hizo que pusiera en sus labios unas promesas que no debería haber pronunciado si hubiese sido capaz de refrenar sus deseos.
En definitiva, si tuviera honor. Una ligera punzada le atravesó el pecho al darse cuenta de lo que iba a suponer para ella vivir el resto de su vida llevando el estigma de haber sido la amante del príncipe.
Alana, ajena a las consecuencias con las que tendría que lidiar más adelante por haber sido traicionada por quien había prometido protegerla, le dedicó una espectacular sonrisa mientras tomaba su mano para volver al barreño.
Aquello logró que Alistair apartara de un plumazo sus posibles remordimientos y compartió con ella el poco espacio subiéndola a su regazo.
Mientras la instruía en cómo moverse en la nueva postura, el heredero se dijo que disfrutaría de su cuerpo todo el tiempo que pudiera hasta que tuviese que volver a sus obligaciones. Al fin y al cabo, ella solo era una campesina, pero él sería el futuro rey de Inglaterra.
Nada ni nadie impediría que el día de mañana llevara la corona.
Sin duda, tras desposar a la bastarda, era lo mínimo que iba a merecer.