Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 21. PASE LO QUE PASE, NUNCA DEJARÉ DE AMARTE #3
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21. PASE LO QUE PASE, NUNCA DEJARÉ DE AMARTE #3

Alistair cerró un instante los ojos al darse cuenta de lo que había dicho.

Se estaba comportando como un joven enamorado, y puede que, de algún modo, lo estuviera.

Sabía que lo correcto sería detener aquella locura.

Solo que, para lograrlo, antes tendría que recobrar la sensatez.

Confesarle la verdadera naturaleza de aquel engaño también sería lo justo.

Lo que como príncipe y futuro rey era su deber.

Sacrificio. Lealtad. Honor.

El lema de su padre lo atravesó. Entre esas cuatro paredes, la única que iba a sacrificarse era Alana.

Él, en cambio, sí mantendría esa lealtad, pero solo a sí mismo.

A sus deseos. A sus más oscuros anhelos.

En cuanto al honor, prefirió olvidar esa parte.

Aceptó que, cuando acabara aquel «sueño», tendría que comportarse como un rey para afrontar sus propios actos; pero, de momento, se hallaba justo donde quería estar.

Estaba seguro de que lo que estaba a punto hacer lo iba a condenar al infierno.

En cuanto los soldados los encontraran, dejaría todo atrás para dirigirse hacia sus verdaderas nupcias y así cumpliría las órdenes de su padre.

Con la vista perdida en un punto indeterminado de aquella humilde alcoba, se prometió que así haría; aunque, para eso, sería imperativo que olvidara a Alana y el tiempo que habían compartido juntos.

Sellar sus recuerdos en lo más profundo de su corazón se convertiría en una de las tareas más difíciles de su vida, pero se convenció de que no le quedaría más remedio.

Pensar en el pasado no beneficiaría en nada al reino, y él se debía a Inglaterra y a su pueblo.

Ella lo miró divertida. Alistair se había quedado paralizado nada más cerrar la puerta. Aún no la había dejado en el suelo, así que Alana se preguntó por qué se había detenido mientras parecía debatirse con algún pensamiento que, a su entender, lo estaba atormentando.

―¿Qué te ocurre? Ahora eres tú el que se ha quedado callado. ―La Elegida dejó escapar una leve risa que lo trajo devuelta.

Mirarla fue el peor error que pudo cometer.

Sus preciosas facciones lo embrujaron. Aquellos rosados labios.

Esos ojos del color del mar bajo la tormenta.

Unos cabellos dorados, que enmarcaban su rostro angelical.

Todo en ella parecía atraerlo. Todo en ella parecía invitarlo a olvidarse del mundo, a compartir su alma y su cuerpo durante el poco tiempo que les quedaba hasta que aquel espejismo acabase .

El heredero dibujó una sonrisa y supo que su condena sería eterna.

Sin soltarla, se acercó a sus labios y comenzó a besarla. Despacio, como si quisiera recordar cada momento. Como si lo que antes se había prometido a sí mismo hubiera desaparecido sin más.

Unos golpes en la puerta los interrumpieron.

―Traigo el agua caliente para el baño, señor ―dijo la voz de una joven al otro lado de la puerta.

Alana se mordió el labio inferior porque estaba deseando refrescarse. Él asintió para darle a entender que era lo mejor. Ella tenía los músculos doloridos, y ese baño seguro que la ayudaría a aliviar un poco las molestias que sentía.

Alistair la dejó en el suelo y fue a abrir la puerta.

―Adelante ―dijo con seguridad.

La chica pasó con varios cubos. Seguidamente, entró un muchacho con un barreño de buen tamaño. En poco tiempo, ya estaba todo preparado. El heredero les dijo que buscaran a su tutor, él les daría unas monedas como agradecimiento.

Una vez se quedaron a solas, el ambiente pareció volverse más espeso. Puede que fuera el vapor que emanaba del agua, pero ambos sabían que allí había mucho más.

―Eres increíblemente bella ―dijo justo antes de volver a besarla.

El calor que desprendía su aliento lo embriagó.

Trató de contenerse para no abrumarla, pero ella entreabrió los labios en respuesta a la exigencia sutil de su lengua.

Aquello fue demasiado para ambos. Alistair olvidó cuanto se había dicho de ir despacio y se hundió en su boca con la esperanza de que Alana respondiera a su necesidad.

Y lo hizo. Ambos descubrieron con ese beso que la conexión que habían experimentado hasta ese momento comenzaba a debilitarse para dar paso a los verdaderos sentimientos que los estaban inundando de forma arrolladora.

―En tus labios guardas el mayor de los pecados ―susurró él, poseído por el deseo más primitivo.

―No digas eso… ―respondió ella contrariada.

―No me estoy refiriendo a que no seas… Quería decir que tu belleza incita a perder la cabeza. Y yo ya la he perdido por ti.

Ella sonrió al entender a qué se refería.

―Creo que yo también la he perdido por ti.

―¿Te apetece antes un baño ?

―Sí, por favor.

Esta vez fue Alistair quien sonrió abiertamente.

Poco a poco, fue retirando las prendas que ocultaban el esculpido cuerpo de Alana.

Desató el cordón que rodeaba su esbelta cintura y lo dejó a un lado.

Acto seguido, puso una rodilla en el suelo y desató los cordones a sus botas.

Ella sacó un pie, después el otro. La miró desde su posición y comenzó a subirle el bajo del vestido.

Despacio, aunque sin detenerse. Se puso en pie y ella subió los brazos.

Cuando estuvo completamente desnuda ante él, Alistair se quedó extasiado al ver su piel inmaculada.

Toda ella parecía estar hecha de alabastro.

Sus pechos estaban llenos y dispuestos. La estrechez de su diminuta cintura destacaba aún más ahora que podía compararla con la proporción de sus caderas. Era perfecta. Era una diosa.

El príncipe se acercó y volvió a besarla, posando sus manos en el final de su espalda. El fuego de sus manos sorprendió a Alana y despertó algo en ella que no logró distinguir.

―Deja que te ayude a entrar en el agua.

―Gracias…

Una vez estuvo sentada, él se quitó la cota de malla que le había cedido Landon tras el primer ataque.

Alistair sintió un alivio inmediato al desprenderse de aquel peso.

Por suerte, su padre no le había obligado a llevar la armadura.

Aunque de poco le hubiera servido con los seres infernales que los habían atacado.

Justo en el momento en el que iba a desprenderse de la camisa, alguien llamó a la puerta.

―¿Y ahora qué? ―preguntó malhumorado. Aquella era su noche nupcial, y parecía que todo el mundo estaba tratando de impedirla.

―No lo sé ―dijo ella mientras trataba de no reír.

Abrió la puerta lo suficiente como para ver quién era.

―Landon…

―Mi príncipe, he de hablar con vos.

―¿Ahora? Déjalo para mañana.

―No, mucho me temo que debe ser ahora. ―La expresión de su rostro no le dio opción a su pupilo.

―Está bien ―masculló enfadado. Después, se giró hacia Alana―. Volveré lo antes posible.

―De acuerdo .

Tras cerrar la puerta, su tutor le hizo un gesto con la cabeza.

Ambos recorrieron el pasillo hasta su habitación.

Lo hizo pasar y se encontró con que Hereward estaba sentado sin armadura en una de las camas.

Se sintió intimidado al ver sus músculos bien definidos y la envergadura de sus fornidos brazos y piernas.

―¿Se puede saber qué ocurre? ¿Qué es tan importante como para haber interrumpido la noche de mis nupcias? ―dijo enfadado.

―Esa es la cuestión, Alistair, que no debería serla.

―Antes estuvisteis conforme. No entiendo a qué viene esto.

Hereward se puso en pie. Le llevaba casi una cabeza al príncipe, por lo que su altura obligó al heredero a mirar hacia arriba. Después, Alistair centró su atención en su tutor.

―Mi príncipe, siempre os he sido leal. A vuestro padre y a vos.

―¿Y bien? ―preguntó impaciente.

―¿Qué ocurrirá si ella queda preñada de vuestro hijo? Si fuerais cualquier otro hombre, podéis estar seguro de que no os hubiera interrumpido. La cuestión es que no lo sois, y no sé qué opinará el rey de todo esto.

―¿Y qué tendría que decir mi padre al respecto? Ya he yacido con rameras antes, no veo la diferencia.

―Ellas saben protegerse, Alistair. Esa muchacha no es una de ellas.

―Lo sé. ―Se llevó la mano a la frente y después se la pasó por el resto de la cara―. Es poco probable que ocurra. De todos modos, si llega a pasar, le daré un cofre lleno de oro para que pueda vivir holgadamente el resto de su vida.

Ambos soldados se miraron y aceptaron que aquella sería una buena solución para acallar la conciencia del príncipe y sellar los labios de la chica que se encontraba al otro lado del pasillo.

―Está bien ―aceptó Landon―. Disfrutad del tiempo que tenéis.

―Eso haré.

Se dio la vuelta y regresó a su habitación.

Al entrar, se quedó sin aliento al verla tumbada con los ojos cerrados.

Sin duda, estaba agotada por la tensión y el esfuerzo.

Se deshizo de sus ropas y entró en el agua para asearse.

Ella merecía un pequeño descanso antes de hacerla temblar entre sus brazos.

Su cuerpo se endureció al instante al pensar que pronto se hundiría en ella.

Se secó deprisa y se metió en la cama sin pensar en que aquello era una verdadera infamia .

Nada más notar su cuerpo, la Elegida parpadeó.

―Lo siento, me he quedado dormida.

―No te preocupes, amor. Yo haré que estar despierta sea lo más placentero que has sentido nunca.

Ella se humedeció los labios sin saber muy bien qué era lo que deseaba, pero su cuerpo le estaba rogando y quería descubrir con él todo lo que le habían contado.

Alistair se debatía entre enterrarse entre sus piernas o seguir al pie de la letra lo que aquella ramera, con la que perdió la virginidad, le reveló para hacer que una mujer lograra entregarse por completo.

Por supuesto que eso le llevaría más tiempo, pero el resultado sería mucho más satisfactorio que un simple revolcón.

Así que luchando para que su instinto no tomara el control, cogió su mejilla y depositó un inocente beso para intentar que ella se relajara.