21. PASE LO QUE PASE, NUNCA DEJARÉ DE AMARTE #2
―Tres hombres y una mujer. Lo más probable es que alguno de ellos la haya forzado. Puede que los tres.
―En la cueva no hay indicios de que eso haya sucedido.
―El camino es muy largo. Muchas de las pisadas del bosque estaban borradas. No ha tenido por qué ser en la cueva.
―Habría restos de sangre.
―No, si se hubiera limpiado después.
Yngvar se dio la vuelta para no destrozar a puñetazos a aquel guerrero que lo único que pretendía era exponer una situación que, por desgracia, parecía no tener un buen desenlace para Alana.
Respiró un par de veces y se dirigió a todos.
―Está bien. Iremos a esa posada y preguntaremos si los han visto. Nos llevan mucha ventaja, pero, si se han detenido allí, los alcanzaremos .
El grupo asintió. Volvieron a la carrera hacia donde les había indicado Borgervern.
El joven guerrero rogó en silencio que no hubiera sido mancillada a la fuerza.
Cualquier otra posibilidad estaba fuera de su pensamiento porque ¿quién podría imaginar que ella se enamorara del príncipe en tan poco tiempo?
Nadie, ni siquiera la preocupada mente del errante que buscaba la forma de dejar de concebir todo tipo de situaciones terribles por las que podría estar pasando.
Cada una peor que la anterior.
De forma milagrosa, desde que habían dejado la cueva, el pequeño séquito inglés no se había topado con ningún contratiempo.
Los caminos estaban despejados y pudieron continuar sin problemas.
Habían cabalgado toda la mañana y buena parte de la tarde, así que todos se encontraban hambrientos y exhaustos.
Conforme el sol bajaba, los nervios de Alana comenzaron a aflorar.
Por una parte, la seguridad que tenía antes sobre que aquella ceremonia era válida comenzó a resquebrajarse un poco dada las miradas que le habían dedicado los dos capitanes en varias ocasiones.
Por otra, confiaba en Alistair plenamente.
Él le había insuflado ánimos, le había dicho una y otra vez que la quería y que nadie lograría separarlos nunca.
La realidad era que aquella noche pernoctarían juntos.
Algo para lo que no sabía si estaba preparada, pero que deseaba con todas sus fuerzas.
La conexión que sentía con él iba más allá de lo comprensible.
Una vez más, regresó al momento en el que lo vio al borde de la muerte.
De repente, sintió un escalofrío al pensar que podría perderlo. Se removió nerviosa, lo que el heredero percibió enseguida.
―¿Qué te ocurre? ―preguntó Alistair.
―Estoy agotada. Nunca había montado a caballo y me duele todo el cuerpo ―confesó avergonzada.
―¿¡Nunca!? ―dijo sorprendido.
―No ―respondió ella, sonrojándose.
―Lo siento de veras, pero no podremos detenernos hasta que lleguemos a la posada.
―Lo entiendo, pero creo que no podré caminar después ―añadió, subiendo el tono un poco para que la oyera .
―No te preocupes, yo te llevaré en brazos hasta nuestro lecho ―le susurró al oído.
A Alana se le erizó la piel de la nuca. De pronto, fue consciente de que él era su esposo y que aquella noche dejaría de ser doncella.
A su madre no le había dado tiempo de explicarle qué sucedería.
Solo sabía lo que sus amigas le contaban que habían compartido sus hermanas desposadas, pero todo con el mayor ostracismo.
Lo cierto era que no creía ni la mitad de lo que había oído, así que confiaba en que Alistair tendría paciencia con ella y que la guiaría en todo momento.
Pensar en lo que ocurriría volvió a tensarla de tal modo que dejó de apoyar la espalda en el torso de él.
―Discúlpame. Me he comportado como un bruto ―añadió el príncipe preocupado por cómo había reaccionado ella.
―No. Es solo que yo no…
―Tranquila, soy tu esposo. Puedes confiar en mí.
Alana asintió para convencerse de que él tenía razón. Si iban a pasar el resto de su vida juntos, no podían comenzar con secretos. Menos aún con uno que terminaría siendo un bonito recuerdo.
―No sé nada de… Mi madre aún no me ha explicado qué pasará esta noche.
Él sonrió al notar cómo su cuerpo respondía a esa preocupación. Se pegó a ella y la besó en el cabello.
―No te preocupes, mi amor. Yo te enseñaré cuanto tengas que saber. Relájate porque lo que va a ocurrir es algo natural. Procuraré ser muy cuidadoso contigo. Haré cuanto esté en mi mano para que te sientas protegida, pero, más que nada, amada.
Alistair se sorprendió al oírse a sí mismo. Su comportamiento cambiante lo tenía desconcertado. Por momentos, se sentía fuertemente unido a ella y lo que decía era cierto: ansiaba protegerla. En cambio, una vez pasado el obstáculo del amor, por encima de todo, quería poseer su cuerpo.
Por ese motivo había organizado aquello, que, para él, seguía siendo una farsa.
―Confío en ti ―dijo ella emocionada.
Volvió a colocarla pegada a él en la montura y continuaron el camino. Según acababa de decirles Hereward, faltaba poco para llegar a la posada, que se encontraba a mitad de camino de Colchester .
En cuanto la divisaron, todos se sintieron aliviados.
La zona estaba muy concurrida. Había mercaderes, viajantes y campesinos que llevaban diversos tipos de productos en sus carros.
El ambiente, a pesar de ser un caos, desprendía despreocupación.
Lo que les hizo pensar que allí aún no habían llegado los «No Muertos» o aquellos gemelos aterradores.
Landon buscó al tabernero y le pagó una cuantiosa suma para que les facilitaran un par de habitaciones y se ocupara de los caballos. También pidió un baño para los esposos, además de otro para ellos en cuanto hubieran acabado de cenar. Estaban helados, sucios y agotados.
El hombre se desvivió por atenderlos de la mejor manera. La espléndida bolsa de monedas que había recibido cubriría los gastos e imprevistos de las próximas tres lunas, así que se volcó en proporcionarles todo lo que habían pedido.
Alana le susurró a Alistair si podían sentarse en la mesa situada junto al fuego. Landon habló con el posadero. Poco después, apareció con una generosa bandeja de venado, hortalizas braseadas, zanahorias y nabos encurtidos, pan, vino y un enorme trozo de queso.
Mientras degustaban aquellas viandas, que a todos les parecieron un manjar, Youngblood decidió organizar el día siguiente para tratar de alejarse lo máximo posible del peligro.
―Alistair, mañana tendremos que partir al alba. Aún falta una jornada para llegar Colchester, puede que dos. Cuanto antes lleguemos y os escondamos, antes podremos enviar un mensaje al rey.
―¿Crees que es seguro, Landon?
―Es todo lo que podemos hacer ―dijo mirando a Terrel.
―Mi príncipe ―intervino el capitán―, ahora más que nunca debéis protegeros. A vos y a vuestra esposa ―añadió con vehemencia, dejando a un lado lo que su unión supondría para todos al regresar.
―Ambos tenéis razón, pero es imperativo descansar al menos un día más. Mi esposa lo necesita.
―Alistair…
―¡Ella no ha cabalgado nunca, Landon! ―lo interrumpió el príncipe con el gesto hosco.
Youngblood no pudo distinguir si su expresión se debía a que castigar a la muchacha con otra jornada a caballo era una crueldad o que su intención se ceñía a tenerla en la alcoba un día entero para poder satisfacer sus deseos carnales .
―Está bien. Un día. Pero pasado mañana nos iremos al alba. No tendremos más retrasos.
―Está bien. Ahora, mi esposa y yo nos vamos a retirar.
Alana no había dicho ni una sola palabra en aquella conversación. Se había limitado a comer y a tratar de calentarse. Tenía calambres tanto en el interior como en el exterior de los muslos, le dolía la espalda desde la nuca hasta las nalgas y temía quedarse dormida en cualquier momento.
Alistair le ofreció la mano y ella la aceptó.
En cuanto se puso en pie, todo le dolió al mismo tiempo.
Se preguntó por qué, si era la Elegida, no tenía alguna ventaja en el plano mortal.
Pero no, parecía que la hubieran azotado con saña y lamentaba no haber corrido hacia el cobijo de su hogar en vez de estar Dios sabe dónde con tres desconocidos.
Aunque uno de ellos se hubiera convertido en su dueño y señor.
―Estás muy callada ―dijo para romper el hielo.
En realidad, subir las toscas escaleras estaba siendo un verdadero tormento para la joven.
Recordó las palabras de él de camino hacia allí: «Puedes confiar en mí».
Se detuvo un instante, lo miró a los ojos y solo vio amor en ellos.
Esto la hizo decidirse a compartir por qué se estaba comportando de esa manera.
―¿Qué? ―preguntó preocupado al ver su expresión.
―Tengo calambres en todas partes ―confesó mientras trataba de no reír―. Los muslos me queman y siento como si la carne de la espalda quisiera despegarse de mi cuerpo. ¿Esto es normal?
Él contuvo la sonrisa. Después se apiadó de ella y le dio un suave beso en los labios.
―Lo siento, amor. Cabalgar es algo que debe aprenderse poco a poco. Por desgracia, tú no has tenido más remedio que hacerlo por las malas. Te aseguro que todo lo que sientes es normal.
―¿Te ha pasado a ti también?
―¡Pues claro! ―dijo riendo al fin. La cogió en brazos y salvó los últimos escalones sin esfuerzo. Ella era menuda y él fuerte como un roble.
Caminó por el estrecho pasillo hasta la alcoba que le habían asignado y abrió la puerta.
De pronto, recordó una antigua tradición que le había contado su padre decenas de veces desde que era niño y que había recreado con su madre la noche de su unión: con Alana aún en brazos, adelantó el pie derecho y entró.
―Bienvenida a nuestro pequeño hogar ―dijo emocionado .
―Gracias, pero esto solo es la alcoba de una posada ―bromeó ella.
―Imagina que es nuestro hogar. Aunque sea solo por un día.