Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 21. PASE LO QUE PASE, NUNCA DEJARÉ DE AMARTE
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21. PASE LO QUE PASE, NUNCA DEJARÉ DE AMARTE

R ău andaba como loco esperando noticias.

Las patrullas no habían sido capaces de encontrar el campamento de los errantes y tampoco había llegado la misiva que Abbadon ya debería haberle enviado.

Abrió la tela espesa que hacía las veces de cortina en su tienda y miró al cielo.

Pasaba del mediodía. Las cosas se estaban complicando por momentos.

Si no recibía órdenes concretas, él mismo tomaría el mando de la situación.

Puede que después su amado jefe lo cubriera con brasas para divertirse viendo cómo se le derretía la piel, pero no iba a quedarse de manos cruzadas.

Pensó en su subordinado, su mano derecha. Ya había pasado tiempo suficiente como para que Taiat hubiese regresado. El que no estuviera allí le confirmaba que había sido atrapado por los malditos protegidos de los Altos Guardianes.

Sentía tanta rabia, que necesitaba hacer algo o acabaría por masacrar el pueblo más cercano sin ayuda de nadie. Por suerte, la respuesta que esperaba llegó. Un emisario le traía varios mensajes de Abbadon, algo que le agradó bastante.

Tras leer las órdenes, sonrió. Debían ponerse en marcha lo antes posible, así que dispuso una reunión urgente de todas las patrullas.

―Nos desplazamos al oeste.

El murmullo general lo molestó de inmediato.

―¿Qué ocurre? ―preguntó de malos modos .

―Señor, ¿qué pasa con Taiat? ―preguntó un acólito―. ¿Es que vais a permitir que se pudra bajo el yugo de los errantes?

―¡Silencio! ¡Serás inútil! ¡Tú y todos vosotros sois unos verdaderos ineptos! ¿Acaso habéis encontrado su campamento o alguna pista que nos diga por dónde empezar a buscar?

El que se había atrevido a preguntar bajó la mirada al suelo.

Pese a ser bestias sin corazón, los que formaban parte de la sección de Rău habían encontrado algo cercano a la lealtad y compañerismo entre ellos.

Una cosa era masacrar al enemigo y otra, muy distinta, abandonar a uno de los suyos sabiendo que tratarían de sonsacarle, a cualquier precio, todo lo que supiera.

―Yo quiero seguir intentándolo, señor ―añadió.

―¡Tú no tienes nada que decir! Obedecerás como el resto. Partiremos enseguida. ¡Recoged vuestras cochambrosas pertenencias y en marcha!

Rău regresó a su tienda y exigió que le llevaran una presa concreta. Estaba tan enfadado que solo la sangre podría calmar sus ansias de venganza y la rabia que sentía por dentro. Convertirse en el ser que ahora era solo había exacerbado su odio por todo y hacia todos.

Cerró los ojos y deseó poder respirar para centrarse en aquella cadencia que echaba tanto de menos, aunque, para qué iba a engañarse: adoraba ser un vampiro.

Cuando era humano, se le consideraba un hombre bastante alto, fuerte y apuesto, pero la sangre de Abbadon lo había convertido en un ser poderoso, veloz y despiadado.

Su transformación, experimentada siglos atrás, no le había importado en absoluto, sino todo lo contrario.

Tener la seguridad de vivir eternamente sabiendo que siempre habría alimento a su disposición le había dado el empuje para hacer cuanto se le había antojado: matar, violar, reducir a cenizas poblados enteros…

Sentir que el mundo estaba a sus pies era algo que lo embriagaba, aunque puede que no tanto como llenar su boca de sangre humana templada y espesa.

El acólito al que había ordenado traerle al hombre que lo había trasportado al pasado lo avisó de que estaba listo para entrar en cuanto lo deseara.

Sin perder tiempo, lo hizo pasar. Tras ordenarle que se despojara de la camisa, Rău se lanzó a su garganta sin piedad.

Cerró los ojos para permitir aquel sabor inigualable llenara su paladar.

Lamió despacio, recreándose en lo que le regalaba cada latido.

Maravillado por los recuerdos que aquel insignificante humano lograba devolverle, decidió que no acabaría con él.

Mientras el joven estuviera vivo, siempre podría regresar para alimentarse.

Su sangre le permitiría oír los ecos del pasado, oler el campo de su niñez y ver a los suyos una vez más.

Cuando sintió que el chico se desvanecía, se detuvo. Pasó la lengua por las incisiones y esperó a que se le cerraran las heridas. Se había dado un festín como despedida, pero en esta ocasión sería generoso.

Después de ordenarle que se vistiera, buscó entre sus pertenencias una pequeña bolsa. La llenó con unas cuantas monedas y le obligó a guardarla hasta que llegara a su casa, donde podría ver el contenido.

Durante un instante, se preguntó por qué lo había hecho. Tras relamerse lo labios, lo entendió a la perfección.

Vidar, debido a lo que acababan de averiguar, decidió volver a dividir a los suyos en dos grupos.

La situación se había complicado demasiado.

Por un lado, debían encontrar a la princesa y al joven Isaksen.

Por otro, era crucial que rescataran a la Elegida.

Por mucho que se repitieran que «ella» tenía el futuro de todos en sus manos, en realidad, solo Eirik tenía la última palabra, ya que eran sus visiones las que los guiaban.

Por fortuna, los acontecimientos a los que se iban a enfrentar no habían cambiado ese destino, así que incluso darían su propia vida para que los descendientes de los humanos siguieran poblando las vastas tierras de su amada Gaia.

El de la casa Eide, tras la insistencia de Yngvar en liderar al otro grupo, eligió a los que formarían cada patrulla.

Después de acordar que se verían en aquel mismo punto en un par de días, los fornidos guerreros se despidieron.

La mano derecha del rey continuó en sentido contrario.

Mientras Gransker, otro rastreador de la casa Volger, trataba de utilizar todo su don en hallar cualquier pista de hacia dónde se habían dirigido aquellos vampiros.

Por desgracia, la posibilidad de dar con la cuadrilla que había raptado a la princesa se desvanecía conforme avanzaban los días, y, con ella, las esperanzas de encontrarlos sanos y salvos.

Yngvar, dio una señal a su patrulla para que se pusieran en marcha.

El ritmo que les imprimió fue demencial.

Cada cierto tiempo, se detenían para que Borgervern inspeccionara la zona.

Se alegraba de que se hubiera unido a ellos, ya que conocía menos al otro rastreador.

La experiencia de Borg era indiscutible, de modo que, en cuanto vio una pista clara, le indicó hacia dónde debían dirigirse.

Justo antes del atardecer, el de la casa Knutsen corrió hacia las cuevas que le había señalado como si la vida le fuera en ello.

Aunque había llovido gran parte de la noche anterior, no todas las huellas estaban borrosas; algo que los ayudó a continuar con un poco más de esperanza.

Sobre todo a Yngvar, que temía no llegar a tiempo debido a que les llevaban un día entero de ventaja.

Pero ahora no era el momento de lamentarse, sino de evitar que ella sufriera cualquier daño.

Se separaron para cubrir el máximo de terreno.

Había unas cuantas entradas, pero solo dos tenían pisadas de caballos.

Yng hizo a toda prisa una tosca antorcha y entró en la cueva.

Se fijó en que había una bifurcación. Borg lo detuvo con el brazo antes de entrar en la galería de la izquierda.

Antes debía inspeccionarla para asegurarse de que las huellas eran recientes.

Tras hacerlo, le aseguró que allí no había entrado nadie.

De todos modos, estaba ciega y no tenía más salidas.

Volvieron sobre sus pasos. Esta vez, el rastreador vio con claridad decenas de pisadas en la gruta situada a la derecha.

Ambos se miraron. El de la casa Volger le confirmó que habían pasado allí la noche. El suelo de tierra fina mostraba huellas de tres botas pesadas y unas de pies pequeños.

Él, tras fijar la mirada en aquellas diminutas botas, no pudo evitar la pregunta.

―¿Ves algún resto de sangre, Borg?

El experimentado rastreador se empleó a fondo para no equivocarse. Era de vital importancia que la Elegida siguiera con vida.

―No, y tampoco la huelo.

―¿Nada? ¿Estás seguro? ―insistió―. Iban tres hombres con ella. ¿No ves…? ¿No la han…? ―Fue incapaz de acabar ambas preguntas.

―Ninguno estaba herido ni hubo forcejeo.

―Aseguró Borg, que acabó por entender qué era lo que le estaba preguntando―.

Estuvieron aquí sentados ―señaló la zona―, y caminaron unas cuantas veces desde la entrada hasta aquí.

Lo más probable es que hicieran varias guardias durante la noche.

Dada la forma de la cueva, te aseguro que la pared de piedra que precede a la bifurcación ha sido lo que los ha salvado.

―Yo también he pensado lo mismo ―dijo Yngvar, dirigiéndose hacia la salida.

Otro guerrero del grupo los avisó de que había encontrado las pisadas de sus caballos en la cueva colindante .

―Señor ―se dirigió Borgervern con seriedad―, por los restos de los caballos, las tres monturas pasaron allí la noche.

―Entonces, partieron al alba. Pero ¿hacia dónde?

―Está claro. Van camino opuesto al pueblo de la Elegida.

―¿Estás seguro?

―Sí. Según el mapa que tenemos de la zona, hay una posada hacia mitad de camino a Colchester.

―¿A Colchester? ¿Y por qué iban a dirigirse allí? ―preguntó Yngvar, cada vez más enfadado.

―Eso no podemos saberlo ―agregó el rastreador, mirando con sobriedad a los suyos.

―En Colchester hay posadas, comercios, una iglesia…

―¿Qué estás insinuando? ―dijo Yng elevando el tono.

El guerrero que había comentado aquello echó un paso al frente. Se llamaba Modig, de la casa Eide.

―¿Puedo hablar con libertad? ―quiso asegurarse antes.

―Hazlo ―respondió bruscamente el joven Knutsen.

―Tres hombres, una mujer. Si no ha ocurrido nada porque los ingleses han sido los caballeros que se supone que deben ser, habrán pernoctado en la posada. Pero… ―se detuvo.

―Pero ¿qué?

―¿Hace falta que te lo diga?

―Quiero oír todo lo que se te pueda haber ocurrido ―respondió Yng de malas maneras.