Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 20. LA PRIMERA TRAICIÓN #2
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20. LA PRIMERA TRAICIÓN #2

―Os equivocáis, párroco ―respondió Yng con voz grave―.

Aquí lo único que debería preocuparnos es saber dónde se ha llevado el príncipe a la Elegida.

¿Por qué los ingleses no se enfrentaron?

¿Por qué decidieron salir huyendo hacia el bosque en vez de rodearlos y regresar al pueblo?

Tenían la ventaja de ir a caballo. Los tvillinger no son tan rápidos a pie, por lo que no entiendo la reacción de dos soldados expertos como deben de ser el tutor del heredero y uno de los capitanes del rey.

―No sabemos nada ―dijo Leala con lágrimas en los ojos.

―Mataré a ese malnacido si toca a mi hija ―agregó Fairfax. Él había sido el primero en oír los gritos de auxilio del soldado. Cuando llegó donde se hallaba, vio que el resto había desaparecido.

―No creo que Youngblood permitiera tal cosa ―señaló León .

―Si no es así, ¿cómo va a llegar a ser mi hija reina de Inglaterra? ―Leala sacó un pequeño pañuelo y se limpió los ojos con él.

―¿Quién os ha dicho tal cosa? ―preguntó Yngvar, sintiendo como si alguien acabara de golpearle en el torso.

―Vuestra princesa, Thyra ―aclaró la mujer.

―El futuro…

―Exacto. Ella lo ha visto. Aunque jamás pensé que tuvieran que darse estas circunstancias para que se cumpliera su destino.

―El futuro no es inalterable. Ni siquiera Thyra puede estar segura de que ese sea el de la Portadora ―dijo colérico, por la ira que sentía en aquellos momentos.

―Entonces, ¿creéis que Alana no se desposará con el heredero?

―Eso no puedo confirmároslo, pero lo que sí os aseguro es que haré cuanto pueda para devolveros a vuestra hija ―afirmó el guerrero.

―Ella ya ha pasado por la transformación ―añadió el padre León.

―Y ha devuelto al príncipe a la vida, lo que nos resta tiempo para recuperarla ―puntualizó Yng.

―¿Por qué decís eso? ―quiso saber el párroco.

―Porque habéis sido un imprudente mostrando su don ―respondió con un tono grave que acompañó con una mirada de severidad.

―Yo no estaba seguro de que pudiera hacerlo ―se defendió, elevando el mentón.

―Pero teníais que averiguarlo, ¿verdad? ―añadió con rabia.

―¿Era mejor dejarlo morir?

―Era mejor no exponerla a la codicia del hombre, sacerdote. Tened en cuenta que, si sigue con vida, no va a ser gracias a vos.

―Me estáis ofendiendo. ¡Y si me ofendéis a mí, ofendéis a Dios!

Yngvar se acercó a él y se agachó para ponerse a su altura.

―Cuidado con vuestras palabras, humano. Sois el aliento del Creador, pero nosotros somos «Su Mano». Somos los protegidos de sus Altos Guardianes, así que no blasfeméis en mi presencia porque no lo os lo permitiré.

―Él no me habló de vos, pero está claro que sois de los suyos ―dijo León elevando una comisura.

El errante se lo quedó mirando sin entenderlo.

―¿Quién no os habló…? ―se detuvo al comprender que se estaba refiriendo a alguien de su raza, pero no pudo imaginar quién .

―Ahora no es el momento, muchacho.

―Lo sé, pero espero volver algún día y oír la historia de vuestros labios.

―Así será.

El joven Knutsen se volvió hacia los padres de Alana para despedirse. Debía regresar cuanto antes con los suyos para comenzar la búsqueda de la Elegida e impedir que el heredero la hiciera suya.

―Que Dios os proteja ―susurró Leala.

―Os agradezco vuestras palabras. ÉL siempre está conmigo.

Yngvar asintió una vez y salió a toda prisa de la posada.

Una idea no paraba de atormentarle. Imaginar que el príncipe y Alana fueran uno le revolvía el estómago.

Corrió hacia la salida del pueblo para encontrarse con su grupo porque no podía soportar esos pensamientos.

Él era un errante. Su origen impedía cualquier unión con ninguna otra raza, aunque una de ellas contase con la humana más bella que había visto nunca sobre la faz de la tierra.

Apretó la mandíbula y apuró el paso. El primero en verlo fue Vidar, que se temió lo peor al reconocer aquella expresión.

―¿Qué ocurre, Yngvar?

―Se la ha llevado el heredero. Él y sus hombres fueron atacados anoche por los tvillinger.

―No puede ser. ¿Qué hacen esos aquí?

―No tengo idea, pero el soldado que ha sobrevivido me los ha descrito. No hay duda de que son ellos.

―¿Y qué buscaban?

―Al príncipe.

El joven guerrero relató cuanto le había compartido el inglés.

Lo que no entendieron fue por qué habían sido atacado por lo que parecían ser secuaces de Abbadon y qué había impulsado a las tropas de Helmet a protegerlos.

Ahora, para complicar aún más la situación, la raza de los malditos gemelos había aparecido de la nada y también quería acabar con el hijo del rey.

Vidar se frotó con energía el mentón, tratando de resolver aquel acertijo. Eran demasiados frentes abiertos como para encontrar una explicación sencilla a todo aquello.

―Todos van a por el príncipe ―comenzó el de la casa Eide―.

Por nuestros informantes sabemos que Athelstan quiere unirse al duque normando.

Ese pacto aportaría un grueso de tropas importante a su ejército, lo que serviría para mostrar a todos su enorme poder y mantendría a raya a los lairds escoceses.

Lo que no entiendo es cómo ellos han dado con la Elegida.

―Tras ser atacados por los perros de Abbadon, el heredero estuvo a punto de morir. El padre León la llevó para que lo salvara.

―¿Es que la Elegida puede…?

―Posee la imposición de manos.

Vidar cerró los ojos un instante, se llevó la mano a la altura del corazón y susurró algo solo para sí.

―El futuro de todos está en sus manos ―dijo el antiguo guerrero con vehemencia.

―Lo sé. ―El de la casa Knutsen inspiró tratando de aplacar la ira que sentía en su interior.

―Bien, pongámonos en marcha. Nos llevan mucha ventaja, pero daremos con ellos.

―Si él la ha tocado, lo mataré ―masculló Yngvar.

Después se dio la vuelta y se dirigió a la orilla del río para beber un poco de agua. Después, llenó sus manos y se la echó por la cara.

Ardía de rabia. Su deber era proteger a la Portadora y a los humanos. Pero que Dios no permitiera que él la hubiese deshonrado, porque entonces ni toda el agua de la tierra sería suficiente para aplacar su furia ni evitaría que destripara de una sola estocada al maldito inglés.

A cobijo de la pequeña pared que ofrecía la cueva justo antes de salir al exterior, Youngblood, con Hereward a su izquierda, cogió las manos de Alistair y Alana entre las suyas.

―Estamos aquí, en presencia de Dios, para unir a dos almas que sienten el amor en sus corazones ―dijo Landon, tratando de recordar qué dijo el párroco en las nupcias de su sobrina unos meses atrás―.

Soy un soldado de Inglaterra, un ferviente seguidor del rey Athelstan.

Mi único poder es el que vuestro padre ―añadió mirando a Alistair― me ha otorgado.

En su nombre, y en la fe que él profesa, yo os uno en matrimonio a vos, príncipe Alistair de Wessex y a vos, Alana…

―Shaw ―susurró avergonzada por lo haberle dicho antes su apellido .

―Y a vos, Alana Shaw. Sois esposo y esposa hasta que un siervo de la iglesia formalice vuestros votos. Con mi bendición, podéis besarla.

Alistair se giró hacia ella y depositó un casto beso en sus labios. Alana respondió con timidez, pero totalmente convencida de que, con esa ceremonia, su futuro se había cumplido.

Hereward no pronunció palabra mientras su amigo y compañero de múltiples batallas encabezaba la ceremonia.

Aquel matrimonio era válido ante los ojos de Dios y de los hombres.

El único problema que se iban a encontrar era que solo el rey podía decidir con quien se desposaba su hijo, así que no sabía a qué estaba jugando Landon.

Observó la expresión del príncipe y solo vio satisfacción en ella.

Supuso que era el deseo lo que le había impulsado a cometer semejante locura.

Si su padre se llegaba a enterar de esa unión, pondría el grito en el cielo y los despellejaría a Youngblood y a él mismo.

A esas alturas, deberían estar de vuelta en el pueblo de la muchacha o de camino a Colchester , pero habían perdido un tiempo precioso para que las necesidades del heredero fueran cubiertas.

El capitán observó el brillo en los ojos de la chica. Su alegría era tan contagiosa que no pudo evitar sonreír.

―Enhorabuena a los dos ―dijo con seriedad.

El príncipe estrechó su mano y después volvió junto a su «esposa», a quién besó en la sien como si el amor que mostraba fuese del todo real. Aunque en cierto modo sentía que estaba siendo justo con sus deseos, en el fondo sabía que aquello era su primera traición hacia ella.

Landon y Terrel se marcharon a por los caballos, que habían dejado atados en una cueva cercana. Tras ocupar sus monturas, Alana fijó su mirada al frente. Alistair la llevaba bien sujeta de la cintura y, cada cierto tiempo, le decía al oído cuánto la quería y lo felices que iban a ser para siempre.

A poca distancia de allí, Yngvar corría tras la pista que había encontrado Borgervern. Mientras ella iba a comenzar su vida junto al heredero, el joven Knutsen iniciaba su descenso a los infiernos.

Y no había peor castigo para un errante.