20. LA PRIMERA TRAICIÓN
A thelstan caminó pesadamente escaleras abajo.
Sumido en un mar de preocupaciones, ignoró a cuantos sirvientes se detuvieron para hacerle una reverencia mientras le daban los buenos días con su mejor cara.
¡Qué demonios sabían ellos de lo que era un maldito buen día!
Ya había pasado cerca de una semana y Alistair aún no había llegado a su destino.
La misiva que acababa de leer no auguraba nada bueno.
Los consejeros del duque de Normandía le instaban a que el trato se cerrara cuanto antes y le recordaron que permanecerían en Richborough cinco lunas, ni una jornada más.
Por suerte, eso le proporcionaba tiempo más que suficiente como para que sus tropas llegaran a donde se encontraba su hijo y lo escoltaran hasta allí.
Lo que escapaba de su comprensión era cómo el emisario del duque había logrado llegar al castillo mientras sus hombres solo habían conseguido cubrir poco más de la mitad de la distancia.
Aunque, claro, a ninguno los perseguía una caterva de seres infernales con el único propósito de acabar con su vida.
Otra cuestión que tendría que aclarar con Helmet, puesto que ya estaba harto de que eludiera una respuesta concreta a por qué Abbadon quería impedir esa alianza a toda costa.
Nada más verlo, un soldado le abrió las puertas.
Caminó con paso firme por el salón hasta que fue consciente de lo que estaba sucediendo.
Sus consejeros más cercanos, Callen y Atwater, permanecían de pie, cual dos estatuas esculpidas, en mitad de la sala con el pecho descubierto.
Ambos ofrecían sus gargantas sin el más mínimo pudor y no había rastro alguno de vida en sus miradas.
Athelstan miró hacia atrás un instante, la puerta estaba cerrada.
No había escapatoria. El nudo de ira que se le había formado en las tripas le recordó en qué lugar se encontraba ahora.
Tratando de no mostrar debilidad, avanzó hasta sentarse en el trono.
Helmet formó en su rostro el rictus que consideraba como una sonrisa y esperó a que él hablara.
―Vuestros métodos me asquean.
―«Mi rey» ―dijo alargando las dos palabras―, de sobra sabéis que no deberíais haber compartido nuestro secreto.
―Si no puedo hablar con nadie, terminaré volviéndome loco.
―Lo entiendo, pero me tenéis a mí para comentar cualquier tema que os preocupe ―añadió con ironía.
―Como comprenderéis, no confío en vos.
―Es razonable. Si estuviera en vuestro lugar, yo tampoco lo haría. ¿Pero acaso tenéis otra alternativa?
El inglés le dedicó su mejor mirada de odio, algo que divirtió momentáneamente al «No Muerto».
―Supongo que no.
―Quiero dejaros claro que yo no estoy tras los ataques a vuestro hijo.
Os he cedido una avanzadilla de veinte de los míos para proteger a los hombres que habéis enviado para rescatarlo.
Qiloçker, Bêwestan y Nîga, a la que aún no conocéis, están al mando.
Así que puedo garantizaros que llegarán a Felsted a tiempo.
―Eso espero. Y ahora me vais a contar por qué Abbadon quiere acabar con esta alianza además de con la vida de mi hijo.
Helmet ensombreció su níveo rostro y elevó las cejas mientras se quedaba absorto en el recorrido de una hormiga alrededor de la bota de Atwater, que aún continuaba en la misma posición.
―Eso aún no puedo contestároslo.
―¿No podéis o no queréis?
―De esto ya hemos hablado. No sé cuáles son las intenciones de Abbadon y por qué pretende acabar con esta alianza.
Athelstan miró a sus hombres y sintió cómo un fuego abrasador le subía de pies a cabeza. Deseaba degollar al vampiro con todas sus fuerzas, pero sus dos secuaces, Xwînxwar y Wêranker, no le quitaban ojo de encima .
―Si ya habéis averiguado de ellos cuanto necesitabais saber, ¿seríais tan amable de liberarlos? ―preguntó el rey, guardando para sí lo que de verdad hubiera deseado decirle.
―Vuestros modales son envidiables cuando ponéis de vuestra parte. No os lo repetiré. Si volvéis a contarle a alguien…
―Os doy mi palabra de que no lo haré ―interrumpió Athelstan, cansado de tanta palabrería.
―Eso es más que suficiente para mí.
Helmet levantó la mano con languidez. Sus secuaces ordenaron a los dos hombres que se vistieran y que volvieran a sus habitaciones para descansar. El rey se preguntó cuánto tiempo llevarían en aquella incómoda postura, pero prefirió no averiguarlo.
Cuando sus hombres se marcharon, el inglés le pidió hablar a solas. Este aceptó y envió a Xwîn y a Wêr a supervisar el campamento.
―Bien, ¿qué queríais hablar conmigo? ―dijo el «No muerto» con curiosidad.
―Estoy en desventaja ―comenzó Athelstan. Su invitado asintió―. Bien, quiero cambiar eso.
―Mi rey… ―Por primera vez, no lo dijo con condescendencia.
―No, Helmet. Somos dos guerreros, la única diferencia es que yo respiro y vos no. ―Ambos sonrieron―. Necesito que esa alianza se lleve a cabo. Mi hijo no debe morir.
―Le he enviado a mis tropas sin pediros nada más a cambio.
―Lo sé, y creo que nunca seré capaz de devolveros el favor.
―¿Entonces?
―No puedo ofreceros lo que ya habéis tomado por la fuerza, pero sí lo que es solo mío y que tal vez os interese ―Helmet lo miró sin entender a dónde quería llegar―: mi propia vida.
He luchado desde que tengo uso de razón por lo que ahora tengo y soy, de modo que no voy a permitir que nadie me lo arrebate a mí o a mi estirpe.
―Os entiendo.
―Y yo a vos. Abbadon no es ni vuestro amigo ni vuestro aliado.
El vampiro sonrió de verdad. Un brillo inusual iluminó su rostro, así que Athelstan comprendió que estaba en el buen camino.
―Sois más agudo de lo que pensaba.
―¿Cómo podríamos deshacernos de él? ―soltó sin dar más rodeos.
―Eso es algo que llevo preguntándome demasiado tiempo .
Ambos se miraron con extraña satisfacción.
Acababan de encontrar un punto en común que podía unirlos para afrontar el futuro que les estaba alcanzando.
La cuestión no era si esa alianza beneficiaría a ambas partes por igual, sino cómo iban a quitarse de en medio a Abbadon sin que Mørket sospechara de su traición.
De pronto, Helmet cayó en la cuenta de que aún no le había revelado al rey a quién pertenecían.
No era necesario. En realidad, reconocer su verdadera naturaleza podría acarrearle más problemas que otra cosa.
Pero detestaba a Abbadon desde lo más profundo y podrido de su muerto corazón, así que aquel acuerdo quizás le reportara más de lo que esperaba.
El vampiro entrecerró los ojos y comenzó a contarle su historia.
Las peores pesadillas del rey eran un simple juego de niños con lo que aquel ser le estaba relatando.
Athelstan, pese a haber vivido más de una guerra cruenta, pensó que los castigos infligidos por aquellos seres no podían compararse con nada que hubiera conocido.
Mørket era el creador de ambos; también el horror que azotaba la tierra. Athelstan asintió a todo lo que le compartió Helmet y aceptó que aquel nuevo acuerdo no solo era necesario, sino obligatorio si quería cumplir su deseo más oscuro.
El «No Muerto» fue el primero en ofrecer su mano helada ante la posibilidad de deshacerse de su único competidor.
Aunque le fuese la «vida» en ello, de un modo u otro, por fin acabaría con Abbadon.
El rey cerró el trato ofreciendo también su mano, que desprendía un calor abrasador.
Ambos obtendrían lo que más ansiaban. Athelstan, poder gobernar durante el resto de su vida, y, Helmet, acabar con su peor enemigo de una vez por todas.
Yngvar no podía dar crédito a lo que aquel soldado, preso del terror, le acababa de confesar.
A ojos de Leala, Fairfax y el padre León, el pobre hombre, que había sobrevivido al ataque de dos tipos distintos de seres sobrenaturales, parecía estar perdiendo la cabeza.
Para desesperación de todos, tuvieron que aceptar que sus palabras no eran las de un loco y que no mentía.
Aquellas razas que había descrito existían.
De hecho, su pueblo había luchado contra ellas en otras épocas.
El errante les contó que la raza de los Tvillinger era tal y como el inglés los había descrito.
Altos, muy delgados. Tez pálida con dibujos ancestrales en sus rostros pintados con tierra roja pulverizada de sus montañas y aceites fabricados con grasa de animal.
La mayor ventaja que poseían era la fuerte conexión entre ellos, por lo que en la batalla resultaban brutales, puesto que parecía que se pudieran leer la mente, aunque no fuera así en absoluto.
En contra, eran pésimos rastreadores y su longevidad de apenas un siglo.
Su casta se caracterizaba porque las hembras solo parían gemelos.
Rara vez nacían macho y hembra a la vez.
Y, en esos casos, estaba bien visto entre ellos que mataran a sus vástagos antes de que su especie pudiera debilitarse.
Yngvar también les habló de su sed de muerte, que no tenía límites.
Acababan sin piedad con todos: humanos, errantes y vampiros.
Su maldad superaba con creces a la que ostentaban los «No Muertos», y eso ya era decir mucho.
Aquella maldita propagación de gemelos depravados fue en otro tiempo algo de lo que tuvieron que encargarse, pero el errante pensaba que jamás volverían a dejar sus tierras, ya que Eirik los amenazó con aniquilarlos la próxima vez que lo hicieran.
Ahora habían regresado, y no tenía idea de cómo iban a afrontar al mismo tiempo a vampiros y tvillinger.
Una buena noticia era que nadie había comentado nada de otras razas, así que, por el momento, solo debían preocuparse por aquellas dos.
Yngvar se despidió del soldado malherido. El otro, por desgracia, no había sobrevivido por las múltiples heridas. Los cuatro salieron de la habitación con una expresión sombría.
―Habéis traído la desgracia a esta familia ―dijo el padre León, quien sentía la presencia de los errantes como un mal presagio en lugar de una bendición.