Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 19. HE DE PROTEGER TU VIRTUD #2
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19. HE DE PROTEGER TU VIRTUD #2

―No, si nos desposamos.

―¿Qué? ―soltó Youngblood elevando demasiado la voz.

―¿Queréis que nos maten? ―se quejó Hereward―. ¡Bajad el tono !

―¡No podéis hacer tal cosa! ―soltó su tutor.

―Cuidado, Landon. Tú no eres mi padre, y él no está aquí.

―Si os desposáis con ella, la alianza no se llevará a cabo. Los hombres de Ricardo no se lo perdonarán al rey ¡y son muy capaces de casar a la bastarda con un escocés con tal de destruir el reino!

―Eso no podéis saberlo ni mi padre ni tú.

―Por todos nuestros ancestros, ¡si solo es una campesina! ¿Es que habéis perdido la razón? ―insistió.

―No vuelvas a hablarme de esa manera, Landon. ¡Soy el príncipe!

―¡Y vuestro padre os cortará la cabeza por haber cometido semejante locura y la mía rodará después de la vuestra!

―¡Basta! ―dijo ella mostrando las palmas de las manos―. No soy vuestro juguete y no voy a desposarme con vos. Menos aun sabiendo que hay otra mujer esperándoos.

―No eres tal cosa, y la que espera desposarse conmigo no me conoce.

Ni siquiera me ha visto una sola vez. Es una unión que le conviene a mi padre y al reino, pero yo no la amo ni jamás la amaré ―dijo mirándola a los ojos con tal intensidad que ella entendió el motivo sin tener que volver a preguntarle―.

Alana, delante de mis hombres, te declaro mi amor.

Si me aceptas, nos desposaremos hoy mismo.

Ella se quejó estupefacta. El futuro del que le había hablado Thyra estaba sucediendo ante sus ojos.

Las palabras de la errante resonaron con fuerza en su cabeza: «Alana de Essex, futura reina de Inglaterra».

Su expresión cambió al instante. Dibujó una sonrisa y le ofreció la mano al hombre que se había ganado su corazón.

Quizás aquella fuerza invisible que había salido de su interior para salvarlo tuviera mucho que ver, pero decidió no caer en la trampa de la duda.

Si Thyra lo había visto, nada impediría esa unión.

―Te acepto, Alistair ―susurró con lágrimas en los ojos.

Él se acercó para besarla. No le importó ni la mirada horrorizada de Youngblood ni la expresión indescifrable de Hereward. Ella lo amaba y nadie iba a separarlos.

Después de abrazarla, se dirigió a los dos soldados, que seguían sin poder creer lo que pretendía hacer.

―Decidme, ¿quién de los dos puede desposarnos? ―preguntó con premura.

―Ninguno de los dos somos párrocos ―le recordó Landon .

―Ni lo necesitamos. Para mí es suficiente saber que ambos sois hombres de honor y soldados leales al reino. Vuestro testimonio me basta para formalizar nuestros esponsales.

―Sin embargo, vuestro padre no la reconocerá como vuestra esposa si no os une un hombre de Dios ―le advirtió su tutor―. Sabéis cuán religioso es y las múltiples donaciones que ha hecho a la Iglesia de Essex.

―Está bien. Tú formalizarás nuestra unión hasta que encontremos al primer párroco. Pero, ante los ojos de Dios y de los hombres, Alana será mi esposa.

―Cometéis un grave error por el que todos seremos severamente castigados ―presionó Landon, sabiendo de sobra que aquella ceremonia se consideraba legal.

―No, si ella lleva al futuro rey de Inglaterra en sus entrañas ―contestó con firmeza.

Alana lo miró muy sorprendida. No esperaba que él quisiera tal cosa en tan poco tiempo. Esto la hizo pensar en que tal vez Alistair solo quería aquella unión porque estaba huyendo de un matrimonio impuesto, no porque la amara en absoluto.

―Yo no seré la sustituta de nadie y menos la excusa para libraros de algo a lo que no queréis hacer frente ―dijo ella echando los hombros hacia atrás y elevando el mentón.

―¿Cómo puedes pensar eso de mí? ―dijo mirándola a los ojos y sujetándola de los brazos―.

Desde que me salvaste la vida, solo he pensado en ti.

Siento que te amo más que a nada. Por desgracia, ya ha amanecido.

Eso, muy a mi pesar, significa que tu virtud será puesta en entredicho.

Aunque me pronunciara ante el pueblo asegurando que eres inocente, las malas lenguas jamás te perdonarían ―trató de convencerla diciendo justo lo contrario que antes―.

Lo sabes muy bien, pero ese no es el motivo.

Todo mi ser me pide amarte, y no puedo imaginar qué será del resto de mi vida si no te tengo a mi lado.

Landon miró a su pupilo con verdadero asombro.

Lo conocía desde su nacimiento y jamás le había oído hablar de esa manera.

A esas alturas, no dudaba de que sintiera algo por ella, pero esa insistencia le estaba resultando extraña.

Parecía que algo inexplicable estaba sucediendo después de la intervención de la muchacha, y mucho se temía que un propósito oscuro y siniestro estuviera detrás de aquel encaprichamiento sin pies ni cabeza .

―Mi príncipe ―intervino Youngblood para acabar con esa declaración absurda―. Yo mismo validaré esta unión, pero antes me gustaría hablar con vos en privado.

―Os aseguro que no es necesario ―confirmó el heredero.

―Esa es mi única condición para complaceros.

―Si no lo haces tú, puede unirnos Hereward.

Landon miró al capitán de tal manera que lo entendió al momento.

―Señor, yo no sabría ni qué decir ―se excusó Terrel.

―Por favor, Alistair ―insistió Landon una vez más―. Nos llevará poco tiempo. Os lo ruego.

Él se giró hacia Alana, quien puso la mano en su antebrazo mientras asentía.

―Alistair, quizás sea buena idea que habléis en privado ―añadió ella ante la reticencia de su tutor―. El capitán me protegerá, ¿verdad? ―agregó, mirándolo mientras esperaba una confirmación.

―Por supuesto ―dijo Hereward porque su deber era obedecerlo.

―Está bien ―accedió por fin.

Ambos caminaron hacia la bifurcación, pero no se acercaron a la entrada de la cueva. Youngblood trataba de ganar tiempo, aunque la expresión del príncipe le dejó clara su postura. Había tomado una decisión y dudaba mucho de que lograra hacerlo cambiar de opinión.

―Bien, tú dirás ―dijo Alistair muy seco.

―¿La amáis o solo queréis poseerla? ―soltó Landon temiendo las represalias del rey.

―Siento que la amo ―aseguró, pero después bajó el tono de voz―, pero lo segundo me tiene obsesionado.

Su mentor cerró los ojos al entender qué estaba sucediendo allí.

―Sabéis que esta ceremonia tiene validez, aunque dudo mucho de que el rey quiera aceptarla. Os garantizo que, si ella queda en cinta, vuestro padre no reconocerá a su vástago como vuestro heredero, sino que será un bastardo ante sus ojos.

―Ya lo sé.

―¿Entonces…? ―dejó la pregunta en el aire. Alistair lo miró y sonrió un instante mientras subía los hombros―. No la desposaréis nunca ante la Iglesia.

―He de casarme con la bastarda, ¿no?

―¿Y todo lo que le habéis dicho ?

―Ella me gusta mucho. Mucho.

―Pero estaréis casados ante Dios.

―Yo no creo en vuestro Dios ni en la Iglesia. Para mí, no es una unión válida.

―Pero para el resto sí lo será. ¿Acaso no os importa arruinarle la vida? Si no la desposáis como es debido, esto la convertirá en una perdida ante su familia y los ojos del mundo.

―Le pagaréis bien. Después puede marcharse a cualquier parte donde nadie la conozca. Además, ¿quién dice que es fértil? Es muy delgada, quizás no pueda engendrar hijos.

―No tenemos tiempo para esto, Alistair; y tampoco me parece bien.

―Soy el príncipe y es lo que deseo. Ella me gusta de verdad.

―¿Ya no la amáis?

―Bueno, puede que algo sí, pero no lo sabré con seguridad hasta que no…

―Ya.

―Venga, Landon. Solo serán unos días. Sabes que esos seres están deseando acabar con mi vida. No quiero morir sin conocer el calor de su cuerpo aprisionando al mío.

El capitán Youngblood frunció los labios con un gesto de desaprobación.

El príncipe había logrado engañarlo con aquella confesión de amor.

Si él le seguía el juego, arruinaría a la muchacha sin remedio.

Sabía que aquello no estaba bien, sin embargo, conocía por experiencia propia el maldito ardor que surgía en el interior de un hombre cuando una determinada mujer se cruzaba en su camino.

Quizás Dios le perdonara más tarde, pero el príncipe deseaba a la chica, y él no iba a ser quien impidiera que satisficiera su deseo.

De todos modos, debían ir hacia el este, y no iban a dejarla allí a merced de los peligros que acechaban en el bosque.

En realidad, si Alistair no la poseía, aunque fuera con bellas mentiras, tal vez otro tomara por la fuerza lo que él se moría por tener.

Tras un momento deliberando, Landon inspiró con fuerza y acabó por asentir.

Su pupilo sonrió abiertamente y apoyó un instante la mano en el hombro de su tutor antes de regresar al lado de Alana.

El joven príncipe estaba a punto de cometer el primero de los muchos pecados que iban a engrosar su lista de acciones, de la que más tarde tendría que dar cuenta cuando abandonara este mundo.

Pero ¡qué diablos! Lo haría con una sonrisa en los labios y con la satisfacción de haber obtenido cuanto quería.