19. HE DE PROTEGER TU VIRTUD
A listair había pasado gran parte de la noche con Alana entre sus brazos para evitar que se congelara.
Se habían cubierto con su capa, pero el frío de la gruta donde habían logrado esconderse calaba hasta los huesos.
Lamentó haber dejado sus pieles en la posada, pero ninguno podía esperar que volvieran a ser atacados a poca distancia del pueblo.
Por suerte, los seres que los habían asaltado no eran tan veloces como sus caballos.
Hereward conocía aquella zona como la palma de la mano, así que, a su orden, cabalgaron como alma que lleva el diablo para tratar de llegar a las cuevas donde jugaba de niño.
Muy poca gente conocía su existencia, por lo que el capitán rogó para que los dos pares de gemelos que los seguían se perdieran en el bosque.
Más tarde pudieron comprobar que no eran buenos rastreadores, algo que los benefició para salvar la vida.
El inconveniente con el que se encontraron fue que no podían encender fuego.
Pese a estar bien ocultos, Landon se negó a asumir ese riesgo, de modo que los cuatro casi se helaron a la espera de que llegara el amanecer.
El príncipe apenas pudo pegar ojo. Alana temblaba sin parar y farfullaba cada cierto tiempo algo ininteligible.
En una de las ocasiones, sí pudo distinguir una sola palabra: «Thyra…
», pero Alistair no sabía a quién podía estar llamando con esa desesperación.
No sabía qué hacer. Jamás había cuidado de nadie hasta ese momento.
Miró a Landon, pero estaba durmiendo mientras Terrel hacía la segunda guardia.
El capitán se hallaba cerca de la entrada para asegurar que nadie pudiese encontrarlos .
En cierto modo, el heredero se sintió más solo que nunca, pero a la vez más completo que en toda su vida.
De forma inexplicable, después de la extraña experiencia que habían compartido, se sentía más unido a ella que a nadie que hubiera conocido.
Besó su frente y la acurrucó contra su pecho.
La rodeó aún más con sus fuertes brazos antes de cerrar los ojos.
Su corazón gritaba alto y claro, pero su cabeza se resistía a desobedecer a su padre.
De todos modos, después de lo que había ocurrido esa noche, tenía claro que su vida estaría siempre en peligro.
Si la vampira había cumplido su promesa, un destacamento del ejército ya se encontraría de camino para rescatarlos, aunque mucho se temía que no llegaran a tiempo.
Pensar en morir no lo aterró tanto como perder a la muchacha a la que abrazaba como si hubiera nacido para ello.
Apoyó la mejilla en su cabello e inspiró.
Si no hubiera sido imposible, habría jurado que toda ella olía a rosas, pero debía de ser la preocupación de ser masacrados, además del cansancio, lo que hacía que estuviera perdiendo la cabeza.
Un ruido hizo que abriera los ojos de golpe.
―¿Landon? ―susurró.
―Shh… Voy a relevar a Hereward. Manteneos en silencio.
―¿Cuánto falta para el amanecer?
―Ya ha amanecido, pero descansad un poco más ―ordenó su tutor.
―Me es imposible.
―Entonces, cuando volvamos.
―¿Crees que podremos salir?
―Ya veremos.
Youngblood le puso un instante la mano en el hombro para darle seguridad y después caminó hacia el exterior. La distribución caprichosa en la piedra había sido decisiva para que no pudieran ser descubiertos.
A los pocos pasos, Alistair dejó de ver su figura.
Miró a Alana de nuevo y fue consciente de que no quería dejarla marchar.
Se regañó severamente, puesto que apenas la conocía.
Sin embargo, sentía que entre ambos había mucho más.
Un vínculo que lo atraía hacia ella sin remedio.
Volvió a repetirse que debía cumplir con su deber.
En Richborough esperaba la que iba a ser su esposa.
Su futuro ya estaba decidido. Su obligación era proporcionar un heredero al reino.
Sacrificio. Lealtad. Honor.
Las palabras de su padre se le clavaron en el corazón como dagas envenenadas.
El amor por su tierra, su hogar, los suyos…
Inglaterra lo ne cesitaba. El pueblo rogaba por la paz y la estabilidad.
Demasiadas veces había oído que otra guerra sería insostenible para el futuro de todos, aunque nada de eso iba a ser posible si acaba asesinado antes de tiempo.
Un escalofrío le recorrió la espalda, lo que le provocó un espasmo. Aquel movimiento inesperado hizo que ella despertara.
―¿Ha amanecido? ―preguntó mirándolo a los ojos.
Alistair sonrió de forma instintiva al pensar que, sin duda alguna, se encontraba en el cielo del que hablaban los sacerdotes. La voz que acaba de oír era la de un ángel.
―Aún no. ¿Tienes frío?
―Gracias a ti no.
Él no la soltó, si no que se acercó aún más a su rostro.
Se sentía tan atraído por su boca que no pudo evitar besarla.
Alana respondió con timidez. Era la segunda vez que notaba el calor de los labios de Alistair en los suyos, algo que debía rechazar de pleno si seguía las indicaciones del padre León.
No obstante, hizo todo lo contrario. Se incorporó ligeramente, subió una mano y la enredó en los rubios cabellos del hombre que estaba tratando de conquistar su boca.
Él se detuvo en cuanto oyó a Hereward carraspear.
―Mi príncipe, ha amanecido ―confirmó lo que ya le había dicho Landon―. Debemos regresar al pueblo.
―Está bien. Esperadnos un momento en la entrada. He de hablar con Alana antes de irnos.
―El tiempo apremia ―dijo el capitán, al que le parecía que aquel no era el momento ni el lugar adecuados para robarle la inocencia a una campesina.
―Es una orden.
―Sí, mi príncipe.
Terrel lo dejó a solas mientras se dirigía a la entrada de la cueva farfullando una queja.
―¿Todo el mundo tiene que obedecerte? ―preguntó ella poniéndose en pie.
―Casi todo el mundo. El rey no, claro está.
―Me imagino. ―Sonrió.
―Alana, siento algo por ti que no puedo explicar. Si por mí fuera… ―Alistair dejó en el aire lo que realmente quería decirle.
―Regresemos. Esto solo ha sido un sueño …
―Eso fue lo que me dijiste justo antes de irte de la posada.
―Y así es.
―Aún me muero por volver a besarte.
―Lo sé, pero tu vida es otra. Y yo jamás me convertiría en algo que pudiera avergonzar a mi familia o a mí misma ―dijo con firmeza, rechazando de pleno con esas palabras la posibilidad de convertirse en su amante.
―Yo jamás os pediría tal cosa.
―Adiós, Alistair.
―Alana…
Ella caminó un par de pasos, pero él la detuvo. Sin tener en cuenta que aquello podría terminar por arruinar su honra, se hundió en su boca para saborearla una última vez. Maldijo su destino una vez más y se separó sin disculparse por haberse dejado llevar.
―Vamos. ―Le ofreció la mano, ella la aceptó. Caminaron en silencio hasta la entrada, donde sus hombres los esperaban.
―Alistair ―dijo Landon―, no podemos regresar al pueblo. Terrel ha distinguido dos grupos dirigiéndose hacia allí. No sabemos a qué ejército pertenecen. Podrían ser… ―se detuvo un instante al mirarla.
―Habla con libertad. Después de lo de anoche, no creo que ella dude de que aquellos seres no eran humanos.
―Está bien. Si son del ejército de Helmet, estaríamos a salvo; aunque, si forman parte del Abbadon, ya no estoy tan seguro. Sus ropas eran distintas a la de los seres que nos atacaron anoche, pero llevaban la cabeza cubierta, así que no nos podemos arriesgar.
―Entonces, ¿qué pretendes que hagamos?
―Avanzar en sentido contrario. Creo que lo más seguro es dirigirnos a Colchester ―intervino Hereward.
―¡Eso es imposible! ―dijo Youngblood―. Él debe ir a Richborough de inmediato ―añadió entre dientes. Después miró al capitán con los ojos muy abiertos.
―No, si quieres mantenerlo con vida ―insistió Terrel―. Nuestro ejército no ha llegado, y no podemos regresar al pueblo. Así que tú me dirás qué prefieres hacer.
Landon miró a Alana. El problema de tenerla con ellos comprometía la situación en todos los sentidos.
Por un lado, ambos soldados veían que aquellos dos se estaban enamorando.
Algo bastante normal dada la juventud de ambos.
Por el otro, Landon intuía que algo debía de haber sucedido entre ellos la noche que ella le salvó la vida.
Nada de eso tendría importancia en otras circunstancias, pero la hermanastra de un duque esperaba encontrarse con su prometido para convertirse en la próxima reina de Inglaterra, y el príncipe no dejaba de ser atacado constantemente para impedir esa unión.
Mientras discutían sobre lo que iban a hacer, Alana se dio cuenta de que ese no era su sitio.
Ella debía regresar cuanto antes junto a sus padres para asegurarles que nada había cambiado.
Pese a que los hombres del rey y el propio príncipe solo la habían protegido, si se sabía que había pasado la noche con tres extraños, aquello podría ser su ruina.
Y no estaba dispuesta a destrozar su reputación y la de su familia por un par de besos, aunque, en realidad, hubiesen sido tres.
―Lo siento ―dijo ella muy despacio―, yo he de volver.
―No pienso dejarte marchar ―concluyó Alistair.
―Yo no soy su presa, príncipe ―añadió muy seria―. Si voy por la vereda del río, llegaré antes del mediodía. Sé dónde estamos, y no buscan a una mujer.
―Ahí fuera hay seres que pueden despedazarte. No permitiré que regreses sola.
―Pero vos no podéis protegerme.
―Te equivocas. Mi deber como futuro rey de Inglaterra es proteger a mi pueblo. He de proteger tu virtud y asegurar de que has sido respetada como mi invitada ante los ojos de todos.
―Nadie podría dudar de ello ―dijo Alana sin estar muy convencida. Conforme más tiempo pasara a solas con ellos, más difícil sería de creer que no había ocurrido nada.
―Shh… ―musitó Hereward―. Adentro, ¡deprisa!
Los cuatro volvieron a la cueva a tientas. La oscuridad se había hecho más patente después de haber visto el amanecer.
―¿Qué queréis hacer, Alistair? ―preguntó Landon temiendo la respuesta.
―Ella irá con nosotros.
―Mi príncipe, eso la comprometería para siempre.