18. ¿DÓNDE ESTÁN? #3
―Hace días que se marcharon. ―Trató de mantenerse entera, pero acabó por dejar escapar un sollozo.
―¿Qué os ocurre ?
Yngvar la empujó suavemente para entrar en la vivienda. Cerró la puerta y le pidió que le contara por qué se encontraba en ese estado. Leala envió al pequeño Wade a su habitación y cerró su puerta. Después se dirigió al extranjero con el corazón hecho pedazos.
―No puedo decíroslo.
El errante la miró un instante y le susurró unas palabras de consuelo para que se tranquilizara. Poco a poco, ella dejó de llorar. Cuando se hubo recuperado, él le pidió que le relatara lo que había sucedido. Necesitaba saber dónde estaba la Elegida.
Como si hubiera perdido el control de sus pensamientos y de su boca, la mujer le confesó cuanto sabía.
Primero, que Alana había salvado la vida al príncipe Alistair.
Después, cómo él se había quedado prendado de su belleza y que la había ido a visitar en dos ocasiones.
Conocer aquello hizo que Yngvar sintiera un fuego abrasador en las entrañas.
Puede que solo fuera su necesidad como errante de salvaguardar a la Elegida, pero no cabía duda de que mataría al príncipe si osaba ponerle una mano encima.
Leala prosiguió contándole que la tarde anterior el heredero al trono y Alana habían ido a dar un paseo por el camino hacia el bosque.
Los protegían cuatro soldados, pero unos seres que jamás había visto antes los habían atacado.
En la posada se encontraban dos de los soldados.
Ambos habían sido heridos. El que corrió hacia el pueblo para dar la voz de alarma, estaba muy grave.
De hecho, se debatía entre la vida y la muerte. Del otro, no sabía nada.
―¿Qué clase de seres dice que los atacó?
―Eran de tez pálida. Llevaban un dibujo rojizo pintado en la frente. Algunos tenían los cabellos grises, otros negros. Eran dos hombres y dos mujeres. No sé si dar crédito a lo que nos relató, el pobre hombre desvariaba por las heridas. No creo que exista nadie así.
―¿Algo más que le llamara la atención? ―insistió Yngvar.
―Sí, algo imposible. Todos eran pares de gemelos. Dijo que hablaban en un idioma extranjero.
―¿Qué querían?
―No lo sé. El soldado estaba convencido de que su intención era la de acabar con el príncipe.
―Entiendo. ¿Y por qué llorabais cuando he llegado? ¿Dónde está vuestra hija ?
Aquella pregunta provocó que Leala volviera a sollozar.
Yngvar la volvió a mirar a los ojos y le pidió que le contara lo que la estaba atormentando.
Ella le reveló que el soldado había visto al príncipe subirla en su montura y correr hacia el bosque, puesto que aquellos seres se habían interpuesto en el camino hacia el pueblo.
Con ellos iban el capitán Hereward y otro hombre, a quien el padre León había identificado como el tutor del heredero, Landon Youngblood.
Los cuatro se habían internado en el bosque.
La madre de Alana volvió a llorar. El amor por su hija y el dolor por su desaparición eran más fuertes que el dominio que ejercía el guerrero sobre ella.
Yngvar la liberó de su influjo. La pobre mujer tuvo que sentarse y negó con fuerza al darse cuenta de que le había detallado a aquel extraño cuanto sabía.
―Leala, sé quién sois. Como errante, mi deber, al igual que el de la princesa Thyra, es el de proteger a vuestra hija. Incluso con mi propia vida. Perdonad por haberos forzado a contarme lo sucedido.
―¿Cómo lo habéis hecho? ―preguntó mientras se limpiaba las lágrimas.
―Portadora, lleváis la sangre de Cristo en vuestras venas, así que no os mentiré.
Mi don es el de doblegar la voluntad de cuanto ser vivo existe.
No os he obligado a olvidar, puesto que debéis saber que todo el pueblo errante ha estado y estará siempre al servicio de las descendientes de Raisa, la primera Portadora.
―¿Cómo conocéis…? ―dijo con el semblante demudado.
―ÉL nos creó mucho antes de que naciera para protegerla. A ella y a todas sus sucesoras hasta el día en que no seamos necesarios.
―No puedo creeros. Jamás había oído hablar de vosotros antes de conocer a Thyra.
Yngvar bajó la mirada.
―Vos no necesitabais conocernos. Protegemos a la Elegida.
―A Alana…
―Así es.
―Pues no lo habéis hecho ―dijo con una mezcla de rabia y temor.
―Alguien ha manipulado el futuro.
―¿Cómo decís?
―Ahora no puedo explicároslo. Debo hablar enseguida con el soldado que los vio partir .
―Os acompañaré ahora mismo a la posada, pero prometedme que salvaréis a mi hija.
―Os lo he dicho, con mi vida.
―Acompañadme. ¡Wade, nos vamos! ―dijo elevando la voz. El pequeño entró en la sala y se quedó paralizado al ver a aquel al que había amenazado.
―Madre…
Yngvar bajó la cabeza como saludo mientras le susurraba algo a Wade que Leala no oyó. Después le guiñó un ojo y el niño se sintió a salvo.
―Venid conmigo ―dijo con seguridad.
Cerró la puerta y se dirigieron a la posada. Yngvar miró hacia el bosque. Hizo una señal con la mano para que esperaran allí.
Debía averiguar dónde estaba «ella» y por qué el príncipe aún no la había traído de vuelta.