Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 18. ¿DÓNDE ESTÁN? #2
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18. ¿DÓNDE ESTÁN? #2

―El agua fría me está viniendo bien.

―¿Puedes notarte algo?

―No. El cabello me lo impide, pero me siento un poco mejor. Ha sido muy buena idea ―dijo con voz cansada.

―Me alegro. Ahora come lo que ha traído. Después dormiremos. Si esta noche vuelve, haré lo imposible para sacarnos de aquí.

―Eso ya lo has dicho antes ―trató de bromear la errante.

―Lo sé ―agregó él, forzándose a reír para tratar de tranquilizarla.

En realidad, no se lo decía a ella, sino que estaba intentando grabárselo a fuego en su propia mente. Por suerte, Thyra no vio la cara de preocupación que tenía Oskar por la desaparición de su don. Aquello solo podía significar que la herida era más profunda y grave de lo que ambos imaginaban.

Ahora, más que nunca, debían escapar. Si lo que provocaba que no pudiera tener sus visiones era lo que imaginaban, quizás no tuvieran tanto tiempo como suponían.

Tras decirle que iba a tratar de dormir un rato, él comenzó a pensar en cómo abordaría la situación esa noche.

Por suerte, las intenciones de la del ejército de Helmet no eran complicadas de entender.

La bebedora de sangre solo quería divertirse con él a base de infligirle mucho dolor.

Con eso podría lidiar sin problemas, pero lo que realmente le preocupaba era el otro vampiro que los había descubierto, quien parecía estar por encima de ella en el mando.

Las buenas intenciones que había mostrado en su primer encuentro podían cambiar en un parpadeo.

Y mucho se temía que acabar con la vida de ambos era tan fácil como tapiar la puerta de acceso a esas mazmorras para dejarlos que se pudrieran sin la posibilidad de que sus gritos se oyesen .

Sí, aquella noche tenía que hacerse con el control de la «No Muerta» en cuanto apareciera, aunque tuviese que sacrificar su cuerpo y su alma en el camino. Todo por liberar a Thyra. Todo por el amor que compartiría con ella por siempre.

El grupo de errantes corría como si el propio Mørket les pisara los talones.

En cabeza, Yngvar. Él ya conocía el camino, por lo que tomó la desviación para subir por la vereda del río.

Las últimas lluvias habían aumentado el cauce, lo que hacía intransitable algunas partes para los humanos, pero no para los errantes.

Con destreza, saltaron de roca en roca. En otras ocasiones, se vieron obligados a caminar con el agua hasta la cintura.

No importaba. Su raza podía soportar el frío y el calor mucho mejor que otras, lo que no significaba que fuera de su agrado sentir las miles de agujas atravesándoles la piel cuanto más tiempo permanecían bajo el fuerte torrente helado.

Al fin lograron volver a caminar sobre tierra.

Los colores violáceos y anaranjados de la salida del sol ya habían sido eclipsados por la luz blanca del alba.

Por suerte, no se veía ni una nube, por lo que los primeros tibios rayos que incidieron sobre ellos fueron recibidos como un auténtico regalo.

De pronto, el de la casa Knutsen silbó una melodía conocida por todos. La que indicaba que parasen de inmediato. Yngvar se volvió hacia Vidar, quien acabó por dar la orden de reunirse.

Una vez que se hallaron a cobijo del bosque, el joven guerrero compartió lo que sabía.

―Estamos muy cerca de la casa de la Elegida, pero tenemos un problema.

―¿Qué ocurre? ―preguntó Vidar.

―Ella no me conoce. Cuando Oskar encontró a la princesa, yo me quedé en el bosque. No había necesidad de revelar ni mi posición ni mi existencia.

―¿Y no te pareció oportuno compartir esa información antes de salir? ―añadió la mano derecha de Eirik en tono seco.

―Debí hacerlo, pero entonces no me habríais permitido venir.

―Ahora no importa. Hemos de presentarnos y tratar de averiguar qué saben de la princesa y de tu amigo .

―Iré yo solo ―dijo atropelladamente. Imaginar que otro errante hablara con la Elegida consiguió que todos sus músculos se tensaran. Por fortuna, nadie achacó su buena disposición a otra explicación que no fuera la que querer salvar a su amigo.

―De acuerdo. Guíanos y te esperaremos en la linde del bosque. Si tienes cualquier problema, avísanos y acudiremos en tu ayuda.

―Sí, señor.

Avanzaron un poco más hasta que llegaron al punto donde Oskar y él se habían desviado. La casa de la Portadora se veía fácilmente a través de los árboles, de modo que el grupo quedó a la espera de que el joven guerrero volviese.

Conforme Yngvar caminaba hacia la casa, el corazón comenzó a retumbarle con fuerza. Volver a verla se había convertido en un sueño inalcanzable, pero ahora estaba a pocos pasos de su puerta.

Se pasó la mano por el cabello y tocó un par de veces. El alma se le cayó a los pies al ver a la que seguro era su madre con los ojos enrojecidos.

―¿En qué puedo ayudarle? ―dijo Leala con un hilo de voz.

Wade tiró con fuerza de la puerta y se puso delante de ella, tratando de protegerla con su pequeño cuerpecito. En la mano llevaba su fiel espada de madera, con la que no dudo en amenazar al extraño que tenía delante.

―¡Como intente hacerle daño a mi madre, lo atravesaré como a un jabalí! ―soltó tratando de mostrar valentía, pero, en el fondo, estaba muerto de miedo.

―Perdone a mi hijo… ―añadió, quitándole el juguete de la mano y metiéndolo de nuevo en casa.

―No se preocupe ―dijo mirando hacia el interior―. Mi nombre es Yngvar, de la casa Knutsen. Pertenezco a la raza de los Errantes. Estoy buscando a la princesa Thyra, de la casa Ragnasson y a su prometido Oskar, de la casa Isaksen.

Leala lo miró sorprendida. Su tez era un poco más morena que la del muchacho que se había ido con Thyra.

Sus cabellos oscuros le rozaban los hombros.

Al igual que el otro errante, su mirada era intensa pero amable, aunque de un color negro profundo.

Sus modales, porte y ropas también eran muy parecidos.