Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 18. ¿DÓNDE ESTÁN?
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18. ¿DÓNDE ESTÁN?

Y nvar avanzaba junto a Vidar y los suyos por el bosque.

La mano derecha de Eirik había dividido a las tropas en dos grupos para cubrir más terreno.

El de la casa Knutsen los llevaba directamente al pueblo donde habían encontrado a la princesa.

Tal vez la Elegida supiera algo de su paradero, o al menos hacia dónde se habían dirigido después de que él se marchara.

Miró a su alrededor. Pese a haberse pasado toda la noche buscando huellas o algún rastro que les indicara qué los había hecho cambiar de rumbo, los guerreros no mostraban ningún signo de cansancio o debilidad.

Lo preocupante era que aún no habían encontrado nada.

Parecía que la misma tierra se los hubiera tragado.

Unos cuantos pasos más adelante, el mejor de sus rastreadores, Borgervern, los hizo detenerse al silbar la melodía característica de su casa, la Volger. Corrieron hacia su posición. Vidar mostró una expresión de preocupación cuando el guerrero negó despacio.

―Lo siento, señor. Me ha parecido distinguir un leve rastro de la sangre del Šāhanšāh , pero parece que se han empleado en hacerla desaparecer.

―¿Y no percibes nada de Oskar?

―No, señor. Ambos rastros se pierden aquí. Por las huellas, creo que los cogieron a traición.

―Eso es un gran inconveniente. ¿Puedes ver algo más, cualquier pista de quiénes han podido ser ?

El joven siguió leyendo las pocas pisadas que aún quedaban tras haber llovido.

―Mirad, los atacaron en este punto. Ella cayó al suelo, dejó aquel pequeño surco.

Oskar bajó de un salto. Por la profundidad de las pisadas diría que alguien se le subió encima, pero logró deshacerse de él.

Trató de llegar a la princesa. No lo logró.

Esta marca de aquí… ―Borg se detuvo para asegurarse.

Asintió al verlo claro―. A ambos se los llevaron a cuestas.

Todo sucedió muy rápido. Alguien muy veloz.

Señor, fueron vampiros. Unos cinco o seis.

―¡Maldita sea! ―gritó Yngvar―. ¡No debí hacerle caso! Tenía que haber vuelto con ellos. Mi obligación era protegerlos…

―Calma, muchacho ―lo interrumpió Vidar, apoyando la palma en su hombro para apaciguar su ira―.

Los encontraremos, pero debemos informar de inmediato al rey.

Si los han capturado los del ejército de Helmet, quizás tengamos alguna posibilidad de rescatarlos con vida.

El pacto aún sigue en vigor. Esperemos que solo haya sido un error y no los hayan reconocido.

―Pero ¿y si han sido las ratas de Abbadon? ―Yngvar hizo la pregunta que todos temían.

Aquel acuerdo al que habían llegado Eirik y Helmet no lo incluía.

Él había rehusado hacer ningún tipo de trato con los errantes, pero, en cierto modo, había acabado por cumplirlo.

Si había cambiado de parecer y raptado a la princesa y a su prometido, las cosas iban a ponerse muy complicadas para todos.

Una guerra abierta entre vampiros y errantes podría dar lugar a nuevas alianzas, y era mejor no despertar a los latentes.

Aquellas razas formadas por seres ancestrales permanecían ocultas desde hacía siglos entre las montañas y las cuevas más frías conocidas en el este.

Antaño fueron enemigos tanto de estas como de los «No Muertos», pero quién sabía de lo que eran capaces de hacer los perros de Mørket con tal de servir a su señor.

Vidar lo miró con una expresión seria.

―Reza para que no, muchacho. Vamos a centrarnos en lo que sabemos.

Se los han llevado. De acuerdo. Pensemos por un momento que han sido las tropas de Abbadon.

Lo más probable, si los han reconocido, es que se hayan dirigido a un puerto.

El de Richborough es el más cercano, así que vosotros dos iréis hacia allí e informaréis al rey lo que hayáis averiguado .

Los dos guerreros partieron al instante. Vidar se quedó callado mientras trataba de ordenar sus pensamientos.

―No han sido los de Abbadon ―dijo Yngvar mirando la zona que había señalado el rastreador.

―¿Por qué dices eso?

―Cualquiera de ellos no hubiera dudado en atravesar a Oskar con una daga. No hay restos de sangre. Ni de vampiro ni de errante.

―¿Y eso te hace pensar que no han sido los «No Muertos»?

―No, eso me confirma que ha sido una avanzadilla de Helmet. Parece que no los han herido siquiera. Alguno de ellos debió de reconocer quiénes eran, o tal vez se los llevaron porque tenían órdenes de no matar a ningún humano.

―Puede que tengas algo de razón, pero no lo sabremos con seguridad hasta dar con ellos.

―Si alguno…

―Yngvar, ahora no es el momento. Recuerda nuestro dogma: «Hielo por corazón y mente serena».

―No es fácil cuando la vida de tu «hermano» y su prometida penden de un hilo.

―Nadie ha dicho que sea fácil, pero es nuestro deber para con los nuestros. Si no puedes pensar con claridad, será mejor que regreses. El amor o la venganza no pueden guiarte en esto. Si son tus prioridades, harás que nos maten. Y eso no puedo permitirlo.

―Estaré bien.

―No, Knutsen. O lo estás ahora mismo o te envío de vuelta al campamento. Tú decides.

―«Hielo por corazón y mente serena». Mis sentimientos no guiarán mis decisiones, puedes creerme.

―De acuerdo. Ahora, escuchadme. Esto es lo que vamos a hacer…

Mientras Yngvar no dejaba de darle vueltas a cómo habían podido atraparlos, Vidar mandó avisar al otro grupo, que no tardó en llegar.

Tras dar las nuevas indicaciones para el rescate, reanudaron la marcha con el convencimiento de que debían esforzarse aún más.

Ahora la única pista con la que contaban era la de llegar al pueblo de la Portadora para tratar de averiguar todo lo que había hablado con ellos.

Por consideración al joven Knutsen, ninguno de los guerreros se atrevió a especular sobre lo que les podría estar pasando a manos de los «No Muertos», sino que continuaron acortando la distancia para tratar de llegar a su destino antes del amanecer.

Durante gran parte de la noche, Thyra trató de sonsacar a Oskar cómo se encontraba.

Él le aseguró que estaba bien y que su torturadora no se había ensañado mucho, por lo que su piel estaba ya casi recuperada.

A ella le resultó muy difícil de creer que Wêranker no hubiera descargado toda su ira en cada latigazo.

Sin embargo, el tono de voz del errante le transmitía fuerza y determinación, de modo que quizás los suyos tuvieran la suerte de recuperarse antes que el resto.

Dejó aquel pensamiento para otro momento y volvió a preguntarle.

―¿De verdad estás bien? ―insistió, sacando el brazo por los barrotes para coger su mano.

―Sí, Thyra. Confía en mí. ―Él hizo lo mismo.

―¿Seguro que eres protector? ¿No será ese tu don, que puedes regenerarte con más rapidez?

―No que yo sepa. Creo que no me golpeó tan fuerte porque pretendía estar toda la noche. ―Volvió a ocultarle la verdad―. Me azotó con mesura, estoy seguro.

―¿Para alargar tu sufrimiento? ―preguntó angustiada, imaginando qué les esperaba en cuanto regresara aquella vampira; una de las más sádicas que habían conocido nunca.

―Probablemente.

―Dios… ―susurró.

―Thyra, «Hielo por corazón y mente serena».

―En estos momentos, no me veo capaz de cumplir ni lo uno ni lo otro. ¿Cómo puedo estar fallándole a mi padre de esta manera? Mi deber es el de ser fuerte hasta el final. He de honrar a la casa Ragnasson, y aún no han vuelto…

―¿Sigues sin tener visiones? ―la interrumpió.

―Nada. Todo es una marea de humo negro. ―Se llevó la mano a la zona donde había recibido el golpe. Cerró los ojos por el dolor.

―¿Te queda algo de agua limpia?

―No. Me la bebí toda.

―Yo también, lo siento. En cuanto aparezca el soldado, le pediremos más. Quizás servirnos agua esté dentro de sus órdenes .

―Espero que sí, pero ¿para qué la quieres?

―Es para que te limpies la herida. No sabemos si tienes restos de acero o si es una astilla la que te está impidiendo ver.

―Cuando me toco, no noto nada. Solo la zona hinchada y mucho dolor.

―Eso es muy extraño. Por los días que llevamos aquí, ya debería haberse curado.

Thyra cerró los ojos, se llevó la mano al corazón y trató de conectar con Alana. Nada. El vacío. De pronto, la cabeza comenzó a dolerle tanto que tuvo que parar.

―Creo que tienes razón. Si tengo un fragmento de acero dojehî…

―No lo digas, por favor. Pensemos en que puede ser otra cosa. Cualquier resto puede que obstaculice tus visiones.

―Oskar…

―¡No, Thyra! No podemos darnos por vencidos.

―Pero si lo es, no creo que resista más de una o dos lunas. Quizás menos.

―No pienso estar aquí tanto tiempo.

―¿Y cómo vas a sacarnos?

―Confía en mí. La próxima vez que venga, lograré que nos libere.

En ese momento, el soldado apareció con la comida. Supusieron que acababa de amanecer, puesto que siempre la traía al alba.

―Por favor, necesito otra vasija con agua limpia. Tengo mucha sed.

―¿Más agua? ―preguntó el joven sin voluntad.

―Sí, por favor. Agua, toda el agua limpia que puedas traerme para beber, puesto que tengo mucha sed ―pidió con un tono de voz dulce y suplicante.

―Agua. Sí. Agua sí puedo traerte.

Sin más, se dio la vuelta y desapareció escaleras arriba. Poco tiempo después, reapareció con un cubo reluciente lleno de agua cristalina. Se lo dejó delante de los barrotes.

―¿Podrías hacerme a mí otro favor? ―preguntó Oskar.

El chico caminó hasta ponerse delante de los barrotes. El errante trató de tocarlo. De forma instintiva, el inglés echó un paso atrás al verlo sacar el brazo. El de la casa Isaksen apretó los puños por haber perdido la oportunidad de someterlo.

―¿Qué quieres? ―acabó diciendo el soldado .

―¿Podrías dejar la antorcha encendida? La dama que os controla me dijo ayer que lo harías.

―A mí no me ha dicho nada.

―Se le olvidaría. Siempre está muy ocupada. ¿La dejas encendida?

―A mí no me ha dicho nada. No sé nada de eso. Volveré más tarde ―añadió mientras se daba la vuelta. Volvió a subir las escaleras y los dejó en la más profunda oscuridad.

―Gracias por intentarlo ―dijo Thyra, que antes había bebido y ahora se derramaba agua sobre la herida.

―Es lo mínimo que podía hacer.