Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 17. ¡ENCONTRADLO! #3
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17. ¡ENCONTRADLO! #3

―Mi vida es complicada, pero no en el sentido que crees. Mis obligaciones con el reino me llevan a aceptar situaciones que escapan de mi control.

―¿Por ejemplo?

―Este viaje.

―¿A dónde os dirigíais?

―Eso no puedo decírtelo.

―¿Temes que sea una espía escocesa?

―¡Estoy convencido!

Ambos se echaron a reír. Alistair cogió su mano y se la llevó a los labios.

Una vez más, las palabras del padre León se le colaron en la mente, pero el corazón de Alana decidió ignorar las exigencias de su nueva condición porque comenzaba a enamorarse de él.

Pese a todo, sacó fuerzas e hizo una pregunta que llevaba quemándole en la garganta desde que lo había salvado.

―Dime, ¿por qué os perseguían esos… seres? ―Alana prefirió no ponerles nombre.

―No sé a qué te refieres.

―Vamos, ¿quieres hacerme creer que te atacó un oso?

―No fue un oso, fueron unos… indeseables.

―¿Unos indeseables con colmillos?

Él se detuvo de pronto y bajó la mirada a su altura.

Ella elevó el mentón con naturalidad y dibujó una tímida sonrisa para hacerle entender que su secreto no era tal.

No para las gentes de la zona, quienes, por desgracia, habían padecido agresiones en el pasado o tenían a familiares y amigos que también habían perdido a seres queridos a manos de los «No Muertos» en algún momento de la historia.

―Es mejor no hablar de eso ―dijo él para zanjar el tema.

―Me parece bien.

Tras dar unos pocos pasos, Alistair no pudo contenerse.

―¿Habéis sufrido algún ataque en el pueblo?

―No que yo sepa. Creo que no ha habido ninguno desde que mi abuela era una niña, pero el temor siempre está latente. Ellos son más rápidos y fuertes, y las azadas poco pueden hacerles.

―Desde luego que no.

Al llegar a la linde, Alistair se dio cuenta de que sentía algo más que el simple interés de disfrutar de su belleza. Notaba una conexión que era incapaz de explicar. Necesitaba tocar su piel. Deseaba con todas sus fuerzas protegerla de cualquier mal que existiera ahí fuera.

―¿Qué ocurre? ―preguntó Alana, poniendo su otra mano sobre la de él.

El príncipe sintió un escalofrío porque sabía que renunciar a ella iba a suponer la mayor de las desgracias.

―Me dirijo a mi propia tumba ―dijo desesperado.

―¿Cómo?

―Mi padre va a firmar una alianza con Ricardo de Normandía.

El precio parece ser poca cosa para él, puesto que es a mí a quien manda para casarme con la hermanastra del duque.

N i siquiera la conozco, y después de… ―Se tocó el pecho, justo donde ella había puesto sus manos―.

No puedo casarme con ella, Alana. No quiero tener una vida de mentiras e intrigas, pero he de obedecer al rey.

Inglaterra depende de esta alianza, aunque a mí me destroce por el camino.

―Siento mucho que tengáis esa carga sobre vuestros hombros.

―Ya no me tuteáis.

―No, y nunca debí hacerlo, príncipe Alistair. Vos seréis el rey, y yo permaneceré aquí con mis recuerdos.

―¿Tus recuerdos?

Ella asintió despacio.

―El día que os salvé. La mañana que vinisteis a verme y el paseo hasta el bosque .

―Es muy poco para lo que desearía darte.

―Es cuanto puede ser.

―Pero no debería ser así.

―Ni tú ni yo podemos elegir, Alistair.

Él sonrió al escuchar cómo volvía a tutearle.

Entonces, ella hizo algo que minó la determinación del hombre que ostentaba un título que tampoco había pedido.

Elevó la mano hasta su mejilla y se la sostuvo un instante.

Cuando iba a separarse, él se lo impidió poniendo su propia mano encima de la de ella.

Aquella mirada que compartieron supuso mucho más que mil palabras. Sin poder detenerse, Alistair se acercó a su boca y depositó un dulce beso en sus labios. Landon miró primero a Hereward y después a sus hombres. Les indicó con un gesto que se dieran la vuelta.

De pronto, el viento silbó de una manera extraña.

Un soldado desapareció delante de las caras estupefactas de ambos.

Youngblood desenvainó la espada y Hereward corrió hacia el príncipe.

Los otros dos soldados se dirigieron hacia el lado donde había desaparecido su compañero y lucharon con dos seres cuya similitud les impactó de lleno.

Alistair protegió a Alana con su cuerpo, mientras el capitán se ponía delante de ellos.

―¡No llegaremos al pueblo! ―gritó Landon.

―¡A los caballos! ―respondió Hereward.

Terrel silbó con fuerza. Los animales, acostumbrados a su tono, tiraron con fuerza y se liberaron de la sujeción al fino poste donde los habían dejado.

En el trascurso de lo que tardaron en llegar, uno de los soldados fue herido, pero el capitán logró acabar con su asaltante.

En cuanto los caballos estuvieron a su lado, Alistair subió a Alana y después se montó él.

Landon y Hereward hicieron lo mismo. Trataron de dirigirse hacia el pueblo, pero, de la nada, aparecieron más seres con los cabellos blanquecinos y pinturas extrañas enmarcando sus rostros.

Pese a ser lo más peligroso, no tuvieron más remedio que cabalgar hacia el bosque, ya que los atacantes les cortaban el paso.

La muerte los perseguía por doquier y los cuatro se preguntaron si volverían a ver amanecer o sucumbirían bajo su acero.