Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 17. ¡ENCONTRADLO! #2
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17. ¡ENCONTRADLO! #2

Alana cerró los ojos, pidió un deseo y tiró una pequeña piedra al río. Hacía mucho que no reproducía aquel ritual que se había inventado de niña cuando quería que algo se cumpliera. Recogió la pieza de lana donde había estado sentada y se agachó un instante para arrancar una florecilla.

El camino de vuelta lo hizo menos alegre que el de ida. Llevaba casi todo el día esperando a que Alistair fuera a visitarla, pero no había rastro de él ni tampoco de sus acompañantes, así que supuso que ya no volvería.

Saludó con la mano a su padre, que estaba acabando de arar, y se encaminó a la casa. Su corazón dio un vuelco al ver a cinco hombres ocultos bajo unas capas acercarse a caballo.

En cuanto Alistair la vio, se quitó la capucha para que lo reconociera. Después le dio las riendas a Youngblood y bajó de su montura de un salto. Ella no pudo contenerse y acabó sonriendo abiertamente.

―Buenas tardes, Alana ―dijo el príncipe. Después miró a Landon y asintió. Youngblood ordenó a los soldados que se retiraran una distancia prudencial para dejarles algo de intimidad .

―Buenas tardes, Alistair.

―Siento no haber podido venir antes. A mi tutor no le parecía buena idea que los aldeanos nos vieran caminar juntos por el pueblo.

―Teme que le reconozcan.

―Que «te» reconozcan ―la corrigió.

―Que te reconozcan.

El heredero sonrió satisfecho. Sabía que aquello no estaba bien.

No podía enamorarse de ella, ni siquiera podía soñar con compartir una noche, puesto que jamás la deshonraría después de lo que había hecho por él.

Alistair se debatía entre el deber al que le obligaba su nacimiento y los deseos que ansiaban su cuerpo y su corazón, pero cometió el error de mirarla.

Aquellos ojos de color azul profundo lograron que olvidara que iba a decirle que no volverían a verse y que solo había ido a agradecerle de nuevo su ayuda.

Sin decir una palabra, se mantuvo inmóvil mientras se repetía que Landon tenía razón.

No debería estar allí, sino encerrado en esa maldita posada que olía a ciervo asado y cerveza rancia.

Su comportamiento distaba tanto de su posición que se sintió avergonzado.

En realidad, eso era sobre lo que había estado discutiendo con él toda la mañana y buena parte de la tarde: que debía alejarse de aquella chica y centrarse en que en pocos días partirían para conocer a su prometida.

Poco le importaron los argumentos de su mentor, porque permitió que su corazón se impusiera sobre su sensatez.

Youngblood le había dejado claro que veía una locura exponerse de esa manera por culpa de un capricho.

El heredero lo reprendió severamente y le ordenó que cumpliera su voluntad.

Tras discutir con él un poco más, y ante su tozuda insistencia, él acabó aceptando que todos lo acompañaran, ya que tenerlos cerca era lo más razonable.

Alistair sabía que era una locura lo que iba a hacer, pero debía verla una última vez. Una segunda última vez.

―Te has quedado muy callado ―dijo ella sonriendo.

―Había olvidado lo bella que eres.

―Me viste ayer.

―Pues debí de tener una ceguera momentánea para no recordar esta mañana tu precioso rostro.

Alana bajó la mirada con el corazón bombeándole muy fuerte en el pecho.

Jamás ningún joven le había hablado de esa manera.

Con sus dieciséis recién cumplidos se sentía una mujer de pleno derecho, solo que aún no se había enamorado de nadie ni había experimentado lo que era ser el centro de atención de un hombre.

Alistair había derrumbado sus defensas con sus palabras, pero debía rechazar cualquier acercamiento.

Tanto su madre como el padre León le había prevenido de lo que ocurriría si se dejaba embaucar.

Ella no era de sangre real, pese a llevar la sangre de Cristo en sus venas.

Sin embargo, esa información no debía conocerla nadie, ni siquiera el hombre que formara parte de su vida en un futuro hasta estar segura de que era el adecuado.

Inspiró profundamente y buscó la determinación necesaria para acabar con aquello, aunque todo su cuerpo le pidiera justo lo contrario.

―¿Y qué te trae por aquí? ―preguntó como si no estuviera soñando con tocar sus manos y besar sus labios.

―Tú, por supuesto.

―¿Te encuentras mal?

Él sonrió por su expresión sincera de preocupación.

―No exactamente. Quería verte una última vez. Dentro de unos días, he de marchar… ―agregó con pesadumbre―. No podía irme sin pasear contigo, aunque solo sean un instante.

Fairfax se acercó hasta ellos. Llevaba un rato observándolos y pensando que tal vez no entendiera nada de lo que iba a significar para su hija ser la Elegida, pero el lenguaje del amor lo conocía muy bien.

En alguna parte estaba escrito que Alana llegaría a ser la reina de Inglaterra.

Por eso mismo, él no iba a permitir que nadie le impidiera ser feliz.

Mucho menos que la obligara a rechazar al hombre de su vida por un maldito legado al que ella no había podido negarse.

―Padre ―dijo ella, dedicándole una bonita sonrisa.

―Príncipe Alistair. ―Bajó la cabeza en señal de respeto―. Hija, aunque nuestro hogar es muy humilde, creo que deberías invitarlo a entrar o podríais dar un paseo. Aún tardará en anochecer.

―Señor, para mí sería un honor si Alana me permitiera acompañarla, aunque solo sea hasta llegar a la linde del bosque. ―Alistair la miró de un modo que ella fue incapaz de negarse.

―Me parece bien ―respondió el campesino.

―Mis hombres estarán cerca, no tenéis de qué preocuparos.

Fairfax asintió y le dio un beso a su hija en la frente. Después, saludó con la cabeza a los soldados y entró en la casa .

―Al final te has salido con la tuya ―lo recriminó ella.

―Lo mío me ha costado ―bromeó él, ofreciéndole el antebrazo.

Alana trató de disimular su nerviosismo y puso la mano en su antebrazo. Alistair colocó la mano encima de la de ella y comenzó a caminar despacio.

―Ahora quiero saber más sobre ti ―prosiguió mientras jugueteaba con sus delicados dedos―. ¿Has nacido en este pueblo?

―Sí. Toda mi familia es de aquí ―respondió, aguantando un instante la respiración por las sensaciones que le estaba transmitiendo aquel roce.

―¿De qué vivís?

―Mi padre cultiva todo tipo de verduras y hortalizas. Después las vende en el mercado. Nuestra vida es sencilla, mucho más comparada con la tuya, ¿me equivoco?