17. ¡ENCONTRADLO!
R ău replegó los colmillos y se limpió el hilo de sangre que caía por una de sus comisuras con el dorso de la mano.
Había degustado el sabor salado y metálico de las venas de aquel campesino lentamente, recreándose en cada sorbo.
Se relamió mientras sopesaba qué iba a hacer con él.
Podría terminar con su mísera existencia, pero aquel regusto a campo e inocencia que aún podía saborear en sus labios le había traído recuerdos de otra época, de otra vida.
Miró al pobre diablo. Su voluntad relegada a cuanto quisiera pedirle. Incluso sería capaz de degollarse si se lo ordenara. Para su sorpresa, decidió mantenerlo cerca hasta que abandonasen la zona, puesto que no quería renunciar a regresar a ese momento que creía haber olvidado.
Elevó la mirada al cielo, el mediodía se acercaba.
Esperaría a la noche antes de seguir buscando.
Pese a pertenecer a la variante de los que gozaban de la capacidad de caminar bajo el sol, en su caso, se sentía demasiado debilitado como para exponerse a un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.
Aquello era un gran inconveniente, dado que ya llevaban demasiado tiempo sin obtener resultados.
Los que estaban bajo su mando llevaban cerca de mil años tratando de encontrar lo que se les había ordenado.
No podía tener más retrasos ni tampoco quería fallarle a su señor.
Abbadon, tras convertirlo, había hecho de él lo que era en todos los sentidos, y esperaba con impaciencia conocer sus avances.
Ya había enviado varios emisarios para exigir resultados, pero parecía que la tierra se hubiera encargado de hacer desaparecer al maldito portador .
Poco a poco, comenzaron a llegar las patrullas que habían salido el día anterior.
Uno a uno, sus secuaces le confirmaron que no habían encontrado a nadie que tuviera un mínimo parecido a la descripción que les había proporcionado.
Por supuesto, la decepción que mostró el temible vampiro avivó la disposición de los suyos a continuar con la búsqueda.
Llegando la tarde, comenzó a impacientarse. El grupo de su vasallo de más confianza, su mano derecha, Taiat, no había regresado. Esperaba que estuviese tras alguna pista que lo llevara por buen camino, pero le extrañaba que aún no le hubiera enviado a nadie para informarlo.
De pronto, oyó un alboroto en el improvisado campamento. Apenas unos instantes después, un subordinado entró en su tienda.
―Señor, han encontrado los cuerpos de Blimet y Karzan en el bosque.
―¿Qué demonios dices? ―gritó Rău―. ¿Y Taiat?
―No estaba con ellos. Dicen que han visto huellas de unos tres o cuatro hombres más, además de los nuestros ―agregó el acólito―. Señor, han sido degollados y el corte…
Rău se puso en pie y lo miró con los ojos desorbitados.
―Dime que no ha sido con acero himmelsk .
Él bajó la mirada al suelo mientras asentía.
El primero de Abbadon gritó con fuerza porque, si se confirmaban sus sospechas, eso solo significaría que su mejor acólito estaba en manos de los errantes.
Había oído habladurías sobre sus métodos de tortura, pero nadie jamás había sido capaz de confirmar si eran ciertos, puesto que ningún «No Muerto» había regresado después de ser capturado.
Por suerte, conocía el trato que existía entre ellos y Helmet, así que trataría como fuera de dar con alguno para exigir que liberaran a su secuaz en el caso de que lo hubiesen atrapado.
Si los errantes rompían el trato, su amo, aunque no formaba parte de él, tendría la excusa perfecta para comenzar la guerra que tanto tiempo llevaba esperando.
La idea de destripar a errantes y humanos por igual no le pareció una mala opción, aun así, primero trataría de rescatarlo para evitar que se fuera de la lengua.
―¡Salid ahora mismo y encontradlo! ―vociferó.
―Sí, señor ―dijo el secuaz, temiendo que descargara su frustración en él.
―Tráeme enseguida a un emisario. He de notificárselo a Abbadon. Esto no puede quedar así .
El informante se retiró lo más rápido que pudo para librarse de un posible castigo y transmitir sus órdenes cuanto antes.
Athelstan miró a través de la ventana de su alcoba hacia el bosque.
El sol comenzaba a descender. Se fijó en la entrada del castillo.
Esta era un hervidero de hombres que iban y venían haciendo acopio de provisiones para marchar cuanto antes.
Debían rescatar al príncipe y a los pocos soldados que aún permanecían con vida.
Reprodujo en su cabeza lo que la vampira les había relatado.
Helmet parecía estar tan sorprendido como él, así que ahora no solo debía lidiar con el trato aberrante al que había llegado con el «No Muerto», sino que se encontraban a merced de unas tropas que estaban atacando a los suyos sin razón aparente.
Formó media sonrisa. Sí que tenía que haber una razón para todo aquello, y algo le decía que Abbadon buscaba lo que él mismo: poder.
El poder corrompía hasta el alma más pura.
Trató de imaginar qué sería capaz de hacer un ser cuyo corazón no latía y que había olvidado lo que era la compasión.
Inspiró con fuerza porque estaba seguro de que se avecinaba una batalla como jamás había conocido.
Se apartó de la ventana y mandó llamar a sus dos consejeros más cercanos: sir Avery Callen y sir Thane Atwater.
Ambos habían formado parte del primer almuerzo con su invitado.
Ninguno recordaba nada de lo habían hablado, pero debía confiar en alguien o podría morir y nadie sabría la verdad.
Se lamentó de no haber puesto sobre aviso a Landon, pero las paredes parecían tener oídos.
De haberlo hecho, quizás estarían en serio peligro, y eso no habría sido lo más acertado.
Youngblood debía tener la mente despejada para proteger a su hijo, aunque estaba seguro de que su amigo siempre arriesgaría su propia vida para salvar a Alistair si fuera necesario.
No es que ahora la situación fuera muy diferente, pero si comenzaba a dudar de la lealtad del ejército de Helmet, le sería imposible mantener su posición.
Varios golpes sonaron en la puerta.
―¡Adelante! ―dijo con voz grave.
Callen y Atwater entraron. El rey los miró un instante y se llevó el dedo a los labios para que no dijesen nada. Después señaló la mesa que tenía en un lateral de la alcoba e hizo un gesto con la mano para que tomaran asiento .
―Bien, amigos míos ―prosiguió, creo que ha llegado el momento de hablar de los casamientos de vuestros vástagos. Ya va siendo hora de que nuestra descendencia se propague por cada rincón del reino.
Ellos obedecieron sin entender a qué venía ese tema.
Athelstan les acercó un pliego con unas palabras escritas.
Ambos lo miraron con verdadero temor, pero comenzaron a seguirle el juego.
Mientras uno hablaba de sus hijas, el otro escribía su parecer.
Así hicieron durante el tiempo que duró la conversación.
Al acabar, Athelstan se levantó y arrojó todos los pliegos a la chimenea para que ardieran.
Tras asegurarse de que no quedaba ni rastro, los tres se despidieron con despreocupación.
En realidad, no habían concretado nada con respecto al tema sobre los esponsales, pero quedó patente que el rey era fiel a su nuevo «amigo».
Como se suponía que ninguno de ellos conocía la situación en la que se encontraba el príncipe, actuaron como si todo fuera a las mil maravillas con el trato al que habían llegado con el extranjero.
No podían estar seguros de si alguien los había estado espiando, pero Athelstan estaba tan desesperado que no dudó en arriesgarse a ser delatado, aunque eso desatara la ira del vampiro contra él.
Cuando todo quedó en silencio, Qiloçker se deslizó como una sombra hasta estar a unos pocos pasos de los aposentos de Helmet. Por suerte, nadie lo había visto entrar en la alcoba continua a la del rey ni tampoco salir de ella.
Tras asegurarse de que no había un alma alrededor, se materializó sin mayor problema. Se acercó con su particular forma de caminar y saludó con un gesto de cabeza a los dos soldados que estaban custodiando la puerta.
―¿Y bien? ―preguntó Helmet con interés.
―Solo traigo noticias insignificantes, señor.
―¿Insignificantes? ―Sonrió de medio lado―. Deja que eso lo decida yo.
Qiloçker le reprodujo con exactitud todo lo que había oído, pero no cayó en la cuenta de que la conversación ininterrumpida de los tres humanos había sido una farsa para tapar el leve sonido que hacía la pluma sobre el pliego mientras el rey volcaba en sus palabras la verdadera situación que estaban viviendo.
―¿Y no has oído nada más? ¿Ni cómo se levantaban o si movían algo por la habitación ?
―No que yo recuerde. He prestado mucha atención, pero no dejaban de parlotear sobre pretendientes, acuerdos matrimoniales para endosar a sus vástagos y los beneficios que obtendrían con cada unión.
―Los humanos nunca cambiarán. Dinero y poder es lo que les mueve. Solo eso.
―¿Y a nosotros no? ―bromeó.
―Por supuesto, pero la sangre es el mayor tesoro de todos.
―En eso he de darte la razón.
―¿Solo en eso?
Ambos se echaron a reír. Después concretaron cómo protegerían a la compañía de caballería ligera de Athelstan para rescatar al heredero.
Pese a que el rey había ordenado que los hombres salieran lo antes posible, los humanos iban demasiado lentos.
Los vampiros se quejaron del retraso, pero no tuvieron más remedio que esperar a que hicieran el mínimo acopio de víveres.
Alistair tendría que aguardar un poco más en aquel pueblo, mientras tanto, Helmet enviaría a patrullar a los suyos regularmente por los caminos para asegurarse de que las tropas de Abbadon habían abandonado ya toda esperanza de acabar con la vida del príncipe.