Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 16. DEBISTE DECÍRMELO #2
61%

16. DEBISTE DECÍRMELO #2

―Mi deber es salvar a todos y cada uno de los heridos que entran en nuestra casa.

―Tendrás problemas por esto.

Unne elevó los hombros e hizo una graciosa mueca con los labios.

Había utilizado «Las lágrimas de los ángeles» sin permiso, y eso iba a acarrearle duras consecuencias.

Las escasas dosis que quedaban estaban reservadas en exclusiva al rey y a su descendencia, por lo que, desde hacía siglos, tenían prohibido utilizarlas en cualquier errante sin consultar antes al propio Eirik.

―¿Y cuándo no? No pasará nada, tranquilo. Ha sido una emergencia. Además, no podemos perder a ningún guerrero. En cualquier momento podría romperse el pacto, y entraríamos en guerra con los vampiros o incluso algo peor.

―Unne, si te has arriesgado por… Sabes que lo nuestro acabó hace mucho. Espero que no lo hayas hecho para que te perdone.

―No digas insensateces. Lo hubiera hecho por cualquiera de los nuestros ―dijo mientras recogía el envase y se lo guardaba en un bolsillo oculto en su túnica.

Él no la creyó, pero decidió no hurgar en la herida.

Durante una década, habían sido pareja en secreto.

El rey no había designado a ninguno de ellos y aprovecharon la ocasión para amarse libremente.

El error que cometió Unne fue pensar que Yngvar solo estaba disfrutando del sexo nada más, por lo que no dudó en entregarse a otro guerrero sin antes aclarar su situación con el de la casa Knutsen.

Él no pudo perdonar su traición y juró no volver a enamorarse.

Si el rey le elegía a una errante para unirse, lo aceptaría.

Pero estaba convencido de que no podría sentir nada por esa guerrera, pese a que todos aseguraban que después de consumar el sjelevenner el amor nacería por sí mismo.

Sin cambiar la expresión, decidió que había llegado el momento de irse. Ya se encontraba bien y no había motivos para permanecer allí ni un instante más.

―Me alegra haberlo aclarado. Aun así, gracias ―respondió con cierta brusquedad.

Yngvar se levantó sin esfuerzo. Se vistió con sus ropas y salió de la tienda sin mirar atrás. Debía encontrar cuanto antes a Vidar. Su amigo y la princesa estaban desaparecidos y él haría lo imposible para traerlos de vuelta antes de la siguiente luna .

Mientras caminaba hacia las tiendas de los pertenecientes a la casa de Eide, vio pasar al rey junto con Vidar y Gudrun.

Se dirigían hacia la zona destinada a las celdas.

Se apresuró para llegar hasta ellos, pero el primero al mando negó con la cabeza al tiempo que vocalizaba «Te buscaré».

El joven Knutsen asintió y se retiró para hablar con los suyos.

Eirik avanzó a paso ligero porque quería acabar con lo que tenía por delante lo antes posible.

Su prioridad era encontrar a Thyra y averiguar por qué habían llegado tan al norte las tropas de Abbadon.

Pensó en el pacto al que había llegado con Helmet años atrás.

La paz se había mantenido más o menos estable, pero la falta de precisión en sus visiones no garantizaba que no se desatara la guerra con la casa Ursu, puesto que Abbadon era imprevisible.

De momento, todo estaba en calma, no obstante, nadie podía asegurar que las circunstancias no cambiasen de la noche a la mañana y tuvieran que prepararse para la lucha.

Cuando los tres llegaron a la casa Fengsel, encargada de mantener el orden en el campamento, el rey exigió que le llevaran ante el prisionero de inmediato.

Al acercarse a las celdas, Eirik se sintió muy orgulloso de lo que sus guerreros construían con su don.

Era imposible escapar de aquellos calabozos cuyos barrotes tornasolados quemaban al más mínimo roce.

Tan solo un errante Fengsel era capaz de destruir su hechizo y abrir la puerta, por lo que nadie había podido escapar de ninguna prisión por mucho que lo hubiese intentado.

―Mi rey ―dijo Leifur, dirigente de la casa prisión, ofreciéndole el brazo como saludo.

Eirik mostró una sonrisa cansada, pero apretó con fuerza su antebrazo para demostrarle cuánto los unía. Vidar y Gudrun saludaron con un gesto de cabeza.

―Leifur, amigo mío. ¿Qué te ha dicho? ―preguntó refiriéndose al prisionero que habían encerrado esa mañana.

―Nada. No ha dicho ni una palabra.

―¿Crees que nos entenderá o hablará otra lengua?

―Mi rey, el miedo al acero himmelsk no se puede disimular. Ha sido mostrarle mi daga y su expresión ha cambiado. Nos entiende, pero no quiere colaborar.

―Está bien. Hagamos que le sea imposible mantenerse en silencio.

El guerrero los llevó hasta la celda donde retenían al vampiro.

Pese a haber sido torturado previamente, no mostraba ni un rasguño.

Al ver la pequeña comitiva, sonrió. Si el mismo rey iba a interrogarlo, solo podía significar que estaban desesperados por conocer los planes de su señor.

Aquello le insufló las fuerzas que necesitaba para afrontar otra ronda.

Por mucho daño que le causaran, jamás confesaría el verdadero motivo por el que se hallaban en aquellas tierras.

―Bien, esclavo de Ursu. Veo que me has reconocido ―comenzó Eirik muy serio.

Este elevó el mentón y le mostró los colmillos. Después se llevó la mano a su emblema y se golpeó en el pecho.

―Mi rey ―dijo Gudrun―, ¿estáis seguro de que no preferís otros métodos?

―Mi leal guerrero, creo que el «No Muerto» sabe que solo tiene dos opciones. O nos dice dónde está mi hija y su guardián o mi daga ―se llevó la mano al cinto― dará buena cuenta de él.

El preso frunció el ceño un instante. Esa no era la pregunta que esperaba tener que contestar. De hecho, no tenía idea de lo que le estaba hablando. El rey solo leyó ignorancia en sus ojos, por lo que supo al momento que no conocía el paradero ni de Thyra y ni de Oskar.

―Ya veo ―agregó con pesar―. Bien, entonces dime qué hacen los vuestros en Inglaterra y por qué os envían al norte.

La expresión del encarcelado cambió levemente. Eso sí que se acercaba a lo que esperaba tener que ocultar.

―Mi rey ―intervino Vidar―, no tenemos tiempo para esto.

―Lo sé. ―Eirik frunció los labios y bajó la mirada al suelo. Un instante después fijó los ojos en el vampiro y este sintió temor por primera vez―. ¿Hablas ya o prefieres que te obligue a tragar mi daga?

El prisionero trató de mostrar indiferencia ante la amenaza del rey, pero al ver que el carcelero abría la puerta y entraban los cuatro, se preparó para resistir todo lo que pudiera a la tortura a la que iban a someterlo.

Poco después, Eirik se despedía de Leifur y regresaba con sus dos guerreros a la tienda principal tras doblegar al vampiro que se había presentado como Taiat.

Acababan de enterarse de las intenciones de Abbadon.

Aquello cambiaba las reglas de juego por completo.

Ahora solo quedaba saber qué papel desempeñaba Helmet en todo eso.

El Šāhanšāh siempre había pensado que el de la casa Drăgoi era bastante sensato y que, pese a todo, todavía contaba con cierta conciencia, aun formando parte de una raza que rompía las leyes de la Naturaleza y el favor del Creador.

La reunión que habían tenido medio siglo atrás los había llevado a una situación de calma transitoria, solo que Abbadon estaba a punto de echar a perder aquel periodo de paz porque su ambición no tenía límites.

Se preguntó si Mørket estaba detrás de todo aquello.

De lo contrario, la sed de poder del de la casa Ursu estaba volviéndose verdaderamente peligrosa.

Bajo ningún concepto debían dejar que se saliera con la suya.

Ahora, más que nunca, tenían que encontrar a su hija y a su prometido.

Su unión podría cambiar las tornas de los acontecimientos.

Además, detener a Abbadon acababa de convertirse en su prioridad.

Si lograba su objetivo, el infierno se desataría en la tierra, los humanos desaparecerían y una guerra que llevaba siglos latente pondría fin a cuanto ser vivo existiera.

Eso no iba a permitirlo jamás.

―Debemos detenerlo como sea ―dijo el rey con vehemencia.

―Sí, mi rey ―contestaron a la vez los dos guerreros.

―Llévate a cuantos de los nuestros necesites y busca al joven Yngvar ―agregó mirando a Vidar―. Partiréis de inmediato.

―Por supuesto, señor. ―Su mano derecha asintió y salió a toda prisa para terminar de preparar la partida.

Gudrun se mantuvo en pie sin decir nada. Sentía rabia por lo que supondría entrar en guerra, pero también por la falta de confianza del rey hacia él y los suyos.

―Amigo mío ―continuó Ragnasson―, no creas que dudo de ti. No te he enviado de nuevo a rescatar a Thyra porque voy a encomendarte la empresa más difícil a la que nos hemos enfrentado nunca, y confío en que solo tú podrás llevarla a cabo.

Gudrun abrió los ojos de golpe. Había dudado de él, pero sus palabras acababan de lograr que sus deseos de venganza se esfumaran por completo.

Eirik lo había colocado por delante de Vidar, y eso le devolvió la lealtad hacia el imponente errante que estaba mirándolo como si el futuro del mundo estuviera en sus manos.