Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 16. DEBISTE DECÍRMELO
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16. DEBISTE DECÍRMELO

W êranker se retorció de placer una vez más bajo la crudeza de las embestidas de Xwînxwar.

La había mantenido gimiendo toda la noche, orgasmo tras orgasmo.

No había quedado ni un palmo de la alcoba donde no la hubiese penetrado sin descanso.

Ella disfrutaba tanto con el dolor ajeno como con el propio, así que Xwîn le proporcionó todo el que necesitaba y más, forzándola a suplicar en alguna ocasión para que se detuviera.

Pero él no había cedido, sino que había recrudecido el castigo, obligándola a adoptar todo tipo de posturas mientras derramaba cera en su espalda.

El vampiro no le dio más opción que la de que lo obedeciera hasta cumplir sus propios deseos.

En un par de ocasiones, la inmovilizó de pies y manos, en otras tantas la azotó sin contenerse al tiempo que se perdía en su cuerpo una y otra vez, dejando salir la rabia que sentía por haberlo mantenido al margen sobre la captura de los errantes.

Wêr ahora se encontraba de pie con las palmas apoyadas en la tosca piedra y el torso doblado hacia adelante.

Sin previo aviso, él cogió su preciosa mata de pelo atezado y tiró hacia atrás con fuerza.

Ella lo miró con rabia contenida. El guerrero respondió a su gesto enredándose su cabello en una mano mientras que con la otra comenzó a estrangularla de manera controlada.

Cuanto más le daba él, más le exigía ella.

Ambos habían entrado en un círculo perverso donde las fantasías de uno se estaban transformando en los deseos del otro.

Con una última envestida, él acabó por dejarse ir, provocando que las terminaciones exacerbadas de la vampira explotaran en un nuevo clímax.

Sin avisar, salió de su cuerpo, le dio la vuelta y hundió la lengua en su boca para evitar que pudiera seguir gimiendo.

Acto seguido, metió dos dedos en su interior y los hundió hasta el fondo, provocando que volviera a convulsionarse a su alrededor.

Un orgasmo más bajo el influjo de la desesperación de Xwînxwar por lograr estar a la altura de las exigencias de Wêranker, cuyo aguante parecía no tener fin.

De nuevo, se apartó de su intimidad con brusquedad y la cogió en brazos.

La miró con ira y volvió a comenzar otro asalto.

Su condición le hacía recuperarse en un tiempo récord.

La resistencia sobrenatural que le proporcionaba la maldición de ser un «No Muerto» distaba muy lejos de la que había disfrutado cuando estaba vivo.

Mientras Wêr se deshacía nuevamente entre sus brazos, él se perdió un instante en sus caóticos pensamientos.

Envite tras envite, se preguntó qué había llevado a aquella imponente mujer, cuyo aspecto parecía el de una muchacha inocente, casi celestial, a ser la depravación en estado puro.

No tenía ni idea, pero esa «velada» juntos, que no se parecía en nada a las que habían compartido hasta ahora, le estaba dejando claro que ella no era quien él creía.

Xwînxwar sabía que esa noche le había hecho verdadero daño.

Se había ensañado a placer, aumentando su brusquedad conforme le exigía que subiera el nivel.

Si se hubiese comportado de esa manera con otra mujer, incluso con cualquier vampira de su ejército, estaba seguro de que habría salido huyendo y hubiera buscado venganza.

Pero Wêranker era diferente. Disfrutaba sintiéndose expuesta, a merced de toda la crueldad que él pudiese ejercer sobre ella.

Quizás Xwîn no debería haber entrado en su juego, pero satisfacerla, aunque no fuera con sus métodos preferidos, estaba muy por encima de permitirle que experimentase ese placer con otro que no fuera él.

Justo antes de que volviera a gritar, él le tapó la boca con su enorme mano, impidiendo así que nadie pudiera oír cómo volvía a estremecerse por un nuevo orgasmo.

La miró a los ojos sin sentir el más mínimo remordimiento. Aún estaba muy enfadado, pero ya había llegado el momento de parar y tener esa conversación que estaba pendiente.

―Suficiente por hoy ―dijo, saliendo de su cuerpo. La dejó en el suelo y se dirigió a la mesa para refrescarse con el agua de la jarra .

Wêr sonrió de una forma enigmática que él no vio, puesto que ya estaba de espaldas. Mientras se peinaba el cabello con los dedos, caminó con calma los pocos pasos que los separaban.

―Estás enfadado ―dijo sin ningún tipo de inflexión en la voz.

―Mucho. Debiste decírmelo en cuanto supiste qué eran.

―Lo sé.

La vampira unió las manos y él vertió en ellas un poco de agua. Divertida, se echó un poco en la cara. El resto cayó por su pecho, bajando despacio hasta el ombligo.

―Bueno, ¿qué quieres saber? ―añadió melosa.

―¿Hace falta que te lo pregunte?

―Un grupo de reconocimiento los capturó por casualidad. Pensaban que eran campesinos que huían del castillo. Los soborné con ración doble si no lo contaban. Solo quería entretenerme un poco.

―¿Y ninguno los reconoció como errantes?

―Uno solo, pero le convencí de que se equivocaba.

―¿Yaciste con él?

―Tres veces, pero no estuvo a la altura.

―¿Entiendes que esta situación es muy complicada para mí? Has ocultado a dos prisioneros en plena tregua.

―¿Plena tregua?

―Llevamos más de medio siglo sin luchar contra ellos. Sabes que Helmet logró que dejaran de perseguirnos y aniquilarnos sin más. Mientras no matemos a diestro y siniestro a los humanos, todo se mantendrá en equilibrio.

―Si eso es cierto, ¿qué demonios hacen aquí?

―Aún no lo sé.

―Me parece increíble que seas incapaz de imaginártelo. ¿Es que no lo sabes? Pues yo te lo diré, ya que parece que no ves lo evidente. ¡Nos acechan! Están siempre en las sombras esperando a que cometamos un error. Ellos quieren acabar con nosotros tanto como nosotros queremos acabar con ellos.

―Lo sé, pero ni tú ni yo estamos al mando.

―Porque tú no quieres. Helmet es débil. Derrotarlo sería tan sencillo como un juego de niños. Abbadon lo sabe y por eso…

―¿Qué, Wêranker?

―Nada .

―No, nada no. ¡Dime ahora mismo lo que sabes! ―exigió fuera de sí ante su actitud insolente.

―Solo es que me gustaría pertenecer al ejército de la casa Ursu, eso es todo. Creo que me convirtió el vampiro equivocado.

―Estás loca… ―La miró sorprendido―. Si Helmet supiera lo que piensas de él, acabaría contigo. En cuanto a mí, yo jamás estaré bajo el yugo Abbadon. Pero ¿y tú? Dime, ¿es que quieres lamerle las botas al perro de Mørket?

―No me des ideas… ―Se mordió el labio inferior y entrecerró los ojos imaginando la escena.

Xwînxwar perdió la poca paciencia que le quedaba. La sujetó con fuerza de los hombros y la miró a los ojos.

Lo que vio en ellos no le gustó ni un ápice.

―¿Has hecho algún trato con él? ―preguntó con voz grave, ciñendo la mano sobre su cuello sin contemplaciones.

―¿Otra vez quieres jugar?

―Contéstame o no verás otro amanecer.

Le enseñó los colmillos para darle a entender que había creído su amenaza.

―No he hecho ningún trato, solo he oído algunas cosas.

―¿Y a quién has metido en tu lecho para saber algo así?

―Ah, Xwîn, los machos de la casa Drăgoi sois tan simples que no veis lo que está ante vuestras narices.

―Suéltalo ya o juro que te azotaré hasta que consiga hacerte llorar.

Wêr dibujó una sonrisa de autosuficiencia.

―Sabes que eso es imposible.

―¿Seguro? ¿Quieres averiguarlo?

Ella volvió a enseñarle los dientes ante la promesa del dolor que podría proporcionarle. Se humedeció los labios y elevó el mentón.

―Quiero. Así que cumple tu amenaza y tal vez te lo cuente.

Xwînxwar dejó escapar un gruñido desde el fondo de la garganta. La cogió por sorpresa y la cargó en su hombro. Aunque fuera a golpes, le sacaría todo lo que necesitaba saber sobre la traición de Abbadon.

Yngvar caminó zigzagueando mientras se sujetaba las costillas.

Cuando entró en la tienda principal de los Sjaman, ya tenía la tez muy pálida.

A cada momento que pasaba, se sentía más débil.

En cuanto vio que se acercaban a él para preguntarle, dejó escapar un suspiro de alivio y se desplomó.

Dos guerreros impidieron que se diera de cabeza contra el suelo.

Por mucho que lo intentó, no fue capaz de recobrarse.

Los sonidos le llegaban amortiguados, igual que si se encontrara bajo el agua.

Trataba de mantenerse despierto, pero apenas podía abrir los ojos.

El calor de unas manos en su rostro apaciguó su preocupación. O se encontraba en el cielo o aquello tan solo era un sueño.

―¡Yngvar! ―repitió Unne, nieta de uno de los sanadores más sabios de la casa Sjaman―. Quitadle la ropa, ¡rápido!

Sus ayudantes obedecieron al instante. Ella cerró los ojos y paseó sus manos encima del enorme hematoma que se le veía en el costado. Tenía varias costillas rotas y las astillas lo habían destrozado por dentro. Se estaba desangrando. Si no hacían algo pronto, acabaría muriendo.

Sin perder un instante, corrió hacia el aparador donde guardaban los remedios antiguos. Buscó a toda prisa hasta dar con lo único que podría salvarlo. Si a esas alturas el guerrero no había comenzado a recuperarse por sí mismo, su final estaba cerca.

―Abridle la boca ―ordenó.

Un guerrero le inmovilizó la cabeza y otro le sujetó la mandíbula para lograr que mantuviera los labios separados. Con cuidado, Unne derramó un líquido resplandeciente en su boca. Tras hacerlo, asintió y se retiró. Ellos se apartaron de él.

Complacida, cerró los ojos de nuevo y llevó sus manos al costado.

―Måtte englenes tårer helbrede din kropp og sjel [14] ―susurró como una plegaria.

Instantes después de que el líquido hubiera recorrido cada parte de su cuerpo, Yngvar inspiró con fuerza y abrió los ojos de golpe. Había estado malherido en alguna que otra ocasión, pero ahora acababa de regresar del borde de la muerte, y no había sido un camino de rosas.

―¿Qué ha ocurrido? ―preguntó confuso.

―Podéis iros ―ordenó a los dos guerreros. Tras quedarse a solas, se puso a la altura de su oído y susurró―: Los ángeles te han traído de vuelta.

―Dime que no has… ¿Los tuyos saben… ?