Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 15. UNA CONEXIÓN LATENTE #2
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15. UNA CONEXIÓN LATENTE #2

―Mejor. He podido tomar un poco de leche. ―No supo por qué le dijo aquello.

―Me gustaría hablar con vos a solas ―solicitó Alistair. En realidad, no era una petición, y así lo entendieron sus hombres.

Youngblood miró a la mujer y al cura, quienes obedecieron en silencio. Justo antes de salir, ambos la miraron. Ella sonrió levemente y asintió una vez para darles a entender que podría sobrellevar la situación.

En cuanto cerraron la puerta y los dejaron a solas, el príncipe se sentó a su lado.

―Temía que no despertarais. He pasado toda la noche en vela pensando en vos y en lo que habéis hecho por mí.

―Lo hubiera hecho por cualquiera.

Aquella respuesta no era la que esperaba el heredero, pero decidió ignorarla porque el que no hubiera muerto gracias a su intervención era la mejor de las recompensas.

―Sois muy generosa.

―No lo creo ―dijo bajando la vista un momento.

―Yo sí. ―Se quedó mirándola. La intensidad de sus ojos hizo estragos en la determinación de Alana―. Me alegro de que tengáis un poco de rubor.

Esas palabras provocaron que sus mejillas se arrebolaran aún más. Él sonrió porque había logrado su propósito.

―Ya os he dicho que me encontraba mejor ―se defendió.

―¿Mejor como para dar un paseo?

Ella inspiró porque todo su cuerpo le pedía salir al aire libre con él. Quizás tocar de nuevo la piel de su mano, hablar de cualquier cosa simplemente para pasar un poco más de tiempo juntos…

Nada más pensarlo, se regañó con dureza.

―No, lo siento.

―¿No podéis o no queréis?

―Ni lo uno ni lo otro ―dijo tratando de parecer decidida, aunque por dentro temblaba .

―¿Sabes que podría obligarte? ―Aquel tono era de imposición, de superioridad―. Algún día seré tu rey y tendrás que obedecerme ―añadió para recordarle quién era y así hacerla cambiar de opinión.

―Vos lo habéis dicho: algún día, pero hoy no. Y no es eso, no tengo fuerzas para ponerme en pie. Ayer utilicé cuanto me quedaba para llegar a casa. Después caí en un profundo sueño, aunque no recuerdo nada.

La Elegida volvió a bajar la mirada. Le había mentido. Había podido hacerlo, pese a que pensaba que no sería capaz. Se sintió mal al instante, pero lo hecho, hecho estaba.

―Lo siento ―replicó Alistair―. Puse vuestra vida en peligro y no era mi intención.

―¿Cómo os hirieron?

―Eso no puedo decíroslo.

―Entiendo. Supongo que quien lo hizo quería acabar con vos.

―Así es.

―Decidme, ¿por qué estáis aquí? ¿A dónde os dirigíais? Os encontráis muy lejos de vuestro castillo.

―Eso tampoco puedo decíroslo.

―Ya veo.

―Pero permaneceré unos días hasta que llegue un destacamento de la guardia de mi padre.

―¿El rey va a…?

―No, solo sus soldados.

Alana sonrió al darse cuenta de su error. Ningún motivo llevaría al rey de Inglaterra a pisar Felsted, de modo que se preguntó cuáles serían las verdaderas razones que habían provocado que Alistair y sus hombres estuvieran allí sin la protección adecuada.

―Bueno ―añadió―, no quiero reteneros. Además, me gustaría descansar.

―Lo entiendo. Volveré mañana. Quizás, con suerte, os encontréis mejor y podamos dar un paseo.

―No, yo…

―Alana ―susurró su nombre mientras cogía su mano. Ese contacto provocó que ambos sintieran un hormigueo en la piel.

―Príncipe Alistair, esto no va a ninguna parte ―dijo apartándosela.

―No sé a dónde va, pero me gustaría averiguarlo.

―Lo sé, solo que yo no puedo .

―¿Amáis a otro?

―¿Amar? ¿De qué estáis hablando?

―Me he precipitado. Quería decir que quiero conoceros. Quiero saber más de vos. Lo que os gusta. Lo que os inspira. Y, más que nada, cómo pudisteis cerrar mis heridas solo con vuestras manos desnudas.

Ella endureció el gesto. Por un momento, había creído que su interés era genuino, pero terminó hablando de su don, justo de lo que el padre León la había advertido que no hiciera.

―Me gusta ver el cielo azul. Meter los pies en el agua helada del río. Me inspira la bondad y las buenas acciones que se hacen de forma desinteresada, pero no puedo deciros lo que no sé.

―¿No puedes o no quieres?

―Príncipe Alistair ―con esas dos palabras volvió a poner distancia entre ellos, incluso pegó su espalda a la silla para alejarse―, os repito que no puedo explicaros lo que no sé.

―¿Es que es cierto lo que dijo el sacerdote? ―Ella frunció los labios sin entenderlo―. Me dijo que vuestro don apareció sin más.

Alana bajó una vez más la mirada para no tener que ver cómo la escudriñaba con sus preciosos ojos azules.

―Esa es la verdad.

―¿Y cómo empezó?

―Me corté con una piedra en el río ―dijo sin pensarlo―. Al salir, puse mi mano encima para detener la sangre. La herida se cerró ante mis ojos, pero no puedo deciros cómo lo hice. ―Se pasó la mano por la frente. Se sentía avergonzada por haber vuelto a mentir.

―Bueno, eso ahora no importa. ¿Te encuentras bien? ―preguntó el heredero al trono con verdadera preocupación.

―Estoy un poco cansada.

Tercera mentira.

―No quiero importunarte más.

―Os aseguro que no hacéis tal cosa ―susurró con la voz más dulce que él había oído nunca. Se arrepintió nada más decirlo porque acababa de azuzar el interés del príncipe.

―Me alegra saberlo ―respondió Alistair con una sonrisa que la derribó por completo.

Alana apartó la mirada, pero también sonrió.

―¿Qué te ha hecho sonreír así ?

―Vos.

―¿Yo?

―Desde luego. Me pregunto cuántas muchachas habéis tratado de conquistar con esa sonrisa.

―¿Acaso importa? ―dijo zalamero.

―¿Importar…? No, no es eso. Más bien es curiosidad.

―Si te causo curiosidad es que sientes interés.

―¿Eso es lo que creéis?

La Elegida apoyó de nuevo la espalda en la silla y tamborileó los dedos encima de la mesa.

Aquella conversación se estaba alargando demasiado.

Sabía que, cuanto más estuviera junto a él, más posibilidades tenía de cometer un error.

Pero Alistair era demasiado apuesto y se mostraba tan atento que retenerlo solo unos instantes más le pareció una compensación justa por todo lo que había pasado y tendría que pasar.

―Desde luego. Y, para tu conocimiento, no han sido muchas.

―Ya, y pretendéis que os crea.

―No te he mentido.

Oír esa declaración la removió por dentro. Alana sí lo había hecho, aunque se sentía tremendamente mal por ello.

―¿Cuántas? ―siguió con el interrogatorio porque de pronto un nudo en el estómago comenzó a torturarla.

―¿Media docena? ―dijo él con voz burlona.

―¿Y os parecen pocas?

―Soy el príncipe.

―¿Qué respuesta es esa?

―Pues… no lo sé. Nadie me había preguntado nada parecido antes.

―Supongo que ser el príncipe tiene sus ventajas ―añadió ella con media sonrisa.

―Sí, pero también muchas obligaciones. ―Su expresión se ensombreció al recordar que en pocos días tendría que retomar la marcha para encontrarse con su prometida.

Alana no supo a qué se refería, pero su semblante le transmitió tal pesar que, de forma instintiva, se apiadó de él y acabó poniendo su mano sobre la suya. Un gesto demasiado osado e íntimo para una plebeya, incluso después de haberle salvado la vida.

En cuanto se dio cuenta de su atrevimiento, trató de apartarse, pero él se lo impidió colocando la otra mano encima de la de ella.

―No la retires, por favor.

―Disculpadme, no he debido…

―No digas eso.

―Príncipe Alistair, yo…

―Alistair. Soy Alistair. Aquí, en tu hogar, bajo el techo de tus padres, solo soy un hombre.

―Sois mucho más que eso. Sois el heredero al trono.

―Renunciaría al trono ahora mismo si con ello consiguiera que dijeras mi nombre y sostuvieras mi mano mientras paseamos por el bosque sin más pretensiones que disfrutar de lo que nos depare el día.

―No creo que hicierais tal cosa.

―Hicieras ―la corrigió―. Háblame como el hombre que soy, no por el título que ostento. Lo último que deseo es ser un extraño para ti, Alana ―dijo llevándose la mano al corazón―. Me salvaste la vida, pero sabes que hiciste mucho más que eso.

―No sé a qué…

―Sí que lo sabes. Lo sientes igual que yo.

―Creo que debes irte.

Él sonrió al oír cómo acababa de hablarle como a un igual.

―Lo haré, pero volveré mañana.

―No…

―Volveré… mañana ―repitió muy despacio mientras clavaba su mirada en ella―. Hasta mañana, Alana.

―Hasta mañana, Alistair.

La puerta de la habitación de la Elegida se cerró despacio.

Wade había oído cada palabra, pero no entendía lo que había pasado allí.

Tampoco le importaba. Él solo quería desayunar, pero se topó con una conversación que no le interesaba lo más mínimo.

Aun así, oyó cada palabra porque le pudo más la curiosidad.

El príncipe besó la mano de la Elegida y se despidió hasta el día siguiente. En cuanto salió de la casa, sus padres entraron junto con el padre León.

―¿Qué es lo que ha pasado, hija? ―preguntó Leala con el corazón encogido.

―Solo que el futuro que nos describió Thyra puede que esté mucho más cerca de lo que pensábamos.