15. UNA CONEXIÓN LATENTE
A lana se había pasado toda la noche pensando en cómo iba a rechazar al príncipe. Mientras observaba a Wade dormir plácidamente en su cama, fue consciente de que debía hacer cuanto estuviese en su mano para mantenerlos a salvo.
La luz del amanecer la avisó de que se estaba quedando sin tiempo.
Cerró los ojos y recordó las palabras que le había dicho su madre la noche anterior: «Alana, los hombres rara vez no sucumben a sus propias necesidades, da igual cuáles sean».
Razón no le faltaba, por lo que tendría mucho cuidado con sus palabras y sus gestos.
Se llevó la mano a la frente e inspiró con pesar.
Deseó marcharse muy lejos, dejar atrás Inglaterra y a cualquier persona que conociera su don, pero ya era tarde.
Él quería verla, y nadie podría evitar que lo hiciera.
Además, aquel soldado había amenazado a su familia, y esa era razón más que suficiente como para quedarse y plantar cara a lo que pudiera ocurrir.
Sin poder evitarlo, volvió al momento en que lo vio tumbado debatiéndose entre la vida y la muerte.
Su rostro níveo por la pérdida de sangre.
El pecho desgarrado y expuesto. Tenía que reconocer que al tocar su piel había sentido una conexión muy fuerte.
Puede que solo fuera su percepción o que salvarle la vida los había unido de alguna manera que no se veía capaz de entender.
De un modo u otro, debía acabar con cualquier acercamiento.
Compartir unas pocas palabras no suponía que fuese a tener ningún tipo de interés por ella que no se ciñera a agradecerle de nuevo que lo hubiera salvado.
Al convencerse a sí misma de que ese era el único motivo por el que quería verla, se tranquilizó.
Decidió que ya había llegado el momento de levantarse. Hizo la cama y entró en la sala. Su madre ya estaba sacando el pan del horno.
―Buenos días, madre. Gracias por traer de vuelta a Wade. ―Ella le sonrió, había sido incapaz de mantenerlo lejos de ellos en esas circunstancias―.¿Ya has hecho el pan? ―preguntó sorprendida.
―No he pegado ojo en toda la noche. Tu padre tampoco. Ya está arando el campo porque la casa se le venía abajo.
―Yo tampoco he podido dormir ―reconoció agotada.
Leala asintió, entendiendo los motivos.
―¿Crees que vendrá a verte?
―¿A mí?
―Sí, a ti. A la mujer que le ha salvado la vida.
―Lo dudo mucho, madre.
―Ya… Y si se presenta aquí, ¿podrás lidiar con él? ―dijo sin más mientras ponía a calentar un cazo al fuego.
―No te entiendo. No sé cuáles serán sus intenciones.
―Bueno, tú ten mucho cuidado. Y, Alana ―ella la miró―, no te enamores de él.
―Madre, ¡deja de repetirme eso! ¡Solo lo vi un momento!
―Lo sé, hija, pero es un hombre con poder y seguro que ya tiene mucha experiencia en… todo. Eres demasiado inocente como para desconfiar de unas palabras dulces o de una mirada fingida de enamorado.
―No soy tan inocente ―se defendió.
―Hija mía, no te lo digo para hacerte ningún mal. Te quiero más que a mi propia vida. Daría cuanto tengo y soy para manteneros a salvo a tu hermano y a ti de todo lo malo que hay en el mundo.
―Lo sé, madre.
―Pero no puedo protegerte de los deseos de un príncipe ni del acero de sus hombres sin condenarnos a todos.
―Podemos irnos en cuanto se marche.
―Alana, él no va a querer dejarte marchar por muchas razones.
―Mi don… ―susurró, llevándose la mano a los labios.
―Tu don, tu belleza, tu alma… Eres demasiado valiosa como para no aprovechar «todo tu potencial» ―recalcó las tres últimas palabras.
―Lo dices como si solo fuera una moneda de cambio, madre .
―Hija mía, por desgracia, es lo único que somos. Para los hombres, no valemos más que nuestra virtud, belleza y juventud. Agotadas esas tres cualidades, dejamos de importarles lo más mínimo.
―Padre no es así contigo.
―Pero lo fue al principio. Te aseguro que, si yo no tuviera «Su Sangre», quizás nuestra vida hubiera sido muy distinta.
Alana se quedó pensando en lo que había supuesto para su madre el tener aquel poder latente.
En cierto modo, sabía que tenía razón. Como mujer se sentía menospreciada.
Sus únicas armas se reducían a su inocencia y a mantenerse en un segundo plano para no destacar, y así no ser el blanco de los deseos de los hombres.
Ahora eso había cambiado. Tenía fuerza, velocidad, destreza, sabiduría. El padre León le había explicado que todo aquello le proporcionaba ventaja ante cualquier ser humano, pero, más que nada, ante ciertos seres ávidos de sangre capaces de acabar con cualquier tipo de vida.
―Él no sabe quién soy, madre ―acabó por decir.
―Y jamás ha de saberlo, Lana. Además, debes asegurarle que, después de lo de ayer, ya no puedes curar ni un simple rasguño.
―Madre, dada mi nueva condición, no creo que pueda mentir.
―Cariño, ÉL lo entenderá. Créeme, podrás. Si es para salvar tu propia vida, no tendrás ningún inconveniente.
―Hablas como si fuera inevitable que venga a por mí para llevarme con él y desposarme.
―No, hija. El príncipe tiene sus propias obligaciones. Estoy segura de que entre ellas no está ni estará nunca desposarte, aunque no dudo ni un momento de que te deje escapar porque quiera…
Dos golpes en la puerta interrumpieron su conversación. Las dos se miraron asustadas. Fairfax no llamaría nunca, y aún era muy temprano como para recibir cualquier visita.
―¿El padre León? ―preguntó Alana.
―Esperemos que sí.
Leala abrió la puerta con cautela. Para alivio de ambas, era el sacerdote.
Vieron cómo entraba en la casa con una expresión sombría.
En realidad, exudaba preocupación por cada poro, ya que se temía que la Elegida no acabara el día en su hogar, sino a expensas de los caprichos de un muchacho del que dudaba mucho de que hubiese escuchado alguna vez un «no» por respuesta .
―Padre, ¿qué sucedió ayer? ―dijo ansiosa la Portadora.
León les describió el encuentro con la vampira y el interés desorbitado del heredero por volverla a ver. Alana unió los labios en una leve sonrisa. Sin duda, él había percibido lo mismo que ella. Una unión entre sus almas y sus cuerpos como jamás había sentido antes.
Mientras el cura hablaba con su madre sobre cómo impedir a toda costa que él la viera fuera de aquellas cuatro paredes, dejó volar su imaginación.
No lo amaba, por supuesto, aunque debía reconocer que el príncipe era muy apuesto.
Cabello rubio, ojos azules claros, labios finos pero atrayentes…
Trató de recordar el tono de su voz, cada palabra que había dicho tras abrir los ojos.
Bebió un sorbo de leche caliente y aceptó que tal vez sintiera ese cosquilleo en el estómago porque nunca había visto a un muchacho tan imponente como él.
Sonrió para sí al pensar que tampoco había tenido la oportunidad de conocer nada más allá de las lindes de su pueblo.
―…, ¿verdad, Lana? ―dijo Leala.
Ella no respondió.
―¿Alana? ―León repitió su nombre.
―¿Eh?
―Que permanecerás en casa y no saldrás hasta que los hombres del rey se marchen ―agregó el párroco.
Miró a su madre, que asintió varias veces para instarla a obedecer.
―No puedo prometerlo.
―¿Por qué no? ―dijo él atónito.
―Porque no somos dueños de nuestras vidas, padre. Él es el futuro rey. No puedo contradecirlo ni disgustarlo porque nos pondría en peligro.
―Lana, antes te he dicho…
―Sí, madre ―la interrumpió―, mentiré si es preciso. O al menos lo intentaré. Ninguno sabemos qué es lo que espera de mí. Quizás solo venga para agradecerme de nuevo que lo haya salvado.
Alana trató de tranquilizar los ánimos. Los tres estaban demasiado tensos. Parecía que en cualquier momento el príncipe fuera a aparecer y a raptarla para someterla a sus caprichos.
―No creo que sean esas sus intenciones ―soltó el sacerdote.
―¿Y qué pensáis que quiere? ―preguntó ella molesta por tanta insistencia.
―Eres demasiado inocente como para decírtelo .
―Ya soy una mujer, así que no pretendáis mantenerme en la niñez para siempre.
―¡No puedes entregarte a él! ―sentenció León.
―No haré tal cosa, pero tampoco tomaré mis elecciones en base a vuestras exigencias. Ya os lo he dicho: mi destino no está en vuestras manos ni en las de nadie.
―Está bien, Alana ―suavizó el tono―. No puedo impediros que os enamoréis de él…
―¿Enamorarme? ―dijo elevando la voz―. ¡Si solo lo he visto una vez! Esa no es mi intención, y estoy segura de que tampoco es la suya.
―Eso no lo sabes.
―Ni vos, así que acabemos con esto. Iré a verlo ahora mismo a la posada para que se pueda marchar cuanto antes…
Alguien llamó a la puerta con brío. Los tres se quedaron en silencio mientras decidían qué hacer.
Cuatro. Cinco golpes más.
―He de abrir ―dijo Leala. Los dos asintieron.
Alana miró hacia la puerta. Al otro lado se encontraban el soldado que había ido a buscarla la tarde anterior y el hombre que no se había separado de Alistair ni un instante mientras ella obraba el milagro.
―¿En qué puedo ayudarles? ―preguntó su madre al verlos.
―Soy Landon Youngblood, el príncipe desea hablar con vuestra hija ―dijo adelantando un paso para poder mirar en el interior de la casa―. Veo que ya está recuperada.
―Solo un poco, señor. Aún no puede caminar por sí misma, pero puede recibirlo si lo desea.
Hereward no se inmutó, solo se quedó observando los rostros del sacerdote y de la joven, que no paraban de intercambiar miradas.
―Ahora mismo.
Landon avisó al príncipe, quien se había quedado en su montura a solo unos pasos de la casa. Tras bajar del caballo, se acercó a la puerta. Parecía un simple soldado. Vestirse con las ropas que le había proporcionado el posadero le había parecido demasiado indigno.
―Buenos días, soy… Alistair. ―Nada más verla, su expresión cambió por completo.
Leala se inclinó ligeramente. El padre León se puso en pie, en cambio Alana se quedó sentada. No porque quisiera simular que aún no se encontraba bien, sino porque fue incapaz de moverse al verlo en su propio hogar. Algo impensable para una simple campesina.
―Príncipe Alistair ―dijeron a la vez Leala y el sacerdote.
―Buenos días ―respondió Alana.
―¿Cómo os encontráis? ―preguntó él acercándose.