25. EL DESPERTAR INMORTAL #5
―¡Yo no soy tu rey! ―gritó a Helmet, a quien le había perdido el respeto nada más decirle que no ayudaría a su hijo―. Jamás lo he sido, y en este instante nuestro trato queda anulado. ―Se giró a Abbadon y suplicó―: ahora, salvad a mi hijo.
El vampiro mostró los colmillos. Athelstan subió las escaleras corriendo y dejó allí al de la casa Drăgoi junto a sus fieles servidores Xwînxwar y Wêranker.
―El rey ha cometido un error ―dijo Xwîn.
―Lo sé, y esto vuelve a cambiar las reglas del juego. ―Sonrió abiertamente―. Ten completa seguridad de que haré todo lo posible para que Mørket se entere de que su preferido acaba de incumplir una orden.
Los tres se dirigieron con parsimonia a la alcoba del príncipe, ninguno quería perderse cómo su peor enemigo convertía a aquel joven en la peor pesadilla de su amado padre.
Alana trató de ponerse en pie. Nîga se acercó para ayudarla. La Elegida la empujó sin apenas rozar su cuerpo, sin embargo, ella acabó al fondo de la mazmorra incrustada en la gruesa piedra.
El alarido que soltó por el dolor que le causó el golpe hizo que Oskar y Thyra se giraran hacia ella.
―¡Alana! ―dijo la errante justo antes de desplomarse.
―¿Qué le ocurre? ―preguntó mirando a su prometido.
―Está herida. Deben de haberle golpeado en la cabeza con acero dojehî . Puede que tenga dentro un fragmento.
―¿Por qué no me lo dijo antes? ―gritó enfurecida.
―¿Y cómo iba a hacerlo?
Ella lo miró entendiendo que Thyra no le había contado nada de su conexión. Asintió y se acercó a la puerta de su celda. Puso las manos y arrancó de cuajo los barrotes.
―Ven, ¡ayúdame!
Él se quedó estupefacto al ver lo que acababa de hacer. La siguió y vio repetir la misma acción con las rejas de la otra celda.
La vampira se quedó en el suelo sin entender qué estaba pasando.
―¡Thyra! ―Oskar la cogió en brazos con delicadeza. Ella no respondió.
Alana trató de distinguir algo, pero allí no había luz suficiente, así que le pidió que la sacara de allí. El errante la dejó en el suelo cerca de las antorchas y sujetó una para que la Elegida pudiera ver mejor .
―No sé qué ha hecho en mí su sangre maldita ―dijo mirando a la vampira un instante―, pero trataré de salvarla. Deja ahí la antorcha y sujétale la cabeza.
Él asintió con el corazón bombeándole muy fuerte. Sus ojos empañados mostraban su miedo a perderla. Llevaban demasiados días encarcelados y temía que el amor de su vida no pudiera sobrevivir por culpa de aquella herida.
―Tened fe, Alana ―rogó Oskar.
Ella lo miró, pero no dijo nada. Con sumo cuidado, buscó el corte en su cabeza. El pelo estaba manchado de sangre y dificultaba la visión. De pronto, vio una zona ennegrecida, así que supuso que ese era el punto de impacto donde, probablemente, se había incrustado el fragmento.
Trató de tranquilizarse porque su cuerpo y su mente iban mucho más rápido de lo que había sentido nunca.
Cerró los ojos para poder concentrarse.
Pensó en Thyra, en su sonrisa. En sus buenas intenciones. Volvió al momento de su transformación. Al instante en el que sus destinos quedaron unidos para siempre.
Una punzada le atravesó el pecho al verla en ese estado, casi a punto de morir.
Se arrepentía de haberla acusado de ser la culpable de sus propias decisiones.
La princesa era un alma pura, y todo su ser le respondió a la pregunta que no había dejado de hacerse.
«Ella nunca te traicionaría», oyó en su interior.
Dejó escapar el aire entre sus labios y colocó ambas manos a la altura de la laceración.
Ante los ojos atónitos del errante y la vampira, que se había acercado cojeando para saber qué iba a hacer, vieron cómo un pequeño fragmento negro salía de la herida.
Oskar lo apartó para evitar que volviese a entrar en el corte, pero este empezó a curarse hasta quedar completamente cerrado.
Thyra pestañeó varias veces antes de poder enfocar la vista. En cuanto vio a Oskar, sonrió.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó con la boca pastosa.
―Te ha salvado la vida ―dijo él mirando a Alana.
La errante pensó cuánto sentía haberse equivocado y no pudo evitar que dos lágrimas recorrieran su manchado rostro.
«Lo siento», se dijo compungida.
«Lo sé», respondió la Elegida con el pensamiento .
La princesa se giró hacia ella con el mentón temblando. Su don había regresado. Alana, incapaz de albergar ni el más mínimo reproche, se agachó a su altura y la abrazó con cariño.
Tras separarse, Oskar la ayudó a levantarse y después la rodeo con sus fuertes brazos.
―Creí que iba a perderte ―le susurró con emoción en la voz.
―Lo sé ―respondió ella con lágrimas en los ojos.
―Cuando salgamos de aquí, Thyra… ―dijo, deseando besar sus labios.
―Cuando salgamos de aquí, guerrero.
Ambos sonrieron y unieron sus frentes para sellar esa promesa.
Nîga se acercó aún más a ellos. Poco a poco, iba recuperándose del fuerte impacto que había recibido.
―Tú no eres una bruja ―dijo entrecerrando los ojos.
―No, no lo soy ―respondió ella, poniéndose en pie mientras ayudaba a Oskar a levantar a Thyra.
―¿Y qué eres ahora? ―dijo la errante muy preocupada por ella.
―Tampoco lo sé, pero no tenemos tiempo para averiguarlo ―dijo mirando de tal forma a la «No Muerta» que la hizo sentir verdadero miedo por primera vez desde que había dejado de ser humana.
―¡Ella hizo un trato conmigo y juró que me protegería con su vida! ―se defendió con cautela señalando a la errante.
―Lo sé. No temas, no te mataré ―aseguró Alana.
―No podrías ―dijo Nîga con temor.
―Bien sabes que sí. Pero me has dado tu sangre, y eso ha creado un vínculo entre nosotras.
―¡Exacto! Así que, como tu creadora que soy, te ordeno…
Ella ladeó la cabeza y sonrió.
―Conozco tus más profundos anhelos, vampira.
―Eso… ¡Eso es imposible!
―Deja de preguntarte cómo lo sé porque puedo oír tus pensamientos.
―¿Cómo…? ―dijeron a la vez los tres.
―¡Y qué más da! Ahora, salgamos de aquí.
―Antes necesito recuperar mis armas ―señaló Oskar.
―¡No perdamos más tiempo! ―se quejó la vampira.
―¡No dejaré mi daga dojehî ni mi espada al alcance de los vuestros !
―¡Malditos errantes! ―escupió Nîga. Caminó hacia el soldado, que seguía inconsciente, y lo abofeteó―. ¡Despierta, humano!
El joven parpadeó con dificultad. Después se sobresaltó al verlos fuera de las celdas.
―¿Dónde están sus armas? ―agregó ella, sometiéndolo al instante.
―En un armario, en el piso de arriba ―respondió sin titubear.
―¡Llévanos enseguida!
Él asintió. Los cuatro subieron detrás y Oskar lo acompañó hasta donde había dicho. Recuperó la daga que pertenecía a Vidar y su propia espada. Después le devolvió sus armas a Thyra, que casi estaba recuperada.
―Ya podemos irnos ―dijo él.
La vampira ordenó al soldado que ocupara su puesto y olvidase lo que había sucedido. El joven se sentó en su silla y se echó a dormir.
―¡Vamos! ―ordenó Nîga.
Los tres asintieron y todos comenzaron a subir las escaleras hasta llegar a la entrada del castillo. Los sirvientes corrían de un lado para otro mientras susurraban entre sollozos que el príncipe había muerto.
―¿Cómo vamos a escapar? ―preguntó Thyra, temerosa de que los reconocieran.
―Poneos detrás de mí y mirad al suelo ―propuso la «No Muerta».
―No pienso seguir a una vampira ―rechazó Oskar, furioso.
―¡Silencio! ―intervino Alana―. No miente, quiere sacarnos de aquí. Hacedle caso.
―Bien dicho, «princesa».
Los dos errantes la miraron con rabia, pero asintieron al aceptar que esa era su única oportunidad. Se recolocaron las ropas lo mejor que pudieron para no levantar demasiadas sospechas y se pusieron tras ella.
―Bien, es ahora o nunca ―susurró.
Nîga adquirió una expresión de autosuficiencia. Los tres agacharon la cabeza como si fueran sus sirvientes y la siguieron fuera de los muros. El revuelo por la noticia del fallecimiento del heredero por haber caído rodando por las escaleras los libró de ser reconocidos.
En cuanto alcanzaron el bosque, corrieron casi a la par para escapar de allí lo antes posible.
Mientras avanzaban a toda prisa, Alana fue incapaz de no pensar que atrás dejaba el engaño de un joven que se había ganado su corazón a base de mentiras.
Sin embargo, lamentó que su final fuera tan precipitado.
No sabía qué había ocurrido, pero una sonrisa triste se dibujó en su rostro al pensar que solo fue una quimera aquel sueño de ser reina de Inglaterra.
Miró alrededor, agradecida de haber podido escapar. Una sensación nueva inundó su corazón al ver que presidía aquel cuarteto sumamente interesante. Dos errantes, una vampira y ella. Una combinación perfecta que albergaba el Bien y el Mal en su forma más primigenia.
De pronto, las palabras del padre León volvieron a su mente: «Alana, que tengas la sangre de Cristo en ti no significa que seas invencible. Aún no has entrenado ni un solo día, así que no creas que con tu fortaleza será más que suficiente para vencer al Enemigo».
Se preguntó por qué había recordado aquello y se dio cuenta de que aún le quedaba mucho por aprender. Apretó el paso para llegar a Felsted antes del siguiente amanecer.
Debía volver a casa.
Debía averiguar qué había sucedido con el padre León.