Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 14. ¿DÓNDE ESTÁ MI HIJA?
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14. ¿DÓNDE ESTÁ MI HIJA?

Y gnvar recibió otro golpe más en la mejilla.

Este resultó ser un poco más doloroso que los anteriores y le obligó a escupir la sangre que se le había acumulado en la boca.

Dos vampiros tiraban de las cuerdas que tensaban sus muñecas.

Lo mantenían alzado sin esfuerzo, pero rozando de vez en cuando el húmedo suelo con sus botas.

El joven rezó al Dios de sus padres, el que había salvado a los hombres de todos sus pecados.

Pese a haber visto los horrores que el mal podía cometer, su fe era inquebrantable.

Había nacido en su corazón, puesto que en ellos mismos existía la prueba indiscutible de que ÉL había existido hacía siglos.

Cerró un instante los ojos y rogó a su ejército de ángeles que lo salvaran.

No sabía cuánto había transcurrido desde que había cometido el error de detenerse y encender un pequeño fuego para asar la liebre que acababa de cazar.

Aquella cuadrilla lo había cogido por sorpresa y se estaban ensañando con él allí mismo.

Al principio, pensaban que era un simple humano, aunque tras haber probado uno de ellos su sangre, no había tenido más remedio que escupirla.

Eso lo había delatado y puesto en peligro tanto a él como al campamento.

Los vampiros eran incapaces de beber la sangre de los errantes.

Nadie sabía a qué era debido, pero suponía una ventaja en la batalla y al ser capturados.

Ninguno podía convertirse en «No Muerto», así que a lo máximo a lo que podían aspirar cuando capturaban a uno era torturarlo sin descanso.

A no ser que dispusieran de una daga dojehî para acabar con su vida.

Aunque de esas ya quedaban muy pocas y solo estaban en posesión de los cargos más importantes.

El errante sonrió con desgana para sí. Si alguno de aquellos malditos hubiera tenido ese acero, seguro que ya estaría muerto. De modo que solo le quedaba aguantar un poco más mientras pedía al cielo que su mejor amigo y la princesa llegaran hasta su posición.

Se extrañaba de que no lo hubiesen hecho ya, pero quizás habían acortado por otro camino.

―Solo te lo preguntaré una vez más, ¿dónde está tu campamento? ―exigió saber el cabecilla del grupo.

Yngvar lo miró como si no entendiera lo que le decía y habló en el idioma de los primeros errantes. El vampiro no aceptó su osadía, así que volvió a castigarle con fuerza las costillas y la mandíbula.

―Si crees que puedes engañarme, es que no me conoces, ¡escoria errante! Soy…

De la nada, aparecieron tres enormes guerreros. Dos de ellos se encargaron de los que sujetaban las cuerdas y el tercero, el de mayor rango, degolló al que estaba al lado del que había golpeado al de la casa Knutsen.

Al verse solo, el cuarto trató de escapar, pero los dos errantes que habían liberado al joven lo sujetaron de los brazos.

―¿Estás bien, muchacho? ―preguntó Ren, la mano derecha de Gudrun.

Yngvar, que había caído al suelo tras aflojarse las cuerdas, asintió despacio mientras trataba de ponerse en pie.

―Mejor de lo que pensaba que iba a acabar ―bromeó, intentando recomponerse. Se frotó las muñecas y los antebrazos para recuperar la movilidad―. ¿Qué hacéis aquí?

―Seguimos buscando a la princesa y a su prometido. No hay ni rastro de ellos.

―Nosotros dimos con ella hace poco más de dos días. Él la escoltaba de vuelta al campamento. Yo me adelanté para informar al rey sobre algo que vimos y los dejé atrás. Me he retrasado porque me topé con varias patrullas que me obligaron a dar un rodeo. Estos cuatro me han cogido por sorpresa.

―A quién se le ocurre encender un fuego después de medianoche ―respondió con una expresión de reprobación mientras negaba .

Las quejas e improperios del «No Muerto» lograron que los dos se giraran hacia él.

―¡Soltadme, ratas errantes! ―gritó con la esperanza de ser oído por alguno de los suyos.

―¿Qué hacemos con él, señor?

―¿Por qué te estaban torturando, Yngvar? ―le preguntó Ren, intuyendo el verdadero motivo.

―Me confundieron con un humano e iban a dejarme seco.

―Es lo que suponía.

―En cuanto descubrieron que era un errante, trataron de sonsacarme dónde estaba el campamento para informar a su superior.

El vampiro volvió a vociferar una retahíla de insultos. Uno de los enviados de Gudrun que lo estaba sujetando le enseñó una daga himmelsk y se la apoyó sin cuidado en el cuello.

―Como no cierres la boca, vas a tragarte la hoja. ¿Estamos?

El prisionero gruñó, sin embargo, no volvió a protestar.

Sabía que esa advertencia no había sido hecha en vano.

Si aquel apretaba un poco más, bien podía ir despidiéndose de informar a la mano derecha de Abbadon y, con ello, de la posibilidad de obtener un reconocimiento por su lealtad hacia su señor.

―Bien, no podemos dejar testigos de nuestra presencia aquí. Lo llevaremos con nosotros y seguiremos buscando.

―¡Ni hablar! ―gritó el «No Muerto» mientras se retorcía.

―¿Qué te he dicho antes? ―dijo levantando la voz el que tenía la daga. En el forcejeo, el filo acabó por cortarle la fina carne y un líquido rojo oscuro muy espeso comenzó a salir muy despacio.

―Atadle las manos y démonos prisa. Esperemos que los de la casa Sjaman sepan cómo hacer que no se desangre.

―No pienso ir con vosotros, ¡antes prefiero morir!

―Pobre iluso, ¡si ya estás muerto! ¡Vamos! ―ordenó Ren.

Los errantes tironearon de él para que fuese a su ritmo.

Yngvar los seguía lo más de cerca que podía.

Estaba magullado y dolorido. Pronto estarían a salvo bajo el campo invisible de protección de los suyos, aunque era lo último que le preocupaba.

Los guerreros de la casa Strøm no habían visto ni a la princesa ni a su amigo.

Temía que les hubiera ocurrido algo, pero aún era pronto para hacer conjeturas.

Primero debían llegar al campamento, y ya se encontraban relativamente cerca .

Tras un último esfuerzo, alcanzaron las puertas rozando el amanecer. El vampiro no se inmutó por el nuevo día, así que supieron que estaban ante un espécimen bastante antiguo.

Nada más verlos los guardianes de la entrada, abrieron el campo de fuerza. Ya habían sido avisados mediante señales poco antes de llegar. Al traspasar, los dos hombres de Gudrun se lo llevaron a una celda hasta que el rey decidiera interrogarlo.

Un guerrero de la casa de Eide los estaba esperando. Se acercó a ellos y les ordenó que debían ir sin demora a ver al Šāhanšāh , así que se dirigieron allí enseguida.

Eirik estaba revisando el mapa de la zona junto a Vidar y Gudrun cuando los anunciaron. Los tres se fijaron de inmediato en el aspecto deplorable del de la casa Knutsen. El rey inspiró fuerte porque se temió lo peor.

―¿Dónde está mi hija? ―preguntó sin darles tiempo ni de hacer un simple cabeceo como reverencia.

―Mi rey, ¿es que no han llegado al campamento?

La expresión de Yngvar hizo que Eirik cerrara los ojos un instante. Aquel gesto provocó que el joven guerrero sintiera un nudo en la garganta. Su amigo no había regresado aún con la princesa, y no sabía qué les había podido ocurrir.

―No, no están aquí ―acabó respondiendo―. La cuestión es por qué tú sí. Creo que tienes mucho que contar. ―Lo miró de arriba abajo.

―Señor, nos separamos hace dos días. La encontramos en el pueblo situado más al norte de Essex, en Felsted. Una vez vimos que estaba a salvo, decidimos que yo volvería de inmediato para avisaros de que habíamos visto algunas tropas de Abbadon desplazándose hacia allí.

―¿Al norte? No puede ser. Helmet lleva ya unos cuantos días en el castillo con Athelstan, y eso está al oeste.

―Lo sé, mi rey. Pero es lo que ambos vimos.

―Dices que os separasteis hace dos días. ¿Por qué has tardado tanto en volver?

―Tuve que dar varios rodeos porque me topé con varias patrullas. Algunas de la casa Drăgoi y otras de la casa Ursu.

―Así que los dos han traído a sus perros a Inglaterra…

Eirik se quedó un instante en silencio mientras ordenaba sus pensamientos.

Que Helmet y Abbadon desplegaran a sus secuaces tan cerca de la Elegida no le gustó absolutamente nada.

¿Casualidad o Mørket había averiguado algo que no debía?

Parecía que ya andaba sobre la pista de dónde encontrarla, algo que supondría un verdadero giro de los acontecimientos y que los obligaría a entrar en batalla mucho antes de lo esperado.

Él no había visto aún nada de aquello en sus visiones, pero si eso llegaba a ocurrir antes de tiempo, si daban con Alana antes de que…

«Si mi don no hubiera comenzado a ser impreciso», se lamentó y exasperó a partes iguales.

―¿Mi rey? ―dijo Vidar al verlo tan preocupado.

―Sí, sí… ―Movió una mano para quitarle importancia a su extraño comportamiento. Después, miró con rudeza al joven Knutsen―. Dices que te topaste con varias patrullas. ¿Fue una de ellas la que te capturó y te dio semejante paliza?

―Sí, mi rey. ―Bajó la mirada al suelo.

―¿Y tú, Ren? ¿Cómo es que tú y tus hombres habéis llegado con él? ―dijo mirando al guerrero de Gudrun que había permanecido en silencio―. ¿Y el prisionero que habéis traído quién es?

―Señor, fuimos nosotros quienes salvamos al joven Knutsen del grupo que lo estaban torturando.

―¿Es eso cierto? ―preguntó, girándose hacia Yngvar.

―Sí, mi rey. ―Esta vez le sostuvo la mirada a Ragnasson.

―¿Por qué has dejado que te atrapen?

―Cometí un error que no volverá a suceder.

―Eso espero. ―Bajó el mentón como advertencia.

Después, Eirik se volvió hacia la mano derecha de Gudrun, quien tampoco se amilanó y también le sostuvo la mirada, aunque no reveló el desliz del joven.

En algún momento de sus largas vidas, todos habían cometido un descuido al igual que el de la casa Knutsen la noche anterior, por lo que Ren no iba a delatar a ninguno de los de su raza a no ser que el rey exigiera conocer el verdadero motivo.