13. JURO QUE TE MATARÉ #3
Al oír unos pasos que se acercaban, cada uno volvió a su posición en la celda. La «No Muerta» había regresado con el soldado y este llevaba en la mano la daga himmelsk de ella.
―Bueno, Oskar de la casa Isaksen. Ahora te vas a poner los grilletes o le diré a este infeliz que le lance mi daga a la zorra que está ahí.
―No haré nada mientras no me digas tu nombre.
―¿Y para qué quieres saberlo?
―Una vampira que reniega de su casa no dice mucho de ella, ¿no crees ?
―Soy Wêranker, de la casa Drăgoi.
―¿Solo eres una lacaya de Helmet? ―dijo con un tono que a ella no le gustó un pelo―. Entonces, adelante.
―¿Qué quieres decir?
―Pensaba que pertenecías a la casa Ursu. Pero si eres una Drăgoi, no me negaré.
―¿Acaso crees que soy más débil que una perra Ursu?
―Es lo que se dice.
―Pues te han informado mal, y voy a demostrártelo de tal forma que desearás no volver a ver la luz del día.
―Vamos, Wêr ―pronunció su nombre con condescendencia―. Todo el mundo sabe que el ejército de Helmet es muy blando ―añadió para terminar de enfurecerla.
―¿Es que quieres morir? ―preguntó ella fuera de sí.
―No es mi intención, pero me quedo mucho más tranquilo sabiendo quién eres. Solo es eso.
Ella apretó los nudillos con tal fuerza que se clavó las uñas en las palmas.
Miró al soldado, que permanecía en pie como una estatua, y le ordenó atravesar a la chica a su orden.
El joven asintió. Se acercó a los barrotes, pero Thyra fue más rápida y se pegó a la pared.
Tampoco es que pudiera ocultarse, pero al menos no había logrado sujetarla.
―Si se mueve, lánzale la daga al corazón.
―Sí, milady .
―Bien, ¿por dónde íbamos? ―agregó mirando al prisionero―. Los grilletes o la mato.
―Ya voy, ya voy.
Oskar bostezó para fastidiarla. Aquello hizo que Wêranker abriera la celda como una exhalación. Se acercó y tiró con fuerza hacía atrás de su cabello.
―De rodillas, errante.
Él obedeció con apatía, como si ella no estuviera a punto de flagelarlo con saña.
Al estar tan cerca, Wêr pudo observar su belleza natural. Sus gruesos labios. Su nariz recta. Cejas rubias poco pobladas. Una piel tersa, ligeramente curtida por el sol.
Cometió el error de dejar que él tocara su mano. Aquello fue su perdición .
―Me amas con tal intensidad que no me castigarás ―susurró el errante, poniéndose en pie.
Se acercó a su oído mientras continuaba sujetándole la mano para no perder el contacto con su piel―.
Azotarás la pared cien veces, quedarás satisfecha y me dejarás la llave antes de marcharte.
¿Harás eso por mí, por lo mucho que me amas?
―Lo haré por ti, por lo mucho que te amo ―susurró ella, también sin voluntad.
Él sonrió. No sabía si su don le serviría con un «No muerto».
Nunca había tenido la oportunidad de probarlo, pero acababa de confirmar que así era.
Podía someter a cualquiera siempre y cuando lo tocase.
Algo bastante complicado en el campo de batalla o si se encontraba con más de una persona.
Pero ahora no había tiempo para pensar en aquello.
Lo importante era que, por el momento, se había ganado su voluntad, aunque no sabía cuánto duraría su control.
Sin perder tiempo, se dio la vuelta. Wêranker comenzó a golpear la piedra pensando que era la piel del errante la que estaba sufriendo toda su rabia y frustración.
No llevaba ni veinte latigazos cuando una voz grave le gritó que se detuviera.
―Wêranker, ¿qué está ocurriendo aquí?
Oskar simuló taparse la espalda y se tiró al suelo. Ella pareció salir de la influencia del errante y volvió en sí.
―¿Qué haces tú aquí? ―le gritó a Xwînxwar.
―Te he buscado por todo el maldito castillo porque tenía que hablar contigo. Dile a ese soldado que desaparezca.
Tras darle la orden, el joven subió las escaleras a toda prisa. El vampiro miró las celdas y quiénes estaban en ellas.
―¿Cómo has conseguido atrapar a dos errantes? ―le preguntó con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.
―Por casualidad.
―Deberías habérmelo contado. ¿Es que buscas empezar una guerra o acaso quieres que arrasen el castillo y nuestro alimento? ―vociferó fuera de sí.
―Solo quería divertirme ―se defendió ella.
―¿Quieres dolor? No te preocupes. ¡Yo te lo proporcionaré! Dame ahora mismo la llave de la celda y sube a mi alcoba. ¡Ahora!
Wêranker dibujó media sonrisa y corrió escaleras arriba, dejándolo solo con ellos .
―No sé quiénes sois, pero, por el momento, no os puedo dejar ir ―dijo mientras cerraba―. Tratad de descansar esta noche. Volveré mañana y aclararemos todo este lío.
Oskar asintió. Thyra no se movió ni un ápice.
―¿Os ha castigado mucho? ―preguntó al de la casa Isaksen.
―Bastante.
―Le diré al soldado que os traiga agua limpia y comida. No sé cómo vamos a arreglar esto ―añadió, señalando a ambos con la mano.
―Si nos dejáis ir, no os delataremos.
―Ya. ―Frunció los labios―. He de pensar primero. Hablaremos mañana.
―De acuerdo.
Xwînxwar subió imprimiendo una cadencia pesada a sus pasos. Debía hablar con Wêranker lo antes posible, e iba a castigarla como nunca.