Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 13. JURO QUE TE MATARÉ #2
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13. JURO QUE TE MATARÉ #2

Qil se dio la vuelta y regresó junto a Bêwestan. Ella se apoyó en el cabecero y él se sentó a su lado.

―Antes me has contado lo que te hizo ese malnacido ―comenzó, tratando de no mostrar su ira.

Ella asintió―. La noche que atacaron mi poblado, me había escapado con mi prometida para retozar como dos inconscientes.

Quedaba muy poco para nuestra unión, pero nosotros no queríamos aguardar y ya llevábamos un tiempo siendo hombre y mujer.

―Bêwestan volvió a asentir―. Mientras estábamos juntos, llegaron por todas partes gritos desgarradores.

Eran terribles, muy angustiosos, ensordecedores.

Nos vestimos a toda prisa y corrimos para ver qué…

Todo ocurrió tan deprisa que aún hoy soy incapaz poner en orden lo que sucedió.

Rău dirigía un destacamento que había sido enviado solo a reconocer la zona.

Mucho después averigüé que Abbadon le había dado la orden de no matar a nadie.

Podían alimentarse, pero debían dejar el pueblo tal y como lo habían encontrado.

Más que nada, por si necesitaban reponer fuerzas al regresar.

Qil se detuvo un momento. Traer al presente aquel recuerdo era aún más doloroso de lo que había creído en un principio.

―Estoy aquí ―dijo ella, cogiéndole la mano.

―Lo sé.

Él cerró los ojos y chasqueó la lengua. Por mucho que quisiera, no podía volver atrás para salvarlos.

―No hace falta que me lo cuentes ―agregó Bêw.

―Sí que lo hace. Te mereces conocer quién soy y por qué.

Rău se ensañó con mi pueblo. Parecía odiarlos a todos con tal intensidad que, cuando llegamos, era demasiado tarde.

La mayoría de los hombres habían sido masacrados.

Donde mirara, estaban violando, desangrando o quemando.

Taiat, su mano derecha, se llevó a mi prometida.

Corrí hacia él, tratando de detenerlo, pero Rău me interceptó y comenzó a darme una paliza brutal.

Después me obligó a ver cómo mancillaba a mi madre y a mi hermana pequeña para después acabar con ellas.

Las tres murieron aquella madrugada… ―se quedó callado un momento―.

Justo cuando iba a degollarme, llegaron Helmet y Xwînxwar con el resto de su ejército.

Yo estaba muy mal herido, a punto de morir.

Por lo visto balbuceaba algo pa recido a «Juro que te mataré».

Tras entender lo que había ocurrido, Helmet se «apiadó» de mí y me convirtió en uno de los suyos.

―Por eso no permites las violaciones…

―Por eso y porque es una aberración.

―La mayoría de los machos no piensa así.

―Yo no soy como la mayoría. ―Sonrió con tristeza―.

Una vez me recuperé, quise buscarlo. Le conté a Helmet que quería acabar con él.

Necesitaba vengarme, pero me lo prohibió.

Al estar bajo su sangre, no pude desobedecer.

Aun así, juro que algún día lograré que muera, aunque no sea yo quien le arranque el corazón y las entrañas.

Bêwestan se puso de rodillas en el lecho y lo abrazó con todo su cuerpo.

Él la rodeó con fuerza, como si ella se hubiera convertido en su ancla.

De pronto, notó cómo subía y bajaba los hombros mientras sollozaba.

Su dolor la traspasó. Aquella noche se sentía distinta.

Quizás el haber abierto su propio corazón la había liberado del peso que arrastraba.

Incluso Qiloçker parecía ser otro, así que entendió que confesarse su mutuo amor había cambiado algo en ellos.

Se separó un poco para mirarlo a los ojos. Las lágrimas rosadas de ambos hablaron por sí mismas. El terror quedaba atrás, pero el odio por sus enemigos jamás desaparecería.

―Llegará el día en que lo veas desaparecer ―dijo ella con la rabia instalada en el pecho―. Yo encontré mi venganza y juro que te ayudaré a que cumplas la tuya.

―Helmet no te lo permitirá nunca, Rău es la mano derecha de Abbadon.

―Helmet no puede prohibirme algo que se supone que no sé. No me llamaron «Implacable» por nada.

―No puedes confiar en nadie.

―Y no lo haré, amor mío.

Él sonrió al oírla decir esas dos palabras.

―No dejaré que te pongas en peligro, Bêw.

―No es mi intención. Y no sé cómo lo haré, pero te aseguro que tu cara será lo último que vea.

―Si lo consigues, pondré el mundo a tus pies.

―Me conformo con que te pongas de rodillas…

Él se echó a reír justo antes de hundirse en su boca. Una promesa había quedado sellada entre ambos. Bêwestan haría cuanto estuviera en su mano para que el que se perdía en ese momento en su interior pudiera hacer justicia y vengara a los suyos.

Oskar se quedó observando a Wêranker mientras se decía que había llegado el momento de hacer frente a sus exigencias. El sadismo de la vampira no iba a verse satisfecho hasta que lo viera suplicar. Si cediendo a ese deseo mantenía a salvo a Thyra, gritaría piedad hasta que temblaran los cimientos.

―¿Cuál es tu nombre? ―preguntó él con un tono altanero que le hizo gracia a su captora.

―Haz los honores, errante.

Él irguió su cuerpo, sintiendo orgullo de su origen y de la casa a la que pertenecía.

―Oskar, de la casa Isaksen.

―Isaksen…

―Así es.

―Bueno, creo que los errantes habéis empeorado con los siglos. ¡Ni siquiera has podido proteger a tu ramera! ―Soltó una carcajada mientras movía la daga entre sus manos.

Thyra se mordió la lengua. Quería desgarrar su garganta y ver cómo se ahogaba en su propia sangre. En cambio, tragó con fuerza para no delatarse, pero se prometió acabar con ella en cuanto tuviera la más mínima oportunidad.

―Yo solo protejo al rey.

―¿Al rey? ―Volvió a reír―. Ah, ¡ya sé! ¡Ella es su nueva ramera!

―Ella aún no tiene don. Iba a llevarla a un sanador cuando nos habéis atrapado.

―Oh, ¡no puede ser! ¿Una errante sin don? ¡Qué desperdicio! Ni puedo beber su sangre ni puedo divertirme con ella.

―¿Por qué no? ―preguntó él para ganar tiempo.

―¿Acaso no lo sabéis? Un errante sin don es como el veneno de una serpiente. Si se derrama su sangre, esta infecta cuanto toca. Incluso sus efluvios acabarán con todo ser a su alrededor, esté vivo o no.

Él se hizo el sorprendido. Dejó escapar el aire entre sus labios y frunció el cejo.

―¡Mentís! Jamás había oído nada parecido .

―No miento, errante. Tal vez ya lo supieras y el que intentas engañarme eres tú, así no puedo tocarla.

―Por mí podéis hacer con ella lo que os plazca.

―Buena jugada. Si es mentira, ella morirá. Aunque, si es verdad, moriremos todos. ¿Sabes? No me apetece arriesgarme. Hoy no.

Wêranker se dirigió a la pared y cogió una vara de dos pies que colgaba de un clavo. Sopesó cómo iba a conseguir azotar a su prisionero sin que se revolviera. Tenía que lograr que se colocara los grilletes, de modo que corrió escaleras arriba para valerse del soldado.

Nada más verla desaparecer, Thyra sollozó.

―Tranquila, no me hará daño.

―¿Cómo que no?

―Trato de ganar tiempo. Unos latigazos no podrán conmigo, y he de protegerte como sea.

―¡Pero debes intentar pararla! Si te azota, juro que la mataré.

―Prométeme que te mantendrás en silencio ―le pidió, estirando el brazo a través de los barrotes, tratando de tocar su mano.

Ella hizo lo mismo. El roce de sus dedos les infundió el valor que necesitaban. No iba a ser fácil, pero debían resistir un día más. Los suyos estarían ya buscándolos, así que harían cuanto fuera necesario para poder mantenerse con vida hasta salir de allí.

―Prométeme que no morirás ―exigió ella, entrelazando su mano con la de él.

―Te lo juro. Oigas lo que oigas, no digas nada. No supliques, no llores ni amenaces. ¡Prométemelo!

Thyra se limpió las lágrimas con rabia. Apretó la mano del errante al que amaba con todas sus fuerzas y susurró:

―Lo prometo.