13. JURO QUE TE MATARÉ
W êranker despidió al soldado, no sin antes advertirle que cerrara la puerta.
Nadie se preocupaba de qué ocurría en las mazmorras, pero mejor que no se filtraran los lamentos a la planta superior.
Aunque lo veía poco probable dada la profundidad a la que se encontraban las celdas.
Oskar la miró con el mentón levantado. Su envergadura superaba a la de Xwînxwar en casi un palmo.
Su cabello rubio estaba sucio, sus ropas también.
Aquellos ojos azules la atravesaron de una forma que la hizo sentir viva por primera vez desde hacía algún tiempo.
Inspiró para imbuirse del horror que los rodeaba. El hedor característico a sufrimiento y estertores que desprendían el lugar azuzaron su determinación.
―Errante, ¿cuál es tu nombre?
―¿Acaso importa? ―respondió él, convencido de que aquella era la vampira de la que había oído hablar por su crueldad con los prisioneros.
―¿Importa…? ―dejó la pregunta en el aire―. Yo creo que sí.
Se giró para dirigirse a la otra celda. Thyra estaba de pie. Se encontraba en las mismas pésimas condiciones que su compañero, pero sus ojos destelleaban con la furia del que ha sido encarcelado injustamente y exige la libertad.
Aquella pose la hizo sonreír.
―¿Y tú, pequeña? ¿Me dirás tu nombre o serás tan valiente como el macho que te acompaña ?
La princesa no dijo nada. Solo la observó desde su altura, un poco más baja que la de la «No Muerta».
―Bueno, tranquila. Estoy segura de que pronto te devolveré el habla y nos divertiremos juntas. Pero antes ―se mordió el labio inferior y ladeó la cabeza hacia la izquierda― creo que prefiero derramar la sangre de todo un guerrero.
Thyra inspiró profundamente. Su mirada lo decía todo. La fuerza de una errante era comparable a la de una vampira, aunque las circunstancias en las que Oskar y ella se encontraban eran muy complicadas frente a una bien alimentada y armada.
―¡Eh, tú! ―gritó el errante―. Es mi sirvienta. No vale nada, así que, si quieres empezar por ella, por mí perfecto.
Wêranker soltó una carcajada. Para ella, todos los errantes eran unos cobardes, de modo que no iba a dejar que ese macho se saliera con la suya. Dibujó media sonrisa y se despidió de aquella chica insignificante moviendo los dedos con lentitud. Había dejado de interesarle.
Volvió a la celda de él con una expresión que hubiera hecho temblar al mejor soldado.
―Bien, errante. ¿Comenzamos?
―Cuando quieras.
Bêwestan apoyó la mejilla en el helado torso de su amante.
Aquella noche Qiloçker había compartido más de sí que en los últimos trescientos años.
Sin embargo, algo le decía que detrás de esa expresión de frialdad e indolencia ante cualquier situación no había más que una máscara para ocultar su dolor.
Pero ¿a qué se debía? No dejaba de darle vueltas, y si iban a pasar los próximos siglos juntos, o al menos eso era lo que deseaba, no estaba dispuesta a comenzar lo que fuera aquello con una pátina de oscuridad que podía destruir su relación incluso antes de comenzar.
― ¿Qué es lo que más te sorprende de esta existencia, Qil? ―dijo como si nada.
Él no se inmutó, sino que se quedó mirando una pequeña grieta en el techo.
Podía ver el descuido del aprendiz de tallista con el pico sobre el borde de la piedra para que encajara con la siguiente.
Se preguntó cuánto tiempo había pasado desde que alguien la había colocado allí.
También cuánto duraría esa fortaleza y si la vería desaparecer.
No podía saberlo, pero supuso que, si un maldito filo himmelsk no acababa con él, tal vez pudiera incluso caminar por el prado que dejaría tras convertirse en polvo la última piedra.
La fragilidad de su especie solo la conocía el pueblo errante, lo que le proporcionaba cierta ventaja ante otras razas. Pensó un instante en ellos y se extrañó de que aún no hubieran aparecido por aquellas tierras.
Bêw , al ver que no contestaba, carraspeó para traerlo de nuevo al momento presente.
― No envejecer y morir ― dijo él al fin. Giró la cabeza hacia ella y formó una sonrisa triste ―. El curso natural de la vida.
― Te entiendo. Pese al tiempo que llevo siendo de esta forma, no dejo de pensar en cómo hubiese sido tener una vida sencilla. Un marido que me calentara por las noches y unos hijos que me quisieran, aunque fueran revoltosos.
―Eres una de las vampiras más rápida, ágil e implacable que he conocido nunca. Eso es un hecho. Pero, tras lo que acabas de decir… Jamás pensé que pudieras desear ese tipo de vida.
―Que ahora sea así no significa que en otro tiempo quisiera ser de otro modo.
―Tienes razón.
Ella levantó el mentón para mirarlo a los ojos. Ese era el momento que había estado esperando para conocer su verdad y no iba a desaprovechar la oportunidad de sonsacarle ese pasado que sentía que aún lo atormentaba.
―¿Y tú quién querías ser? ¿Quién calentaba tu lecho, Qil? ¿Quién te amaba tanto que has sido incapaz de olvidarla?
―No quiero hablar de eso ―respondió bruscamente. La sujetó de los hombros y la apartó a un lado para poder ponerse en pie.
―Lo sé, igual que yo no quería contarte lo que me ocurrió.
Date cuenta de que, si quieres que esto funcione ―dijo señalándolo a él y después a sí misma―, ningún espectro del pasado ha de estar entre nosotros ―añadió, posando la mano justo donde él había estado tumbado―.
Puedo luchar contra lo que existe, pero no contra un recuerdo.
―No existe tal cosa ―respondió malhumorado, aunque giró la cabeza para no mirarla directamente.
―Sí que existe ―insistió Bêwestan―. Y, mientras exista, no volverás a mi lecho.
―¿Me estás amenazando ?
―Te quiero, Qil. He tardado mucho en darme cuenta, pero no voy a compartirte con nadie. Ni siquiera con alguien a la que nunca conocí y que no puedes resucitar.
―No es lo que piensas.
―¿Entonces?
―Duele mucho.
―¿Acaso no he compartido mi dolor contigo? No importa lo que sea, ante mis ojos vas a ser el mismo.
Qiloçker se quedó callado. La mirada de la vampira mostraba una mezcla de determinación y súplica.
Ella le había confesado entre sus brazos cómo había sido el peor de sus días, era justo que él le pagara con la misma moneda.
Pese a que habían pasado siglos desde que aquello sucediera, no había olvidado ni un solo detalle.
Tal vez Bêw tuviera razón y aquel fuese el mejor momento para contarlo. Quizás confesándole lo que ocurrió lograra sacarlo tanto de su mente como de su muerto corazón.
Wêranker miró a Oskar con hambre en todos los sentidos.
Los suyos habían olvidado ponerle grilletes, por lo que abrir la puerta no era buena idea.
Cerró los ojos un instante hasta que se le ocurrió cómo solucionarlo.
Lo más probable era que el errante no quisiese cooperar al principio, pero ella era muy persuasiva.
Dudaba mucho de que, aunque la chica de la otra celda no fuese más que una sirvienta, o quizás una ramera que lo acompañaba para satisfacer las necesidades de aquel magnífico espécimen, él permitiera que la azotara sin quejarse.
―Voy a torturarte y tú te vas a dejar.
Esas palabras sorprendieron a la pareja. Thyra trató de acercar la cara lo más que pudo a los barrotes. La «No Muerta» tenía algo en la mano, pero no fue capaz de distinguirlo.
―¿Y por qué iba a permitir tal cosa? ―preguntó el de la casa Isaksen sin inmutarse.
―Por varias razones. ―Mostró una sonrisa que heló la sangre del errante―.
La primera, que no creo que ella sea tan insignificante para ti como quieres darme a entender, y, la segunda, que sabes lo que es esto ―agregó, mostrando su daga de acero dojehî .
Él, de forma instintiva, se llevó las manos al cinto―.
Sé que te encantaría tener tus armas, pero así será mucho más entretenido.
Oskar trató de no mostrar ningún sentimiento, pero, al verla girar la cabeza en dirección a la otra celda, algo le dijo que iba a amenazarlo con herir a Thyra.
Si eso ocurría, no iba a tener más remedio que permitirle cometer todo tipo de atrocidades con él, y ni siquiera eso le daba la seguridad de que pudiera salvarla.
―¿Quieres matarme? ―dijo, levantando las manos―. Adelante.
―Eso es muy aburrido. Además, sabes que no puedo herirte con esto ―movió la daga―, si no, se acabaría la diversión.
―Entonces, por el amor del Creador, ¿qué demonios quieres?
―Azotarte hasta que tu piel se desprenda. Quiero ―agregó muy despacio―, oírte suplicar.
―No es mal plan, solo que yo jamás te suplicaré por mi vida.
―Eso ya lo sé, pero quizás sí que lo hagas por la suya. ―Volvió a mirar hacia la celda de Thyra.
―Ya te he dicho que ella no es nadie.
―Lo sé. Y si yo fuera otra, quizás te hubiera creído. Pero, guerrero, por mucho que intentes convencerme de que no es importante, hay algo que has olvidado hacer.
―Ah, ¿sí? ¿El qué?
―Algo por lo que «nosotros» ―dijo moviendo la mano en el aire para referirse a los suyos en general― siempre os ganaremos.
―Por supuesto ―respondió con ironía, formando con los labios un gesto para mostrarle su superioridad.
―Aguantas la respiración, muchacho…, y eso acaba de delatarte.
Qiloçker caminó por la alcoba hasta llegar a uno de los ventanucos.
Lo abrió para sentir en la cara el frío de la noche.
Miró al cielo, aún faltaba bastante para la medianoche.
Cerró los ojos e inspiró como antaño para tratar de oler la tierra húmeda, el bosque frondoso y el fuego de las antorchas.
Todo aquello le hizo volver atrás, al momento en que su pueblo fue atacado por el ejército de su peor enemigo.
Jamás sería capaz de olvidar la primera vez que oyó su nombre.
Rău, el mal personificado, creado por el propio Abbadon.
Su mano derecha. El aniquilador de todo ser viviente.
Nunca hacía prisioneros. Nunca dejaba escapar la oportunidad de masacrar, robar o violar a cuanto hombre, mujer o niño se cruzara en su camino.
Los vampiros no tenían remordimientos, pero él había hecho honor a su reputación a falta de escrúpulos.