12. A MÍ NO ME ENGAÑAS #3
Oír aquello provocó que él perdiera la cabeza. Aumentó el ritmo mientras se deslizaba dentro y fuera de su cuerpo con verdadera maestría. La cadencia demencial que le impuso con sus caderas provocó que ambos alcanzaran el orgasmo más intenso que habían experimentado juntos hasta el momento.
Ella se abrazó a él con fuerza mientras los rescoldos de su placer acababan de satisfacerla.
―¿Te parece que me has incendiado suficiente? ―le preguntó él al oído.
―No ha estado nada mal, pero no me has hecho gritar… ―bromeó Bêw con una sonrisa.
―Bueno, preciosa, eso apenas ha sido el aperitivo. Ahora deja que me deleite con el plato principal. ―Salió un poco de su cuerpo y la volvió a penetrar con la intensidad que a ella le gustaba.
―Lo estoy deseando…
Qil poseyó de nuevo su boca con verdadera hambre, pero de una forma distinta.
Más dulce, más íntima. Una combinación perfecta entre sosiego y exigencia.
Todos y cada uno de sus movimientos fueron hechos con la intención de hacerle entender que, pese a ser dos monstruos, de algún modo, todavía conservaban parte de su corazón.
Poco después de que Qiloçker y Bêwestan se retiraran a sus aposentos, Wêranker se despidió de Helmet y Xwînxwar.
De sobra sabía que la pareja iba a retozar toda la noche, así que sonrió al pensar que las diversiones a las que se ceñían aquello dos se quedaban muy cortas con respecto a lo que ella necesitaba para acallar el fuego que ardía con fuerza desmesurada en su interior.
Con elegancia, caminó frotándose con delicadeza sus frías manos.
Mientras avanzaba, dejó que algunos recuerdos compartidos con Xwîn avivaran su estado de excitación.
El fornido vampiro se esforzaba en complacerla en la cama, de eso no cabía duda.
Las veladas que compartían juntos eran muy entretenidas.
Su entrega y disposición para probar cosas nuevas no dejaban de sorprenderla.
Cuerdas, velas, látigos… Juegos de niños comparados con el placer que obtenía al torturar a otros.
Cuanto más despacio y doloroso, mucho mejor.
Esa noche se sentía particularmente juguetona, de modo que iba a disfrutar de lo lindo con el macho que había atrapado aquella patrulla por pura casualidad.
Se detuvo en lo alto de las oscuras escaleras y se pegó a la pared.
Miró alrededor para asegurarse de que nadie la veía.
Un escalofrío de satisfacción la despejó por completo.
Descendió a toda prisa. Al entrar en las mazmorras, encontró dormitando al soldado al que le había robado la voluntad.
El joven tenía la cabeza apoyada en la dura piedra con la boca entreabierta.
Se quedó un instante observándolo mientras pensaba qué fácil sería rajarle la garganta con el filo de su daga.
La sangre saldría a borbotones y el aire se impregnaría de ese característico olor a metal que tanto le gustaba.
Levantó las cejas y negó con la cabeza para convencerse a sí misma de que acabar con él solo le traería problemas.
Por una parte, estaba el inconveniente de deshacerse del cuerpo.
Por otra, el charco que dejaría no iba a ser nada fácil de limpiar.
Aquellos argumentos fueron suficientes como para hacerla cambiar de parecer. Se acercó al muchacho y se contentó con darle una patada en las botas para que despertase.
―¡Arriba!
El chico se desperezó de inmediato al oír su voz.
― Milady .
―¿Cómo están los prisioneros?
―Vivos. Les llevo dos comidas al día, tal y como me pidió.
―Bien. Quiero verlos.
―Enseguida.
El joven soldado cogió la antorcha y descendió el primero a las antiguas mazmorras.
Llevaban abandonadas mucho tiempo debido a que se inundaban con cierta frecuencia por las lluvias.
Un contratiempo que le iba a venir de perlas a la vampira para retener a quien se le antojara durante las jornadas que permanecieran en el castillo.
Sonrió al pensar que el destino había sido muy generoso con ella y le había proporcionado un par de errantes con los que iba a disfrutar durante días.
A cada paso que daba, sentía esa familiar descarga recorriéndole la espalda.
La anticipación del dolor ajeno siempre la excitaba de tal forma que estaba convencida de que, tarde o temprano, terminaría buscando a Xwînxwar para que la azotara con la furia que siempre necesitaba para alcanzar ese orgasmo que la hacía sentir viva.
En cuanto distinguieron algo de claridad, Oskar y Thyra supieron que el soldado iba a verlos. Les extrañó porque ya les había llevado la cena, por lo que temieron por aquello que estaba por venir.
Tardaron un poco en acostumbrarse a la tenue luz. El joven encendió un par de antorchas más, con lo que las celdas parecieron aún más terribles de lo que habían imaginado. Había salpicaduras de sangre por doquier, también otros fluidos que no quisieron ni pensar de dónde procedían.
Entre esas paredes se había infligido mucho dolor y, nada más verlas, supieron que no saldrían de allí con vida.