12. A MÍ NO ME ENGAÑAS
T ras despedirse Bêwestan, se dirigió con paso veloz hacia su alcoba. Necesitaba darse un baño, así que detuvo al primer sirviente que encontró para ordenarle que le llevaran una tina al momento. El chico obedeció sin rechistar.
Poco después, llamaron a su puerta. El joven al que se lo había pedido apareció con otro mucho más corpulento.
En poco tiempo, estaba todo preparado. Una chica se ofreció para ayudarla, ella aceptó con amabilidad.
Cuando se quedaron a solas, le robó su voluntad y sangre suficiente como satisfacer sus necesidades.
Tras curarle la herida, la dejó marchar.
Rozó el agua con la punta de los dedos. El calor que desprendía era delicioso. Olió el jabón que le habían dejado junto a las toallas de lino. Todo desprendía una fragancia a lavanda que le hizo recordar su niñez.
Llenó los pulmones con un aire que no necesitaba para poder resoplar con fuerza. Se sentía hastiada. Aquella noche le pesaba el mundo y no tenía idea de por qué.
Se desvistió sin importarle dónde caía la ropa, tan solo necesitaba hundir la cabeza en el agua para aislarse de todo. Cerró los ojos lo que le pareció un instante cuando unas fuertes manos la levantaron como si fuera una pluma.
―¿Qué se supone que estás haciendo? ―preguntó Qiloçker, deleitándose con su desnudez.
―Tomando un baño. ¿Y tú a qué demonios has venido a mi alcoba?
―A verte, por supuesto. ¿Por qué tenías la cabeza sumergida, Bêw? ―preguntó con media sonrisa, bajando la mirada al agua―. ¿Acaso intentabas ahogarte?
―No, claro que no. Solo quería despejar la mente y relajarme. Suéltame ahora mismo.
―¿En serio? ―dijo ladeando la cabeza.
―Y a todo esto, ¿por qué no has llamado a la puerta antes de entrar? ―preguntó molesta.
―Lo he hecho, pero no contestabas. Venía a…
―¡Olvídate! Hoy no estoy de humor.
―¿Para mí o…?
―¡Para nadie! ―lo cortó ella de malos modos, sentándose.
―¿Qué ocurre?
―Nada.
Él se la quedó mirando. Frunció el ceño, se sujetó el labio inferior entre los dientes y entrecerró los ojos.
―No, a mí no me engañas. A ti te pasa algo.
―Me da igual lo que pienses. Como te he dicho antes, hoy no estoy de humor. Además, a mí no me ocurre nada. ―Se quedó pensando un instante―. Y, si así fuera, no es de tu incumbencia.
Qiloçker sonrió. Apartó los lienzos limpios a un lado y se sentó en el lecho.
No estaba dispuesto a marcharse sin saber qué había conseguido sumirla en aquel estado de melancolía.
Ella no era así. Era fuerte, lista e implacable.
Jamás se amilanaba en la batalla ni ante nadie.
Se quedó en silencio mientras la miraba como si pretendiese entrar en su cabeza.
Sonrió para sí al darse cuenta de que era tan letal que, si alguna vez se lo llegaba a proponer, seguro que podría acabar hasta con el mismísimo Abbadon.
Sin embargo, la expresión que mostraba su rostro lo desconcertó.
Algo le había sucedido, y no se iría de allí hasta averiguarlo o hasta satisfacerla por completo.
Bêwestan lo contempló desde su posición.
Seguía parcialmente sumergida en la tina.
Sabía que él podía ver todo su cuerpo desnudo desde donde se encontraba.
En realidad, no sentía vergüenza alguna.
Llevaban tanto tiempo teniendo sexo que esa fase la había dejado atrás.
Aunque en un principio lo había rechazado, la forma en la que él la estaba observando hizo que se sintiera ligeramente mejor.
Tal vez que hubiera entrado en su alcoba no fuese, al fin y al cabo, tan mala idea .
Poco a poco, la expresión burlona que caracterizaba a Qil fue cambiando.
Se había pasado toda la tarde rumiando las palabras de Wêr.
Ahora, al verla desnuda a la luz de las numerosas velas que iluminaban la estancia, había sido consciente de que, en cierto modo, sí la quería.
No como un humano, puesto que hacía mucho que los sentimientos que era capaz de tener cuando aún le latía el corazón distaban mucho de lo que ahora sentía cuando estaba con ella.
Quizás no tanto, pero era lo máximo que podía ofrecerle.
La vampira sonrió para sí al ver cómo se devanaba los sesos, pero no quiso dar su brazo a torcer y esperó sin inmutarse a que le contara lo que fuera, ya que estaba segura de que su ocurrencia iba a divertirla.
―Bêw, sí que lo es ―dijo después de sopesarlo―. Te aseguro que es de mi incumbencia. Me preocupo por ti más de lo que crees.
Ella formó media sonrisa. No era la respuesta que esperaba, pero igualmente le hizo gracia. Qil era capaz de inventar lo que fuera con tal de meterse bajo sus sábanas.
―¿Ahora me vas a mentir? ―dijo al tiempo que pasaba el jabón por sus pechos para provocarle.
Él se humedeció los labios. Por cómo lo incitaba, le pareció que estaba un poco más receptiva que cuando entró en su alcoba; pero no iba a dejar pasar la oportunidad de confesarle lo que había estado ensayando buena parte de la noche.
Sentía que el momento de hacerlo era ese y no pensaba echarse atrás.
―Dime, ¿cuándo te he mentido yo?
―Deja que haga memoria ―se mordió un lateral del labio inferior mientras entrecerraba los ojos―: cuando te conocí, hace tres siglos… A ver, a ver… ¡Ah! También en el año 693. En el 917, dos veces el mes pasado… ―fue enumerando cada uno de ellos con los dedos de la mano.
―¿Llevas la cuenta?
―Tengo buena memoria.
―Ya veo ―dijo él, llevándose la mano a la barbilla―. ¿Y solo recuerdas mis errores o también te recreas en mis… aciertos?
―Yo me acuerdo de todo, pero no sé de qué aciertos me hablas ―añadió bajando las comisuras al tiempo que negaba con la cabeza.
―¿A no? ―preguntó con un tono travieso.
―No, para nada. ―Sonrió un poco.
―Yo creo que no puedo permitir que te salgas con la tuya .
Se deshizo de la chaqueta en un suspiro. Después le siguieron las botas y los pantalones.
―Te he dicho que no estoy de humor ―dijo Bêwestan sin estar ya convencida del todo.
Se quedó embelesada con su imponente cuerpo.
Sin un mero recuerdo de todas las batallas en las que había puesto su existencia en peligro.
La musculatura de su torso estaba bien definida.
Brazos fuertes. Piernas poderosas. Firmes pero veloces.
En realidad, Qiloçker era muy atractivo.
Cuando era humano, debió de ser un verdadero tormento para las inocentes.
Con esa sonrisa pícara, sus labios carnosos y esa mirada que parecía atravesarte sin malicia.
Solo que, en el fondo, cada uno de sus movimientos estaban estudiados para acabar subiendo las faldas de cuanta muchacha se le cruzara por delante.
Ante el repaso de la vampira, posó sus ojos en ella.
En esta ocasión, la miró de manera distinta.
Si hubiera sido posible, hubiese jurado que había sentido algo en el pecho, justo a la altura del corazón.
Pero ¿para qué engañarse? Eso era imposible.
Aun así, no se movió un ápice para que ella pudiera recorrerlo con la mirada a su ritmo.
Quería que disfrutara de su desnudez, que se excitara con la promesa que le estaba mostrando de la noche larga y placentera que podrían compartir si cambiaba de opinión.
Esta vez fue ella la que se mordió el labio inferior mientras sopesaba si dejarlo allí un poco más o invitarlo a compartir su baño.
Él levantó el mentón mientras formaba una sonrisa de satisfacción.
Después se pasó la mano por su cabello negro enmarañado.
Aquellos ojos, antaño azules, ahora de un ligero tono rojizo tras haber bebido sangre, se posaron en la zona de sus pechos que quedaban por encima del agua.
Ella le miró la entrepierna con descaro a través de sus pestañas.
Se veía que aquella parte estaba deseando sus atenciones desde que se había despojado de sus ropas.
Tras sopesarlo un instante más, Bêwestan se hizo a un lado.
Qiloçker captó enseguida lo que aquel movimiento significaba.
No se lo pensó dos veces y se sentó. Ella se colocó a horcajadas encima de él.
Sin mediar palabra, comenzó a besarlo. Él respondió hundiendo la lengua en su boca, pero acabó por detenerla.
Antes de continuar necesitaba confesarle lo que sentía, o al menos lo que creía sentir desde hacía mucho.
―¿Qué? ―preguntó extrañada.
―Me he dado cuenta de que no tienes razón.
―¿En qué? ―dijo mostrando una expresión de sorpresa .
Él frunció los labios y los movió de un lado a otro mientras pensaba cómo iba a decírselo. Terminó por formar media sonrisa. Subió las manos y las hundió en su precioso pelo rubio mientras se perdía en sus ojos verde oscuro como si ese fuese el momento más decisivo de toda su larga vida.
―¿Qué pasa, Qil?
―Sí te amo, Bêwestan ―soltó por fin, sintiendo en las entrañas algo que le recordó bastante a los nervios de cuando fue una vez un joven enamorado.
Ella abrió los ojos de golpe sin poder creerlo―.
Esta tarde me has dicho que yo no te amaba, y no es cierto.
Sí te amo ―repitió―, así que no vuelvas a decirme que, si te cansas de mí, te entretendrás con otro.
No lo permitiré. Antes acabo con el que pretenda ocupar mi lugar y…
Ella no lo dejó terminar. Se lanzó a su boca para devorar sus labios con una necesidad que jamás había sentido. De hecho, no recordaba que pudiera sentir algo hasta que él le había dicho que la amaba.
De pronto, Qil la detuvo. Tenía una expresión tan seria que ella no supo a qué venía. Con mucho cuidado, le retiró el cabello de la cara mientras sus ojos la escudriñaban sin disimulo.
―¿Qué? ―preguntó contrariada.
―¡Estás… llorando! ―susurró sorprendido.
―¿Yo?
Bêwestan se llevó las manos a las mejillas y se quedó maravillada al ver el tono rosado de sus lágrimas. Llevaba siglos sin llorar, por lo que aquel simple acto humano la dejó sin palabras.
―No sabía que aún podíamos ―dijo él muy serio.
―Yo tampoco ―respondió sobrepasada.